Pichis – de Martín Lasalt

PichisEn la vida de dos hurgadores, el Cholo y la Chola, Martín Lasalt encuentra una experiencia conmovedora del absurdo, la piedad, y el lenguaje.

Después de ganar el Premio Lolita Rubial con La entrada al paraíso, en esta nouvelle Lasalt consolida su novedad en las letras nacionales: un modo original de dar la realidad por sus alucinaciones, capaz de desplazarse por el humor y la angustia con la imprevisible libertad que cultivaron en el pasado Felisberto Hernández y Mario Levrero.

El aliento de Lasalt es más sensible a las condiciones sociales y el lector de Pichis hallará muchos espejos, ironías y paisajes reconocibles de la vida montevideana, virados por una potente imaginación y tan eficaces recursos expresivos que, como anuncia el acápite de la obra, más que de un relato, se trata de un acontecimiento mental, una pequeña saga enloquecida por una realidad que no se deja atrapar de otro modo.

 Este libro agrega también una sorpresa. Cuando el realismo parecía agotado, la tradición fantástica le tiende una mano y legitima una nueva manera de narrar.

Martín LasaltMartín Lasalt

Martín Lasalt (Montevideo, 1977).  De niño quiere ser pintor. De adolescente empieza a sentir que la cosa es con las letras, pero en lugar de estudiar letras, o literatura, hace un año de Diseño Gráfico, porque piensa que la publicidad es el bote al que debe subirse. También hace un año de Ciencias de la Comunicación. Gana premios en concursos nacionales de narrativa. Después cree que la cosa es con el cine, pero no puede pagar la ECU, así que entra en Bellas Artes, cuando todavía no existe la licenciatura de cine. Hace algo de guion, producción, dirección. Cansado de darse la cabeza contra las paredes, vuelve a enfocarse en la literatura. En 2013 ingresa al taller de escritura de Rosario Peyrou y Carlos María Domínguez. Es por ahí. Siente que hace grandes avances. En 2014 participa en el proyecto colectivo 8Y8, dirigido por Silvina Gruppo y Diego Lazcano desde Buenos Aires. En 2015 gana el premio Narradores de Banda Oriental, con la novela La entrada al Paraíso.

Pichis es su segunda novela publicada.

Un fragmento

«Dos pichis que se llamaban el Cholo y la Chola encon­traron una cabeza en un contenedor de basura. Por el olor podían decir que no estaba recién cortada, además tenía los ojos hinchados y negros, y de la boca le salía la lengua negra a punto de reventar. Quedaron espantados y fascinados, y se la llevaron al rancho. La dejaron arriba del televisor y se durmieron enseguida, porque habían trillado sin parar y no daban más. A medianoche los despertó una voz. Primero pensaron que el televisor había quedado prendido, pero se acordaron de que el volumen estaba roto y saltaron del colchón. La cabeza susurraba: “Que los justos vayan a los lugares altos”.

Salieron disparados, corrieron por la superficie del arroyo y terminaron en Avenida Italia. Recién a las veinte cuadras de carrera bajaron la velocidad. La Chola dijo que mejor paraban un poco. Boqueaban como pescados, sudaban a chorros, tenían la lengua y la garganta secas, les dolía todo el cuerpo, y capaz que no había tanta urgencia de encontrar los lugares altos. Capaz que la cabeza exageraba. Pararon. Capaz que ellos exageraban y no se venía el diluvio, el cometa, la peste, ni el tsunami. En medio de toses el Cholo sugirió seguir hacia el Centro porque se le ocurrió que para allá eran los lugares altos. La Chola estuvo de acuerdo y arrancaron. De camino le manguearon monedas a todo el mundo. Era sábado y había mucha gente en la calle porque la vida era una sola y había que vivirla, según les dijo un guacho, apenas mayor de edad, con su amigo que era igual que él pero peinado para el otro lado, al volante del autito que sin dudas había sido del padre, por el color, por las llantas, por el sonido de la radio. Les molestó la miradita del pendejo, su son­risa de PowerPoint mientras les daba cinco pesos. Se había creído todo, el muy imbécil. Como ellos. Ellos también se habían creído todo, y ver lo mismo en el idiota les dio un asco desesperado, parecía que nadie encontraba una salida.

La vida es una sola, dijeron después a otros con­ductores, como para quedar bien mientras pedían pla­ta, aunque no veían de qué manera la vida podía ser una sola, si ellos habían vivido un lote. La idea de que la vida era una sola guardaba una intención siniestra, te podía convertir en un ganador de sorteo de super­mercado, pensaba la Chola, gente fácil que tiene dos minutos para llenar carritos y después aparece en la folletería con cara de “con esto me arreglan y soy feliz”. A la Chola no le parecía poco llenar un carro de supermercado, todo lo contrario, pero no le hubie­ra gustado aparecer con cara de “con esto me arre­glan y soy feliz” y decirle gracias a quien representara esa misma presencia que ella adivinaba, escondida, gozándose de su hambre en las noches. La vida no era una sola, gracias. Pensar que la vida era una sola, creía el Cholo, más concreto, podía convertir a la vida en una laguna que nunca te pasaba de las rodillas.

En ese semáforo se quedaron un rato hasta juntar veinte pesos, que no les alcanzaban ni para un pancho, ahora, con la inflación, y siguieron. Cuando llegaron al Centro se largó un chaparrón muy fuerte: empeza­ba el diluvio que había insinuado la cabeza. Se guare­cieron en la entrada de un cine. Rezaron de apuro y se persignaron, pero mal: arriba abajo al centro y aden­tro es para brindar, Cholo, rezongó la Chola, aunque ella tampoco se acordaba cómo. Entonces un linyera que dormía ahí mismo se levantó para evitar el agua y se quedó de pie a su lado, a esperar que pasara la lluvia, quieto como un árbol, consciente de su presencia pero tan tranquilo que les dio la sensación de que eso ya había pasado y ahora nada más lo recordaban.

No se terminó el mundo esa noche. Amaneció, paró de llover, volaron los gorriones, rasantes, hin­chapelotas. El Cholo fantaseó con darle un zarpazo a uno y comérselo como venía. La Chola fantaseaba con comida preparada. Se olvidaron del linyera y man­guearon hasta juntar cincuenta pesos.

Se acercaron al puesto de la plaza y con un grito el Cholo pidió dos panchos con mostaza y aplastó las monedas contra el mostrador de chapa. La puestera se asustó y se lo quedó mirando. El Cholo repitió el pedi­do. La muchacha seguía quieta. La Chola se fastidió, podían estar así todo el día, ninguno hacía nada por andar ese centímetro de comunicación que les faltaba, le echó en cara al Cholo que no sabía hablar, pensó que solo ella era capaz de entenderlo y se enojó, lo empujó, le dio dos cachetazos, y el Cholo se angustió por ella, porque así, con gritos y sopapos, escondía la Chola el desconsuelo de seguir a la intemperie, que él no fuera la excepción que la abrigara de la estupidez. Soy un estúpido, soy una mierda, se decía el Cholo, que no creía en la autoayuda, y cuanto más se enrolla­ba en esos pensamientos, más cerca le parecía estar del calor que le había faltado siempre; era un perro por adentro, nadie lo sabía.

La Chola le gritó a la muchacha en montevidea­no bien claro que querían dos panchos con mostaza, señorita, y repitió por las dudas y para armar gresca, si podía ser: dos panchos con mostaza, ¿eh?, dos pan­chitos, con mostaza, ¡y gracias! Esta vez la puestera reaccionó, sacó dos panchos de la heladera, levantó la tapa de la olla, los echó adentro y subió el volumen de la radio, como si con eso pudiera disimular el olor del Cholo y la Chola, que se le había metido en la nariz».

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