Ontología inestable [reseña de Verde, de Ramiro Sanchiz]

Brecha el 23 de febrero de 2017.


Verde (editorial Fin de Siglo, colección Ñ. Montevideo 2016) puede considerarse como una buena muestra narrativa en la que se entrecruza la distopía cyberpunk, el thriller psicológico y la especulación metafísica. Huelga decir que esta nueva entrega de Ramiro Sanchiz sigue mostrando el desarrollo de una narrativa que, con sus altos y bajos a lo largo de una vasta producción, se caracteriza por la descripción en clave escatológica de una secuencia de «mundos» según la cual la matriz representaría un «más allá» habitado -en este caso- por alienígenas o inteligencias artificiales. A grandes rasgos, el argumento se basa en el hallazgo -por parte del yo narrador y su amigo durante un período de la infancia- de algo que se parece a un cadáver a la orilla de un arroyo. Al tocar con una rama ese cadáver de formas indefinidas -o que remite a una fractalidad de percepciones múltiples-, la linealidad del relato comienza a derivar en un ejercicio de arborescencias y bifurcaciones espaciotemporales: es la representación formal de las alteraciones de la conciencia que el contacto con eso desconocido produce en todos los implicados. Si bien parece peligrar, por momentos, la inteligibilidad del relato a fuerza de secuencias fragmentadas y digresiones, el autor logra mantener el pulso y el interés en buena ley. De hecho, podríamos considerar que en ese punto tales secuencias y digresiones se encuentran muchísimo mejor dosificadas que en trabajos anteriores, tales como “Trashpunk” y “El gato y la entropía #12 & 35”.

Por otra parte, Verde también se muestra como una celebración caníbal de intertextualidades y referencias que van desde Lovecraft y Philip Dick, hasta Ballard y William Gibson. Quizás el gran nexo que los vincula es que todos ellos promueven «relatos de duda ontológica», es decir, un conjunto de ficciones que hacen de lo ontológico su núcleo, problematizando la cuestión ontológica, poniendo en escena una (o más) duda(s) sobre la esencia misma de la realidad. Sanchiz expande a su modo esta tesis y hace que la ciencia ficción se muestre como una literatura del extrañamiento cognitivo, en la que se confrontarían datos empíricos de nuestro mundo con un elemento (o más) ajeno a él, un novum. Este extrañamiento sería cognitivo porque eliminaría proyecciones puramente mitopoéticas sin relación alguna con una visión del mundo basada en la lógica, la razón o la ciencia positiva, y es en este enfrentamiento entre mundos distintos donde radicaría el énfasis ontológico. También podríamos considerar, junto a esto, que el consenso en la poética contemporánea se inclina por un acercamiento epistemológico a lo fantástico, acercamiento cuya versión más influyente sería el enfoque de Todorov. La duda fantástica (esencial para Todorov) sobre la naturaleza de los eventos extraños que tienen lugar en el relato y que afecta en última instancia al universo en que éste sucede (que será o bien natural o bien sobrenatural), no es en última instancia menos ontológica que la duda del yo narrador de Verde por saber si vive en un mundo material o en uno virtual, como el que produce una gran máquina capaz de crear imágenes a partir de los contenidos de la memoria. Y la obra de Sanchiz estaría basada, al igual que las intertextualidades y referencias mencionadas, en una ontología esencial particularmente inestable, caracterizada por una incertidumbre intradiegética constante, con personajes que no pueden distinguir entre realidad e irrealidad y deben buscar constantemente la realidad oculta por la simulación, a menudo conscientes de que detrás de esa simulación puede haber otra: mi padre razonaba que la cultura, desde hace decenas de miles de años, ha trabajado por establecer e imponer una definición de lo humano, una serie compleja de límites artificiales y, por tanto, falsos. Para él lo humano era esencialmente ilimitado, lo cual es una forma de decir que lo humano, en tanto concepto, en tanto figura, en tanto contorno, no existe. Pero el papel de la cultura –o el dominio de la cultura, la invasión de la cultura-, a través de la lengua, de la ciencia y la literatura, es justamente determinar lo humano, encerrarlo en un sistema de aptitudes, en una taxonomía de las emociones y una clasificación de los comportamientos. Se imponen relatos básicos, arquetípicos, sobre los que han de ser extrapoladas todas las posibilidades de lo humano; se graban a fuego, se educa. Eso decía mi padre. Pero había, evidentemente, algo más. Había un mundo ajeno, un mundo que quedaba por fuera de esos límites, un mundo de lo inhumano, lo incognoscible. Si veíamos en el mundo una proyección de esa primera persona del plural tramada por la cultura, si construíamos por tanto un mundo orientado hacia nosotros, debía ser evidente que había otro mundo, un mundo que no tenía relación alguna con la humanidad o con lo humano. Había, decía papá, una naturaleza que era la construida por la cultura, una naturaleza enfocada por y hacia lo humano, una naturaleza que se pretendía el espejo de lo humano, y había una naturaleza que era la otra, la real.

Leibniz, a partir de su teoría del infinito, nos hablaba de un mundo que no está compuesto de objetos y sujetos, sino de relaciones entre mónadas que expresan la totalidad del mundo desde un reducido punto de vista, como si fuesen ventanas de un mismo edificio. Deleuze incluso nos recuerda el texto del sueño de Teodoro, en el cual Leibniz describe un palacio de forma piramidal que, a su vez, contiene infinitos palacios en su interior. En cada uno de los diferentes niveles y, simultáneamente, el mismo personaje se encuentra realizando acciones diferentes, pero sólo uno de los mundos (el mejor de los mundos posibles) contenidos en cada habitación, el más cercano a la punta de la pirámide, es elegido por Dios para pasar a la existencia. Leibniz les llamaba incomposibles a los universos que quedaban excluidos. La cuestión es que dos siglos después, Gabriel Tarde, escapando a cierto antropomorfismo aún latente en Leibniz,  liberará a las mónadas de los principios de clausura y razón suficiente que justifican la existencia de un único mundo posible dependiente de una armonía preestablecida por Dios. La neo-monadología da paso a las coexistencias múltiples, modos de expresión de una sustancia que tiende al infinito y no difiere entre materiales, percepciones, deseos y memorias. La Nada se abre camino, se vuelve un Dios, el Dios de lo imposible, un Dios que se deshace en lo múltiple: se trata en realidad de  pequeños dioses invisibles que actúan por lo bajo a través de la imperfección, de nebulosas que generan fenómenos, producto de agentes que emanan y establecen una especie de pacto universal. Tarde pudo hacer lo que a Leibniz, dado su contexto, no le fue posible: eliminar al Dios-Creador unívoco, abrir por completo la idea de Dios hacia la Nada fundante; ambos casos designan la probabilidad de lo improbable, la búsqueda de la imposible que nace en cada nuevo acontecimiento. Los universos posibles de Leibniz ahora se comparten, se chocan, quieren trascender, todos juntos, lo finito. No hay fuerza que no quiera multiplicar y extender su influencia, no hay mundo que no quiera pasar, con sus torbellinos y quiebres, a la existencia. Esa vorágine que se abre paso e instaura -de un modo radical- la duda ontológica así como la omnipresencia inabarcable de planos alternativos, es la que está patente en Verde.

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