La muerte dio vueltas y más vueltas [A. Di Candia sobre su novela Cadena de frío]

Presentación Cadena de frío – 18 de mayo de 2017

Buenas noches a todos. Voy a ser breve. Agradezco que estén aquí hoy para acompañar y acompañarme en la presentación de Cadena de frío, en esta noche que amenazaba con tornado y por suerte nos dio una tregua. Voy a leer. Soy pésima improvisando.

Muchas veces me han preguntado en referencia a La Partida, mi primera novela, ¿eso fue así?, ¿cuál era la casa de Malvín?, etc. Quienes escribimos, nos lo propongamos o no, tomamos algunos elementos de nuestra autobiografía, recuerdos, algunos muy antiguos, con una significación rica para cada uno de nosotros, significación la mayoría de las veces ignorada, recuerdos que llegan a ser verdaderos testimonios del deseo y los fantasmas inconscientes.

También tomamos anécdotas que nos cuentan, como en Cadena de frío. Y aunque nos propongamos ser fieles a los recuerdos, y a las anécdotas, ya lo decía Freud cuando hablaba de la novela familiar, cada uno ficciona, se inventa una manera de contar las cosas. Y además de confesar algunos elementos de la biografía de cada uno en los términos que les decía antes, los novelistas tenemos la vocación de mentirlos, de disfrazarlos o de silenciarlos. Por eso, al decir de Isidoro Vegh –un psicoanalista argentino–, una obra, un texto, no es una excusa para interpretar el propio texto o al autor como si fuera una confesión inconfesada de las profundidades. Yo agrego: es apenas una pincelada mentirosa, donde cada uno de los lectores lee lo que quiere o lo que puede. Es que lo maravillosa es que cada uno justamente lea lo que pueda leer, y la condición es que salga del texto algo diferente de como entró.

Hablaba con una amiga en referencia a una película, impecable por cierto, Las horas. Decíamos con ella ayer cómo cada cual salió tomado por algo de esa película: o por el suicidio, o por la homosexualidad, o por el desasosiego. Es que cuando una obra logra que cada quien haga su propia lectura, le golpee alguna puertita, para mí es una obra al menos lograda.

Me preguntaban por qué otra vez la muerte, en esta, mi segunda novela, la que nos convoca hoy. Decía Nietzsche –creo que era Nietzsche– que le tenía envidia a la vaca, que andaba pastando por ahí sin tener culpa por lo que había hecho y sin saber que se iba a morir, mientras está allí, pastando. Esto no nos pasa a los humanos, por eso nos inventamos ratos de alegría. Nosotros no somos vacas, convivimos con la idea de la muerte. La muerte nos ronda. La muerte me ronda. No me obsesiona, como me preguntaba Estefanía el otro día en la radio, pero sé que está ahí, fin ineludible del viaje. Entonces jugueteo con ella, si me permiten llamarlo así, jugueteo en un intento de exorcizarla. Jugueteo escribiendo. Cada uno hace lo que puede con sus preguntas, yo, entre otras cosas, escribo.

Pensar todo el tiempo en un destino trágico es insoportable, por eso nos inventamos cosas para darle sentido a la vida, proyectos, estudios, trabajos, roles. Como les decía, yo, entre otras cosas, escribo. Escribo intentando bordear agujeros imposibles, decir algo de lo que no tiene respuesta, y quizás así aliviarme un poco, un ratito. Decía Borges que si existe la palabra felicidad en todos los idiomas es porque existe, aunque no plena y permanente, existe de a ratos. A veces, apenas ratos.

Y me río, me reí mucho escribiendo Cadena de frío, la sufrí también. Me hice amiga de Mario y Estrella y me costó despedirme de ellos. La muerte dio vueltas y más vueltas para justamente posibilitar algún nacimiento. Porque también se trata de la muerte simbólica necesaria para poder habilitar la propia vida. Los dejo entonces con este enigma. Así compran el libro, claro.

Agradezco a Editorial Fin de Siglo, por la apuesta que hizo con esta novela y hace con los autores más recientes; agradezco también a quienes generosamente aceptaron venir hoy a presentarla, a la barra de Adastra y una vez más a todos ustedes. Quiero saludar muy especialmente a la mejor profesora de literatura, aquí presente hoy, Susana Poulastrou, quien me hizo amar la literatura cuando yo tenía apenas 15 años, y finalmente a mi viejo, que me bañó de letras desde el primer instante en que respiré.

Muchas gracias.

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