Desaparecer en el Otro Monte
Selene Hékate
Libro ganador de la convocatoria Felisberto para cuentistas del Ministerio de Educación y Cultura.
«Era primavera y, como usted ya sabe, primavera es la estación de purga, así que estaban todas las calles repletas de cadáveres de los gatos que se habían matado durante la noche. En la parada unos niños se sentaban sobre los cuerpos».
Personas que desaparecen, pierden partes del cuerpo o se metamorfosean. Menores infractores con habilidades sobrehumanas. Hombres y mujeres del río que nunca pueden librarse del olor a pescado. El Otro Monte, balneario de casas amarillas, se sitúa en las afueras de Montevideo y casi nadie sabe que existe. Los vecinos, muy dispuestos a contar historias, son artistas brillantes porque crecen observando a la naturaleza y aprendiendo de ella su lenguaje poético. Las mujeres pueden parir animales, o transformarse en criaturas híbridas. La naturaleza de sus habitantes está en constante mutación; el pueblo funciona con otras reglas.
Héctor, un forastero, recibirá una casa en el Otro Monte como herencia de una tía de la que no recuerda saber nada. Persiguiendo sus huellas, irá descifrando los misterios de los pobladores, transcribiendo sus voces hasta formar este libro, porque confía en que la escritura es una forma de salvarnos a todos de desaparecer.
El resultado es una sorprendente amalgama de géneros y voces narrativas que transita con naturalidad entre el horror y el costumbrismo, el humor y la tragedia. Los personajes se hacen carne frente a nuestros ojos y luego se difuminan hasta convertirse en algo radicalmente distinto. Selene Hékate es una gran creadora de atmósferas que, en principio agradables o bucólicas, se van deshilachando de a poco hasta develar al Otro Monte como el hogar de las pesadillas más estremecedoras.
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Desaparecer en el Otro Monte
de Selene Hékate
Introducción
El Otro Monte es un balneario amarillo y alejado, en las afueras de Montevideo. Llegué a él al recibir de herencia la casa de una tía que ni sabía que existía. En la casa encontré un cuaderno en el que ella intentaba narrar su vínculo con dos personas muy importantes que desaparecieron en su juventud y de las que nunca más se logró saber más nada. Me dio curiosidad. Quise hablar con los vecinos, conocer más de ella y de esas dos personas, pero me encontré con gente predispuesta a contarme otras historias, porque en el Otro Monte parece que es mucho lo que desaparece o permanece incompleto o cambia. Por ejemplo, hay quienes dicen tener hoy un rostro que no les pertenece y buscan el suyo. Otros perdieron la mitad de su cuerpo, o tienen nacimientos inusuales sin padre o madre, o pierden su naturaleza humana. No estoy muy seguro de la veracidad de esas historias, pero lo que sí sé es que hay espacios alejados de la sociedad que dan artistas increíbles y cronistas de inusual talento. No pienso agregar más a esta introducción porque los narradores con los que me he encontrado pueden contar mil veces mejor que yo. Construí este libro porque creo que lo desaparecido merece encontrarse. Aunque sea en la palabra.
Héctor
Daisy
La primera carta de Daisy
Héctor, sobrino: no te debés ni acordar de mí. Ya sos un hombre grande, tendrás cerca de cuarenta años, pero en mi mente seguís siendo ese niño de seis que vi en el funeral de mi papá, que es tu abuelo. El día estaba nublado, cálido y denso, y fue la única vez que te vi a vos y a tu familia. Eras un niño precioso y te saqué una foto tomando un helado en el porche de tu casa, con un deportivo azul y la cara llena de chocolate. Desde entonces esa imagen estuvo en mi mesa de luz y ahora te la regalo, como la casa y todo lo que tuve.
Tus padres, más que nada tu madre, insistieron ese día en que tomara un té con ustedes y conversáramos después del entierro. En un principio yo no había querido ir al velorio porque implicaría sí o sí charlar y a mí no se me ocurría qué decir a esas personas con las que compartía sangre, pero que nunca había conocido. Además, nunca fui muy sociable, soy de las que no miran mucho a los ojos y hablan con frases cortas y pausas incómodas. Ni con la docencia corregí eso.
Después de darle muchas vueltas, fui al cementerio. Fijate que yo ya tenía casi cincuenta años en ese momento y no supe qué decirle a mi medio hermano, aunque a veces pienso que interactuaba con él por primera vez y que tengo que ser menos dura conmigo misma.
Es una situación tensa para cualquiera: habíamos tenido una vida de distancia y no se podía resumir todo eso. Hablamos poco. Como forma de escapar a los silencios, te miraba tomar tu helado mientras arrastrabas una carretilla de juguete. Le colocabas ositos, palas, baldes, libros, piedras, todo lo que encontrabas a tu paso, después empujabas y caminabas, tirabas todo, lo volvías a colocar y empezabas de nuevo. «Como Sísifo», le dije a tu papá y me miró sin entender. «El de la mitología griega. Es muy curioso que los castigos de los adultos sean los juegos de los niños y que los castigos de los niños sean los placeres de los adultos». «Como dormir la siesta o no ir a un cumpleaños», me acuerdo que contestó él, que también se aferraba a tu presencia para tener algo que comentar. Me acuerdo que llevaba una campera marrón, de cuero, corta y holgada, y tenía las manos metidas en los bolsillos. Empezaba el otoño. «¿Cuándo es que dejamos de encontrarle el juego interesante a todo?», preguntó. Vos estabas en la tuya, ajeno a los espectadores. Tenías todo un mundo creado y le hablabas a tu amigo imaginario. Como muchos niños que somos hijos únicos. Ese día conversamos mucho de vos. Tu papá evitó mencionar a tu abuelo, supongo que porque tenía muchos recuerdos de él y yo ninguno, y le habrá parecido injusto.
Después de la muerte de tu papá, vos y tu hijita son los únicos que quedan que comparten algo de mi sangre. Te felicito: entré a tu Facebook y vi fotos de Juanita, está muy linda. Los tres se ven muy lindos y felices juntos. Nunca me acuerdo del nombre de tu mujer. Te confieso que me hubiera gustado estar más presente para ustedes, ser la tía que nunca tuviste y siempre precisaste. Muchas veces pensé en eso: en tomarme un ómnibus e ir hasta ahí, caer de sorpresa, sin avisar. Pero no lo voy a hacer y vas a ver estos papeles cuando yo me muera. Hace mucho que ya no se hacen cartas, y te estarás preguntando por qué te escribo esta: primero porque quiero que sepas algo de mí, segundo porque escribir a mano tiene ese nosequé y tercero, porque sé que además de abogado sos escritor y me gustaría publicar mis memorias, pero, en lo posible, después de muerta. Quiero que veas las páginas que estuve escribiendo y que acabo de pasar en limpio, no sé… puede que no tengan ningún valor y que no te importen. Los médicos me recomendaron escribir porque hace bien a la mente. Me puse a revolver mis recuerdos, atraparlos para que no se me sigan escapando. Estoy nostálgica. Tengo sesenta y cinco años en este momento y siento que empieza el ocaso.
Espero leas estos textos, aunque lo bueno es que nunca lo voy a saber. Sé que por momentos solo vomito ideas y no las desarrollo. Espero que no te aburran mucho, que puedas encontrarles algún valor y mejorarlas.
Gracias.
Te quiere, tu tía Daisy
Los apuntes de Daisy
Nací en el año 1955. Mi infancia fue tranquila. Papá se fue cuando yo era muy chica y mamá era callada y de temperamento melancólico. Trabajaba mucho como cajera en el almacén del barrio y se ausentaba de casa casi todo el día, pero convivíamos sin mucho sobresalto. Puedo contar esto porque nunca creí en eso de ser fiel a los muertos: la cuestión es que papá había dejado embarazada a su amante cuando yo tenía dos años, y mamá lo había rajado de casa. Él dejó un número de teléfono y una dirección para que yo lo buscara. Nunca lo hice. No tengo más parientes por parte de madre porque casi todos murieron en la Segunda Guerra. Mis abuelos y mi mamá, que eran de raíces judías, vivieron ocultos, como Ana Frank, hasta que mi abuelo fue capturado mientras intentaba conseguir comida. Mi abuela materna y sus dos hijos lograron escapar con identidades falsas a Latinoamérica, como tantos otros. Mi abuela no supo nunca más de mi abuelo y murió cuando mamá estaba embarazada de mí, le dio un infarto. El hermano de mamá se enamoró de una argentina y se fue atrás de ella, pero eso lo supe de adolescente, cuando apareció Luis, mi primo. Mamá no hablaba mucho de su vida. Además de eso, con el tiempo se fue haciendo frágil y propensa a la enfermedad, física y mental. Yo ayudaba en las tareas de la casa y trataba de no pedirle mucho ni hacer ruido con mis problemas para no traerle más tristezas. Qué mujer nerviosa e introvertida. A veces me llevaba a la casa de alguna vecinita del barrio para jugar, pero fueron relaciones que no prosperaron. A los diecisiete años fue que tomé conciencia real de mi carácter solitario. En el liceo miraba de lejos el desarrollo de las actividades sociales y en los recreos a menudo me sumergía en alguna que otra novela hasta que sonaba el timbre. Siempre fui medio bicho. Cuando volvía de mi universo paralelo caminaba bien lento hasta el salón, arrastrando los pantalones oxford que se usaron tanto en esa época. Yo los tenía constantemente embarrados y, a pesar de andar sin apuro, era siempre la primera en llegar.
Me acuerdo de un día que me quedó marcado como un tatuaje mental. Estaba en sexto. Así que era el año 1972, otros tiempos. Teníamos clase de Literatura, que era mi asignatura preferida ese año, porque teníamos a una vecina de mi barrio de profesora. Dalia era muy joven y simpática y nos hacía pensar mucho. En ese entonces era recién recibida, no debía tener más de unos veintidós o veintitrés años. Yo la admiraba mucho. Tenía unos ojos enormes y verdes, muchas pecas y el pelo corto y alborotado. Yo participaba siempre con ganas en sus clases y, cuando a veces ella hacía alguna pregunta y nadie contestaba, decía cosas como:
«¿Y vos, Daisy, tampoco sabés la respuesta? Yo sé que sí». Me gustaba ese favoritismo, era con la única docente que me pasaba. Fue apenas unos años después que cayó presa.
Ese día al entrar al salón vi que un grupo de compañeros de clase me miraba y se reía: alguien había estado haciendo un mal uso de sus brillantes cualidades artísticas en el pizarrón. En él, con trazos de profesional, había aparecido una especie de caricatura de mi persona y de Dalia. Era un dibujo obsceno y no voy a entrar en detalles por asuntos de pudor. Ese día ella dejó de ser mi profesora preferida y nunca más fui una estudiante sobresaliente en Literatura. La adolescencia ha sido cruel en todas las épocas. Cuando Dalia entró al salón no entendió de qué se reían mis compañeros, pero los hizo callar para dar comienzo a la clase. Fue la más larga del mundo. Unos días después me la encontré en el almacén y me preguntó: «¿Hay algo de lo que quieras hablar? ¿Tu madre está bien?». Yo le dije que sí y comencé a evitarla. Me dijo mamá que a veces le preguntaba por mí cuando pasaba por la caja del almacén. Me acabo de enterar de que Dalia falleció de cáncer de útero hace tres meses.
Siempre supe que no me iba a casar ni a tener hijos, pero tuve un novio al que quise mucho. Siempre intento escribir sobre él y me cuesta. Fue a los diecisiete años que conocí a esta personita tan especial, se llamaba León, aunque le decían el Pelu porque llevaba el pelo largo. Tenía veintinueve y era muy inteligente.
Todos conocíamos a León en el barrio. Medía un metro noventa, era muy flaco y de adolescente había jugado al básquet. Cuando fui lo suficientemente grande como para fijarme en él, León iba y venía de Facultad de Humanidades, trabajaba en una librería en el Centro, hacía algunas colaboraciones en diarios y revistas, tocaba la guitarra y se defendía con el canto, siempre llevaba algún libro bajo el brazo. Sentía predilección por la política y los libros de ciencia ficción. Yo corría a la biblioteca o librería más cercana a hacerme de todo lo que él leía. Parece que no tenía más familia que un abuelo muy viejito y enfermo que vivía con él. Más adelante me contaría que era lo único que lo aferraba al barrio; en cuanto su abuelo muriera se iría a vivir a otro país, probablemente a Cuba.
Formaba parte de un grupo de muchachos de su edad, y otros más jóvenes, casi de la mía, que pegaban afiches y nos entregaban folletos para invitarnos a charlas sobre política, nos hablaban de la crisis. Yo no entendía mucho, pero ingresar a ese mundo fue mi oportunidad de acercarme a él. Me sentía una rebelde. Empecé a ir a las charlas, actividades, marchas y campamentos.
Una tarde estaba en la plaza sola, hamacándome, pensando en algo que había leído, probablemente, porque mucha cosa importante no me pasaba, y él se apareció: «Me gustó lo que dijiste el otro día». Casi caí de la hamaca y León me tuvo que ayudar para que pudiera volver a sentarme. Se rio y se disculpó por haberme asustado, con sus dientes blancos perfectos y sus ojos negros intimidantes. Lamento increíblemente no tener una fotografía de él, porque su rostro se me pierde en la distancia. Me acuerdo de su sonrisa alineada y ese gesto que después descubrí, en las fotos de su familia, que era heredado de su madre. Más tarde, siendo novios, cada vez que él hacía ese gesto veía a la suegra que nunca conocí y no podía besarlo durante horas; qué gracioso. Consistía en una sonrisa de boca recta y mirada desde arriba, con ojos de párpados caídos. Sé que esa era su forma de mirar con ternura, pero yo la odiaba. Le decía que siempre me iba a mirar desde arriba porque medía un metro noventa y yo uno cincuenta y cinco, y que no era justo. Solía pedirle que se sentara para hablar con él, así estábamos en igualdad de condiciones. Todavía tengo el recuerdo del olor de su pelo largo y lacio moviéndose al sol una vez que se lo soltó en la playa. De sus manos largas y muy finas. Creo que la mejor parte del cuerpo de León eran sus manos. Tenía dedos largos y delicados, de uñas cortas en la izquierda y largas en la derecha. Dedos de guitarrista. El pelo, el cuello, los dedos son fetichizables… y los hombres se preocupan por el tamaño de los genitales o los músculos marcados. Con esos dedos León también cocinaba, y cocinaba rico. Pamplona rellena, papas a la crema, zapallitos rellenos, galletitas de avena, pancitos de queso. La pizza no le salía muy bien. Con esos dedos León me haría masajes, acariciaría gatos y perros callejeros, lavaría los platos y colgaría la ropa, golpearía suavemente casi cualquier cosa para sacarle sonido y en esos momentos se perdería. Si yo en ese entonces era toda ojos y oídos queriendo absorber el mundo, León era todo dedos y bocas. Era un gran orador. Funcionábamos porque él hablaba mucho y yo casi nada.
La tarde en la que empezó todo se sentó en el columpio de al lado y comenzamos a charlar. Me preguntó cosas sobre mí y hablamos de política. Supongo que empecé clase de guitarra clásica por él. Quería estar a su altura, aunque ahora entiendo que no precisaba esforzarme tanto. Yo flotaba entre unas nubes exquisitas de pasión adolescente. El primer beso ocurrió en la playa, la noche de Iemanyá. Habíamos ido por curiosidad y porque a él le agradaba estar de espectador de esos encuentros y rituales, sentía un interés antropológico por las prácticas tradicionales, de pueblo, primitivas, mágicas, elaboradas a partir de un sincretismo que batalló contra la esclavitud. Después de esa noche comenzamos, casi sin que yo me diera cuenta, un noviazgo dulce y furtivo.
Nos veíamos a escondidas y en esos ratos él me hacía sentir la mujer más hermosa e inteligente de la Tierra. Nunca más volví a sentirme así. Leíamos juntos debajo de los árboles, nos besábamos, nos tocábamos, todo para mí era un descubrimiento. Él era muy caballero, se acercaba de a poco, me preguntaba si no estaba yendo muy lejos. Esto debe parecer muy arcaico, es todo tan diferente ahora.
Nos reuníamos con sus amigos en un sótano y escuchábamos música con letras que repetían mucho las palabras libertad y compañero. Cuando podíamos, León y yo, solos, mirábamos el atardecer en la playa y todas esas cuestiones que hacen a los enamorados. Pero también íbamos juntos a marchas y asambleas.
En febrero de 1973 cumplí dieciocho años y fue cerca de la fecha de mi cumpleaños cuando mi madre abrió las puertas de mi ropero y descubrió, entre mi ropa negra, gris y azul, una camisa rosada de hombre que olía distinto. Como yo ya era mayor de edad pensé que estábamos prontos para no ocultarnos tanto y le comenté a mi madre de nuestra relación, pero a ella sus veintinueve años le parecieron un disparate y me dijo que, como todos los hombres mayores, tomaría lo que quería de mi cuerpo y se iría para siempre. Después de eso insultó en polaco y se encerró en su cuarto. Nunca me quiso enseñar su idioma y era el que le salía cuando se enojaba. A veces la escuchaba hablar sola, o a alguien, y nunca era en español. Yo esa vez juré que la odiaba –aunque, por supuesto, es mentira porque a la madre nunca se la puede odiar– y sellé mi caparazón en silencio.
Con León seguimos viéndonos. Yo recién había terminado el bachillerato y, como no sabía qué era lo que quería estudiar todavía, ese año no ingresé a ninguna facultad. Trabajaba a veces, cuidando los niños de las vecinas, e iba a las clases particulares de guitarra, por lo que tenía mucho tiempo libre.
Como todo lo bueno de este mundo, mi momento idílico culminó. Fue el día del cumpleaños de León, nuestro último día juntos y la última vez que lo vi. Tenía el regalo ideal, había conseguido un disco muy difícil de encontrar porque estaba prohibido. Él me miró emocionado, conteniendo lo que le pasaba, como siempre. Cuando abrió su regalo, ese 26 de junio de 1973, noté que, aunque no quería que yo me diera cuenta, se había quebrado. A León le costaba llorar. Pero a veces se enojaba y se ponía a componer música y a escribir mucho. Una vez me contó que cuando era chico se cayó de la bici y lloró, y su abuelo le pegó una cachetada y le dijo que no llorara por eso. Unos años más tarde, cuando tenía doce años, también iba en bicicleta y lo atropelló un camión, y él dijo que a su abuelo no se le movió un pelo. Sin decir nada, tranquilamente, lo llevó al hospital, donde le operaron un ojo, le pusieron yesos en el brazo y la pierna, y eso fue todo. León pudo haberse muerto en ese momento y yo hoy sería alguien muy diferente. Es increíble cómo te puede cambiar el cruzarte con una persona, aunque solamente sea por un año. Con León hubo un antes y un después. Nunca fui de preguntar mucho porque odio ser invasiva, pero esa vez me preocupé y le pregunté qué le pasaba. Él contestó: «Quiero que tengas una vida larga y hermosa y que me prometas que no la vas a desperdiciar». Nos hicimos unos anillos de hilo en nuestros anulares izquierdos, como si nos comprometiéramos. Ese día, un poco más tarde, cuando volví a mi casa y revisé sus palabras, me di cuenta de que podía ser que no nos viéramos nunca más. Ese último encuentro fue en la casita de árbol que hizo con su abuelo cuando era niño. Yo lo miraba de reojo, con actitud pasiva, porque nunca quise agobiarlo, y me acuerdo hasta el día de hoy el modo en el que tenía el pelo recogido. Se había hecho un moñito. Me gustaba mucho León de moñito, revelándome el cuello largo y grueso, dejándomelo al descubierto. Estuve no sé cuánto tiempo acariciando su cuello, suave como el resto de su piel. La vena que a veces se le sobresalía o palpitaba, sobre todo cuando daba esos discursos acalorados a los gritos, no estaba a la vista. Como en las sienes se le hacían rulitos desobedientes, yo, en un acto reflejo, se los acomodé detrás de la oreja. No sé bien si era una tendencia romántica o solo obsesivo-compulsiva de poner todo en su lugar.
Estuvimos mucho rato en silencio, él me tomó de la mano, me sonrió y, cuando se hizo la noche y me dispuse a partir, disgustada con él por primera vez, me volvió a repetir que me cuidara.
No nos vimos más. Yo esperé a que él me buscara, porque no podía hacerme a la idea de que todo terminara sin explicación. No podía entender qué había hecho para espantarlo. ¿Había encontrado a una chica mayor y con más conciencia social? ¿Se había ido a Cuba sin mí? Las preguntas me agobiaban y quería que por lo menos me diera una razón de su ruptura, de su huida. Pero fue un abandono completo.
Me enteré de que el abuelo de León murió a los dos días de ese último encuentro nuestro. La aparición de Luisito, el hijo de mi tío por parte de mamá, ocurrió a los tres meses. Nunca lo había visto ni había escuchado jamás hablar de él. Había vivido toda su vida en Buenos Aires y como mamá rara vez tenía contacto con su hermano, supongo que se habría olvidado de mencionarlo. De hecho, fue a través de Luis que supe que tenía tíos. Me di cuenta con el primer intercambio breve de palabras de que tenía algunos problemas de entendimiento. No sé cuál era su enfermedad, pero a sus treinta años actuaba como un niño de diez.
Empezaban los calores de la primavera, así que había retomado mi costumbre de ir a leer a la plaza, y al atardecer, cuando volví, lo vi sentado a lo indio en el sillón del living, mirando una araña que caminaba por el techo. Cuando entré, se paró y me dijo: «Soy Lui».
La soberbia de su físico imponente contrastaba con su carácter simple. Medía casi dos metros, tenía el cuerpo fuerte, grueso y musculoso porque, según entendí, casi que la única actividad que realizaba era en un club deportivo. Tenía los ojos dorados y llevaba el pelo muy rubio y corto. Mi madre también era rubia de ojos azules, bien polaca. Yo salí a papá, bien latina. Mi primo era hermoso según los parámetros de belleza más estrictos, y la mejor parte es que no tenía la menor idea. Se iba a quedar a vivir con nosotras y no me supo contestar cuando le pregunté por el tío y por su madre. Algo me decía que mejor evitara el tema con la mía también.
Mamá no estaba en ese momento y casi en ninguno, había mejorado su salud y hacía horas extras en el almacén. Se iba al mediodía, volvía a la noche. Como yo cuidaba niños de mañana, no nos veíamos casi nunca. Yo prefería que fuera así, porque desde nuestra pelea en torno a León no habíamos vuelto a hablarnos, lo que se dice de verdad hablarnos, exceptuando lo más trivialmente necesario, así que en apariencia estábamos parcas, pero corteses.
Éramos solo Luisito y yo, y creo que para él más que una prima fui una hermana o figura maternal. Era muy inocente y muy torpe y no parecía entender nunca nada, así que me daba muchísimo trabajo, pero a la vez me hacía olvidar todos mis problemas. Podía concentrarme en intentar enseñarle algo, aunque fuera infructuoso. Le leía, le hacía la comida, lo vigilaba cada vez que iba para afuera a jugar con los niños de la cuadra. Caminábamos, íbamos a la playa o salíamos en bicicleta. Cuando visitábamos el Centro (después me enteré de que era por estudios médicos que precisaba y callaba mi madre; no pregunté porque estaba acostumbrada a su hipocondría), lo llevaba al parque de diversiones, le compraba algodón de azúcar y churros y todas esas cosas que se hacen con los niños. Pero era un peligro mortal para sí mismo. Había que estar controlando que no metiera los dedos donde pudiera electrocutárselos, quemárselos o cortárselos. Que no se trepara a lugares desde donde podía caer o jamás bajar. Incluso durante la noche, como tenía miedo, yo le dejaba la luz prendida y la puerta semiabierta. No eran raras las ocasiones en las que atravesaba el pasillo hacia mi habitación y se armaba una cama en el piso, al lado de la mía, porque había tenido pesadillas y no quería estar solo. También existía el riesgo de que se perdiera, o tuviera problemas con los milicos, que podían malinterpretar su comportamiento. Una vez volvíamos del almacén, por ejemplo, y noté que Luis no me seguía. Lo vi una cuadra más atrás, rodeado por tres militares, y temí lo peor, pero los hombres solamente le palmeaban el hombro y le sonreían. Cuando volvió a mi lado le pregunté si estaba todo bien: «¿Te hicieron o dijeron algo?». «Solo me preguntaron si era cierto que los vecinos de enfrente a veces se reunían y yo les dije que sí y me felicitaron», me contestó.
«Mejor no hagas nada, Luis», le dije. Por fuera de nuestro balneario eran tiempos muy difíciles, pero en el Otro Monte todo parecía muy sosegado, hasta optimista, y sin aparentes disputas entre vecinos, aunque creía que tenía que estar permanentemente cuidándome de algo, simulando una calma que no existía. De pronto salió la orden de que las casas en el barrio fueran todas amarillas, mi madre insistió en que mejor no quedáramos afuera de eso y, además de pintar, plantó girasoles en el patio. Cuando no estaba en el almacén, se quedaba en el jardín, trabajando entre las flores, o encerrada en su cuarto durmiendo.
Nuestra rutina cambió durante dos meses cuando un día, a principios o casi mediados del año siguiente, el 74, llevé a Luis a ver una obra teatral para niños que se mostraba en la plaza. Era de bajo presupuesto, hecha por un grupo de esos independientes y amateurs. Los actores, sin embargo, eran muy buenos, y montaban al aire libre, así que cobraban lo que la gente decidía al pasar la gorra. Luis quedó encantado con los trajes realizados esforzadamente a mano, la escenografía pobre pero ingeniosa, hecha con elementos reciclados, los ademanes aparatosos de los actores, el sentido del humor fino y la aventura, aunque yo no podía estar muy segura de que él comprendiera realmente el valor simbólico de lo que se plasmaba. Quiso esperar a que los actores bajaran para saludarlos, y yo cumplí con su deseo. Me puse a una distancia moderada y lo dejé ser a su antojo. Lo perdí de vista por unos instantes pero, a los minutos, Luis se acercó corriendo, en medio de una gran excitación, a preguntarme si podía ser actor. No sabía que dentro del alma simple de Luis se ocultaba una aspiración semejante.
Me señaló a Augusto, que todavía estaba caracterizado, entre el montón de gente. El muchacho le había dicho que necesitaba un actor más para un rol de militar nazi. Eso no podía estar bien, pero me insistió tanto que le di permiso, aunque, siendo él mayor de edad, era ridículo que yo tuviera que hacerlo. A fin de cuentas yo recién había cumplido los diecinueve, pero esa era la dinámica de nuestra relación.
Miré de lejos a Augusto por unos segundos: era un ente de baja estatura, pálido y de mirada marrón, penetrante e inquisidora. Tenía el pelo corto y bien negro, con un jopo lacio que le tapaba un poco el ojo derecho, y usaba bigote. Parecía agradable, tenía algo delicado y fuerte a la vez, esa seguridad que proyectan los actores y que atrae aunque da miedo. De todos modos, me hizo sentir que Luis estaría bien con él.
Así es como mi primo tuvo una breve pero intensa incursión en el ámbito artístico. De cada ensayo volvía muy animado, se había tomado el asunto con seriedad profesional; practicaba todas las tardes en el patio y me hacía observarlo. Claro que tenía que ensayar dos veces por semana durante dos horas y en ese tiempo yo me preocupaba, pero pude concentrarme mejor en las tareas y tener algo de espacio para mí misma. Había comenzado profesorado de Música y eso tendía a reclamarme mucho tiempo, porque además el viaje al Centro llevaba su buena hora y media. Algo que me duró solo unos pocos meses porque el grupo se cerró por falta de cuórum estudiantil.
Los lunes y viernes llevaba a Luis a eso de las seis de la tarde, pero lo dejaba en la esquina del galpón donde ensayaban; nunca quise quedarme a observar. No quería invadir ese espacio que era suyo. Puede que tampoco quisiera tener que interactuar con sus colegas. Los actores me siguen generando, hasta hoy, lo mismo, profundo respeto y admiración, aunque también tienden a ponerme nerviosa e incómoda.
La relación de Luis con el teatro se terminó a los dos meses y nunca se pudo presentar la obra ante el público por decisión mía. Hasta ahora no llego a comprender si mi acción fue acertada o no. Probablemente ahora esté escribiendo tanto sobre él porque todavía me queda, entreverado entre los recuerdos, algún sentimiento de culpa.
Ocurrió un viernes. Yo salía de los últimos exámenes parciales y estaba abatida por el cansancio. Había estudiado toda la tarde, así que cuando regresé de llevar a Luis me propuse una pequeña siesta de una o dos horas. El reposo se salió de control, de manera que cuando me desperté eran casi las nueve de la noche. Pensé en el pobre de Luis, esperándome todo ese rato, así que apenas desperté, corrí hasta el galpón, pero me detuve como siempre en la esquina. Esperarlo fue en vano, no apareció. Estaba muy nerviosa, a lo mejor había decidido irse por su cuenta, se habría perdido o tenido un accidente, o alguna clase de problema, y yo no podía parar de reprocharme un descuido que podría haber tenido consecuencias nefastas. Aunque sus compañeros podrían estar aguardándome con él. La puerta estaba entreabierta y había algo de luz de velas muy tenue dentro, pero no golpeé, directamente me metí. Si lo hubiera hecho, el panorama a continuación no hubiera sido el que fue. El lugar estaba casi vacío, con excepción de Augusto y de Luis, que estaban sentados sobre unos almohadones de colores. El segundo estaba paralizado, como si hubiera visto un fantasma, y el primero… bueno, el primero tenía sus labios sobre la cara de Luis y las manos debajo de su camiseta blanca. Grité y eso bastó para que ambos se separaran sin entender lo que pasaba. Tomé a Luis por el brazo y, con una fuerza que no sé de dónde pude sacar para mover a un hombre tan grande como él, lo arrastré hacia afuera. Adueñándome de esa autoridad a la que ridículamente me sentía con derecho, le prohibí seguir haciendo teatro. Comenzó a gritar el nombre de Augusto desde la puerta, pero este solo lo observó con impotencia.
Nunca hablamos sobre lo que pasó. Yo sentía que tenía la responsabilidad por haberlo dejado solo en un grupo de gente que tenía hábitos demasiado liberales y podía aprovecharse muy fácilmente de él. Sigo pensando que expuse a un discapacitado en un ámbito con personas que no solo experimentan con su propia vida, sino con las otras cien vidas que interpretan. Eso les tiene que dar ventaja sobre cualquiera. Pero puede que Luis supiera más de lo que yo quería admitir.
La compañía teatral de Augusto se mantuvo solo unos pocos días por el barrio y no llegó nunca a representar la obra nueva. No volvimos a saber de ellos.
Antes mencioné que no pude terminar el profesorado de Música por falta de cuórum, pero sí me hice profesora de guitarra clásica. Fue a lo que me dediqué toda la vida y mi primer empleo fue de casualidad. Ocurrió que una vez que estábamos en la plaza, cantando unas canciones con Luis y unos niños, con el acompañamiento de mi guitarra, se me apareció una propuesta inesperada. Alba, la maestra de una escuela especial, nos escuchó, se acercó y me dijo que estaban escasos de maestros y quería saber si yo estaba interesada en enseñar en una especie de taller de música.
«Te veo con sensibilidad para trabajar con chicos especiales», me aclaró, «eso no es para cualquiera». Yo no tenía estudios formales y estaba desempleada y sin estudiar, así que la idea fue como un regalo del cielo. Ahí fue que ingresé a la docencia, que me acompañó hasta los días de mi jubilación. Como no podía dejar a Luis solo en casa, lo llevaba conmigo, pensé que le haría bien estar entre personas que eran diferentes, como él. Así estuvimos durante años, sin muchos cambios ni sobresaltos, salvo por la enfermedad de mamá. Habíamos mejorado en gran medida la relación, porque a pesar de que nunca hablamos específicamente sobre lo que nos había separado, permití que el tiempo fuera tejiendo un manto de olvido sobre la situación. Probablemente ella se hubiera arrepentido de su conducta porque desde entonces no se había vuelto a meter en mi vida, pero alguna especie de felicidad o al menos de optimismo parecía salpicarla a veces y nuestra convivencia se había vuelto más fácil. No obstante, jamás logramos ese vínculo tan especial que tienen algunas madres e hijas que hace que quieran abrazarse. Simplemente pudimos conversar lo mínimo sin pelear, establecer un sistema de colaboración en las tareas y compartir algunos momentos, como noches de pizza o radioteatro. Además, nunca se interpuso en la relación que yo tenía con Luis y me permitió cuidarlo y educarlo como a mí se me antojara. Nunca mostró un interés particular en él.
Me cuesta hablar de mamá. Incluso elegir cómo mencionarla. Hace unos días estuve pensando en eso, en las varias formas que hay de referirnos a nuestras madres. Está esa primera, más general, «mi madre», después está «mamá», que parece más cercana, como si fuéramos ese niño dependiente otra vez. Ningún niño dice «madre» cuando habla por primera vez, dice «mamá». Y después está «mi vieja». Los hombres generalmente usan esa denominación. Yo dije «mi madre» durante mucho tiempo, pero últimamente tengo ganas de decirle «mamá». Ella terminó en un manicomio. Qué palabra fuerte, «manicomio», pero «casa de salud» es un eufemismo no muy claro. El proceso fue de a poco. Empezó con sus actividades raras por las noches. Yo pensaba que era de sonámbula al principio. Se levantaba con los ojos cerrados, deambulaba por la casa y se ponía a hablar, a cocinar con cualquier ingrediente, guardaba objetos en lugares equivocados. Empezaron a aparecer zapatos en la heladera, basura en el ropero, cosas así. Después se empezó a poner más complicado el tema. Abría la puerta de casa y salía. Amanecía en la plaza o en la rambla. Una vez arrancó todos los girasoles y otra noche bajó a la playa, se desvistió y bailó y cantó desnuda a la luz de la luna. Vino Rosa, la vecina de enfrente, a traerla y decirme que en el barrio se estaban preocupando mucho. Yo no le di demasiada importancia al asunto hasta que otra noche prendió fuego la biblioteca de casa. «Si nos encuentran esto, nos matan, nos matan», me decía. Todos sus libros en polaco, los que yo había comprado y los que León me había regalado, fueron abrasados por un fuego que parecía un capullo cerrado, gigante y dorado en medio del living a oscuras y que alcanzó luego las cortinas y la alfombra. Casi morimos incendiadas las dos. Nos socorrieron unos vecinos, que después me ayudaron a arreglar la casa y nos donaron algunas cosas. Compré otra biblioteca y otra alfombra y otras cortinas y de ese episodio no quedó nada a la vista, pero finalmente vinieron a llevarse a mamá a donde pasó sus últimos días. Yo iba a visitarla una vez al mes, pero apenas podía seguirme en la conversación porque estaba muy empastillada y desvariaba. «Ellos creen que yo no me doy cuenta, Daisy, de que son actores, de que es todo un simulacro, creen que no sé que acá hay cámaras y que están haciendo una película de mi vida», me decía. Fue en esos tiempos que empecé a fumar. Ella murió hace quince años, también de un infarto, como su madre, y a lo último me confundía con ella, sobre todo cuando yo ayudaba a la enfermera a cambiarle el pañal. Tenía solo veintitrés años cuando tuve que internarla y fue como quedar huérfana y tener de pronto que ser independiente. Mi orgullo me impidió también entonces acercarme a papá en busca de una ayuda económica. Nunca habíamos recibido dinero de él. Mamá siempre se había negado y él no siguió insistiendo en conocerme o mantenerme.
Viví penurias económicas, pero me acostumbré a tener lo mínimo. Durante algunos años más, mi rutina no se modificó demasiado. Me dediqué plenamente a la escuela, que me generaba momentos de alegría y satisfacción personal. Después logré entrar al Conservatorio Universitario de Música, pero mantuve mi puesto anterior. Vi a muchos niños y jóvenes crecer, evolucionar. En cambio, Luis seguía siendo el mismo de siempre, no parecía madurar, no parecía envejecer, mientras el resto seguíamos avanzando hacia el fin del mundo. Sin embargo, tengo que admitir que su actitud conmigo jamás volvió a ser la misma desde el episodio de Augusto. Aunque obediente, se volvió más serio, más huraño, más alejado de mí. Y de pronto, volvió a aparecer otra persona en nuestras vidas que nos alejó todavía más.
Carlos debía de tener veintipocos años. Una madre sola se apareció un día en la escuela diciendo que debía trabajar mucho, que su hijo tenía problemas mentales y no podía estar sin cuidados, que ya no lo tomaban en ningún otro lado, nos imploraba que lo aceptáramos, nos prometía que él se iba a portar bien, lloró diciendo que no había instituciones para chicos con su problema. «Es una vergüenza que este país le dé la espalda a los discapacitados de esta forma». Nosotros accedimos, por supuesto. A las semanas la mujer desapareció y Carlitos se quedó a vivir en la escuela.
Tenía similitudes con Luis; también era infantil, pero era un poco díscolo y violento, se negaba muchas veces a hacer lo que le pedíamos, así que de inmediato me arrepentí de nuestra decisión, viendo sus influencias en las actitudes de mi primo.
Se hicieron amigos de inmediato y comenzaron a escaparse, a negarse a comer los alimentos que les dábamos, a querer cambiar reglas en los juegos, a reírse y conversar en las lecturas en voz alta, a preguntarnos por qué había que hacer tal o cual cosa. Luis se negaba a ir conmigo a lugares y dejó de respetar los horarios en nuestros hábitos. Pero lo que más me preocupaba eran los ataques que empezaron a venirle. No podía clasificarlos bien, parecían epilépticos. Simplemente, cuando teníamos alguna clase de choque o discusión, caía al suelo y se agitaba violentamente. Me entraba la desesperación cada vez que eso ocurría y corría a darle unos medicamentos que me habían recomendado los vecinos, a pesar de que no había logrado llevarlo al médico. La medicación parecía funcionar, pero no calmaba el odio que comenzaba a nacer dentro de él y que yo no podía sofrenar.
Un día Luis me comunicó que quería ser pescador. Había decidido hacerse un ranchito con Carlos en la playa, del otro lado del puente, un lugar complejo al que no se aconseja a ir si de él no se proviene. Yo le dije que no y tuvimos dos años de infierno, hasta que Luis se fue para no volver. Ocurrió un día en el que teníamos una discusión en torno a Carlos. Le sobrevino uno de sus ataques, yo no tenía medicación a mano y llamé a la farmacia para que por favor me enviaran un cadete. Cuando salí, vi a Carlos. No sé en qué momento se había trasladado hasta nuestro patio, pero estaba en el piso, sostenía la cabeza de Luis entre sus piernas y le daba caramelos de colores. Lo empujé y le dije que si moría era por su culpa. En cambio, Luis se levantó, completamente curado a través del efecto placebo de las golosinas, entró a la casa, tomó una mochila y algunas pertenencias y, sin mirarme ni decirme nada, de la mano de su amigo y caminando lentamente, se alejó de mí. Cruzó el puente. Yo tenía treinta años la última vez que lo vi. Era el año 1985.
La segunda carta de Daisy
Héctor:
Perdón, no pude seguir escribiendo, no vas a poder creer lo que me pasó. Sé que los apuntes que adjunté terminan abruptamente y que faltan treinta y cinco años de mi vida por contar, pero no puedo seguir y no sé si hay mucho que valga la pena.
Te cuento que actualmente, a mis sesenta y cinco años, me acaban de dar el cese; quise exigir prórroga, pero me dijeron que me convenía descansar, que ya no estaba en condiciones de seguir trabajando. No lo quise admitir en el momento y me enojé, pero la verdad es que a menudo olvido cosas, me entrevero, confundo estudiantes. Ya no soy la misma. Tenía unos ahorros e hice una excursión a Europa hace unos meses.
Estaba escribiendo y sonó el timbre. No vas a poder creerlo: era Luis. Sí, justo que te estoy escribiendo sobre él. Después de treinta y cinco años de ausencia está acá, en la casa. Se sentó en el living como la primera vez. Y se veía igual. Ya te había dicho que en los doce años que vivió conmigo no cambió absolutamente nada. No solo no maduró intelectualmente, su aspecto no cambió en lo más mínimo. Me espantó descubrir que hoy, a sus setenta y seis años, sigue aparentando treinta. Pero lo más terrible de su regreso no es eso, es el hecho de que cuando me vio lo primero que me dijo fue: «Ayudame. Quiero morir y ser libre».
Al principio me negué rotundamente. Él se ofendió como solía hacer cuando yo no quería darle lo que exigía. Se encerró en la habitación y dejó de hablarme. A través de ese silencio comprendí que tenía el deber de hacer lo que él me pedía. Por primera vez.
Mientras escribo, observo el vaso que tengo sobre la mesa de la cocina. Contiene treinta y cinco pastillas para dormir. De las fuertes. Perdón por la letra, estoy muy nerviosa. Cuando me decida a terminar de escribir, voy a tener que llevar ese vaso hasta la habitación de Luis y dejárselo en la mesita de luz.
Perdoname, Héctor, tengo la ilusión de que leas mis memorias y estas dos cartas; si es así, gracias. Tal vez te llegue esto cuando muera, pero en el más allá me voy a sentir menos sola. No quiero que creas que todo en mi vida fue gris. Estarás pensando que fui muy triste, pero solo estoy en unos días no muy buenos. Y ahora esto de Luis. Quiero que sepas que tu tía te quiere mucho. Por favor hablale a Juanita de mí
Selene Hékate tiene pesadillas y las escribe o las actúa o las baila o las canta.
Profesora de Literatura egresada del IPA, se formó como artista en la Escuela Nacional de Arte Lírico del Sodre y en otras instituciones donde hizo teatro y ballet. Fue parte de la Usina Literaria de Daniel Mella y es cantantautora de rock experimental en La Invención de Morel. Descendiente de olimareños y nacida en Buenos Aires en 1988, transcurrió su infancia y adolescencia en el balneario Pajas Blancas, experiencia que inspiró este libro.





