El sable roto – de Jorge Chagas

El sable roto - de Jorge Chagas«¿Quiere conocer la historia, historiador? La historia es el cadáver apuñalado de don Venancio, el más grande caudillo del Partido Colorado, el general que nunca perdió una batalla, pudriéndose frente al altar mayor de la Catedral, rodeado de moscas y alcahuetes, y el cadáver apuñalado de Berro, el puritano, hombre de dignidad y honor, paseado en un carro de basura por la principal avenida, degollado, rodeado de moscas, solo, llevando en su bolsillo el salvoconducto para don Venancio».

Jorge Chagas, estudioso de historia y cinco veces ganador de los Premios de Literatura del MEC, reconstruye el exilio del dictador uruguayo Lorenzo Latorre.

Asediado por la humedad y la indiferencia, en un rincón olvidado de Buenos Aires, el coronel le narra trozos de su vida a un desfile de historiadores, mientras su memoria discurre por otros caminos. Alimentado por el rencor, Latorre visita secretos inconfesables, recuerdos atroces y convicciones que ningún intelectual bienpensante le perdonaría tener.

El sable roto es una novela fundamental para entender al Uruguay. Una novela en que los intersticios de la historia, la política y el poder encastran con una reflexión impactante sobre la guerra, la muerte y lo que significa ser soldado.

 

Jorge ChagasJorge Chagas

Jorge Chagas (Montevideo, 1957) es Licenciado en Ciencia Política, escritor,  historiador y periodista. Trabajó en los medios Aquí, Alternativa, El Observador y Tres. Es miembro desde 1997 del taller de literatura Rubén D’Alba, que coordina Lauro Marauda. Ha publicado obras de investigación histórica y de ficción. Participó en el 2002 junto a Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Mario Delgado Aparain, Hugo Burel y otros escritores de renombre en la obra colectiva El cuento uruguayo. En 2003 ganó el primer premio en el Concurso Anual de Literatura del MEC  y una mención de honor en el Premio Municipal de Literatura con la obra Gloria y Tormento. La Novela de José Leandro Andrade. En 2008 la comparsa Yambo Kenia musicalizó el texto, ganando el primer premio de Carnaval en su categoría. En 2009 ganó el primer premio nacional de literatura en la categoría ensayo histórico inédito con la obra Banco La Caja Obrera. Una historia, en coautoría con Gustavo Trullen. En el 2010 ganó el mismo premio con la obra Guillermo Chifflet: el combate de la pluma, también en coautoría con Gustavo Trullen. En 2013 obtuvo el segundo premio de literatura del MEC con la obra La sombra. La novela de Ansina. En 2015 logró nuevamente el segundo premio en el mismo concurso,  con la obra El sable roto. La novela del coronel Lorenzo Latorre. Es socio de la entidad social y cultural Africanía desde el año 1997 y actualmente está trabajando en proyectos literarios-musicales.

Un fragmento

«¿Qué puede saber este hombrecillo, lástima me da, lo que es la guerra? ¿Qué puede saber del misterio y la belleza, la sublime y aterradora belleza que solo nosotros, los soldados, podemos apreciar? El sol raja la tierra, es un fuego que escupe el cielo. Los uniformes deshilachados huelen a sudor y mierda, las lenguas están resecas, moscas verdes revolotean a su alrededor y los soldados marchan; cae la lluvia sin parar, las botas agujereadas se hunden en el barro, y sucios, empapados hasta las pelotas, los soldados marchan; sopla el viento azotando rostros como cachetadas, la vista se nubla, los oídos zumban y los soldados marchan; el frío cala los huesos, las manos y los pies se congelan, castañetean los dientes, y los soldados marchan; reina la noche oscura, tan oscura como la misma muerte, la luna parece una tierra blanca y yerma y las estrellas faroles moribundos, y los soldados marchan; no hay «ranchos », no hay aguardiente, no hay municiones, no hay paga, no hay putas y los soldados marchan; flamean banderas, pendones y estandartes, se agitan pañuelos desde balcones adornados, hay suelta de palomas, las hembras lanzan ramos de flores, suena un clarín, redoblan marciales tambores, repican campanas, explotan petardos, hay vivas y aplausos, curas y obispos se hincan y rezan avemarías y padrenuestros, como rezan también añosos conjuros, en oscuros rincones, las brujas con ojos de sapo, piel de culebra y uñas de gato, y los soldados igual marchan, marchan, marchan; lloran las chinas cuarteleras, cargando críos que berrean y se mean y se cagan en sus brazos y los soldados marchan; hay cansancio, dolor, un dolor amargo que no es del cuerpo sino que es el dolor más atroz de todos, el dolor del alma, el peor de los dolores, más duro y amargo que el de la carne, hay soledad, la soledad más terrible de todas, la soledad del milico que va a matar o morir, hay penas de las que ninguno habla, miedo, no el miedo a la muerte sino el miedo a ya estar muertos y no saberlo, no importa, no importa, los soldados marchan, marchan, marchan; reina un silencio de luto, los badajos ya no se mueven, los balcones están vacíos y las ventanas cerradas a cal y canto, los pañuelos son llevados por el viento, las flores se marchitan, las palomas huyen, las chinas cuarteleras huyen presurosas con sus críos, que se cagan y mean en sus brazos, a llorar por los que no volverán y ni los perros ladran, solo se oye el eco apagado, trac-trac-trac-trac-trac, de las botas –¿o eso es el murmullo de los rezos oscuros de las brujas, tan viejas y sabias como su amo Mandinga, que conocen el destino de los que van, sin mirar atrás, a matar y morir?–; no importa, no importa, los soldados marchan, marchan, marchan; se abren las lápidas, se abren lentamente con un sonido siniestro, chirriante, y los caídos de antiguas batallas salen de sus tumbas mohosas y olvidadas para bailar su danza macabra, son bufones con mortaja más que aparecidos, y susurran a sus oídos –susurros malditos que son como cadenas que chirrían y se arrastran– que una vez yacieron en campos de batalla con los huesos rotos y las tripas al aire, implorando al sordo cielo; susurran que la gloria es apenas carroña para los gusanos, no hay ángeles ni querubines en los campos de batallas, Dios desvía la mirada, pero cuando acaba la furia y solo quedan el humo y los quejidos, cabalga desnuda la hembra más hermosa de la creación, su piel es suave, muy fría y más blanca que la leche, en una mano lleva las condecoraciones para los valientes y en la otra, la guadaña; susurran la más grande de todas la verdades: los soldados van al averno para que a los señorones de levita, bastones y sombreros de copa y las señoronas de calzones rosados se les abran las puertas del cielo; susurran, antes de volver a encerrarse en sus tumbas mohosas y olvidadas, que los están esperando y son pacientes, muy pacientes, los están esperando en el otro cielo, el cielo de que los matan y mueren, un cielo que gotea sangre, el cielo de los soldados donde, como en los campos de batalla, no hay ángeles ni querubines y solamente se oye hasta el día del juicio final el silbido de las balas, el estrépito de los cañones, el choque de las bayonetas y los gritos de los que caen; no importa, no importa, no importa, los soldados

¡marchan!

¡marchan!

¡marchan!

¿La historia, historiador, puede describir eso? ¿Qué puede saber este hombrecillo lo que es la muerte, la hembra que cabalga desnuda cuando acaba la furia y solo queda el humo y los quejidos, la hembra de las condecoraciones y la guadaña para los valientes? Porque los valientes no caminan por la tierra con los vivos, los valientes caminan en la tierra donde reina esa hembra que cabalga desnuda. Yo que fui bautizado en la parroquia San Francisco de Asís como Lorenzo Antonio  Inocencio de la Torre y Jampen, en un catre del hospital de sangre de Corrientes, sépalo, hombrecillo, dormí al lado de esa hembra a la que todos temen».

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