El periodista cultural del semanario Búsqueda publicó Desde el altillo, una antología de sus mejores artículos en esa publicación escritos entre los años 1992 y 2012

Me tenía que bajar en Fernández Crespo y Nicaragua, pero estaba tan metido leyendo una entrevista a Roberto “Manos de Piedra” Durán que cuando me di cuenta de que por el rabillo del ojo entraba a mi campo visual un encuadre del Palacio Legislativo al que no estoy acostumbrado me dije: “¡Uy, me pasé!”. En realidad, fue una alegría. No solo tenía unos segundos más hasta la siguiente parada frente a la plaza 1º de Mayo, sino que además poseía otro minuto extra del semáforo que (por suerte) estaba en rojo.

Aprovechemos el tiempo. Volvamos a “Manos de Piedra”: primero se enoja y no quiere aceptar la entrevista en cuestión, porque está durmiendo la siesta. El periodista agradece que la negativa haya sido por teléfono, porque sino hasta se ligaba una “de sus temibles derechas, como la que tumbó a Lou Bizzarro, a Roni Martínez, a Ken Buchanan; como la que mandó a sentar de culo, literalmente, a Davey Moore, como la que sufrió el mismísimo Ray ‘Sugar’ Leonard en aquella memorable pelea en Montreal…” El periodista vuelve al hotel donde está Manos de Piedra y lo encuentra cenando. “¿Tú fuiste quien me despertó?”, le pregunta el boxeador. Las rodillas del periodista tiemblan, pero el púgil le sonríe y le dice que se siente a su mesa.

Luz verde para la entrevista y para el ómnibus: hay que bajarse. Pero el libro sigue latiendo bajo el brazo.

Una buena forma de medir la efectividad de un libro se mide si logra hacernos pasar de una parada de ómnibus porque tenemos la mirada pegada a sus páginas.

Eso me pasó con Desde el altillo, de Eduardo Alvariza. Una antología de más de 20 años de textos publicados en el semanario Búsqueda, donde está el texto de Durán.
Lo cito para entrevistarlo en un bar del centro. Llega apenas un minuto tarde, no quiere comer nada y solo pide una Sprite Light. Alvariza habla y el tráfico de la calle Colonia sale de su cabeza detrás del ventanal del bar como las ideas que expresa.

Le pregunto por la letra del tango Cambalache y por la portada del disco Sgt. Pepper de The Beatles, porque Desde el altillo (un lugar físico y misterioso en la antigua redacción de Búsqueda) tiene una mezcla heterogénea, como si fuera una pequeña caja de Pandora donde, que Alvariza sacude y brotan superponiéndose Sanguinetti y Astori, Kafka, Lovecraft, Eastwood, el reverenciado Miles Davis, el arquitecto de Hitler Albert Speer, Céline, Dennis Hopper, Durán, el Nobel de Literatua turco Orhan Pamuk, Messi, Paul Newman, Marlon Brando, Bradbury, Carnera y San Martín y muchos otros que gana una voz desde las mudas  páginas del libro editado por Fin de Siglo.

Pero Alvariza desecha esas imágenes de aquelarre pop. No pensó en ellas. Eligió los  textos que consideró mejores textos y les dio una organización por temas: cine, libros, entrevistas, obituarios y música.

Alvariza esquina Luisi
En 1959, la cuna marcó a Alvariza de manera irremediable. Su padre fue abogado de Pluna (“mirá qué increíble”, dice el entrevistado, al poner en perspectiva el trabajo paterno con el actual cierre de la aerolínea) y fundador a fines de los 40 del primer Cineclub del Uruguay (mucho antes de Cinemateca y Cine Universitario), y su madre, Berta Luisi, prima de las famosas hermanas Luisi, fue pintora del taller Torres García: alumna directa del viejo y luego de su hijo, Augusto.

El niño Eduardo mamó cultura desde muy chico en un hogar donde las varias bibliotecas no eran templos sagrados, sino templos a profanar. Era una casa donde no había televisión pero sí había salidas al cine tres veces por semana.

Estudió psicología y egreresó con el título, pero nunca ejerció. Llegó de casualidad al plantel de periodistas del semanario Jaque, en 1983, como crítico de cine. Allí hizo sus primeras armas el joven periodista y aprendió de su editor, Elvio Gandolfo.

En 1988 viajó a España. Allí, Alvariza hizo de todo: “vendí en ferias, casi duermo en las plazas”, describe. A los dos años volvió a Uruguay porque su esposa quedó embarazada.

Se volvió a vincular con los medios y escribió para La República y El País Cultural, pero Margarita Percovich lo llamó a escribir en Búsqueda. Al poco tiempo le ofrecieron ser editor y lo hizo durante 11 años. Hoy ha dejado ese lugar y volvió a ser periodista.

La escritura de Alvariza sorprende y ese es uno de sus principales méritos. Tanto sus artículos largos como su columna breve titulada ‘Fugaz’ le ponen el anzuelo al lector por el lado a priori menos obvio, incluso a riesgo de sacarlo de contexto. Los métodos del nuevo periodismo sobrevuelan sus páginas, y la cintura del semanario le permite jugar con las palabras. “Siempre valoré ante todo la libertad que tengo”, dice el autor.

“Antología” en griego significa “ramillete de flores”. La metáfora apela a un gran jardín de donde el autor elige el mejor ramo. Algunas flores de Alvariza son elegantes, otras están ajadas, alguna perdió los pétalos, otra acaba de abrirse, pero ninguna de ellas tiene perfume dulzón ni empalagoso.

Aunque suene redundante, la escritura de Alvariza hace leer. Pero ojo si lo hace en una parada de ómnibus, porque hasta puede que se le pase el que está esperando.


FUENTE: El Observador