La polis golpeada o la lógica del neoliberalismo [en Revista del CIEJ-AFJU]

La polis golpeada o la lógica del neoliberalismo [en Revista del CIEJ-AFJU]
Fuente: “Espacio Abierto”. Revista del CIEJ-AFJU, nº25, noviembre de 2016 (www.ciej.org.uy), pp. 59-63.


Una polis golpeada o la lógica del neoliberalismo
Rafael Paternain

I

¿Por qué el recuerdo me conduce directamente hacia el tiempo de la dictadura? El deterioro, la miseria y la oscuridad, saltan de inmediato. También el miedo y la ansiedad. La publicidad televisiva nos habla de un naciente consumo o de la vida feliz en escuelas y plazas de una sociedad en orden.

            Pero el recuerdo se empecina en otras cosas: en aquel insilio de encuentros, de ciclos de conferencias, de presentaciones de libros, de tertulias improvisadas –música y ajedrez mediantes- en los trasfondos de la editorial Banda Oriental. Se empecina en recordar, además, las voces que evocaban los tiempos viejos, la juventud perdida. Aquel niño escuchaba perplejo las historias de otro Uruguay.

            Durante los últimos años de la dictadura ya no había niñez sino adolescencia. Y los recuerdos son mucho más precisos. Intensidad, movilización, espacios públicos tomados por las distintas generaciones, círculos cada vez más grandes y un capital colectivo orientado a terminar con aquella ignominia.

            No tengo dudas que de ese impulso, ya en democracia, nació la defensa de los derechos humanos, de las empresas públicas y del Estado, y una buena parte de las energías para revertir los signos más dramáticos de la crisis socioeconómica.

            Sin embargo, queda una extraña sensación de que en el camino hemos ido resignando posiciones. Cada avance es un retroceso. Cada paso en la bruma de lo nuevo nos descubre con algo extraviado. Muchos avanzan añorando, protestando porque aquella unidad sagrada se ha roto. De allí brotan sin fricciones la idea de los valores perdidos y la convicción de la crisis de la educación y la seguridad. En cambio, otros han transitado bajo la bandera de un pasado que debe quedar atrás: lo que este país construyó fue imperfecto y nocivo, una ilusión de desarrollo amparada en la pereza y la burocracia pública. Todo aquello, que fue bueno en su momento, terminó condenándonos.

            Ni conservadores, ni neoliberales, el recuerdo biográfico no nos alcanza para comprender lo que este país construyó hace muchas décadas. Sabemos sí, que la experiencia de esa singularidad no consistió en una economía plenamente desarrollada, en un Estado ejemplar, en una sociedad de bienestar o en un experimento fuera de la lógica del capitalismo. Lo que hubo fue otra cosa, difícil de encuadrar y de encerrar en una expresión. Algo de eso todavía dura, está aquí, en el recuerdo o en algunos resortes que nos mueven día a día. Tal vez no lo sepamos, pero está aquí, aunque con seguridad no para siempre.

            En efecto, aquello fue una construcción precaria y contingente. La movilización de muchos recursos habilitó formas de ser y de hacer. Es cierto que las circunstancias externas nos favorecieron, pero también la voluntad y los proyectos tuvieron destino. Nuestra gran hazaña fue labrar un espacio discursivo de la polis que alimentó formas de ciudadanía, promovió la convivencia entre extraños y concretó espacios públicos no mercantilizados. En ese contexto, se crearon nodos de confluencia que estimularon hábitos, sensibilidades y disposiciones propios de una polis plural e igualitaria.

            ¿Quién le ha puesto palabras a esta peripecia? ¿Dónde hallar argumentos y evidencias sobre la textura y la calidad de lo público? ¿Quién se ha animado a señalar que el éxito más duradero de aquel Uruguay integrado fue de naturaleza discursiva?

II

            Amparo Menéndez-Carrión ha escrito una de las obras más importantes sobre el Uruguay.[1] Y lo ha hecho sobre una perspectiva teórica singular: apoyada en la filosofía política de Hannah Arendt, en la teoría crítica, en el pos marxismo y en el posestructuralismo (entre otros aportes), los pisos discursivos, el capital de la polis, las claves simbólicas y materiales de un mundo en común, ocupan el centro de atención desplazando las clásicas referencias a los partidos, las reglas institucionales, el Estado-nación o la cultura política.

            Singular también es el arco de dimensiones que se abre en el estudio: los tipos de ciudadanía, la durabilidad de la polis, las formas de “ser” político como “ser” de la polis, el capital cultural como soporte para el empoderamiento colectivo, el lugar de los extraños, el anonimato y la calle.

            Pero la perspectiva teórica y las dimensiones quedan sometidas a una dinámica histórica que es la llave de todo el planteo: luego de la configuración y estabilización de ese modelo ejemplar de la polis, sobrevino la desestabilización. La polis comenzó a fallar a golpes de desplazamientos discursivos. Primero la crisis estructural, luego el autoritarismo y más tarde la ofensiva plena de una lógica neoliberal que trasciende la mera referencia ideológica o doctrina económica.

            Aquel terreno nutricio de comportamientos y maneras de hacer las cosas, en el cual arraigó el doble eje plural-igualitario, comenzó a ser dinamitado sistemáticamente por poderosas fuerzas. Hubo (hay) defensas y resistencias, claro está, y por eso se ha venido gestando una auténtica “guerra de dos mundos” sin resolución todavía.

            La crítica pasó a manos de la ofensiva, y el neoliberalismo ha devenido en una auténtica contra hegemonía. Por su parte, la defensa ha quedado arrinconada, sus filas diezmadas y atravesadas por dramáticas “disonancias discursivas”. Los conservadores son progresistas, y los progresistas son conservadores.

            Elites políticas, empresariales y culturales y personas de a pie se pasan en masa hacia el bando de la innovación, el cambio incesante y el individualismo posesivo. En las huestes de la resistencia, por su parte,  predomina el desconcierto: hay nostálgicos patológicos, hacedores empedernidos (gobernados por la inercia), y cínicos sin escrúpulos que creen mantener la antorcha de la crítica porque resisten las imposiciones de lo políticamente correcto que emergen con la nueva agenda de derechos o las luchas por el reconocimiento.

            Sea lo que fuere, no hay terrenos sólidos, ni brújulas para orientarse en la niebla. Hay todo un arsenal de viejas dicotomías que queda en desuso. Las posiciones ya no se corresponden con las disposiciones. La manida frase de la batalla cultural solo tiene sentido si abandonamos las miradas esencializantes, si reconstruimos el sentido de la crítica y si reflexionamos sobre la pertinencia de recuperar aquel doble eje de la pluralidad y el igualitarismo desde el lugar de las esperanzas no realizadas.

III

            La insatisfacción con el presente no necesariamente coincide con la conciencia sobre la profundidad de los cambios. La teoría sociológica lo ha expresado de muchas maneras: desde la crisis de la sociedad salarial hasta el agotamiento del programa institucional de trabajo sobre los otros; desde las grietas de la modernidad sólida hasta el advenimiento de una sociedad de individuos; desde la crisis de legitimación del capitalismo tardío hasta al ascenso de las incertidumbres o el riesgo.

            Las miradas sobre el Uruguay muchas veces se han situado en el contexto de una mutación civilizatoria, y casi siempre los balances de coyuntura se realizan bajo la clásica combinación de cambios y permanencias. Pero con eso no alcanza. Una glorificación acrítica de la novedad es tan perniciosa para el pensamiento como la insistencia obsesiva en los comportamientos morales de los actores o en la idea de la unidad sagrada “perdida”.

            La deslumbrante investigación de Amparo Menéndez-Carrión cubre una vasta zona inexplorada. Explica y comprende, desde la peripecia uruguaya, la gran transformación de un mundo en común. La singularidad del caso uruguayo está dada por el progresivo distanciamiento de la trayectoria del país del espacio discursivo de la polis. Cada vez somos menos parecidos a nosotros mismos, pese a todas las mejoras sociales y a las nuevas reglas institucionales de la última década.

            No hay posibilidad de obtener conclusiones relevantes sin un amplio repertorio de genealogías. La obra recorre todos los rincones, se remonta a la búsqueda de las claves configuradoras, y absorbe toda la bibliografía que quepa imaginar sobre el Uruguay.

            Tampoco habrá resultados reveladores si no se coloca el foco del análisis en la precisa descripción interpretativa del “lugar donde se vive”. Precisamente, el avance de las formas de los “no lugares” o el romántico afincamiento “comunitario” como espacio de sosiego para reinterpretar políticamente a la pobreza y la exclusión, son algunos indicadores de la erosión del doble eje plural-igualitario de la polis.

            Hay un dato ineludible: estamos emplazados irremediablemente en un mundo que compartimos. Hay un sentimiento de época generalizado: ni en la economía, ni en el estado, ni en la nación, ni en la sociedad civil logramos vivir de manera confortable. La conclusión parece una: si las fuerzas pos hegemónicas obturan la imaginación y la posibilidad de un mundo en común, la resistencia sólo podrá activarse desde un ambicioso proyecto de reconstrucción de lo público.

            Una teoría crítica de la sociedad supone una estrategia de defensa, una recuperación de las esperanzas no cumplidas del pasado y una labor de apuntalamiento de nuevos logros discursivos. Y nada de eso será posible si no neutralizamos a nuestros propios demonios internos.

IV

            Otra vez el recuerdo llama a la puerta. El miedo se respiraba en el ambiente porque el miedo era el ambiente de aquel terrorismo de Estado. La inseguridad de hoy es el secreto resultado del miedo impuesto en la dictadura. El régimen destruyó las bases de ese mundo en común, las lógicas de confianza y las percepciones de sentirse a salvo entre extraños. Destruyó también las bases económicas y sociales para sostenerse materialmente, y de ahí la profundidad de la pobreza y la exclusión.

            Pero hubo más: se construyó un aparato represivo que penetró todos los rincones de la sociedad. El orden solo podía imponerse desde la lógica de la regulación de los delitos. Una sociedad potencialmente sospechosa fue infiltrada por una maraña de burócratas, informantes y vigilantes.

            De esa época quedan las fachadas ruinosas de unas fuerzas armadas y una policía totalmente sobredimensionadas. Cuando hoy calculamos la proporción de policía por habitantes y nos comparamos con cualquier país, no salimos del asombro. Quedan activas, además, las huellas de una inteligencia militar que todavía trabaja con objetivos políticos y los rasgos más sobresalientes de una cultura policial basaba en el hostigamiento cotidiano y en el control por el control mismo. Por fin, también subsisten todos los reflejos punitivos y la privación de la libertad como recurso privilegiado para la contención del delito. La sociedad de hoy ha logrado lo que ninguna otra: nunca en la historia del país hubo tantos adolescentes y jóvenes encarcelados.

            El delito en sus distintas formas es el síntoma de una polis golpeada por las fuerzas de la desregulación, la desintitucionalización y el individualismo posesivo. El delito impacta con más dramatismo en los territorios vulnerables, aunque repercute en una conciencia colectiva que todavía razona bajo los influjos de la memoria de la seguridad perdida.

            Así, la construcción de la demanda de seguridad tiene raíces profundas y consecuencias imprevisibles. Estimula los discursos autoritarios, promueve la estigmatización y la demagogia punitiva, multiplica las fuentes de la ansiedad social, consagra la intolerancia y la desconfianza, refuerza los prejuicios de clase y las lógicas de la segmentación, limita lo pensable y lo decible desde el campo de la política pública y legitima la necesidad de la fuerza para imponer un orden estable. Mientras una persistente división del trabajo asigna seguridad privada para los sectores de mayores ingresos, las clases populares son controladas por un aparato estatal remodelado para un combate siempre inútil.

            La fuerza es el insumo principal del poder, y de esa forma se desvanecen los anclajes sociales y culturales en clave de autoridad. En materia de seguridad, la fuerza no es más que el fracaso de la autoridad. Las políticas tradicionales de seguridad pública que se han reforzado en los últimos años no son más que golpes al corazón de la polis, formas perversas de destrucción del mundo en común.

            Los avatares de una polis golpeada de Amparo Menéndez-Carrión es un estudio sobre los presupuestos simbólicos y materiales de la convivencia en el momento ejemplar de la polis en el Uruguay. La noción de convivencia adquiere aquí una densidad política sorprendente, bien lejos del concepto culposo que la coloca a renglón seguido de la idea de seguridad, apenas como una pausa en la lógica cotidiana de la violencia estatal. La convivencia tampoco es el trivial disciplinamiento moralizante para los buenos pobres a través de formación en valores o la erección de infraestructura urbana.  La convivencia es el suelo discursivo que nutre un espacio público plural e igualitario, una forma de ser y estar con otros y para otros. La convivencia es ese horizonte normativo que no lograr asir esa crítica convencional al derecho penal o esa criminología que pone del revés las prácticas más usuales de las políticas públicas.

            La investigación de Amparo Menéndez es una explosión en el alma del recuerdo, que está aquí para alertarnos sobre un presente gobernado por fuerzas hostiles a un mundo en común, que no sólo se impone a pesar de nuestra voluntad sino a través de la misma.

[1] Amparo Menéndez-Carrión, Los avatares de una polis golpeada. Memorias de ciudadanía. La experiencia uruguaya, Editorial Fin de Silgo, Montevideo, 2015, tres tomos.

Wordpress Themes - Wordpress Video Themes - Wordpress Travel Themes - WordPress Restaurant Themes