«Memorias de ciudadanía»[Aldo Marchesi en REVISTA URUGUAYA DE CIENCIA POLÍTICA]

Memorias de ciudadanía. Los avatares de una polis golpeada.
La experiencia uruguaya AMPARO MENÉNDEZ-CARRIÓN Fin de Siglo Editorial, Montevideo, 2015, 3 Tomos, 1482 páginas.
Por Aldo Marchesi*

En los últimos años me ha llamado la atención la relación paradójica con el pasado que tienen ciertos sectores de la tecnocracia local. Mientras que se enorgullecen de algunos buenos indicadores que el país presenta en términos comparativos, debido entre otras cosas a antecedentes históricos de la construcción ciudadana del siglo XX, su opinión sobre las permanencias de dicho pasado en el Uruguay contemporáneo es extremadamente negativa. Este tipo de disonancias discursivas, para usar uno de los tantos conceptos ensayados por Amparo Menéndez-Carrión, son las que se estudian en Memorias de ciudadanía. Los avatares de una polis golpeada. En sus tres tomos, que componen 1482 páginas, se realiza una amplia reflexión que, desde el presente, indaga en las dimensiones virtuosas de la construcción del Uruguay clásico y las maneras en que dichos legados permanecen, resisten o desaparecen en la actualidad. El trabajo planea en varios niveles. Por un lado pretende contribuir a la reflexión teórico-política sobre la dimensión ciudadana de la polis a partir de una experiencia histórica que la autora considera original. Por otro es una reflexión histórica acerca de los recorridos de la polis uruguaya. Por último es una evaluación actual acerca de las permanencias de la polis en el mundo urbano, en sectores de las elites y en organizaciones sociales y culturales. A partir de un exhaustivo trabajo, que a veces resulta extenuante, de construcción y articulación de categorías teóricas para pensar la experiencia histórica de la polis uruguaya, la autora establece una narrativa de la segunda mitad del siglo XX que culmina en la experiencia progresista de la última década. El concepto clave es el de la polis. El capítulo 3 la define como un espacio discursivo anclado en los principios de la pluralidad y el igualitarismo. La pluralidad es tomada del enfoque arendtiano sobre la política mientras que la idea de igualitarismo es tomada de diversas referencias teóricas. Estos principios se expresan en la experiencia histórica como un modo de “ser” y “estar” en la polis donde se desarrolla la convivencia:

“Apelo a la convivencia para significar un colectivo de ciudadanos anó- nimos habilitado por el doble eje de la polis para librar las grandes luchas y también las batallas cotidianas implicadas en hacer, mantener, defender y renovar el lugar donde se vive, apuntando a la forja de un mundo en común a través de la performativización de los modos de “ser” (y “estar” en) público que permiten constituirlo. Si la significación de la ciudadanía descansa en los extraños (no hay otros con quien constituir un mundo en común), la pluralidad y el igualitarismo (el doble eje de la polis) y vivir juntos (el sentido de los trabajos de la polis), la producción de convivencia entre extraños y la lucha por dotarla de continuidad transformadora (durabilidad) en un terreno nunca plenamente asentado comparece como problemática crucial” (Tomo I, p.178).

Ese modelo de polis, definido como un constructo teórico, tiene varios puntos en común con la experiencia histórica del Uruguay del siglo XX. La conceptualización de la polis como espacio discursivo habilita la indagación de los encuentros y desencuentros entre el trayecto de la polis y el recorrido histórico del Uruguay para encontrar las intersecciones entre los espacios –discurso, poder y territorio. La polis no está definida por la poliarquía, ni por el estado de bienestar, ni por otras formas institucionales que llegaron a su apogeo en la mitad del siglo. A modo de ejemplo, en el argumento de Menéndez-Carrión, aunque en la dictadura la poliarquía desapareció, la polis se insilió y logró permanecer gracias a actores sociales y políticos que eran hacedores y custodios de lo público. Dicho espacio discursivo está asociado a cierto capital de la polis que se vino desarrollando en la conformación del estado nación y cuya acumulación llevó a un momento hegemónico donde dicho capital tuvo un efecto regulatorio sobre el territorio. Dentro de ese espacio discursivo la autora utiliza el concepto de nodo medio como el elemento activo que tiende a promover una sensibilidad igualitaria y plural que, aunque tiene bases en cierta subjetividad de clase media, la trasciende. La polis tampoco puede ser definida por las ideologías liberales y de izquierda que participan en su conformación, ya que además incluye formas de sociabilidad en asociaciones sociales y culturales sobre las que la autora trabajará en detalle. La relación entre la polis como espacio discursivo y la experiencia histórica está organizada temporalmente a través de la sucesión de ciertas etapas: un momento de configuración de la hegemonía, un momento hegemónico y un momento poshegemónico. Dicha trayectoria de la polis deviene en diferentes tipos de ciudadanía que conviven de diversas maneras en la sociedad uruguaya. En un extremo están los hacedores y custodios de lo público y en el otro la ciudadanía prescindente. Entre medio, y como resultado del proceso histórico, están otros tipos que tienen que ver con diferentes formas de articular esa tensión (ciudadanía golpeada, fusión, transnacional) a medida que el capital de la polis comienza a ser asediado. La relación entre la polis en tanto espacio discursivo y el proceso histórico presenta un periodización histórica previsible. El primer momento remite a los 50s donde el Modelo Ejemplar de la Polis (MEP) es hegemónico y el tipo de ciudadanía predominante es la de los hacedores y custodios de lo público. El segundo remite al período 1959-1965 donde el MEP se ve comprometido y comienza a desarrollarse un Contra Modelo Ejemplar (CME) a la vez que el tipo de ciudadanía preponderante intenta mantener y preservar lo público. El tercer momento remite al período 1968- 1985 donde el MEP, aunque se insilia, permanece siendo hegemónico. Por último, el momento democrático 1985-2010, llamado post hegemónico, se caracteriza por una tensión entre el MEP, que se preserva a través de una estrategia defensiva, y el CME en actitud ofensiva, lo que lleva a un presente donde hay un impasse entre ambas fuerzas. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX al MEP se le opuso un CME que de una manera u otra estuvo asociado, en la lectura de la autora, a la destrucción creadora que el neoliberalismo promueve. En algunas secciones el libro ilustra con ejemplos la manera en que dicho CME fue avanzando. Por ejemplo, en la manera de concebir la pobreza el CME mostró 

“su aptitud para desenvolverse cada vez con más confianza a medida que el enredo de un terreno asido por la disonancia discursiva crea las condiciones propicias para dejar de aceitar el nodo medio para aceitar más bien su némesis –la estructura de clases, que sin el nodo medio, deja el terreno librado a las operaciones perversas de su lógica, aun cuando se publicite la equidad, se adhiera al “combate a la exclusión” y se muestren “índices de pobreza” a la baja” (T.III, p. 461).

En el tomo II y III la autora desarrolla varias investigaciones en las que a través de casos específicos se evidencian las transformaciones de la polis, los conflictos velados y explícitos entre el MEP y el CME, la agencia de determinados actores que actúan como hacedores y custodios de lo público y los tipos de ciudadanía que se van configurando en esos conflictos. En los capítulos 6 y 7 la autora trabaja con entrevistas a, básicamente, sectores de las elites académicas, políticas, culturales y empresariales e indaga sobre el piso discursivo del Uruguay presente en el que ella encuentra una disonancia discursiva entre el legado de la polis y la fuerte presencia de lógicas neoliberales, de las cuales la mayoría de los entrevistados no se hacen cargo, pero a las que naturalizan como mandatos para adaptarse al “presente”, al “mundo”, entre otros conceptos similares. En el capítulo 7 analiza la memoria de los entrevistados en torno a su experiencia de la construcción del “mundo en común” de la polis, desde los 40s a los 60s, y las peripecias personales posteriores que se vinculan a las de la propia polis. Ese mundo en común es descripto por los entrevistados con nostalgia, fundamentalmente por su dimensión igualitarista y plural, ajena a la racionalidad económica neoclásica, y habilitante del desarrollo personal. En los capítulos 8 y 9 Menéndez-Carrión da cuenta de una serie de etnografías urbanas que realizó junto a su equipo y que describen el presente de Montevideo así como del interior urbano. Metodológicamente su trabajo consiste en la observación de las transformaciones urbanas, las dimensiones mercantiles de la ciudad y las maneras que la gente se vincula con el espacio urbano. Además los investigadores tuvieron charlas informales con personas en diferentes lugares de las ciudades que permiten entender las maneras en que ciertos sectores se apropian de la ciudad. En términos generales prima una descripción densa que da cuenta de lo que la autora denomina con la metáfora de la bruma discursiva que refiere a una superposición de discursos urbanos y apropiaciones de la ciudad que no termina de poder ser asociada a un régimen discursivo particular. En el tomo III la autora estudia la manera en que diferentes actores sociales y culturales son hacedores y custodios de lo público gracias al capital de la polis, que promueve el igualitarismo y la pluralidad como operaciones simultáneas, se transmite inter-generacionalmente, se orienta hacia el futuro, no admite convertibilidad con otra forma de capital, y tiene a la memoria como una estrategia para su defensa (T. III, p. 87). En dicho tomo se repasan cuatro experiencias de organización social-económica y cultural: la autogestión de los obreros de la fábrica de FUNSA, el desarrollo del cooperativismo de vivienda de FUCVAM, las medidas de incentivo al pequeño comercio promovidas por CAMBADU, y el desarrollo del teatro independiente. En todos los casos el trabajo consiste en una reconstrucción histórica así como en una evaluación del presente de cada uno de estos colectivos. Los métodos de investigación de los casos son plurales. En cada estudio se combinan entrevistas, observación participante y trabajo con fuentes escritas. La selección es apropiada para ilustrar lo que la autora intenta demostrar, en particular su argumento acerca de las maneras que el capital acumulado de la polis permite generar formas de sociabilidad que logran distanciarse de las lógicas del mercado y en cierta medida, con éxitos relativos, logran resistir el avance de la ciudadanía prescindente propia del discurso neoliberal. Asimismo la selección da cuenta de las maneras diversas en que el capital de la polis funciona. Si bien la ideología tiene un papel performativo en la constitución de esas experiencias (FUNSA, FUCVAM), algunos casos (como el de CAMBADU) la trascienden. Los ejemplos muestran que ese capital no puede ser reducido a las ideologías del batllismo o la izquierda, sino que las trascienden ya que remiten a aspectos que quedan impresos en el discurso aun cuando no sea sencillo identificar las ideologías del punto de partida. Por último, la autora dedica dos capítulos al estudio del campo teatral uruguayo. El enfoque se concentra en la experiencia de los teatreros independientes y su relación con las lógicas del teatro comercial. El exhaustivo trabajo que realiza en torno a estos hacedores y custodios de lo público da cuenta de las maneras en que el capital de la polis ayudó a conformar un campo teatral que mantenía cierta distancia de las reglas del mercado y una ética particular del quehacer artístico, relativamente alejada de la superficialidad comercial. Sin embargo, esta situación comienza a ser interpelada a partir de los 80s y por nuevas exigencias en el contexto del progresismo. El último capítulo caracteriza la situación del presente como un impasse en el conflicto entre el modelo ejemplar de la polis, ya situado a la defensiva, y el neoliberalismo, a punto de lograr la hegemonía. En la visión de la autora, recuperar la dimensión ideológica de la polis es la única manera para que ella retome la ofensiva. Los tres tomos de Memorias de ciudadanía representan una contribución muy importante a las ciencias sociales uruguayas en varios niveles. Creo que se trata del trabajo que más seriamente se propone indagar en la llamada ‘era progresista’ desde una perspectiva que trasciende la política institucional y que incorpora dimensiones ideológicas, sociales y culturales así como aspectos múltiples tales como el estudio de las elites, los movimientos sociales, los actores culturales, y la ciudad.  

Aunque escrito en un estilo sofisticado y complejo, los tres tomos también pueden ser leídos como una brillante crónica de alguien que, por su trayectoria vital, tiene una mirada distante (Menéndez-Carrión partió del Uruguay a los 18 años de edad) pero a la vez mantiene una empatía profunda con los dilemas que los uruguayos enfrentamos desde la segunda mitad del siglo XX y, particularmente, en el período presente. Además de ofrecer un importante marco interpretativo acerca del presente progresista, la obra también es un invaluable acopio documental para estudiar el período. Se puede decir que la descripción de sus casos a veces resulta excesiva, pero también es cierto que dicho exceso es lo que posibilitará que esta investigación se constituya en una fuente de información ineludible para todos aquellos que quieran trabajar sobre dicho período en décadas posteriores. El trabajo también representa un jalón importante en las maneras que se piensa la política contemporánea. La autora despliega una agenda temática muy amplia que da cuenta de las múltiples maneras en que se puede pensar lo político y de los posibles diálogos que se pueden establecer entre teoría política y experiencia social. Por otra parte, la autora ejerce un pluralismo metodológico que se expresa en la aplicación de diversas técnicas de investigación, mayoritariamente cualitativas, que demuestran las variopintas maneras en que la política puede ser estudiada. Resta decir que esta mirada, más abierta en relación a los actores y a las metodologías, implica una interpelación a aquellas visiones que tienden a restringir el campo de la política a los partidos y las metodologías cuantitativas. Por último, el texto se inscribe en una larga tradición de reflexión sobre las características centrales del Uruguay moderno construido durante el batllismo. En dicha tradición ensayística se encuentran trabajos como El Impulso y su freno de Carlos Real de Azúa, La democracia en Uruguay de Germán Rama, el artículo sobre “La partidocracia uruguaya: historia y teoría de la centralidad de los partidos políticos” de Gerardo Caetano, Romeo Pérez y José Rilla y, por último, desde una perspectiva crítica, Cómo nos domina la clase gobernante. Orden político y obediencia social en la democracia posdictadura. Uruguay (1985-2005) de Álvaro Rico. Desde la lógica propuesta por Memorias de Ciudadanía podríamos decir que todos estos trabajos se plantean la pregunta de qué fue la polis histórica. El libro dialoga con todos estos enfoques previos ya que problematiza la relación del espacio discursivo de la polis con el estatismo y la poliarquía. La autora establece distinciones relevantes entre el espacio de la polis y otras instituciones políticas que la llevan a pensar el período de una manera extremadamente original y a argumentar que el avance del espacio discursivo de la polis permitió una expansión de lo público que residió mucho más en lo social y lo cultural que en las instituciones (oficialmente aceptadas como) políticas. Creo que un diálogo más explícito con estas obras previas habría ayudado a clarificar los argumentos del libro, su posicionamiento en dicha discusión y, por último, podría haber matizado una imagen demasiado virtuosa de la polis histórica que emerge de los entrevistados en el capítulo 7. En este sentido, creo que la relación de la polis como espacio discursivo y la experiencia histórica admite unas narrativas más matizadas y complejas de la que realiza la autora. Memorias de ciudadanía intenta rescatar una agenda muy diferente a la que generalmente se ha intentado recuperar del “Uruguay clásico”. Mientras muchos insistieron en la supuesta virtud de los partidos políticos y en su capacidad para administrar el conflicto y las demandas sociales, a Menéndez-Carrión le interesa rescatar la conceptualización e importancia de los principios de igualitarismo y pluralidad que circularon en esa polis. Ese capital de la polis es mantenido por una diversidad de actores que no resultan reductibles a los partidos o al Estado. Así, este libro propone una mirada profundamente original. Sin embargo la narrativa histórica acerca de lo ocurrido luego de dicho momento virtuoso tiene demasiados puntos en común con la manera tradicional en que se ha venido contando la historia de la segunda mitad del siglo XX. Ésta consiste en la idea de que existió un Uruguay clásico que fue acechado en los sesentas por distintos motivos según el enfoque ideológico del autor, que fue suspendido en la dictadura y finalmente retomado, en versiones más débiles, en democracia. Aunque el trabajo tiene una dimensión histórica, es una lectura construida desde el presente. Como el gran sociólogo Maurice Halbwachs planteó, la memoria siempre se construye desde el presente. Y en este sentido las diferentes maneras en que se repasa la experiencia de la polis tiene mucho más que ver con las maneras que los contemporáneos recuerdan el pasado que con un trabajo historiográfico que discuta críticamente esas memorias construidas desde el hoy. Es cierto que aunque se habla mucho del Uruguay clásico y se lo plantea como un punto de partida para entender muchos aspectos del Uruguay contemporáneo, la producción historiográfica del período que va de los treintas a los cincuentas es bastante escasa. Se sabe muy poco de dicho período. También es cierto que la producción histórica sobre lo ocurrido a partir de los tardíos sesentas es mucho más amplia pero también más reciente y está en proceso. Sin embargo, a pesar de estas limitaciones, hay aspectos que nos pueden llevar a plantear algunas preguntas relevantes sobre la narrativa histórica que transita la polis en la propuesta del libro. ¿Tuvo la polis un momento hegemónico que se logró regularizar sobre todo el territorio? La investigación histórica sobre los 50s da cuenta de diferentes nociones de ciudadanía que estaban repartidas en el territorio. La tensión entre el batllismo y los sectores conservadores vinculados al herrerismo, y luego al ruralismo, estaba territorializada en el conflicto entre campo y ciudad, e interior y Montevideo. A modo de ejemplo, la idea plural de la polis sugerida por el libro estuvo interpelada por un fuerte anticomunismo que circuló en algunas zonas del interior del país y que llevaron a procesos de exilio interno para muchos militantes e intelectuales de izquierda del interior. ¿Se mantuvo la polis durante el autoritarismo a través del insilio? La investigación histórica muestra cómo el legado histórico de la polis fue disputado por varios sectores conservadores (de los partidos políticos tradicionales y de la propia dictadura) que intentaron resignificarlo en clave conservadora, en el lenguaje de una comunidad armónica que la izquierda había querido destruir. En su trabajo clásico sobre 1971, Real de Azúa advertía de ese fenómeno en relación a las transformaciones del batllismo a fines de los 70s. Diversos trabajos sobre el consenso autoritario durante la dictadura, escritos por quien escribe y también por Vania Markarian e Isabella Cosse, así como el trabajo sobre la política de memoria del sanguinetismo escrito por Álvaro de Giorgi, dan cuenta de esas diversas apropiaciones del sentido de la polis que se dieron durante la crisis, el autoritarismo y la transición. Estos trabajos relativizan la idea de que la polis haya logrado refugiarse en el insilio durante el período, mostrando que más bien parece haberse fragmentado en una lucha por su significado. Por último, el trabajo de Diego Sempol De los baños a la calle: historia del movimiento lésbico, gay, trans uruguayo (1984-2013) muestra cómo los intentos por incorporar los discursos de la diferencia (supuestamente parte de un principio político central de la polis) tuvieron fuertes resistencia en izquierdas y derechas en un momento donde se procuraba la “restauración,” mientras que, paradójicamente, recibieron una consideración más amigable a medida que las lógicas neoliberales tuvieron una presencia mayor. De todos modos, estas dudas no cuestionan el argumento central que Menéndez-Carrión plantea en torno al espacio discursivo de la polis. Simplemente relativizan su extensión y alcance durante el siglo XX. Creo que dichas relativizaciones, aportadas por la investigación histórica, pueden ayudar a entender mejor las brumas y disonancias discursivas del presente, así como las dificultades para que la polis retome la ofensiva. 

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