A cuerpo abierto – de Margarita Heinzen

Una mujer, urgente y a destiempo con su cuerpo. Un cuerpo que no es cuerpo, que se desdobla y nos cuenta qué lo interpela; el deseo, los ciclos, la maternidad, el sexo, las parejas, el dolor y el humor al rescate de lo cotidiano.
La vida no se detiene, aunque así lo quiera, por momentos, la protagonista, y en oleadas de descubrimiento la lleva, marcada por designios propios de su generación, a desnudar cuerpo y alma buscando redescubrirse, al fin, frente a la incertidumbre.
Heinzen provoca con pluma ágil y cruda. Nos regala, sin eufemismos, mas no exenta de poesía, gran rebeldía frente al flujo que la vida impone, un abrazo al devenir, que es el propio hilo rojo que discurre en clave de novela.
Lorena Spatakis
Margarita Heinzen
Nació en Paysandú. Es escritora, ingeniera agrónoma y doctora en Ciencias Sociales. Ha sido docente de la Universidad de la República desde 1989. En 2018 recibió el Primer Premio del 25.° Concurso Narradores de la Banda Oriental (medalla Morosoli de Oro) por su novela Un montón de espejos rotos y en 2010, Primera Mención en el Concurso Internacional de Libros de Cuentos Horacio Quiroga por De las mujeres soles, que fue publicado y reeditado en España.
Es autora del libro de cuentos La urdimbre y la trama y ha publicado relatos y poesías en libros colectivos en Uruguay y Argentina. Desde 2015 coordina talleres de escritura creativa y clubes de lectura.
Ha colaborado con publicaciones literarias como Amsterdam Sur, Vadenuevo, Hipoética y La Tertulia. También ha desarrollado actividad periodística en varios medios de prensa.
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Advertencia al lector
Podría empezar esta advertencia al «desocupado lector», pero sonaría bastante pretencioso. De todos modos, quisiera advertirle al lector que se acerca a este libro, tal vez orientado por anteriores textos que llevan mi nombre, que aquí no va a encontrar una novela histórica, tampoco una comprometida con la realidad social, ni siquiera cuentos frescos del interior del país. Nada de eso.
Si usted es amante de la llamada «buena literatura», aquella que se escribe en tercera persona, que es contada por un narrador omnisciente que logra meterse al interior de cada uno de los personajes y capta tanto la psicología del tahúr como la del amante, le sugiero que desista a tiempo para que no pierda, justamente, el suyo. Si aún insiste, le advierto que quise escribir una novela. No sé si este libro cae dentro de la definición de novela, aunque sea una tan vaga como la del Diccionario de la Real Academia Española, que indica que una novela no es más que una «obra literaria narrativa de cierta extensión». Visto así, este libro sería una novela (sobre todo porque no sabemos cuánto es «cierta extensión»). Si además leemos la tercera acepción del término (la segunda no me sirve para argumentar sobre la naturaleza de este escrito), «ficción o mentira en cualquier materia», sin dudas, al menos en parte, estamos frente a una novela.
Debo decir que escribir estas páginas me ha hecho reflexionar sobre la literatura escrita por mujeres. Durante siglos, las mujeres escribieron en condiciones muy diferentes a las de los hombres, por decir poco. Aunque el tiempo ha pasado, algunas cosas han cambiado y otras no. Hace menos de diez años, cuando le conté a un amigo de la infancia que estaba por publicar, me confesó que no leía libros escritos por mujeres. Fue un poco antes, nomás, que la autora de Harry Potter necesitó enmascarar su género detrás de neutras iniciales. Como lo habían hecho muchas otras antes.
Virginia Woolf decía que en la época de Jane Austen o de las Brontë, la novela era la forma que mejor se adaptaba a las condiciones en las que les tocó escribir, porque es el género que encuentra continuidad a través de las discontinuidades y presenta «la mayor resistencia a las perturbaciones». En mi caso, durante años escribí cuentos cortos porque tenían el tempo que mi vida de mamá laburante me permitía. Ahora que ya no tengo niños que me ronden gozo de un ambiente de tranquilidad en casa que aún no me ha sacado de la sala de estar donde escribía, al igual que Toni Morrison, para dominar el panorama doméstico. Y siento que los años me dan el privilegio de abordar ciertos temas de los cuales las mujeres de mi generación no hablamos, en general.
Unos años atrás, cuando creí que entraba en la menopausia porque me habían empezado «los calores», compré un libro que ni siquiera hojeé. Todavía debería esperar un tiempo para las dos cosas. Cuando le llegó el momento al libro, tuve que revolver la biblioteca porque no sabía dónde lo había dejado. Recordaba la tapa blanca, con una fotografía de una mano de mujer descorriendo una cortina. Una mano que sugiere una mujer de clase alta. No recordaba ni el título ni la autora. Guiada por aquella imagen lo encontré. Se llama Una nueva mujer. Relato íntimo de la menopausia, y es de Donatella Caprioglio. No conozco a la autora y la tapa me parece horrenda. ¿Por qué compré este libro? Fue en Buenos Aires, un día que no me sentía muy animada porque había visto una señora mayor que venía hacia mí en el reflejo de una vidriera. Vago recuerdo. Más recuerdo la angustia de no reconocerme en el cristal, que el libro en sí. Pero ahí apareció, cuando estaba necesitando alguna piola, un salvataje que me explicara qué me estaba pasando. Y me metí en la lectura. La autora reflexiona desde sus emociones y sensaciones físicas y con ellas recorre otras épocas de su vida, para ayudarse a comprender. Esto es lo que tengo que hacer, pensé. ¿De qué otra forma puedo elaborar el sentido de esta etapa, exorcizarla y seguir adelante por el resto de los años que me quedan por vivir?
Cuando busqué aquel libro, sentía que me habían puesto una etiqueta con fecha de caducidad. De ahora en más, viva de otra forma. Lo que le gustaba ya no la entusiasmará y la imagen que tiene de usted misma, ya no será usted misma. Menopausia. La palabra no suena bien porque empieza marcando que hay algo de menos. ¿Menos qué? ¿Menos mujer? ¿Menos actividad? ¿Menos vida? Y sigue con una evocación a detenerse: pausa. Alto, deténgase, piense. Esa parte la entiendo más. A veces me dan ganas de parar, cambiar de rumbo, dejar de hacer. Wikipedia me explica que la palabra viene del griego mens, que significa «mensualmente», y pausi, que significa «cese». En fin, lo de mensualmente sigue sin conformarme.
¿Por qué las mujeres hablamos poco de esto? ¿Será porque nos hace sentir menos, como el comienzo de la palabra? ¿Porque nos obliga a mostrar nuestras debilidades en estas épocas en las que debemos demostrar que todo podemos? En los dos grupos de mujeres maduras que frecuento, las referencias son más bien en tono de broma o de superadas; «es una etapa natural», dice una, cuando no aparece otra, más psicoanalítica, que te larga que «la somatización es síntoma de que tenés problemas con tu femineidad». ¡Plin! Entonces, ¿qué hacer? Una llega mal informada y los hombres, peor. Siento que no he avanzado nada, ¡oh siglo veintiuno!: llegué mal informada a la menarca, llego mal informada a la menopausia. Y para hacerle caso a Quiroga y no escribir bajo el imperio de la emoción, dejé pasar un tiempo. Fui guardando anotaciones de mi diario, cuentos que escribí, historias que escuché, intentos de poemas y algunas crónicas viejas, a la espera del momento en que me sintiera lo suficientemente lejos de aquella etapa como para evocarla. Y que además apareciera una trama que lograra estructurar el flujo de la novela, ficción al fin, pero sin dudas «basada en hechos reales» (a lo que debería agregar que «todo parecido con la realidad es pura coincidencia», para cubrirme la espalda, el frente y el perfil).
Quise escribir la historia de una mujer, no sé si no es la de muchas.
1. Ritmos cruzados
Cuando Rafael me dijo «Deberíamos empezar a festejar el día del amigo», reconocí cierta ironía en su voz, pero no entendí. Sus ojos me hablaban con cariño, casi con cansancio, pero a medida que sus palabras tomaban significado, me iba envolviendo el enojo.
—Digo —continuó—, cada vez más, parecemos solo amigos. Vos ya no querés hacer el amor conmigo, yo me siento poco querido y eso no me gusta.
Lo escuché en silencio. Recién terminábamos de almorzar y los platos estaban aún sobre la mesa. Los cubiertos sobre cada plato, una servilleta de papel arrollada al lado del mío, un vaso vacío y el otro con agua por la mitad. Afuera, se lucía un mediodía de otoño. Más acá, la voz del televisor se superponía con la de Rafael. Tomé el control remoto y enmudecí el aparato. Quería estar segura de entender bien. Él jugaba con las migas que había sobre el mantel y pasaba su mirada de allí a mis ojos.
—Así no quiero seguir. Decime, ¿cuánto hace que no disfrutás conmigo? ¿Un año, más de un año? Muchas veces, incluso, me siento rechazado —dijo. Soltó las miguitas, alisó el mantel con la mano y dejó caer los brazos en un gesto de desaliento.
Sus palabras no entraban en mi cabeza, solo golpeaban y se iban. Cada una era un pulso que aceleraba mi sangre y la iba caldeando. Pensé que estaba dando vueltas para armar una justificación y dejarme. Que no valoraba todo lo que habíamos construido como pareja, que solo le importaba que anduviéramos bien en la cama.
Sentí que había mucho más atrás de lo que me decía. El calor que circulaba por mis venas me fue llegando a la cabeza hasta sentir esa ebullición que arrasa con todo. La que eleva mi voz como un caudal imparable, derriba diques y me vuelve capaz de decir lo que no quiero y lastimar a los que quiero. ¿Cómo se vuelve al segundo anterior al exabrupto? Mi manejo de la ira tiene algo de adictivo, como si fuera un alcohólico que empina un vaso más, aun sabiendo que es el que le hará perder el control. Así soy yo con la palabra que es mejor callar. Después, aunque respire hondo y no hable por unos minutos, comparto con el borracho la neblinosa sensación de haber metido la pata. Siempre la primera frase suena falsa. O, al menos, forzada. Así fue aquel día, con mi furia azotada por miedos concretos: que un día iba a importar que yo fuera mayor que él y que el momento había llegado.
Él se mantuvo tranquilo. Mientras yo llevaba los platos vacíos hacia la cocina solo para respirar profundo y darle la espalda, volvió a decirme que así no quería seguir, me preguntó si tenía un amante, si aún lo quería.
¿Cómo me preguntaba eso? ¿Por qué siempre razonaba igual? El calor de la camorra volvió a circular por mi sangre. Él se mantuvo firme; luego, se levantó de la mesa y se metió en el escritorio.
Aquella noche dormí en el sofá. No quería ningún contacto con él. Y, por supuesto, no le hablé por el resto del día.
Sin embargo, él no me había dicho nada que yo no supiera, aunque aún no lo había puesto en palabras: que ha disminuido mi deseo sexual, que muchas veces no alcanzo el orgasmo. Pero el planteo me desestabilizó. Me dejó expuesta en mi autocomplacencia. Yo estaba muy contenta con nuestra vida de pareja, parecía que estábamos llegando a una armonía en la que compartíamos más cosas, él ya no se quejaba de no sentirse en su casa ni se quejaba de mis hijos, y cada vez discutíamos menos. Cuando uno se siente bien asume (con o sin razón) que el otro también, y me entristecía pensar que él no era tan feliz como yo creía.
Un alto. Necesito un alto. Tanto trabajo, tantos viajes, tanto tiempo pendiente de los hijos, de la casa, tratando de no perderme de mis amigas, atendiendo a Rafael. ¿Y yo? ¿Dónde quedo yo? Con rapidez, repasé que hace unos tres años que no voy al dentista y otros dos que no visito a la ginecóloga. Tampoco he leído mucho, he dejado el tejido y no he hecho gimnasia ni me he dedicado a ningún otro pasatiempo, porque trabajo hasta los fines de semana y cuando llego a la cama estoy tan rendida que solo quiero dormir. Esa fue mi primera defensa: el estrés, el cansancio, los ritmos cruzados.
—Sí —me contestó—. Yo me levanto temprano y vos te acostás tarde y de esa manera no corremos riesgo de encontrarnos.
Y me di cuenta de que mi enojo era un rechazo a siquiera considerar que me estoy poniendo vieja. Pienso que aún me quedan unos treinta años de vida, tantos proyectos y cosas por hacer que no quiero ni imaginar que la menopausia puede ser algo más que el cese de la menstruación.
Cuando quedé sola, me senté frente a la computadora y tecleé: «Cómo aumentar el deseo en la menopausia». Aparecieron miles de páginas por las que me perdí tratando de identificar cierta seriedad en la fuente. Aconsejaban todo lo imaginable. Logré rescatar que recomendaban ejercicios aeróbicos (¿para qué cosa no los recomiendan?), dieta sana (otro clásico) rica en zinc y salir de la rutina. Estoy a dieta desde hace más de un año, cuando me encontraron hipertensión y colesterol, así que debería empezar a hacer ejercicio y a buscar maneras de salir de la rutina. También debería hablar con mi ginecóloga, la misma que me ayudó a traer a mis tres hijos al mundo. Claro que esta es otra etapa, pero no se me ocurre nadie más que pueda explicarme por lo que estoy pasando.
2. Educación sexual
Yo tuve una mamá de las modernas. No solo por su aspecto, sino que, a comienzos de los sesenta, leía psicología, miraba el programa de Eva Giberti y compraba revistas de actualidad como Nuestros Hijos. Su dificultad estaba en que ella había sido criada en la ignorancia y tenía pocas herramientas para trasmitir como natural lo que vivía como culposo (¿o vergonzante?). Entonces le salía mal, pobre mamá.
Un día, yo tendría diez años, estaba leyendo unas historietas sentada en la cama de uno de mis hermanos, cuando ella llegó y se sentó a mi lado. La luz del mediodía entraba a chorros por la ventana del cuarto. La recuerdo nerviosa, como buscando las palabras. Me dijo:
—Mirá, hija, un día de estos te va a empezar a salir sangre. No te asustes, porque es algo bueno. Quiere decir que estás creciendo y que a partir de ese momento podrías tener hijos. Algunas dicen que es cuando te convertís en mujer, pero eso es mucho más… —agregó, tratando de aflojar el aire que se había espesado entre las dos (de todas maneras, nótese la última frase, que salía del cliché de la época).
Tal vez su esfuerzo por parecer natural, tal vez mi esfuerzo por parecer grande, hizo que la cortara:
—Ya sé, mamá —le dije y volví a meter la cabeza en la revista. Mamá no insistió. Se levantó en silencio y se fue del dormitorio.
Yo no sabía nada. ¡Qué iba a saber! Apenas alguna referencia por unas amigas mayores del barrio. En realidad, no tenía idea de qué me hablaba. Ni siquiera, a esa altura, había visto nunca una mujer adulta desnuda, cosa que ocurrió unos meses después y me impresionó mucho, pero esa es otra historia. Un tiempo antes, me había dicho que no anduviera sin ropas por la casa y que debía mostrar «pudor» ante papá. Remarco esta palabra porque yo no tenía vergüenza de papá y me sonó muy preparada, muy de libro. ¿Pudor de mi papá? Si es mi papá, ¿por qué debía taparme? ¡Si hasta hace poco hacíamos picnic familiar en la cama grande los domingos de mañana!
Por completo ajena a mi desarrollo corporal, en mi corazón de niña no registré la información. Más bien me sentí incómoda.
Al tiempo de aquella conversación con mamá en el cuarto de mis hermanos, recuerdo que charlábamos con mis amigas del barrio sobre cómo se hacían los bebés y esas cosas, y yo sostuve, con toda autoridad, que tenías que esperar que te saliera sangre por las tetas. Algunas me discutieron que no era así, que la sangre salía por «la cola», como le decíamos por aquellas épocas a los genitales femeninos. Que por la cola, que por las tetas. Sin embargo, todas callaron ante mi argumento irrebatible:
—Me lo dijo mi mamá.
3. Tremendos ojos
En la mesa de al lado del restaurante donde almuerzo en Buenos Aires, una pareja mayor conversa. Él debe tener más de 80 años. Bien llevados, pero no menos de 80. Sospecho que ella también. Más que nada por el trato, por esa familiaridad que da el ser contemporáneos y compartir códigos. Sin embargo, ella tiene una apariencia de muñeca de quirófano: atemporal pero añosa. Muy delgada, de piel blanca y fina, sus hermosos ojos azules iluminan una melena colorada que enmarca los pómulos rellenos y los labios siliconados. Ni una arruga, ni una expresión, como si sus rasgos estuvieran dibujados sobre un paño de seda. Elegante desde la ropa hasta los gestos, mira fijo. A su interlocutor y a su alrededor: gira la cabeza y cuando encuentra a alguien, se detiene y mira a fondo, como hacen aquellos acostumbrados a mandar. Sería un espécimen raro en Uruguay, no tanto en Buenos Aires.
El hombre habla y habla. Si presto atención, con facilidad escucho la conversación porque las mesas están muy cerca. Es un monólogo típico de viejos: enfermedades, consultas médicas, descripciones exhaustivas de síntomas y tratamientos, medicamentos y dosis, pasando por competencias y yerros de uno y otro médico.
Pienso que ella está aburrida. No habla y el hombre no para. Ella lo mira, me mira, mira otras mesas con sus grandes ojos.
Al final él le pregunta:
—Y vos, ¿cómo andás? —Y agrega, por las dudas—: De salud, digo.
Ella parece haber esperado ese pie para explayarse:
—¿Yo? Terrible. Mirame —dice mientras retira apenas el torso del borde de la mesa para permitirle al hombre una mejor observación—. Mirame cómo estoy: impecable. Y encima, con la herencia maldita que tengo, al menos voy a vivir 100 años. ¡Y ya no puedo más! Hace años que no como. Hace años que no disfruto una comida porque todo engorda. Todo engorda —enfatizó—. Y hace mucho que no me miro al espejo porque no soy capaz de verme el deterioro. Tengo una salud de hierro y así, la verdad, es que no quiero vivir.
4. Apechugar
Desde la vereda vi, a través de la ventana, que Carlos estaba en casa. ¡Mierda!, pensé. ¿Qué hace acá? ¿Cuándo podré prescindir de él? Nunca, mientras existan nuestros hijos.
En el momento en que abrí la puerta de entrada oí un golpe seco, el cascabeleo de huesos que se rompen y un grito primitivo de dolor. Vi a Diego doblarse y a Carlos correr a sostenerlo.
—¿Qué pasa? —grité—. ¿Qué está pasando?
Diego, curvado con el torso hacia adelante, se sostenía la mano derecha. Un bulto grande sacudiéndose en sollozos. Corrí hacia él, intenté incorporarlo y mirarlo a la cara. Estaba rojo de dolor y de ira, con las mejillas surcadas por lágrimas.
—¡Mamá! —gritó desgarrado y me abrazó con tal fuerza que casi me tiró al suelo—. ¡Me cagué la vida, mamá! ¡Me cagué la vida!
—¿Qué hiciste, Diego? Por favor, ¿qué hiciste? —exclamé, desgarrada yo también por el dolor de mi hijo y por las teorías que se me amontonaban en la cabeza. Busqué la mirada de Carlos, que estaba de pie con la cabeza baja—. ¿Alguien me va a explicar qué pasa? —exigí sin dejar el abrazo de Diego.
—Embarazó a una muchacha —contestó Carlos sin levantar la cabeza.
Diego no dijo nada. Lloraba sobre mí como cuando con diez años se abrió la frente contra un muro, solo que ahora el que se agachaba para llegar a mi hombro era él.
—¿Es tu novia? —le pregunté, porque sabía que llevaba varias semanas saliendo con una compañera de facultad.
—¡No! —exclamó en un aullido alargando la o—. ¡No es ella! ¡Es otra! ¡Laputamadrequemeparió! —gritó, separándose de mí.
—¡Ojo con lo que decís, Diego! Tranquilizate un poco y contame.
Y me contó que estaba saliendo con Selena hacía dos meses, que estaban contentos y se llevaban bien. No eran novios todavía pero casi.
—¿Entonces por qué te acostaste con otra? —le pregunté. Sacudió la cabeza como cuando uno piensa en lo que no tiene remedio y dijo en un tono apenas audible:
—Porque estaba en pedo.
Carlos no había dicho nada todavía y en un tono grave sentenció:
—Vas a tener que encarar.
—Pará, pará —lo corté—. Pará, que todavía no entiendo lo que pasó.
—Ya te dijimos —siguió Carlos—. Ahora hay que ver qué hacemos.
Lo miré con odio. Dejame, dejame que me cuente, que yo entienda lo que pasó, cuál era el contexto, quién es la muchacha. No te apures como siempre. Esta vez es el futuro de tu hijo, pensé, pero no dije nada. Y me acordé de Cristina, cuando todavía íbamos al liceo y quedó embarazada de Pablo, un novio que tenía, «un dragoncito», como decía mamá. Aquello fue un escándalo. Claro que lo viví desde el otro lado porque Cristina era mi amiga y me vino a buscar para contarme, y mientras la escuchaba me debatía entre la pena que me daba verla tan desarmada y mis pensamientos mezquinos de «jodete, si no te sabés aguantar, ahora no llores».
—No sé cómo pasó, Laura. ¡Te juro que no sé cómo pasó! —decía ella entre llantos.
—Bueno, no es muy difícil imaginarse, ¿no? —le contesté, dándomelas de superada cuando era yo la que aún no había tenido ni un novio.
—¡Te juro que no nos acostamos! ¡Te juro!
—…
—¡Creeme, tenés que creerme! Si no me creés vos que sos mi amiga…
Me sentí presionada por el cariño y su estado de desolación y le mentí:
—Bueno, te creo. ¿Qué vas a hacer?
—Y… —suspiró—, nos vamos a casar. Lo antes posible, antes que se me note la panza. Después diremos que fue prematuro y ta.
Intenté que mi cara no delatara mi asombro pero creo que se me abrió la boca. Cristina no levantaba la cabeza y mantenía sus manos juntas sobre la falda. Yo razonaba con los argumentos de mi madre y me parecía lógico que se casaran para darle el apellido al bebé, pero ¿qué necesidad de decir que había sido un parto prematuro? ¿Para qué? ¿Salvaguardar el buen nombre? Si la noticia ya se estaba corriendo como mecha encendida, ¿qué podía importar? También me contó que la directora del liceo le había sugerido a sus padres que no la mandaran más a clases cuando se le empezara a notar la panza. Pero que después de nacer el bebé, si quería, podía dar los exámenes libres. Me espanté aún más: ¡dar las materias libres con un bebé! ¿Cómo iba a hacer? ¿Y por qué tenía que dejar de ir si no estaba enferma?
—Por el mal ejemplo —me contestó apesadumbrada.
Me contó que al principio Pablo tampoco le había creído. Justamente porque no se habían acostado nunca.
Fruncí la boca pero me contuve. Incluso le insinuó que estaba intentando cargarlo con el hijo de otro. ¡Qué maldito!, exclamé, como si no supieras cómo sos vos. Ella empezó a llorar de nuevo.
—Al final lo convencí de ir a hablar con mis padres.
Me contó que su madre se puso como loca. Pero que el padre escuchó en silencio y mandó a callar a su esposa cuando empezó a gritar que qué tan mal los había criado para merecer este castigo, que el nombre de la familia estaba arruinado y no sé cuántas cosas más, y que luego le preguntó a Pablo, abandonando el tuteo:
—¿Y usted qué va a hacer?
Y que Pablo contestó:
—Lo que usted diga, señor.
Yo le acaricié la espalda a mi amiga y con cariño le pregunté:
—¿Por qué no me contaste antes? Te notaba rara pero creí que estabas enojada conmigo.
Ella levantó la cara hacia mí. Tenía los ojos rojos y dos lágrimas se deslizaban por sus mejillas. El desaliento de su mirada fue implacable. Yo bajé la cabeza.
Ahora le tocaba apechugar a mi hijo. Aunque yo no gritara ni pensara en el nombre de mi familia, sabía que su vida estaba cambiando para siempre.
5. Calor
El calor empieza por la cabeza, por un sector de la cabeza, y esa onda cálida avanza por el cuero cabelludo y llega a la cara a despertar millones de poros que se llenan de gotas de sudor. El pelo se moja, la piel del rostro, el cuello y la nuca se mojan. El maquillaje se desparrama en ojeras concéntricas. A veces, las gotas llegan a caer sobre la blusa. No hay aire suficiente. El sudor aparece en la espina dorsal y llega a la cola. Un fuego que no logra disiparse hacia afuera. Estos episodios se repiten siete u ocho veces en el día. Salgo de mi casa vestida y arreglada para el trabajo y al poco rato parezco una colombina al final del desfile de carnaval. En la cama, la sola proximidad del cuerpo de Rafael me sofoca. No aguanto sumar su calor al mío. No aguanto ni el cobertor ni la sábana. El colchón arde.
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