POR TOMÁS DE MATTOS

El libro de Artigas 

Convertido en un activo y lúcido nonagenario, Carlos Maggi opera en nuestro medio como el último representante de la gran generación del 45, de la cual fue, en su apogeo, indiscutido miembro de su elite. Colabora habitualmente con una columna en el diario El País, participa en una de las clásicas tertulias de En perspectiva y, cada tanto, publica un libro.

Si tomamos en cuenta la versatilidad demostrada en su dilatada e intensa trayectoria, llama la atención la actual insistencia de Maggi en obras de tema histórico, vinculadas al artiguismo: Artigas y su hijo, el caciquillo, Artigas y el lejano Norte… Pero por la prolongada acumulación de apasionadas exploraciones, es muy posible que sea el huésped más familiarizado con el profuso contenido de los casi cincuenta cargados volúmenes del Archivo Artigas.

Conocí su nombre cuando debí rendir el examen de Historia Nacional en Preparatorios de Derecho. Para entender la médula de la gesta artiguista, me fue vital el conciso, agudo y convincente ensayo que escribió con su concuñado Manuel Flores Mora y que en 1950 les encargara El País como parte de la conmemoración del primer centenario de la muerte de Artigas. Desde entonces guardé por ellos un agradecido y admirativo respeto, que en los años siguientes, mediaran o no discrepancias, sus ensayos y sus obras teatrales, especialmente Frutos, fueron acrecentando.

Entre todos los próceres del continente, Artigas evidencia una particularidad que aparenta ser inexplicable. Siendo un paisano que luego de la escuela no cursó estudio regular alguno y que, por lo tanto, adolecía de una formación académica insuficiente, sus planteos políticos descuellan por ser los más certeros, coherentes y avanzados de su tiempo. Fue un republicano pertinaz, a quien no sedujo ninguno de los desvaríos monárquicos que cundieron en el antiguo virreinato. Abogó por una igualdad extrema, que abarcara –y protegiera por ser los más débiles– a los negros, a los “indios bravos” y a los gauchos pobres. Y en materia de organización constitucional, su propuesta de una asociación confederativa de los pueblos se mantuvo y desarrolló, muy fiel a sí misma, a lo largo de los casi diez años de su actividad política. No es suficiente explicación acudir a una prodigiosa actividad intuitiva, porque el sistema confederativo es una idea compleja, sólo captable por la racionalidad. Tampoco basta apelar a una o más de las personalidades con las que se vinculó o colaboraron con él, como Azara, Larrañaga, Barreiro o Monterroso, porque éstos se fueron alternando; ninguno acompañó todos sus años activos, y alguno, como el vicario general, no mantuvo una plena adhesión revolucionaria.

Es posible que una explicación satisfactoria implique una multiplicidad de factores, uniendo, por ejemplo, los referidos anteriormente, pero ese conjunto de causas debe incluir razones que expliquen cabalmente la hondura y la esencial persistencia de las convicciones artiguistas.

El libro de Artigas, al destacar la circulación en la Banda Oriental de la traducción española de un ensayo estadounidense, apunta precisamente a una explicación múltiple de la conformación, depuración o consolidación del sistema político, y se constituye en ocasión para un excelente repaso de la gesta ideológica artiguista.

En el análisis de esa realidad, Maggi usa un concepto clave, el fomes, al que, en la página 11, define siguiendo a la Real Academia Española: “causa que excita o promueve algo”. O sea, esas ideas fuerza, tan impregnadas de emoción, que son el núcleo movilizador de las utopías. Los primeros capítulos del libro repasan las circunstancias personales y colectivas que dieron lugar a la aparición y expansión, en el interior del virreinato rioplatense, del fomes del sistema confederativo, convirtiendo al distanciado y no muy visible, pero siempre presto al auxilio, Artigas en el carismático Protector de los Pueblos Libres, el jefe del primer movimiento federal rioplatense.

Pasan entonces a primer plano las fortísimas tensiones que resquebrajaron el vínculo entre la centralizadora Buenos Aires, dominada por acaudalados señorones, adversos a toda transformación social y partidarios de la injustificada retención de sus privilegios coloniales, y las ciudades y pueblos de un interior cada vez más ávido de justicia, igualdad y descentralización.

Por la familia de la que proviene –es nieto de Juan Antonio Artigas, un montevideano que supo ser muy respetado mediador entre sus vecinos y los charrúas y minuanes– y por su propio pasado juvenil, Artigas se va haciendo cada vez más propenso a ideas de la más incondicionada igualdad individual y colectiva. Sus reiterados encontronazos con los mandones porteños lo van haciendo cada vez más popular en las otras provincias.

En este contexto personal y colectivo, Maggi ubica la circulación en nuestra tierra de un libro editado en 1811 en Philadelphia, por entonces a dos años de la muerte de su autor, el inglés Thomas Paine (1737-1809), un liberal radical que participó activamente tanto en la revolución francesa como en la norteamericana. Su lectura por Artigas fue un descubrimiento casi accidental de quien era, en ese tiempo, un joven historiador, Felipe Ferreiro. Al leerlo no demoró en hallarle hondas y sugestivas semejanzas con la Oración Inaugural del Congreso de Abril de 1813 y el contenido dispositivo de muchas de las Instrucciones allí aprobadas. El libro se titula La independencia de la costa firme, justificada por Thomas Paine treinta años ha y es un relato comentado de la revolución estadounidense, con extensas transcripciones de sus documentos más importantes, que lo convirtieron en material muy útil para la articulación del “sistema” artiguista.

Si el cotejo con la documentación resultante del Congreso de Abril y con escritos personales de Miguel Barreiro avienta casi todas las dudas de que ya era conocido y consultado por la intelectualidad artiguista en 1813, la veneración que suscitaba el libro de Paine en 1816 no debe ser presumida porque está explícitamente citada en varias oportunidades, sobre todo, en torno a las Fiestas Mayas de ese año en Montevideo.

Al inaugurarse la Biblioteca Pública, revistaba entre los libros de su estantería según lo reconoce expresamente el mismísimo Larrañaga en su Oración Inaugural: “Os pondremos de manifiesto los libros más clásicos que hablan de vuestro derecho: las constituciones más sabias, entre ellas […] la de Norte América con las actas de sus congresos hasta la fecha, sus constituciones provinciales y principios de Gobierno por Paine”.

Se sabe que, unos meses antes, el Cabildo de Montevideo había obsequiado el libro a Artigas. Éste, en nota a ese cuerpo, le solicita otro ejemplar para enviárselo a Andresito Guazurary, y hacia el final desliza este comentario: “Yo celebraría que esa historia tan interesante la tuviesen todos los orientales”. En junio, ya con los portugueses viniéndosele encima, envía el libro a Andresito y le encarece su lectura: “… remito a V. esa obra de la revolución de Norte América. Por ella verá V cuanto trabajaron y se sacrificaron hasta realizar el sistema que defendemos”.

Todo está en gustar de los temas históricos. El último libro de Carlos Maggi continúa, sin pérdida de nivel, sus últimas agudas indagaciones sobre la figura de Artigas. Se hace además muy recomendable por su Anexo, que le acerca al lector la reproducción facsimilar de un Cuaderno que se distribuyó entre la población de Montevideo con motivo de las Fiestas Mayas de 1816.

 

*Publicada en Caras y Caretas el viernes 23 de enero de 2015