Con Gerardo Tagliaferro, autor de «La otra muerte de Dan Mitrione»

Con Gerardo Tagliaferro, autor de “La otra muerte de Dan Mitrione

“Mi idea, con esta novela, fue mostrar una especie de choque de dos mundos, de dos cosmovisiones”.

Siempre le tiraron las letras. Funcionario público de carrera, en el sindicato era el tipo que se encargaba de los boletines de la comisión de Prensa y Propaganda. Ya “grandecito”, a los 29 años, se metió a estudiar Comunicación Social en la UTU, más como una cuenta pendiente que como una salida laboral. Pero el periodismo lo estaba esperando, y al poco tiempo estaba desarrollando en el semanario Crónicas, y luego en Montevideo Portal, un estilo de entrevistas original, agudo, respetuoso aún en la peor confrontación, ávido de verdades.

Publicó algunos libros [Fernández Huidobro. De las armas a las urnas (Fin de Siglo, 2004); Adiós, Robin Hood. 7 tupamaros 40 años después (Fin de siglo, 2008), y Astori, el retador (Fin de Siglo, 2009)], donde el actor principal es siempre la palabra del otro, y conservó la asepsia necesaria para no contaminar con su yo la escena en la que no era protagonista. La verdad, otra vez, o las distintas verdades, como barro o martillo.

Eso, claro, no es ficción.

Pero antes, bastante antes, hubo un episodio que su memoria recuerda. Un escolar Gerardo Tagliaferro, que destacaba en redacción, ganó un concurso. Con una consigna abierta escribió la historia de un hombre que se ahogaba en el mar, casi su relato de un náufrago. Y lo aplaudieron.

Esa pulsión por inventar una historia volvió una década atrás, cuando se juntaron las ganas de novelar y el asunto del texto. Y escribió, fracasó, borroneó, volvió a escribir. De la empresa quedó La otra muerte de Dan Mitrione (Fin de Siglo, 2017), un relato ficticio pero verosímil en torno al secuestro y ajusticiamiento del funcionario estadounidense a manos de los tupamaros. La novela recorre ese hito del pasado reciente, dotando a sus personajes de voces humanas en el amplio sentido de la palabra, en paralelo a un romance casi de telenovela, en el que cuestiona estereotipos y subvierte roles. El resultado es una obra que exhibe las contradicciones de un mundo que, aunque pasen los años, parece seguir siendo igual.

*

Sos un tipo que viene del periodismo, de la entrevista… ¿Cómo llegás a la novela de ficción?
Es como una especie de berretín que tuve, de escribir una novela. Y se alinearon los planetas para publicarla.

 

¿Es una novela vieja?

Sí, hace bastante que la tengo escrita. La empecé hace como diez años. Estuve como cuatro años escribiendo, así que debe hacer cinco o seis que la tengo ahí. Le he hecho retoques y cosas, pero salió ahora, justo, que coincide con la de [Fernando] Butazzoni [Una historia americana, Alfaguara, 2017], sobre el mismo tema. Pero es otra cosa. Ni hablar.

 

Es un buen momento para publicar una novela sobre el tema porque la aparición de Amodio Pérez revolvió el avispero respecto de la “historia oficial” del MLN… Al menos hay un sector amplio de la sociedad que habla de una “historia oficial” de los tupamaros, basada especialmente en los escritos de Eleuterio Fernández Huidobro…

Huidobro fue el gran narrador del MLN.

 

De repente esta novela, diez años atrás, con sus cuestionamientos, podría parecer imposible. Ahora, en cambio, con todo en duda, no deja de ser verosímil.

Sí. Comparto. Está un poco en cuestión esa historia oficial. De todas maneras, no soy de los que tiran el niño junto con el agua sucia. Creo que se está viendo claramente que la historia oficial adolecía de ciertas cuestiones, pero tampoco me alineo con los que quieren borrar todo y decir que las cosas fueron de otra manera. Esto que escribí es ficción. Inventar un desenlace que va por otro lado del que realmente fue.

¿Por qué ficcionar un tema que es tan caro, por lo menos, para parte de la izquierda? Porque es una historia que quedó grabada en la mente de los que crecimos después del suceso. La muerte de Mitrione fue más o menos así, y punto…
No lo hago con la pretensión de que alguien se crea esta historia. Es entretenimiento. Lo que pasa es que ahora todo está condicionado, teñido porque coincide con la de Butazzoni, que es muy apegada a la historia real. Incluso lo he hablado con Fernando. Entonces queda todo como relativizado, porque mi intención, cuando la empecé a escribir, cuando se me ocurrió hacer una ficción en torno al secuestro de Dan Mitrione, era un hecho conocido, que en su momento causó mucha repercusión, incluso a nivel mundial, fue muy conmocionante, un hecho importante de nuestra historia reciente, pero si ibas a los detalles, no había nada. Había una muy buena investigación de Clara Aldrighi, que publicó El caso Mitrione, por el 2007, basada más que nada en documentación. Ella fue a Estados Unidos, vio documentos desclasificados, pero ¿Qué pasaba en la pieza, en el sótano, en el caso de mi novela, donde estaba encerrado Mitrione? Nadie sabía. Incluso no se sabía demasiado de las negociaciones, si las hubo. Me pareció que daba pie para decir “Bueno, dejemos volar la imaginación”. ¿Qué pasó acá? ¿Qué hubo? Me pareció que ahí había un camino para recorrer. Hoy, capaz que uno lee la novela de Butazzoni, que trae mucha información real con el ropaje de una novela, y si lo quisiera hacer a partir de hoy, ya le quedaría mucho menos margen para imaginarse cosas. Al momento que yo lo hice, eso estaba planteado. Después, tenía la otra historia, que en su génesis fue una cosa que corrió por otro camino, hasta que resolví juntarlas.

 

¿Qué es lo que buscabas al momento de escribir la novela? Porque lo interesante es que, más allá de la historia entre comillas sobre el pasado reciente, hay una reflexión importante sobre determinados valores. Los valores de la izquierda, de los tupamaros, los valores de Mitrione… Esos apuntes son bien interesantes…

Lo que busqué, de alguna manera, fue mostrar una especie de choque de dos mundos, de dos cosmovisiones. Tanto en el camino del secuestro y lo que pasa ahí como en la historia de una relación de pareja. En el caso del secuestro, en esos diálogos entre captores y capturado, intenté plasmar las visiones contrapuestas en ese momento. Si uno va a lo que llamamos la historia reciente, se da cuenta de que había una visión de que el cambio, la revolución, el mundo nuevo, el hombre nuevo estaba a la vuelta de la esquina. Era cosa de ponerse las pilas, echar abajo este sistema y construir otro mejor. Intento reflejar esa mentalidad, esa visión. Otra de las preguntas que me hago, que intento dejar planteadas, es que seguramente tenía que ver con una generación de gente muy joven, que entendió y creyó que realmente era la hora de construir un mundo mejor, y estaba convencida de que lo iba a hacer. Y por el otro lado, el viejo mundo, el tipo que, pese a estar en un pozo, secuestrado, con todas las de perder, en manos de sus enemigos, sin demasiado para hacer, se las pelea. Les dice: “Ustedes no van a ir a ningún lado”. Un muchacho que piensa que el tipo que tienen ahí secuestrado representa todo lo malo del mundo contra el que combate, y siente el impulso de escupirle la comida. Y el otro se da cuenta de que lo hizo, y le dice: “Esta es la mejor forma de describir por qué ustedes no van a ganar nunca. Usted cree que su victoria es escupirme la comida. Eso no es la guerra, la guerra es otra cosa”. Ese es el mensaje que le da. Yo intento que Mitrione juegue ese papel.

 

¿De dónde sale ese interés por abordar parte de esta historia? Porque eras un gurisito en esa época… ¿Tenés recuerdos de eso?

Tengo recuerdos, sí. Tenía 8 años. Para empezar, toda esta historia de los conflictos de las décadas del 60 y 70, la guerrilla y todo eso, me apasionan. Una vez que terminó la dictadura o empezó a abrirse la puerta, que empezaron a surgir libros, películas, yo me transformé en un enfermo que consumía todo lo que había. Siempre me apasionó esa historia, que viví siendo muy chico. Nací en el 62, y tengo recuerdos de aquella época. Además del conflicto que se vivía, que yo vivía como un niño, que sabía que había problemas, y que en la calle había líos, tiroteos, y la imagen que tengo grabada de lo de Mitrione es del día que apareció su cadáver. Esa tarde estaba jugando con unos amigos de mi edad en la puerta de mi casa, y pasó un avión, que no era un avión de línea. Y uno de mis amigos lo mira y dice: “Los norteamericanos nos van a empezar a bombardear”. Ese es el recuerdo que tengo: había una conmoción. Habían matado a un norteamericano. Y una vez que fui adulto y se empezó a ventilar de nuevo aquella historia, siempre fue un tema que me apasionó. Y lo de Mitirone, lo que había era que había sido un hecho muy importante, muy conmovedor, que generó tensión, no solo en el país sino con los vecinos, porque estaba también secuestrado el cónsul brasileño, Aloysio Días Gomide, que no toco en la novela, pero que en la realidad fue así. Se hablaba de una invasión y todo. Yo no tengo respuestas, pero me interesaba plantear algunas preguntas en torno a las motivaciones humanas, o las visiones que subyacían detrás de ese conflicto.

Como periodista, ¿Encontraste esas preguntas que te hacés entre los protagonistas de la época?

Claramente, de los que en aquel momento tomaron las armas, podemos hablar, en una buena proporción, de jóvenes de 20, 22 años. Hay de todo. En aquel momento el MLN fue un gran paraguas donde se metió de todo un poco. Ellos mismos lo decían: “Las palabras nos separan, la acción nos une”. Lo que uno ve después, en la gran mayoría, por lo menos, es una mirada crítica al respecto. Que se metieron en un callejón que no tenía salida. La prueba está en que, después, muchos de ellos han sido gobernantes y han gobernado dentro de la lógica del sistema que en su momento combatieron. Con un mundo distinto, es cierto. Un mundo que ya no tiene los dos bloques, ya no existe el socialismo real. Pero hay un tema que es la juventud, lo que implica la cabeza de alguien que tiene 20, 25 años, que, para mí, está un poco dejado de lado cuando se analiza aquella época. Se le pone poco foco sobre el tema de los jóvenes que eran quienes, en aquel momento, querían hacerse con el poder en el país. Seguramente no tenían muy claro qué iban a hacer con él. Pensaban que era una cosa que estaba a la vuelta de la esquina, pero no tenían demasiada noción de qué hacer con eso después.

 

¿Qué hiciste con el periodista aferrado al dato preciso, a la declaración concreta, cuando te pusiste a inventar una historia?

Lo dejé medio de lado. Esto surgió un poco como una necesidad de probarme en un terreno que, evidentemente, no es el mío.

 

¿Por qué decís “evidentemente”?

Porque es la primera vez que me meto en la ficción. Calculo que no es mi terreno. Fue más bien una necesidad de probarme, de hacer algo que me gustaba y tenía ganas de hacer. Y, al principio, lo empecé a hacer como un ejercicio. A ver hasta dónde podía llegar. Y me fue gustando. Me pareció que podía llegar a algo, y terminar ese proceso en la publicación de la novela era algo que estaba un poco ahí, pero no era el objetivo principal. Era sacarme las ganas de escribir una historia, como tantos de repente lo hacen y nunca llegan a publicar. Y al periodista lo tuve que amordazar para dejar lugar a la ficción. El relato y los hechos que cuento no son reales, pero no son inverosímiles. Todo puede haber sucedido. Incluso ese desenlace, que no tiene mucho que ver con el desenlace real, con las motivaciones de por qué sucede lo que sucede…

 

¿Y por qué no? ¿Quién sabe lo que hay en la cabeza de alguien que toma una decisión?

Claro. Y ahí está un poco la otra historia que planteo en la novela, que es un poco el eje argumental y la que va a desembocar en ese final. Una relación de pareja, clandestina, entre dos personas con ciertas características. En esos personajes yo intento también plantear esa contradicción de los dos mundos. Por un lado, ella, que vive desapegada de las normas que la sociedad impone, y ni qué hablar en ese momento. Una mujer que vive su vida afectiva, su sexualidad con liberalidad, y que por eso también sufre los conflictos que le plantea la cultura y la sociedad, porque eso no es gratis para ella. Y por otro lado un tipo mayor, que viene de un lado ideológicamente conservador, y que vive lo que seguramente muchos hombres de mi edad han vivido. Aquella visión de las relaciones humanas en la que las mujeres tienen cierto rol y los hombres otro, y que al hombre se le permiten cosas que a la mujer no. El tipo se involucra con una mujer de esas características, y al principio está todo bárbaro, pero cuando se empieza a comprometer afectivamente con ella se le complica. El tipo sufre por el “qué dirán”. Se metió en un brete que no había pensado, como sucede tantas veces en la realidad. A través de esos dos conflictos intenté plantear preguntas sobre las motivaciones finales de los seres humanos, sobre las cargas que condicionan sus acciones. Espero haberlo logrado.

¿Cuándo te surgió la necesidad de desafiarte escribiendo una novela, y cuándo descubriste que estabas pronto para empezar? ¿Y en qué momento encontraste la voz para hacerlo?

La historia de amor, entre comillas, era algo que tenía en la cabeza desde hacía mucho tiempo. Me parece que refleja situaciones de la vida cotidiana. Sobre todo, en la sociedad en la que yo me formé. Y tenía ganas de escribir sobre eso. Eso estaba medio maduro, pero nunca me había sentado a escribirlo. Por otro lado, la idea de ficcionar algún hecho que tuviera que ver con la historia reciente también estaba. Si bien no tenía definido el hecho en sí, tenía esas ganas de entrarle al tema. Increíblemente, lo que unió ambas cosas fue un hecho casual. Me encontré con el músico Jorge Alastra, un viejo conocido de la adolescencia, y conversando sobre el tema de mis libros, vinculados a esa historia reciente, me dijo “¿Por qué no escribís una novela que tenga que ver con una pareja en aquel entorno de la guerrilla? Yo no escribo, pero siempre me pareció que estaría bueno leer algo de eso”. Eso fue como el clic en la llave. Ahí se me unieron las dos historias. Sin tener el oficio, porque nunca lo había hecho. Y empecé imaginándome escenas y escribiéndolas.

 

¿Cómo hiciste, sin tener el oficio, para escribir una novela que poco tiene que ver con tu estilo como periodista?

Lo que he escrito, tanto lo que hago cotidianamente, que son las entrevistas, como los libros que he hecho, se basan en el testimonio. En entrevistas con gente que me cuenta cosas. Acá no había nada de eso. Había que buscar un poco más de información de la que yo tenía, y poco más. Era dejar volar la imaginación. Y a través de esas escenas, tratar de plantear lo que yo quería. Esos conflictos, esos desencuentros, esa lucha entre lo permitido y lo prohibido, el bien y el mal, el mundo que queremos y el que vivimos. Un poco eso.

 


¿Tuviste alguna guía, te fijaste en algún autor para sacarte dudas, para orientarte en cuánto a por dónde tenía que ir la narración?

No en ninguno en particular. No tuve ningún referente.
¿Te distrae la lectura cuando escribís?

No. Además, escribir esto me llevó cuatro años, con períodos en los que no escribía nada, no me salía nada, otros de mayor producción, pero nunca tuve que decir “Dejo todo lo demás porque me voy a contaminar”. No. Me pasa eso, hasta en mi labor como entrevistador. Más allá de lo que es entrevistar y después desgrabar la entrevista, y transcribirla, en el copete de mis notas intento darles algún valor agregado, presentar al entrevistado de una manera atractiva. Hay veces que tengo que esperar aquello de la musa. No sé si es eso o qué, pero hay momentos en que no lo puedo hacer. Tiene que madurar, a veces no me sale. Tengo que esperar; en algún momento va a salir. Esto fue un poco así, pero con más énfasis. Era esperar el momento en que podía sentarme y ver si había algo, y darle…

 

Aparte no trabajás de esto, no es tu prioridad…

Obvio. Se hace en los ratos libres de los ratos libres. De noche, en algún momento de las vacaciones. No tengo la posibilidad de dedicarme a escribir.

 

¿Corregiste mucho?

Corregí bastante. Para eso tuve gente que me ayudó. Ni que hablar de la editorial. Estefanía Canalda, que fue la que trabajó conmigo en la edición, fue un aporte valiosísimo, porque es joven y mujer, y me hizo algunos señalamientos de joven y de mujer sobre algunos deslices que quizá tenía la novela, que no le aportaban, y la ensuciaban un poco. Y después tuve que pelarle lo que podía ser gordura, que no era necesario a efectos de la historia. Cosas que tienen que ver con el hecho de no tener el oficio de narrador. Seguramente esta experiencia me ha enseñado muchas cosas. No quiere decir que vaya a reincidir, pero si algún día se me antoja otra historia, voy a partir de una base más firme.

 

Después de cuatro años de haber empezado a escribir, al terminarla, ¿encontraste un Tagliaferro bisoño, más inmaduro que el del final?

Sí, sí. Te voy a decir algo que no sé si está bien decirlo, pero cuando terminé el original, el primario, me parecía que estaba espectacular. Los que saben de esto dicen que un buen libro tiene que tener dos componentes básicos: una buena historia, y estar bien contada. A mí me parecía, en aquel momento, que la historia era muy buena. No estaba tan seguro de si estaba bien contada, pero creía que sí. Y tuve algunos porrazos, alguna gente que me bajó a tierra. Incluso la presenté en algún concurso, con expectativas, y no pasó nada. Eso, y alguna mirada, algún consejo, me ayudaron. Y finalmente el de la editorial, que me ayudaron a prolijarla bastante. El resultado final lo medirán los lectores. Hoy, mirando para atrás, cuando me parecía que aquella cosa que había escrito era muy buena, me digo “pará, loco, ¿En qué estabas pensando?”. Creo que el producto tiene menos imperfecciones que las que tenía en aquel momento.

 

¿Volviste a leerla una vez que salió publicada?

Sí, y es otra cosa. Me dio una impresión distinta, es increíble. Debe ser algo subjetivo. Dice exactamente lo mismo que cuando me lo devolvieron para publicar.

 

¿Y te reconociste en el texto?

Capaz que necesito más distancia para responder esa pregunta. Pero te diría que sí. Y que volví, de alguna manera, una vez que la tuve en mis manos, a quedar conforme. Hubo un punto en todo este proceso, en el que dije “pah, ¿será publicable esto? ¿Estará tan bueno como yo pensaba?”. Me entré a cuestionar bastante fuerte, pero una vez que la vi publicada, me dejó más conforme. Me reconocí más en aquel primer punto que estaba satisfecho con el resultado. Espero que no pase lo mismo que me pasó aquella vez, que me di cuenta de que estaba equivocado.

¿Ahora volviste a tener esa misma pulsión de escribir ficción?

No, por ahora no. No tengo ninguna historia que me esté golpeando la cabeza, como me pasó con esta. No es lo mío, no lo ha sido hasta ahora.

 

¿Y entonces qué?

Por ahora, seguir con Las 40, tratando de descubrir personajes reales, y aportando cosas interesantes. Que la gente conozca personas, hechos, circunstancias a través de un diálogo. Me conformo con eso. No creo que sea poco.

 

Comprá La otra muerte de Dan Mitrione en NosGustaLeer

Jorge Costigliolo | Montevideo Portal
jcostigliolo@montevideo.com.uy

Wordpress Themes - Wordpress Video Themes - Wordpress Travel Themes - WordPress Restaurant Themes