Mecha Gattás fue una de las mujeres más influyentes de Punta del Este. Su marido, Eduardo Bocha Gattás, fue uno de los responsables del boom inmobiliario del balneario, mientras que ella se dedicó a intentar crear una cultura de la alta sociedad, tarea que resultaría infructuosa: nunca encontró una masa crítica que pudiera oponerse a la marejada de la cultura de izquierda (que en los hechos ella apoyó y promovió).
Es cierto que tuvo sus propios emprendimientos. También fue novelista y ensayista, pero su vida giró alrededor de eventos artísticos para los cuales empleó todo su arsenal de vínculos e influencia en sectores empresariales y estales. Su mentor, Eduardo Víctor Haedo, le transmitió las virtudes de la amplitud y la tolerancia. Pero ella tenía sus límites: durante la dictadura ignoró a los militares salvo por razones estrictamente protocolares.
Este libro resulta un recorrido imprevisible. Acompañamos a Mecha a Brasil a conocer a Jorge Amado y nos adentramos en el quilombo de Naná, en quien encontró una compinche seducida, como ella, por la soledad. La vemos estrenando su línea exclusiva de ropa en un desfile que abría su hija caminando por la pasarela con una oveja. Presenciamos sus entrevistas a un premio nobel de Economía y a Calvin Klein. Nos sorprendemos ante su afirmación de que Simone de Beauvoir era «la más grande escritora europea» del siglo XX. Vitoreamos su logro de que Piazzolla compusiera la «Suite de Punta del Este». La encontramos, desde las páginas de Posdata, ironizando con peculiar elegancia sobre su entorno. Descubrimos que la socialité formada por monjas en el conservadurismo de la haute porteña se encontró con Líber Seregni en el Kremlin.
Este libro es una biografía, pero, fundamentalmente, el único estudio que encara con profundidad los intentos de creación de una cultura de las clases económicamente dominantes; además de una gran investigación sobre las oligarquías del Río de la Plata.
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Una historia escrita contigo
Si usted espera una crónica de hechos, intimidades o chismes, hizo una mala opción. De aquí en adelante va a leer un libro de historia, de una historia contada de forma distinta, pero cuidando las formas.
Esta investigación es sobre la biografía de Mercedes Jáuregui Aldao, Mecha Gattás. Nacida en Buenos Aires, en una familia de la oligarquía porteña, recibió una educación acorde a su época y su clase. A los 16 años emigró a Uruguay con su padre, que no soportó el peronismo. En Montevideo, desde muy temprano, Mecha Gattás se insertó en los ámbitos culturales y cuando se estableció en Punta del Este fue una de las pioneras de la alta sociedad en promover la «alta cultura» fundando el Centro de Artes y Letras. Casada con Eduardo Bocha Gattás, uno de los más importantes empresarios de Maldonado y del país, Mecha tuvo recursos y contactos para llevar adelante la amplia gama de actividades en que se involucró. Su esposo y su entorno inmediato entendían el valor de la cultura para su identificación social, pero esa comprensión no fue igual para toda la alta sociedad tanto de Punta del Este como del Uruguay en general. De esa imposibilidad de los sectores altos para generar una cultura propia y de los esfuerzos de Mecha Gattás para lograrlo trata gran parte de esta biografía. En otro orden, no menor en importancia, Mecha Gattás realiza todos sus emprendimientos desde su rol de socialité, un papel destacado en la alta sociedad, complejo de definir, pero que fue central en su vida. La socialité representa de manera pública y ostensible a su sector social, es la cara más visible de su expresión cultural, cumple una función pública que la expone y la identifica, siendo en este caso el principal perfil de su vida, tanto personal como pública.
Cuando comenzamos a investigar para este libro nos asombró la total orfandad historiográfica sobre la historia reciente de la cultura de la alta sociedad y de sus élites en Uruguay. Hay investigaciones económicas, políticas, incluso sobre sus conductas sociales, pero nada acerca de la cultura, sus mentalidades y sus principales formas o expresiones. Una mezcla de asombro y desazón fue el resultado de los relevamientos bibliográficos. Asombro, como es obvio, por la carencia en un tema tan importante; desazón, pues nos obligaba a redoblar nuestro trabajo construyendo modelos de análisis e investigando más allá de lo que pensamos en un principio. Por un lado, las analogías históricas gracias a la rica historiografía argentina sobre el tema fueron un ejemplo y un aporte para construir muchas de las interpretaciones, con el agregado de que la biografiada es argentina.
En medio de la crisis sanitaria que nos obligó a la reclusión comenzamos a trabajar la biografía de Mecha Gattás y, desde su biografía, buscamos una nueva forma de contar, de investigar y de interpretar. Dadas las carencias para realizar una historia de la cultura de la alta sociedad y de sus élites en un sentido amplio, ¿una historia particular, una biografía o un estudio de caso ayudarían a suplir en algo el vacío en este tema?
Para ello tuve que echar mano a lo elaborado por aquellos que trabajaron en claves similares. Así, con Irene Barros ideamos lo que llamamos Una historia escrita contigo, una manera de ver y analizar la historia que condensa, sin ser original, diversos aportes, pero sin olvidar que este libro no deja de ser, al fin de cuentas, una biografía.
La microhistoria es fundamental para este trabajo. Resulta sugerente, desde una historia particular o individual, poder elaborar conclusiones que expliquen en algo procesos más generales. Cuando Carlo Guinzburg estudia la vida y tragedia de un humilde molinero y su proceso con la inquisición, concluye que el personaje, contando la cosmogonía que le costó la vida, reflejaba las tradiciones paganas, enquistadas en la cultura popular, que el cristianismo no había logrado vencer del todo. (1) Otros estudios tan importantes sobre la cuestión, incluyendo a Natalie Davis, Carlos Poni y Gabriela Scarlatta, enriquecen este enfoque historiográfico que, detallando eventos, situaciones o biografías, nos permiten tener una mirada sobre cómo estos interactúan con los procesos históricos más amplios. Desde las «historias mínimas» podemos ver de otra manera la historia social y cultural del conjunto.
Ahora bien, este trabajo refiere a la vida de Mercedes Jáuregui Aldao, Mecha Gattás, una contemporánea, a la que entrevistamos durante decenas de horas, al igual que a muchos otros, incluyendo familiares, amigos y conocidos. Su historia no es lejana, ni en tiempo ni en espacio. Es, entonces, parte de la historia reciente, ese otro aporte historiográfico tan importante para este trabajo. La historia reciente refiere a aquella que se produjo en el pasado cercano, desde la segunda posguerra, para tomar una referencia cronológica. En Uruguay, como consecuencia de nuestros dramas contemporáneos, la historia reciente ha tomado particular vuelo, con investigaciones y en lo teórico. En realidad, la idea de analizar esos pasados —porque el pasado es plural y variado— donde los analistas o historiadores estamos implicados no es nueva. Tucídides, por ejemplo, escribió su Guerra del Peloponeso a pesar de haber sido soldado en el conflicto y no por eso su obra deja de ser una fuente fundamental sobre los acontecimientos y personajes. Historiar y, en consecuencia, interpretar el pasado reciente no es novedoso. En nuestro caso, llaman la atención ciertas ausencias. La historia reciente uruguaya centró sus tareas en el área política, social y económica. Los aportes sobre la cultura, fundamentales para este trabajo, han ido ganando espacios progresivamente, pero dejando de lado a las clases altas. Asimismo, tanto el análisis de las mentalidades como el de las sensibilidades, si bien fueron estudiados para ciertos sectores o «tribus», no existen para las élites. Y esos vacíos de la historia reciente son muy difíciles de completar por diversas razones, entre ellas, los prejuicios y el acceso a las fuentes.
En consecuencia, el historiador de estas cuestiones encuentra obstáculos, pero no son insalvables. Aproximarnos a la historia de la cultura de la clase alta y sus élites, una parte fundamental del proceso histórico contemporáneo, busca entender un segmento de la realidad uruguaya, de su historia reciente; saber cómo se expresa su cultura, cómo son sus sensibilidades más notorias, cómo viven y operan no en las áreas ya estudiadas, sino en sus expresiones sociales y culturales más íntimas, que son, al fin de cuentas, fundamentales para comprender su papel dominante y, también, sus límites como clase social.
La microhistoria y la historia reciente nos ayudan especialmente en este camino, así como la historia de las mentalidades y de la sensibilidad. Para ello decidimos historiar en base a la biografía de Mercedes Jáuregui Aldao, Mecha Gattás. Una socialité, miembro de las clases altas, formada en la rigidez de la educación oligárquica argentina, promotora de la cultura exclusiva, dirigida a un público exclusivo, nos cuenta su vida. Contraponemos su relato —y de los demás entrevistados— a la compulsa de otras fuentes para armar así un análisis del proceso histórico. Es una suerte de microhistoria reciente, donde la protagonista relata sus peripecias y desde ellas buscamos conclusiones que nos permitan comprender algunos de los contextos más amplios. Pero, a diferencia de la microhistoria clásica, el personaje que analizamos está vivo y la narración de su biografía es una fuente para que el historiador pueda, luego, interpretar con sus herramientas. Así, Mecha Gattás nos guía, pero a la vez es guiada por el que analiza. Por eso llamamos a esta propuesta Una historia escrita contigo. Queremos subrayar que es una historia con la protagonista y no para la protagonista.
Por supuesto que el trabajo va a tener cercanías con la historia de la memoria, de la construcción de las identidades individuales y de la retórica de la identidad. En definitiva, todas las intenciones de estos estudios se condensan en una palabra, cultura, ese término que intuimos en los análisis, pero que es terriblemente complejo de conceptualizar. La antropología ha llevado a una transformación gradual del término y de su uso, dejando de lado la prioridad de la «alta cultura» para incluir ahora la cultura de la vida cotidiana, de las costumbres, los valores, los modos de vida. En síntesis, «los historiadores se han arrimado a la concepción de la cultura mantenida por los antropólogos». (2) Por supuesto que cualquier definición será parcial e incompleta y no podrá satisfacer a todos. Tal vez la «nueva historia de la cultura» nos ayude a completar algo de los vacíos. Si los procesos históricos reflejan representaciones de las realidades, el historiador, entonces, construye o produce la realidad histórica por medio de representaciones. Roger Chartier, problematizando lo anterior, propone el tránsito de la historia social de la cultura a la historia cultural de la sociedad. (3) Intentar desde la biografía que presentamos ese tránsito es uno de los desafíos. Parafraseando lo anterior, buscamos desde la microhistoria reciente dar una mirada a esa historia cultural de las clases altas y sus élites, considerando la cultura con amplitud. Y aquí la referencia a los british cultural studies y a la figura de Stuart Hall es inevitable. (4) La imposibilidad de culturas globales, la hibridez y heterogeneidad, así como el vínculo directo entre cultura y poder y los intentos de identificar las relaciones de la cultura con la vida social, con las clases, son fundamentales para entender estos procesos.
«Se puede hablar de cultural studies tan solo si se trabaja para desenmascarar la interrelación entre cultura y poder». (5) Al tratar a un segmento rico, (6) en el sentido más moderno del término, la cultura será parte de la composición de sus riquezas. «Hoy el capital moderno no puede operar por fuera de la dimensión de la cultura», sostiene Hall. «El capitalismo contemporáneo funciona a través de la cultura y de un modo totalmente autoconsciente, de un modo en que el capitalismo industrial nunca podría haber operado. El capitalismo consumista posfordista debe operar necesariamente por medio de la cultura. El capital ya tiene ahora una misión cultural». (7) Una parte de esta investigación tratará sobre estos puntos para poder comprender el proceso histórico y la vida de la biografiada. Y así veremos cómo Mecha Gattás será una persona permanentemente en transición, reflejando en su vida, además, los tránsitos de las épocas que vivió y en las que fue protagonista.
La historia desde la segunda posguerra no puede dejar de lado las sucesivas crisis económicas, la evolución política y una aproximación al poder desde la biografía y la modalidad que proponemos. En tal sentido lo que vamos a analizar en esos contextos es la vida de Mecha Gattás, pero considerando su papel de socialité en su medio.
Cuando hablamos de alta sociedad, clases altas y sus élites, los términos se vuelven problemáticos para el papel que cumplió la protagonista. La teoría política y la historia los han analizado como hacedores o actores políticos. Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca, Robert Michels, Max Weber, Thorstein Veblen y Charles Wright Mills estudian las élites y las clases altas en referencia al poder, pero también algunos refieren a las élites como constructoras de cultura. Si las clases altas interesan es porque participan en desafíos que las trascienden, y esos desafíos involucran mucho más que a las minorías ubicadas en la cima. (8)
Veblen primero, en su Teoría de la clase ociosa, abrió un camino que, creemos, Antonio Gramsci (9) concretó en sus textos zigzagueantes, analizando el rol de los intelectuales en la organización y la construcción de la cultura y haciendo visible su papel en tanto hacedores de culturas hegemónicas que habilitan el dominio. Este aporte es central para nuestra contemporaneidad y para comprender, además, el fracaso de la clase alta uruguaya en esa construcción. Wright Mills sostiene que todos intuyen la existencia de «minorías poderosas» que toman las grandes decisiones en las que la inmensa mayoría de la sociedad no participa. (10) Este estrato cimero está formado por grupos cuyos individuos se conocen entre sí, se vinculan en la vida social y de negocios, un círculo íntimo de las clases altas. (11) Desde este enfoque consideramos la vida de Mecha Gattás y de su entorno. A partir de ese lugar fue que produjo toda su propuesta cultural. Wright Mills aconseja que para comprender a la élite como segmento representante de la clase social debemos examinar una serie de pequeños ambientes donde las personas se vinculan de manera íntima y directa; «el más obvio» ha sido la familia, luego los centros culturales y educativos y los clubes. (12) Esos núcleos forman círculos compactos que en las ciudades relativamente pequeñas son reconocidos como las familias directoras del lugar. Por eso la importancia de que este análisis se centre en Punta del Este. (13)
Todos intuimos aquello de lo que estamos hablando. Hay un fondo social de conocimientos evidente por sí mismo que no necesita explicaciones taxativas para los conceptos que estamos utilizando. Hall, de nuevo, llega a considerar que los rótulos son irrelevantes cuando realizamos estudios culturales. (14) Vale también para la comprensión del papel del individuo en la historia, tanto desde los más modestos oficios —como el de molinero en Carlo Guinzburg—, hasta el más sofisticado y complejo, como el que analizaremos.
Cuando traemos estos conceptos a nuestro estudio y, especialmente, al país, Carlos Real de Azúa aparece en su tratamiento de la élite intelectual, señalando su poco peso en el siglo xx, donde el escritor, el artista, tuvieron nada más que «una significación honorífica y decorativa —cuando alcanzó efectivo destaque— que de real «influencia», de incisivo, movedor «prestigio». A ello contribuyó tanto la precariedad de medios materiales de una colectividad semidesarrollada como el carácter europeo de las ideas y de las formas concretamente influyentes». En consecuencia, Real de Azúa concluye que «el nivel social superior siguió mostrando, más que sus pares de América del Sur, una estolidez, un desinterés cultural y una impotencia o inquerencia de producir en este plano figuras de relieve». (15) En esta realidad, en esa élite de clase alta preñada de orfandad intelectual, Mecha Gattás intentará culturizar a esos que, desde principios de la década de 1960, habían abandonado el campo cultural, vacío de ideas y sin propuestas. ¿Fue consecuencia del final de una época de la historia del país? ¿Muestra esto el agotamiento de una clase alta que se quedó sin proyecto histórico?
Estas páginas intentarán explicar este y otros procesos. Esta propuesta, Una historia escrita contigo, nos permite realizar un viaje por las últimas seis décadas de un sector de la sociedad uruguaya del que Mecha Gattás nos cuenta hechos, transiciones y sentires. El historiador, luego, hace como puede su trabajo.
I. La niña que sabía que iba a estar sola
Empezando
En el verano de 2021 Mecha Gattás pintaba bastones en su estudio. Afuera, la luz rebotaba entre los verdes de Plaza Zabala iluminando edificios y palacios de ese lugar único que supo ser el centro de la alta sociedad uruguaya, hace mucho.
Sonriente, como siempre, anfitriona preocupada, quiso empezar cuanto antes las entrevistas y las lecturas. Elegante en su estilo y en sus maneras, acepta todas las preguntas y todas las incomodidades de los recuerdos, también el agrado de la nostalgia. Sabemos que el trabajo no será simple, porque la protagonista no lo es y porque tampoco lo son las historias que la rodean, que la siguen o que no recuerda.
—¿Asumís que sos un producto de tu época? —le pregunto al inicio.
—Entre tantas cosas —responde casi en un suspiro.
***
La Argentina de la década infame (1930-1943) era un país tenso y en cambio. La oligarquía liberal había regresado al poder gracias a un golpe de Estado militar. El general José Félix de Uriburu, un admirador de los fascismos con una fuerte influencia prusiana, no logra instalar una dictadura corporativa con consenso social. Cuando intenta legitimar su régimen por medio de elecciones, el triunfo del radicalismo lo obliga a anularlas. El pueblo no había aprendido a votar.
Su fracaso obliga a Uriburu a buscar una salida, pero evitando el regreso del radicalismo. En la interna militar el general Agustín P. Justo gana la partida y será el candidato de La Concordancia, que «triunfa» en las elecciones gracias a un singular estilo instalado por la dictadura: el fraude patriótico. Las elecciones son amañadas de manera escandalosa, pero se hace por la patria, para salvarla de la «chusma» radical.
La restauración oligárquica argentina instaló un remedo institucional, ilegítimo desde su origen, en beneficio de una élite agroexportadora, que se apoyaba, principalmente, en el poder militar, siempre listo para la represión y para el mantenimiento del orden. En esa época, en Buenos Aires, nació Mercedes Jáuregui Aldao, el 3 de enero de 1933.
***
Pedro Reinaldo Jáuregui Mendiondo era abogado y, aunque se llamaba como su padre, no tuvo su mismo estilo. El viejo Juan Pedro, vasco por todos lados, era hijo de Juana Iribarren y José María. Nació en Luján, provincia de Buenos Aires, y nadie sabe cómo llegó hasta el norte para transformarse en un intelectual correntino. Fundador del diario El Mundo, fue un bohemio transgresor que desafinaba y desafiaba su origen social. Estaba casado con Mercedes Mendiondo Muret, de la élite provincial, descendiente de inmigrantes franceses que habían prosperado, ocupando una buena posición en aquella Corrientes amenazada por la Guerra del Paraguay que luego crecería gracias al comercio fluvial y a la explotación agrícola ganadera. La «buena gente» podía tolerar las veleidades de Pedro, al fin y al cabo, doña Mercedes compensaba las faltas de su esposo con su devoción. Mujer temerosa de dios, hizo de la beneficencia su vida. No faltó a ninguna buena obra, y fue el pilar central en la creación del hospital de mujeres de Corrientes. Pero, a pesar de las obras, los vínculos y la prosapia, no dejaban de ser recién llegados para la vieja oligarquía argentina y, peor aún, provincianos para la poderosa élite porteña, que siempre se consideró el centro del poder argentino. A pesar de sus logros y sus orígenes franceses, el doctor Pedro Reinaldo Jáuregui Mendiondo no le gustaba al contralmirante Tiburcio Aldao y mucho menos cuando se enteró de que tenía «pretensiones» con su hija Raquel.
Pedro Reinaldo Jáuregui era el típico hijo de la oligarquía local, de la desafección y de la distancia filial. La muerte de su padre joven, una madre distante y la tónica de la educación de la élite casi obligaban a la ruptura. Pedro fue internado pupilo en el colegio El Salvador, un instituto exclusivo, católico, donde se «templaba el espíritu» de los jóvenes de clase alta y se los preparaba para su futuro papel dirigente. Pedro Jáuregui sufrió mucho. Creció solo, rodeado del miedo que la iglesia instalaba en los estudiantes, casi niños, casi adolescentes. La religión, desde entonces, tuvo en el padre de Mecha Gattás, y por extensión en ella, un lugar secundario y, en cierta forma, negativo.
Los Aldao eran rígidos, fríos y disciplinados. Originarios de la provincia de Santa Fe, el contralmirante Tiburcio Emilio Tomás del Corazón de Jesús Aldao Fresco, abuelo de Mecha Gattás, se consideraba el protector de un legado. Miembro por derecho propio de la oligarquía santafesina, sus orígenes porteños se remontaban a principios del siglo XVIII, cuando Jacinto Aldao llegó de Galicia. Se casó con María Teresa Rendón y tuvieron diez hijos, tres varones y siete mujeres. Una de ellas, Francisca Aldao Rendón, viviría un sonado romance con Carlos Jacinto Ortiz de Rosas, en el que no faltaron encuentros nocturnos y una fuga novelesca. (16) Uno de sus hermanos, don Juan Francisco Aldao Rendón, buscó suerte en Santa Fe, con buen suceso en la producción ganadera. Pedro Aldao fue miembro del cabildo revolucionario de mayo de 1810. Tuvo un único hijo, Tiburcio, y a su muerte, su esposa, Joaquina Rodríguez, se casó con el hijo del exgobernador de Santa Fe Domingo Cullén. Terminaron desterrados en Montevideo, para regresar recién cuando Rosas emprendió su exilio a Inglaterra. En la siguiente generación, José Ricardo Aldao especuló con las tierras familiares; la toponimia provincial lo recuerda con el nombre de un pueblo. (17) El padre del contralmirante, hijo de don Tiburcio, murió joven «habiéndose confesado», a los 32 años, dejando a su esposa Carolina Fresco Torres viuda con tres hijos. Tiburcio Aldao tenía seis años cuando quedó huérfano y poco sabemos de su vida en ese entonces, que, a pesar de las comodidades de su posición social, debió ser dura. En 1884 ingresó a la escuela naval donde realizó una carrera brillante.
Su casamiento fue como era de prever: dentro de la élite. La agraciada fue Raquel de Casas López de Osornio, descendiente de la madre de Juan Manuel de Rosas. Se casaron el 24 de julio de 1895.
Doña Raquel era una digna compañera de don Tiburcio. Dura, fría, poco afectuosa, dormía, siempre, con los guantes puestos. Educada con las estrictas reglas de aquella oligarquía con sus ecos federales, heredera de la raíz nacionalista católica argentina, la unidad familiar, la moral y la disciplina eran principios indiscutibles, como para cualquier familia «de bien». Tuvo tres hijos, Raquel —la madre de Mecha—, Emilio, «un oscuro carrerista», según su sobrina, y Enrique, un hombre «distante».
Es lógico que el historiador concluya el perfil conservador del contralmirante, a pesar de su breve pasaje por el radicalismo. «Error —corrige su nieta—, era nazi». Muchos años después, en algún verano de Punta del Este, el historiador José María Rosa le contaría en detalle las andanzas represivas de don Tiburcio cuando fue jefe de Policía en Rosario.
La carrera del contralmirante es fiel reflejo de aquel conservadurismo, que terminaría, como acota su nieta, en opciones fascistas. Desde el nacionalismo de raíz católica, Tiburcio Aldao colaboró en varios hitos fundamentales en el intento de crear una nación potente y oligárquica, durante la restauración de la década infame.
En 1931 formó parte de la Comisión Administradora de Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Fue presidente de la Comisión de Organización del Congreso Eucarístico Internacional de 1934, uno de los acontecimientos sociales y religiosos más significativos de la Argentina, con amplias repercusiones en su historia. Don Tiburcio recomendaba reprimir duramente cualquier altercado o intento de atentado contra aquel acto de masas, que resultó ser uno de los más importantes de la época.
En noviembre de 1935 asumió como jefe de Policía de Rosario. Su mala salud lo obligó a entregar el mando antes del año, en setiembre de 1936. Esos diez meses bastaron para dejar un recuerdo indeleble de dureza y autoridad. Una vez repuesto, retornaría a la jefatura, donde ejerció entre el 13 de diciembre de 1937 y el 11 de marzo de 1938, cuando se alejó definitivamente. En esa época doña Raquel de Casas López de Osornio presionó a su marido para que cerrara todos los prostíbulos de la ciudad. Y lo logró.
La educación de Raquel Aldao de Casas quizá marchó por los carriles de la costumbre y la tradición. Era tan distante, seria y fría que su hija nunca supo qué tipo de formación recibió. La recuerda impecable, vestida a la inglesa, inconmovible. Su gran afición era el golf —destacó en varios torneos—, un deporte muy acorde con las formas de ser y de vivir de las élites al que también sería afín su hija.
Los padres de Mecha Gattás nunca le contaron cómo se conocieron, pero existe la sospecha, o la esperanza, de que el golf haya sido el punto en común en esos inicios, tan formales, casi victorianos.
Nadie confirma si el matrimonio de Pedro Jáuregui y Raquel Aldao fue acordado o producto de algo similar al afecto. Se notaba, demasiado, que no tenían mucho en común más que el origen social, que tampoco era totalmente igual. Al contralmirante Aldao no le gustaba su yerno, afecto que era correspondido por Pedro Jáuregui. Desde entonces las dos familias vivieron una relación tan tensa como distante. «Montescos y Capuletos», recuerda Mecha Gattás, esa única hija que llegó un 3 de enero de 1933 en el Hospital Rivadavia de Buenos Aires, en el pabellón para las familias ricas, obviamente.
Durante un tiempo, Pedro, Raquel y la recién nacida vivieron en la casa de los Aldao. La convivencia fue casi imposible, hasta que la tragedia les permitió heredar la mansión de la calle Madero en La Lucila, cerca de Olivos.
***
María Mendiondo, tía de Pedro Jáuregui, se había casado con un potentado cordobés. Fijaron su residencia en París desde finales del siglo XIX, y las travesías del Atlántico fueron compartidas con lo más destacado de la oligarquía argentina, que vivía medio año en cada continente. María hizo construir la casa de la calle Madero en un amplio predio, donde la mansión de tejas acompasa el lujo con el confort. Ubicada al final de la calle, parece nacer dentro de un parque. El verde llena los ventanales que dan a una piscina. A lo lejos el Río de la Plata permite intuir la costa uruguaya. El arquitecto Rodríguez Echeto recibió el encargo y las ideas de María Mendiondo para construir esa mansión pensada para las estadías porteñas del matrimonio y para la socialización con el vecindario —donde destacaban familias tan importantes como los Anchorena— y, por qué no, con el inquilino circunstancial de la Residencia Presidencial de Olivos.
María queda viuda, joven y rica. Atrapada en la melancolía, ya París no significa nada para ella, y Buenos Aires menos aún. Las soirée, los paseos, perdieron sentido. Una noche, luego de una fiesta destacada en el hotel Alvear, donde bailó, conversó y fue el centro de atención de las miradas, se suicidó en su palacete de La Lucila. La prensa dio cuenta de su muerte, nada se dijo del suicidio, como era de estilo en la época.
Heredera de su hermana, Mercedes Mendiondo le cedió la propiedad a su hijo. El doctor Pedro Jáuregui, juez letrado de la Justicia argentina de aquella década infame, transformó la casa de la calle Madero en una mansión digna de su posición.
La inmensa sala de estar era coronada por un piano de cola, sillones ingleses y una ambientación demasiado fría y sin mucho lujo. Un segundo living, un poco más acogedor, funcionaba como el lugar cotidiano. Los dormitorios estaban en las dos plantas. Una cocina con entrada propia ocultaba al personal de servicio, que nunca aparecía en público. Mecha Gattás no conoció la cocina de su casa ni a la cocinera que les sirvió durante siete años. En algunas ocasiones contrataban un mayordomo, tan silencioso que parecía no existir. La servidumbre era invisible, «pero tratada con total respeto», siguiendo los cánones británicos, tan caros a la élite argentina. (18)
Pronto Pedro y Raquel entraron en crisis. Primero las salidas al bar luego del trabajo, luego las aventuras galantes del Dr. Jáuregui, terminaron con un matrimonio que funcionó apenas. Las discusiones fueron privadas, sin escenas, cuidando las apariencias y el estilo. Separaron los dormitorios; Raquel dormía en la planta baja y su marido ocupó las habitaciones del piso alto. Nunca más volvieron a dormir juntos. Así los recuerda su hija desde siempre y hasta la muerte de su madre. Y entonces, muy temprano, Mercedes Jáuregui Aldao, la futura Mecha Gattás, sabía que iba a estar sola.
Desde los tres años una gobernanta inglesa, Elizabeth Brown, y una doncella española, Josefina Barrientos, se hicieron cargo de su educación. La niña nunca salía de su casa ni recibía amigos. En todos esos años recuerda una sola visita a unos vecinos de su edad, los Crompton, unos estadounidenses que vivían unas casas más arriba. En la vereda de enfrente de la calle Madero había otra niña, Lucrecia, tan sola como ella, con la que apenas intercambiaba miradas distantes.
Mercedes adoraba estar en el jardín con sus dos conejos, Jim y Tom. Dentro de la casa, debajo del piano, su vida era jugar con decenas de muñecas Marilú. Nadie podía suponer entonces que esa niña solitaria, en aquel ambiente estricto y desamorado, se iba a transformar en una de las principales socialités del Uruguay. Tal vez, en realidad, su destino se dibujó debido a este origen.
La vida de Mercedes Jáuregui en La Lucila seguía normas rigurosas, marcadas por la distancia materna, la rigidez de Elizabeth Brown y la bonhomía de Josefina Barrientos, «mi madre sustituta», recuerda Mecha ocho décadas después.
La educaron en la mansión. Elizabeth ideó un rígido programa, sin llegar a la disciplina asfixiante del victoriano «sistema Kensington». La niña hablaba mejor el inglés que el español y, pronto, leía tanto autores infantiles como ciertos clásicos con una soltura que asombraba a sus institutrices y a sus padres. La señorita Brown no aceptaba fracasos ni caprichos. Cuando Mercedes mostró miedo al agua, Elizabeth la tiró a la piscina sin más. «Nunca pude nadar bien y, aunque parezca increíble, no me gusta la playa».
Su educación siguió las normas habituales de la élite, cerrada, donde los círculos sociales que integraba marcaban la diferencia. «Los golfistas, por ejemplo, eran una secta», recuerda. «Nadie nos inculcaba que éramos especiales, era natural vivir así». El mundo quedaba muy lejos todavía. Desde pequeña Mercedes integró esas normas de conducta y etiqueta, esas reglas para «agradar» basadas en las enseñanzas de Lord Chesterfield a su hijo, donde los preceptos morales hacían de la honradez y la verdad el perfil fundante de toda persona con «estilo». Luego, la «urbanidad» debía ser «natural y desembarazada» sin caer en «ceremonias importunas». Los sentimientos debían ser contenidos, las expresiones de alegría totalmente moderadas, las carcajadas eran de muy mal gusto. Una dama se comporta, soporta y jamás se quiebra. El «arte de agradar» debía manar naturalmente, concluye Mecha Gattás ahora. El decoro, la moderación, el buen vestir, el correcto trato a «los criados» —pues «todos somos de la misma especie y no hay más distinción que la que nos ha cabido por suerte»— eran algunos de los pilares. En definitiva, Lord Chesterfield sentencia una máxima que guiaría la etiqueta de aquellas élites: «El mundo se guía por la exterioridad de las cosas, y debemos tomar al mundo tal cual es; ni tú ni yo podemos corregirlo». (19)
Elizabeth Brown tenía una relación especial con la madre de Mecha. Raquel Aldao le permitía cenar con ellos todas las noches, no así a Josefina. La niña almorzaba y cenaba en el desayunador —el breakfast en la jerga de la época—, en vajilla de plata inglesa. Los sábados era la gran fiesta. Se le permitía comer con los padres y luego del almuerzo marchaban al club de golf. Allí, Mercedes quedaba con la encargada de los vestidores, que durante horas le contaba «cuentos fantásticos», mientras los padres hacían su vida siempre aparte.
En el verano de 1939 la familia Jáuregui Aldao viajó a Punta del Este. Fue la primera vez que la futura Mecha Gattás visitó el que iba a ser su lugar en el mundo. Bajo la mirada siempre estricta de Elizabeth Brown, Mercedes recorrió playas, caminos y bosques de una Punta del Este muy diferente a la que ella ayudaría a construir. La impresionó Jeanne Moulia De Pitôt, o simplemente Madame Pitôt, una de las visionarias del balneario, fundadora junto con su marido de los hoteles British House, Biarritz y de La Cigale. La recuerda espigada, rígida y austera, su rostro enjuto enmarcado en un peinado ondulado. Con una elegancia práctica, servicial y atenta, controladora de todo lo que pasaba en sus locales, le resultaba demasiado parecida a las familias porteñas.
Ese verano Mercedes Jáuregui Aldao comenzó a percibir de forma insistente sensaciones que anunciaban cambios y tristezas. Desde entonces agudizó esa intuición que le permitió marchar varios pasos delante de los acontecimientos y protegerse en una vida que iba a ser cada vez más solitaria. Debía convivir confortablemente con la soledad, el ensimismamiento tenía que transformarse en un compañero de ruta tan útil como fuera posible.
Raquel Aldao, esa madre lejana, poco a poco se fue transformando en una madre ausente. El regreso a Buenos Aires marcó el punto de quiebre; Raquel desaparecía por varios días y en casa su hija cada vez era menos recibida. No había almuerzos los sábados ni salidas al golf. A veces Pedro Jáuregui la llevaba a jugar unos hoyos, pero los silencios y lo no dicho, las palabras en voz baja con los amigos del club, las conversaciones apesadumbradas en un aparte, eran señales que aquella niña percibía sin comprender. Llamó la atención la transformación en Elizabeth Brown. La institutriz victoriana cambió el trato. La dulzura tuvo un lugar en las lecciones de gramática inglesa y en las lecturas cotidianas, los permisos para el juego fueron más largos y frecuentes, las sonrisas sustituyeron a los retos. Josefina siguió siendo la de siempre, pero más atenta y cómplice.
Un cáncer terminal, rápido y terrible, estaba matando a Raquel Aldao. Falleció el 7 de agosto de 1940 a las 7.15 de la mañana. En esos días su hija, con siete años, fue operada de apendicitis y en el hospital Elizabeth y Josefina tuvieron que escuchar cómo percibía que su mamá no la visitaba porque ya «no estaba». Aquella Mercedes y esta Mecha Gattás olvidaron totalmente el tema, hasta que el 24 de setiembre de 2021 un súbito despertar en el apartamento de Plaza Zabala puso todos estos recuerdos de nuevo en la memoria y, de inmediato, en el papel. Sin una lágrima, como corresponde a una dama.
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«Son contadas las veces que he llorado en mi vida». Si hacer públicos los sentimientos no era de recibo, el estoicismo era una virtud reconocida y valorada. Y así como Mecha Gattás sería transgresora, Mercedes Jáuregui era una niña obediente, aplicada, dispuesta a aprender y a sobrellevar las cargas.
Un día, poco antes del fin de año de 1940, Elizabeth Brown fue despedida por Pedro Jáuregui y se marchó sin decir adiós. Nunca más la volvió a ver. Pocas semanas después, en un largo viaje en tren, Mercedes y Josefina llegaron a Mendoza, a la casa de las hermanas de su padre. Su tía, también llamada Mercedes, en cierta forma se hizo cargo de la niña y de su doncella.
«Mi tía odiaba a los Aldao». El odio tenía su origen en la diferencia de estatus. Durante años «tía Meche» pretendió que los Aldao la integraran a sus amistades porteñas, que sus hijas fueran presentadas a las hijas de la oligarquía capitalina. El desdén de los Aldao y, peor todavía, de doña Raquel de Casas López de Osornio fue intolerable para los Jáuregui mendocinos, pertenecientes a la «flor y nata» de la provincia. Por supuesto que Mercedes Jáuregui Aldao fue víctima, también, de ese resentimiento. «¿Qué hacemos con esta ahora?», se preguntaba su tía mientras esa niña de ocho años se refugiaba en su silencio y en Josefina.
Toda la ropa que había traído de Buenos Aires —«la ropa de los Aldao»— desapareció. Su guardarropa se transformó en un austero fondo de armario de las tiendas Etam: prendas sencillas, lineales, monocromas.
«Era un espanto», concluye Mecha Gattás. Le cortaron el pelo y le hicieron la croquiñol para rizarlo. Una «venganza estética», una suerte de revancha sobre la «huerfanita», como también le decían. Sí, en los cumpleaños se dejaba oír, en la misa al año de la muerte de Raquel todas las señoras se lamentaban con un «pobrecita la huerfanita». «Nunca voy a ser esa huerfanita», se juró a sí misma, a Josefina y a su padre. Mercedes no sabía en ese entonces que Mecha Gattás se lo iba a gritar al mundo.
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Es muy probable que el contralmirante Tiburcio Aldao haya tomado cartas en el asunto. En 1942 Mercedes y su doncella regresaron a Buenos Aires. Pedro Jáuregui les alquiló un apartamento, pero sus días los pasaban en la casa Aldao. Iba con el abuelo a la plaza Francia, y al regreso se quedaban horas en su estudio, que se volvió su lugar preferido. Esa biblioteca recargada de libros con lomos rojos, negros y marrones con sus letras doradas. El cuero capitoneado de una butaca giratoria que hacía de calesita para gracia de todos. Los sillones Chesterfield marrones, las pipas, y el tornasol desde una ventana que dejaba entrar solo la luz suficiente. Tal vez el viejo Tiburcio revivió su niñez, huérfano de padre, y amparó especialmente a su nieta. Sabía lo que se sentía.
Pedro Jáuregui pagaba puntualmente las cuentas y veía a Mercedes casi todos los días. En 1942 viajó a Bariloche con sus amigos, su hija y su doncella. Se festejó mucho, entre partidos de golf, mesas de póker y otras diversiones de las que Mercedes y Joaquina quedaban excluidas. Al regreso todo estalló.
En el estudio que Mercedes tanto quería, don Tiburcio Aldao y Pedro Jáuregui tuvieron una discusión «terrible» que terminó a los gritos. Con nueve años enviaron a la niña al colegio Michael Ham, en Vicente López. Exclusivo y británico, ese internado para señoritas era gestionado por monjas irlandesas, las Hermanas de la Santa Cruz y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. En esas aulas, en régimen de «medio pupila», Mercedes Jáuregui Aldao estará hasta los 16 años y será la clave de su educación. Aquí, el «capital escolar» equivalía, sin duda, al peso del origen social. (20) Su abuela fue la encargada de la otra parte. La cultura, las artes y la formación para la sociedad eran responsabilidad de doña Raquel de Casas López de Osornio. Así, la educación de Mercedes Jáuregui combinó algo muy preciado en su futuro: lo esencial del capital cultural escolar y la herencia cultural propia de su clase, que le permitirá, en cierta forma, arriesgar y diferenciarse. (21) Por supuesto que nada estaba asegurado; ser elegida en el Michael Ham daba cierto «título de nobleza», pero no garantizaba el éxito social. (22) Esto dependería pura y exclusivamente de Mercedes cuando llegara a adulta.
Su padre licenció a Joaquina. Se marchó sin despedirse y nunca más supo de ella ni la volvió a ver.
La señorita Mercedes y una educación para tomar el té
«Era súper estricta». Así recuerda María Gattás la rigidez de su madre respecto de los modales en la mesa y en la casa. Había pautas no negociables; por ejemplo: la banana no se come «como mono», se usa cubiertos. Los años y los nietos ablandaron las formas y las maneras, pero Mecha Gattás madre seguía atada a la educación de su familia y del colegio Michael Ham. La educación y el estilo hacen la diferencia, siempre. Tener tiempo y posibilidades materiales habilita la adquisición de las «buenas maneras». Es mediante el uso largo y continuado que los gustos, los modales y los hábitos de vida refinados se integran, primero, a las generaciones anteriores de las familias, luego, con mayor velocidad, a los más jóvenes. Ese estilo es una «prueba de hidalguía», porque la buena educación, al exigir tiempo y dinero, no puede ser tan fácilmente adquirida por aquellos que dependen de un trabajo rutinario y de muchas horas. El valor de los modales es así reflejo de estatus, de disponer de recursos y espacios de ocio. (23)
Mercedes Jáuregui entró al Michael Ham a los trece. Años después Nuri Masjuan (24) ingresó al mismo centro, que poco había cambiado en disciplinas y en integración. Hoy aquel colegio «de señoritas» es mixto, pero mantiene el mismo nivel de excelencia para la élite. Nuri Masjuan recuerda la «educación en valores» y el respeto a «los subalternos» en trato y consideración. Aquellas «monjas irlandesas» eran bastante avanzadas para la época. «No se pasaba por delante de la maestra, sino por detrás». Ya en la época de Masjuan el servicio de comedor estaba «tercerizado», así que ella no tuvo que cumplir las etiquetas comensales. Tal como en el tiempo de Mecha, las monjas irlandesas eran más abiertas, pero no realizaban ningún trabajo de extensión hacia la comunidad. La formación de aquellas «señoritas» estaba, casi, encapsulada en sus paredes. Había beneficencia, caridad, pero nada de trabajo social.
El colegio se dividía en houses que se identificaban por colores, blue, yellow and red. Si bien para varias exalumnas era un juego, para Mercedes Jáuregui tenía un claro sentido jerárquico. Ella ingresó en la yellow por ser novata y por no pertenecer a las familias «tradicionales» del colegio. Si bien su nivel de inglés era excelente, había diferencias difíciles de superar.
«Era un lugar muy agradable, donde te sentías realmente bien», recuerda Mercedes. Las Hermanas de la Santa Cruz y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo enfrentaban todos los desafíos, las dificultades y los trabajos con total naturalidad. «La primera menstruación no fue un drama, al contrario», recuerda Mecha casi ochenta años después. «Todo se asumió naturalmente, con explicaciones sencillas, con un lenguaje cálido y amable». Con la misma naturalidad, manners no era una materia curricular, sino una enseñanza permanente, que en el caso de Mercedes no hizo mucha falta. «Sentarse bien, cuidar la postura, las reglas en la mesa, el vestir impecable, el estilo al hablar, el «gracias» o el «por favor» eran especialmente controlados por las hermanas, pero conmigo no tuvieron ningún trabajo».
La religión cumplía una función formativa y disciplinadora. Las misas eran obligatorias y aquel ritual preconciliar, en latín y ofrecido de espaldas al público, atraía muy poco a Mercedes, a pesar de que entendía su importancia. Con el tiempo la indiferencia hacia las creencias religiosas sería parte de su perfil, llegando a sentir «cierta envidia» por aquellos que tienen esa fe que a ella se le escapó hace mucho.
Su padre tuvo que llevar adelante tareas para las que no estaba preparado. La compra del vestido para la primera comunión fue solucionada de manera ejecutiva, seleccionando un modelo en la tienda Harrods. «Era un horror», recuerda Mecha hoy. Hasta las estampitas que compró para que la niña las repartiera a sus compañeras eran de tan mal gusto que Mercedes prefirió ocultarlas. La mirada de la madre superiora a su atuendo lo decía todo; «me sentía la «pobrecita»».
La displicencia de aquel padre poco atento era compensada por la intervención de sus abuelos, especialmente Raquel de Casas López de Osornio, la mujer que más influyó en Mercedes con y sin intención. Obviamente doña Raquel era un torrente de consejos y advertencias sobre la vida y las reglas, sobre el deber ser de una señorita en sociedad y sobre cómo debía ser su futuro dentro de la élite a la que pertenecía. Y en sintonía con las normas para crear a una «dama», la formación cultural y la apreciación de todas las expresiones artísticas eran centrales. Efectivamente, si bien el estilo era la seña que delataba la diferencia social (25), la formación cultural era una parte esencial en la afirmación de la distinción de cualquier miembro de la oligarquía argentina. Sin embargo, ese proceso formativo, tanto el escolar como el familiar, se estaba aplicando en una señorita que necesitaba saber muchas cosas y que tenía inquietudes que podían escandalizar a su abuela y, peor aún, a su entorno.
Junto con los cambios de la adolescencia aparecieron otras curiosidades inevitables. El sexo era un tabú y más aún en el Michael Ham, lo que llevó a suplir las indagaciones sobre el tema con intercambios con las compañeras de colegio. Algunas informaciones fueron certeras, otras no tanto, y no había forma de encontrar fuentes fiables sobre la cuestión. Ni se le ocurría preguntar a las monjas, o a su padre o a sus abuelos. El sexo a los 15 años de Mercedes Jáuregui seguía siendo una actividad oscura. Sin embargo, una consecuencia no buscada en los aportes de doña Raquel de Casas López de Osornio impactó a su nieta y le aclaró varios misterios.
En unos de los tantos paseos en automóvil, Mercedes le insistió a su abuela que quería conocer el Museo de Bellas Artes frente a Plaza Francia, donde pasaba tan buenos ratos con su abuelo Tiburcio Aldao. En esa zona donde La Recoleta quiere ser Palermo, sobre avenida Libertador, después de que el chofer recibiera la orden de estacionar el Packard y le abriera la puerta, su abuela le advirtió que iba a entrar sola, que no tardara mucho y que ella la esperaría en el auto. Mercedes Jáuregui entró al inmenso edificio que el arquitecto Alejandro Bustillo había rediseñado cuando ella era recién nacida. Las colecciones originales de pintura renacentista, los cuadros de Goya, de El Greco, los pintores modernos en versiones originales fueron vistos a las apuradas por aquella señorita que tenía a su abuela esperando en la puerta. «Allí vi la primera estatua de un desnudo. Vi por primera vez cómo era un hombre». Había descubierto por el arte lo que el puritanismo le escondía. Algo cambió, la madurez quizá comenzó a apurarse en Mercedes Jáuregui, que seguía estudiando en las formalidades del Michael Ham y bajo la guía social y cultural de su abuela, pero, como siempre, descubriendo el mundo en soledad.
Raquel de Casas López de Osornio tenía un palco de su propiedad en el teatro Colón, que cedía con agrado a su nieta. Mercedes recuerda especialmente Madame Butterfly de Puccini, la ópera que cuenta la historia de un matrimonio entre una japonesa y un norteamericano, donde el marido no se compromete con su pareja, la utiliza para disfrutar un momento apenas, mientras piensa en un proyecto de vida en su país de origen sin ella. La tragedia final es inevitable: el marido regresa con su nueva esposa estadounidense a rescatar al hijo que tuvo con Butterfly, y ella se lo entrega para luego suicidarse.
«El desamor y sus peligros; la necesidad de cuidarte siempre. Esas ideas me quedaron en la cabeza desde que bajó el telón. No quise verla nunca más».
El teatro y las artes plásticas pasan a ser una parte central de su vida, por ahora de la mano de su abuela. Doña Raquel de Casas López de Osornio alentaba a su nieta y la acompañaba a las funciones. Vio los clásicos, el teatro argentino, el cine extranjero y nacional que tomaba un impulso sin precedentes desde mediados de la década de 1930. Las muestras internacionales que llegaban mensualmente a Buenos Aires eran una cantera permanente de impresiones, de imágenes y de ideas. En su adolescencia se afirmó el gusto —«el buen gusto», acota— que pasó a ser «parte de mi esencia», o más claro: «como si fuera mi hígado». No es algo racional, «es intuición, es algo natural». Y ese «buen gusto», ese estilo, se confirma por su contrario. «Las cosas de mal gusto me hacen sufrir. Ver una persona o algo desagradable me violenta». (26)
Hacia mediados de la década de 1940 Mercedes Jáuregui había visto y leído obras inconcebibles para sus compañeras de colegio. Mientras el Michael Ham se preocupaba por educar a futuras madres que reprodujeran el orden conservador y familiar, que vivieran y revivieran las redes sociales que las hacían ser lo que eran, Mercedes empezaba una ruta distinta. «Nos educaban para ser señoras que tomaban el té, y me negué a ser una mujer para tomar el té», y luego de un instante de reflexión acota con una sonrisa, descubriendo su propia trampa: «Bueno, me negué a solamente tomar el té».
Mercedes tenía diez años en 1943, cuando la historia argentina comenzó a cambiar para siempre y sin retroceso. A sus doce años un nombre comenzaba a repetirse por los medios y con insultos en la mesa familiar y en los círculos de amistades que frecuentaba con sus abuelos y con su padre. El coronel Juan Perón estaba haciendo temblar el mundo tranquilo y seguro que el almirante Tiburcio Aldao había ayudado a construir durante «la década infame» y que tan bien supieron aprovechar su yerno y sus amigos. Doña Raquel de Casas López de Osornio no daba crédito cuando el personal de la casa le exigió el cumplimiento del Estatuto de la Empleada Doméstica, que incluía el derecho a la siesta. Don Tiburcio Aldao volvió apesadumbrado de su campo en Santa Fe cuando tuvo que aplicar las nuevas leyes sociales y el Estatuto del Peón Rural. El doctor Pedro Jáuregui tuvo que soportar la destitución de la Suprema Corte de Justicia en 1946 y la avanzada sobre los tribunales. Ni siquiera el Club de Golf quedó a salvo de la gente «impresentable» que invadía los espacios que antes solo eran para los círculos, para la gente bien, aprovechando la «demagogia» del presidente Perón y de su esposa Eva, esa mujer, como la llamaba delante de su hija, cuidando el decoro de las palabras. Recordará siempre, con desprecio, la obligación del menú popular, que permitió la entrada de cualquiera al restaurant del hotel Alvear. Argentina se volvió insoportable para el juez letrado Pedro Jáuregui. En 1948 Mercedes ya estaba bastante grande como para soportar el cambio. Se mudaron a Montevideo.
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- Guinzburg, Carlo. El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo xvi. Océano. México. 1998
- Burke, Peter. ¿Qué es la historia de la cultura? Paidós. Barcelona. 2012. P. 50.
- Burke, Peter. Op. cit. P. 97.
- Hall, Stuart. Cuestiones de identidad cultural (con Paul du Gay). Amorrortu. 2011. El triángulo funesto. Raza, etnia, nación. Traficantes de Sueños. 2020. Estudios culturales. 1983. Una historia teorética. Paidós. 2017. La cultura y el poder. Conversaciones sobre los cultural studies (con Miguel Mellino). Amorrortu. 2011.
- Hall, Stuart. La cultura y el poder. Op. cit. P. 15.
- Heredia, Mariana. ¿El 99 % contra el 1 %? Por qué la obsesión por los ricos no sirve para combatir la desigualdad. Siglo XXI. Buenos Aires. 2022. Pp. 58 y 68-69. En esta investigación, Heredia analiza los cambios sociales en Argentina, donde descubre una nueva élite cosmopolita, superadora de la vieja oligarquía, de la burguesía «nacional», a la que denomina, simplemente, ricos. «Las publicaciones que les están destinadas los llaman «hacedores», «emprendedores», «creadores de riqueza». Para el debate público y las ciencias sociales, «rico» se afirmó como la categoría de preferencia».
- Hall, Stuart. La cultura y el poder. Op. cit. Pp. 38-39.
- Heredia, Mariana. Op. cit. P. 14.
- Gramsci, Antonio. Cuadernos de la cárcel. 2. Los intelectuales y la organización de la cultura. Juan Pablos Editor. México. 1975.
- Wright Mills, Charles. La élite del poder. Fondo de Cultura Económica. México. 1989. Pp. 12-13.
- Op. cit. P. 18.
- Op. cit. P. 22.
- Op. cit. P. 37.
- Hall, Stuart. Op. cit. P. 24.
- Real de Azúa, Carlos. La clase dirigente. Nuestra Tierra. Montevideo. 1969. Pp. 44-45.
- Balmaceda, Daniel. Romances turbulentos en la historia argentina. Sudamericana. Buenos Aires. 2012. P. 24.
- Comuna de Aldao. Historia de Aldao. Imprenta Yaccuzzi. San Lorenzo, Santa Fe, Argentina. 2003.
- Para la forma del trato al servicio doméstico ver Dawes, Frank Victor. Nunca delante de los criados. Retrato fiel de la vida arriba y abajo. Editorial Periférica. España. 2022. Dice en la página 21: «Los libros de la época sobre la organización doméstica, recogiendo la idea de la realeza, exhortaban a las señoras a juzgar a sus criados como hijos suyos, a mostrar un «amable interés» por sus asuntos y hacer que confiaran en su propia «bondad y justicia»».
- Chesterfield. Cartas completas de Lord Chesterfield a su hijo Felipe Stanhope. Tomo I. Librería de Ch. Bouret. París-México. 1890. P. 376.
- Bourdieu, Pierre. La distinción. Taurus. Barcelona. 2017. Pp. 15-16.
- Op. cit. P. 72: «Aquellos que han adquirido por y para la escuela lo esencial de su capital cultural tienen inversiones culturales más«clásicas», menos arriesgadas, que aquellos que han recibido una importante herencia cultural».
- Gessaghi, Victoria. La educación de la clase alta argentina. Entre la herencia y el mérito. Siglo XXI. Buenos Aires. 2016. P. 124.
- Veblen, Thorstein. Teoría de la clase ociosa. Fondo de Cultura Económica. México. 1951. Pp. 43-45.
- Entrevista a Nuri Masjuan. 3 de setiembre de 2022.
- Chesterfield. Op. cit. P. 369. «El ropaje de los pensamientos es el estilo: si el tuyo es llano, grosero y vulgar, tus pensamientos, por exactos que sean, aparecerán muy desventajosos y serán tan mal recibidos como lo sería tu persona, por bella que fuese, si se hallase revestida de andrajos y harapos sucios».
- Bourdieu, Pierre. Op. cit. Pp. 76-77. Mecha no escapa del molde formativo de las clases altas en general, donde «la ideología del gusto natural obtiene sus apariencias y su eficacia del hecho de que, como todas las estrategias ideológicas que se engendran en la cotidiana lucha de clases, naturaliza las diferencias reales, convirtiendo en diferencias de naturaleza unas diferencias en los modos de adquisición de la cultura y reconociendo como la única legítima aquella relación con la cultura (o con la lengua) que muestra la menor cantidad de huellas visibles de su génesis, que, al no tener nada de «aprendido», de «preparado», de «afectado», de «estudiado», de «académico» o de «libresco», manifiesta por soltura y naturalidad que la verdadera cultura es natural, nuevo misterio de la Inmaculada Concepción».
Fernando López D’Alesandro (Montevideo, 1964) es docente e historiador. Egresado del IPA, máster en Historia, ha publicado en diversos medios nacionales y extranjeros.
Su obra Historia de la izquierda uruguaya consta de tres tomos. En 2018 publicó Vivian Trías. El hombre que fue Ríos. La inteligencia checoslovaca y la izquierda nacional (1956-1977).





