La biografía como radiografía de un presente – [sobre La voz desnuda]

¿Por qué escribir una biografía hoy y en nuestro medio? ¿Por qué escribir una biografía sobre un hombre de tierra adentro que se encuentra en la bisagra no sólo de dos tiempos históricos-culturales, sino de dos posiciones ideológicas antagónicas, como es el caso del locutor olimareño Walter “Serrano” Abella?

Si bien para el montevideano medio ese nombre puede pasar desapercibido, no es el caso para los que venimos de tierra adentro. Más si hablamos de la zona esteña del Uruguay. Erosa da una semblanza introductoria de este personaje que bordea cierto costado mítico del imaginario colectivo rural: Ingresó a trabajar en la radio de casualidad, apenas cumplió los 18 años. Entre el año 1961 y el 1968 comenzó a tomar conciencia de dónde estaba parado: lo que hacía al “aire” y todo lo que circundaba a la cultura popular podría ser su vocación. En el 68 salió por primera vez en Radiodifusora Treinta y Tres el programa que mantiene hasta hoy en la Voz de Melo, “Hora del campo”, y se fue consolidando como una voz importante en el dial del interior. Su ética periodística y su resistencia a la dictadura le hicieron ganar muchos enemigos, pero también el respeto de su audiencia. Le apasiona la política, pero tiene claro que desde la vereda de enfrente al poder es desde donde se ejerce mejor la profesión. (…) Es blanco. Fue amigo de Wilson Ferreira Aldunate y es admirador de su ideario hasta el día de hoy. Lo que no le evitó tener serias disputas de principios cuando su líder apoyó el voto a la ley de caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado que consagraba los crímenes cometidos en la dictadura. Se dice liberal, pero su pensamiento más hondo entronca en la histórica frase de Aparicio: “nadie es más que nadie”. Por eso piensa que no hay derecho a tener 30 mil hectáreas, un latifundio equivalente a dos tercios del departamento de Montevideo. “Nadie debería tenerlas. Primero porque es mentira que las explota bien, y segundo porque si precisa tierra para que la gente trabaje, no puede haber alguien que concentre tanto. Tendría que haber un límite. No me digan que la propiedad privada esto o aquello. La propiedad privada es importante, pero mucho más importante es la patria, la gente”. No cree en el libre mercado, al que define como “un invento canallesco, porque es la pelea de un oso contra un cristiano con un cuchillo capador dentro de una jaula. ¡No! Si las fuerzas son distintas, juez al medio. Para eso está el Estado. Dicen que el Estado no puede ser paternal, pero sí, es más, tiene que ser maternal el Estado”.

Hecha esta radiografía introductoria, Erosa va desplegando una escritura de gran fluidez, híbrida y polifónica al fusionar con oficio lo estrictamente periodístico con una modalidad narrativa depurada que lo acerca al registro oral. Todo un mérito, si tenemos en cuenta la observación de Gustavo Espinosa, quien advierte en el libro que no es fácil transponer aquella voz en escritura. Erosa parece perfectamente consciente que, en la actualidad, hay un interés en los procesos de la memoria individual, grupal y colectiva, en un momento en que precisamente la sociedad de los medios de masificación pretende homogeneizar todas las formas del saber y de comunicación social. Y, a pesar de que muestra sus quiebras, trata con más fuerza de convicción, de reafirmar su solidez. La conciencia de cambio de época, sin un dibujo preciso del futuro, el haber roto con las formas de identificación del linaje o del trabajo o de las subculturas, y la revisión fuerte de lo que es el sentido de la historia, o la historia como sentido general, universal, además de los diagnósticos del «fin de la historia» generan profundas redefiniciones de la formas de identidad. De allí el desfile por estas páginas de figuras tales como Rubén Lena, Alfredo Zitarrosa, el Carau Peralta, Los Olimareños, Martín Aquino, Saravia, Rubén Darío Mesones, el “Indio” Baladán, Wilson Ferreira Aldunate, Oscar Prieto -“el Laucha”-, entre tantos otros. No son nombres al azar: esa conjunción de referencias que hace del libro de Erosa una variante escrita, vernácula y original, de la tapa del Sgt. Pepper’s a partir del universo simbólico de donde surge y del cual Serrano Abella se vuelve una caja de resonancia, muestra su fractalidad por la que la memoria individual, la memoria colectiva y la memoria histórica se superponen, plantean un decir el presente desde una extrema radicalidad. Se sabe: la memoria está, pues, íntimamente ligada al tiempo, pero concebido éste no como el medio homogéneo y uniforme donde se desarrollan todos los fenómenos humanos, sino que incluye los espacios de la experiencia. La memoria individual existe, pero ella se enraíza dentro de los marcos de la simultaneidad y la contingencia. La rememoración personal se sitúa en un cruce de relaciones de solidaridades múltiples en las que estamos conectados. Nada se escapa a la trama sincrónica de la existencia social actual, y es de la combinación de estos diversos elementos que puede emerger lo que llamaremos recuerdos, que uno traduce en lenguaje. La conciencia no es jamás cerrada sobre ella misma, no es solitaria. Nosotros estamos en direcciones múltiples, como si los recuerdos se situaran en un punto de señal o de mira, que nos permite ubicarnos en medio de la variación continua de los marcos sociales y de la experiencia colectiva histórica. Es lo que tal vez explica por qué en los periodos de calma o de fijación momentánea de las estructuras sociales, los recuerdos colectivos son menos importantes que dentro de los periodos de tensión o de crisis. Sin embargo, el propio Abella aclara que no es precisamente el caso: ¿Sabés lo que hay que forjar? El hombre nuevo. Tenemos que empeñarnos en el hombre nuevo. Libre de las clientelas electorales, libre de la presión del entorno de comité. Es demasiado evidente que la pelea es por los votos, no por la gente. Los necesitan y como los necesitan no les conviene que salgan de la pobreza. Hay que buscar el hombre nuevo, uno que sepa cristalizar en la cabeza un proyecto de país. (…) Lo que hemos hecho, los partidos y los gobiernos, es ir sacándole violentamente la fe a la gente. Tenemos que vulnerar el encogimiento de hombros nacional, la apatía, el siempre fue igual. Si todo es un desastre, algo de responsabilidad tenemos. No hay nadie que no tenga nada que ver. Yo voto para que gane este o aquel. Yo creo en las convicciones de la gente, en los ideales, en los sueños. La estrategia es el comienzo de la hipoteca de los sueños.

Frente a esa hipoteca, la biografía que construye Erosa en contrapunto con la voz de Abella se orienta a colmar una carencia epocal que conocemos bien, a saber: la de la distancia y la carcoma de contenido de los grandes relatos (la historia como uno de los principales) que derivaron en una ausencia de relatos que resultó ser brutalmente sojuzgante antes que explicativo y emancipador. El no-relato ha marcado un extrañamiento de doble efecto: la colonización tenaz y pregonada de nuestra subjetividad y al parecer la descolonización actual (la que tira la historia al basurero de la historia) hecha también a tambor batiente. Flujo y reflujo, tan traumático como difícil de nombrar en toda su extensión. Precisamente por la necesidad de decir o de poner nombres a esta convulsión producimos relatos e imágenes los sujetos de las sociedades de modernización en crisis y de desidentificaciones en proceso. Otra vez Abella es quien lo explica: El hombre universal es verdad, pero el hombre tiene que saber de qué vertientes está hecho. Ese caudal difícil de explicar, pero que se siente, es ese fuego nuestro, esa leña que no arde en otros fogones… es difícil comprenderlo.

Es que, como cantaba el minuano César Porrini en su Cañada Zamora, el hombre es paisaje que anda. Agregaría otros aspectos, a modo de complemento: en la contemplación del paisaje, Serrano Abella nos va llevando –a partir de su propia vivencia pero también del caleidoscopio coral de los otros personajes que van ofreciendo también una semblanza de él- por los senderos etimológicos que la fosilización del cliché hizo pasar al olvido: “paisaje” deriva de “país” que, en la vieja tradición de la Roma campesina, era el nombre del pago natal, la secreta provincia nativa. Por eso las referencias a Treinta y Tres y Cerro Largo operan como un velado intento de virginización de lo mirado, allí donde lo cotidiano recobra su condición de novedad, produce un vuelco a la metafísica que incluye, a su vez, una relectura cimarrona de la dicotomía “civilización o barbarie” que Sarmiento acuñó durante el siglo XIX y que marcó la idiosincrasia de todo un continente. Anota Erosa que uno de los aspectos más controversiales de ese discurso de Serrano que privilegia la sensibilidad e ideario del hombre de campo y le atribuye a su sentido común cierta pureza es que puede asociarse a un posicionamiento muy conservador, casi primitivista y nostálgica. El otro problema que le encuentran algunos críticos a su pensamiento es que establece una sola contradicción principal: rural urbana. Y es en esa relectura donde se realiza, sin embargo, el intento de una verdadera síntesis, el poner juntos lo actual y permanente con lo cambiante y mutable, la singularidad material y la universalidad esencial. Eso que Serrano Abella encarna a su manera y que nos obliga a replantear el cómo y el desde dónde construimos la mirada que tenemos sobre esa entelequia móvil que damos en llamar “el interior”.

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