Ribetes más densos

Ribetes más densos La Trampa. Sin miedo en la oscuridad, de Ignacio E Martínez. Fin de Siglo, Montevideo, 2017. 232 págs.

Entre los grupos uruguayos de los que solemos etiquetar como rock, quizá ninguno haya ganado un libro biográfico tan satisfactorio como éste sobre La Trampa. Es aun más meritorio si consideramos que se trata de un libro realizado en forma circunstancial y de apuro, calculado para coincidir con la reunión del grupo. Formado en 1991, La Trampa dejó de actuar en 2010. Su reunión, en marzo de este año, fue consagrada con la hazaña de llenar cinco veces el Teatro de Verano en el lapso de una semana.

Además de un amplio conocimiento de la música del grupo, el trabajo se apoyó en entrevistas con 40 personas (sobre todo los integrantes del grupo y de su equipo de trabajo). La historia pública (espectáculos, discos, éxitos, cambios de integración) se complementa así con la perspectiva íntima (intenciones, motivaciones, distribución de roles). Con respecto a ello, el autor parece haberse manejado con independencia: no escatima hablar de desavenencias, líos de plata,
disputas de ego, costados difíciles de la personalidad de alguno. Para la mayoría de la gente es un misterio el motivo de la disolución de la banda en 2010, cuando tenían un éxito enorme: con este relato, vívidamente opresivo, uno lo entiende perfectamente.

Claro que, de alguna manera, entrarle a esas podridas no constituye una transgresión con respecto a un grupo de este perfil. Donde músicos de otra generación, personalidad y onda (pienso en Rada o la Borinquen) se cuidan de contar otra cosa que alegría, amor, satisfacción y agradecimiento cuando relatan sus aventuras, y preservan cierto cuidado ante la moral conservadora en las alusiones a drogas y alcohol, los integrantes de La Trampa cultivan una imagen de chicos malos, y no digo que esa imagen sea fingida, pero los abre, o incluso los estimula, a atenuar un poco los componentes sonrientes y resaltar más bien la iracundia, desprolijidad o retorcimiento psíquico.

Ignacio Martínez, aparte de ser un excelente entrevistador, es también crítico musical. Su libro comprende esos dos aspectos: él hace sucintas descripciones, comparaciones y evaluaciones de los discos del grupo y señala aspectos de la mayoría de las canciones, basado en un buen conocimiento de la escena roquera contemporánea del grupo (uruguaya e internacional). No es nada tan técnico como para dejar afuera a lectores no-músicos y tampoco aspira a lo académico-musicológico, pero le entra a la música y pasa su mensaje. Y además de la música, encara también grabaciones de ensayos y recitales (inéditas o colgadas en Youtube), demos, las tapas de los discos, los clips, considerando la actitud escénica del grupo y la respuesta del público. No se priva de algún comentario negativo (como decir que Juan Schellemberg cantaba como si fuera “el tío malo que hace de Cuco para asustar a los sobrinos en la mitad de la noche”).

Sus opiniones, se compartan o no, contribuyen a generar empatía con el texto. A fin de cuentas, confrontar las preferencias por tal disco o tal canción es parte del entusiasmo por cualquier grupo o género. Queda claro que Martínez admira a La Trampa, así que, por más que preserve cierta referencia y separe cuidadosamente opinión personal, relato objetivo y, en algunos casos, reconstrucción incierta a partir de testimonios de­sencontrados, de todos modos se está comunicando sobre todo con personas involucradas en un mismo sistema de conocimientos y gustos que él. Siente la necesidad de explicar qué cosa es un bombo legüero, pero luego se despacha con referencias que sólo tienen sentido para cierta comunidad y espectro generacional (“una rea-firmación del estilo hard rock del grupo, de ritmos pesados, con ribetes más densos de metal clásico y algún guiño punk”).

Esta comunicación entre compinches es una de las fortalezas del libro con respecto a su público más probable (fans de La Trampa y del rock uruguayo posdictadura). En una perspectiva más exigente, es una de sus debilidades, ya que en ningún aspecto desafía los paradigmas de esa cultura, y dudo que vaya a modificar la perspectiva que se tiene del grupo (sin quitar importancia a su trabajo de sistematización y compilación de información). Entonces se refiere sin problema alguno a “la estética ochentera”, y claro que todo el mundo sabe a qué se refiere, pero tampoco siente necesidad de pedir disculpas por generalizar a toda una década en función de determinados países culturalmente hegemónicos, y justamente desde un país que, especialmente en la primera mitad de esa misma década de los ochenta, brilló con una corriente estética alternativa. Por ahí cuando Sergio Schellemberg dice que al baterista lo llevaban “al límite pidiéndole las cosas que queríamos que tocara”, Ignacio no siente necesidad de relativizar esa ingenuidad, porque está pensando/escribiendo con los parámetros de una música simple. Donde, en mi opinión, su conceptualización queda más corta y delimitada es en las apreciaciones sobre los confines del rock y la noción de género y “fusión”, especialmente importantes en el caso de La Trampa, que fue quizá el pionero entre los grupos roqueros posdictadura que incorporaron uruguayeces a su música.

El libro tiene otros méritos más: está redactado en forma fluida, bien organizada, en varios momentos abre el foco para mirar el contexto histórico, incluye un bello pliego con fotos en color, datos discográficos (con el defecto importante de omitir uno de los discos de la banda, Frente a frente) y, entreveradas con el texto, las letras de diversas canciones. Un lujo para todos los interesados en el tema.


Fuente: http://brecha.com.uy/ribetes-mas-densos/

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