Ricardo Scagliola comenta “Bonomi” de Luis Masci

El fin de la inocencia

En un libro, Bonomi critica la concepción previa “inocente e inadecuada” de la izquierda sobre la seguridad.

No es una semblanza pero se le parece. Tampoco un libro blanco sobre la seguridad. Bonomi (Fin de Siglo, 2015), el último libro del escritor Luis Masci, se parece más bien a una biografía autorizada del dirigente del Movimiento de Participación Popular (MPP) y ministro del Interior, Eduardo Bonomi. Mucho más si se tiene en cuenta que el libro es presentado por el presidente Tabaré Vázquez, que dedica seis breves párrafos a reseñar su recorrido político junto a Bonomi, desde los tiempos en que ambos compartían lugares en la mesa política del Frente Amplio (FA). “Leerlo [el libro] es una forma de conocer y entender a un protagonista del Uruguay actual. Aunque él prefiera ser conocido y entendido como un fundamental anónimo”, escribe el presidente, que remata: “Así son las personas esenciales”. El espaldarazo presidencial abre un relato que comienza con la cinematográfica caída de Bonomi. Su detención a manos del capitán González y un tal teniente Fabregat, un infructuoso intento de fuga entre el gentío y el final de la clandestinidad con una “primera parada” en el Batallón 13 de Infantería del Ejército delinean un relato hazañoso. Es la narración de quien pasó por todos los eslabones de la cadena: guerrillero, preso 791, político torturado, integrante del Ejecutivo del Movimiento de Liberación Nacional (MLN), miembro del movimiento cooperativo y, más cerca en el tiempo, ministro. De Trabajo en el primer gobierno del FA, y de la decisiva cartera de Interior desde el gobierno de José Mujica.

Lo importante de Bonomi, deja entrever el libro, es lo que pudo hacer con su pasado. Ahí está el relato de su detención por parte de dos “milicos”, balacera de por medio. Y la narración acerca de la actualidad, un presente en el que Bonomi le tiende la mano a la Policía, el cuerpo armado del Estado que está a su cargo. Así como en el FA hay quienes han declarado su respeto por la ortodoxia económica al reconocer la mano de acero que rige las condiciones materiales sin perder la impronta de una sensibilidad progresista, Bonomi cuela su propio relato acerca de la seguridad pública. Lo explicita en un apartado que Masci titula “El fin de la inocencia”. “Durante mucho tiempo, la izquierda construyó su proyecto económico, político y social, pero no le prestó demasiada atención al tema de la delincuencia. Creyó, y sostuvo, consecuentemente, que las políticas económicas y sociales que llevaría adelante servirían de dique de contención a la delincuencia existente en una sociedad injusta que empezaría a transformar”, sostiene. Y agrega el ministro del Interior: “Por ende, no se entendió como necesario elaborar políticas de seguridad, y cuando se discutía o criticaba la actuación de la Policía en las calles o en las cárceles, lo hacía a partir del respeto o la violación de los derechos humanos. Discutía en términos de mano dura o mano blanda pero no elaboraba políticas, tácticas o estrategias”.

Cuidando las formas, Bonomi también detecta las insuficiencias del discurso de Vázquez al inicio de su primer período. “La advertencia de Tabaré Vázquez al comienzo de su gestión, cuando anunció que iba a ser duro con los delincuentes pero implacable con las causas de la delincuencia, no alcanzó para que se comprendiera la práctica desarrollada por los delincuentes en toda la región y, particularmente, en el Uruguay”. Apela al sujeto omitido para hablar de las gestiones de José Díaz, Daisy Tourné y Jorge Bruni al frente del ministerio. Pero la referencia es obvia cuando dice que “el trabajo en el Ministerio del Interior, a partir de 2010, iba a realizarse en medio de un doble debate”. “Por un lado, con la derecha, que creía que las prácticas que ella misma había llamado de mano dura -que, por cierto, no habían alcanzado ningún éxito- eran las únicas posibles para combatir una delincuencia que no entendía”. Pero, acto seguido, el Bicho también admite discrepancias en el propio oficialismo. Habla de un debate “con la izquierda, al interior de la propia fuerza política” en el que, dice, “se planteaba una concepción de la seguridad completamente inocente e inadecuada, que se arrastraba desde la época en que la falta de experiencia en la conducción del país había mantenido ocultos aspectos básicos que no eran fáciles de resolver, y menos sin ir a fondo en el ejercicio del gobierno y de la fuerza”.

“Los comienzos” se titula otro de los segmentos del libro, en el que Bonomi relata el origen del convite que Mujica le realizara para encabezar la cartera de Interior durante su gestión como presidente y se planta como el “heredero” del trabajo realizado por el diputado del MPP Marcos Abelenda (fallecido en 2003) sobre la seguridad y las cárceles. En 2005 el destino para Bonomi no sería Interior, sino Trabajo y Seguridad Social. “Desde el comienzo del gobierno frenteamplista, en el MPP se había creado un equipo en el cual estaban Charles Carrera, José González y Gabriel Castellá. Su cometido era analizar el problema de la inseguridad y elaborar políticas”. Una vez concretado el ofrecimiento de Mujica, Bonomi se integró a ese equipo, que elaboró un documento que -relata- “mostraba acentos diferentes a aquellos que se habían enfatizado durante la primera administración del FA”. “Este documento adhería, sustancialmente, a los conceptos de seguridad ciudadana que en 1995, en las Naciones Unidas, se habían antepuesto a los de seguridad pública o seguridad del Estado” y “reivindicaba para la Policía las tareas de prevención, disuasión y represión”. También destacaba el papel de la Policía comunitaria y preveía reformas en el cuerpo policial y las cárceles. Aquel documento sería la base para que en 2010 se celebrara un acuerdo multipartidario de seguridad. Sin embargo, hace cuatro años que blancos y colorados reclaman la renuncia de Bonomi. La pregunta es por qué no sucede. La respuesta pesa 700 gramos y tiene 325 páginas, pero ya se intuye desde la primera página.

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