CON HUGO RODRÍGUEZ ALMADA SOBRE “CRÓNICAS DE UN FORENSE

La muerte y otras sorpresas

Hugo Rodríguez, médico forense, publicó un libro de crónicas sobre su profesión. Con él hablamos de las historias, los desafíos de su labor y el vínculo con los medios.

El título completo del libro es “Crónicas de un forense. Historias de personas” y la segunda frase se impone sobre la primera. Hugo Rodríguez Almada, un referente de la Medicina Legal en Uruguay, se dedica a desentrañar algunos de los casos más difíciles o emblemáticos con los que le tocó trabajar como forense del Poder Judicial, pero nunca pierde de vista la dimensión humana de las historias.

Sin caer en el morbo, tan tentador a veces, este médico detalla los pormenores y desafíos de la labor forense, tan alejada de lo que un consumidor promedio de CSI puede imaginar. Así, nos permite entender la importancia de las reconstrucciones del crimen -como en el caso del hincha de Cerro Héctor Da Cunha o en la muerte por mala praxis de Rodrigo Aguirre-, razonar sobre cómo es inviable el uso del mal llamado “suero de la verdad”; reflexionar sobre la ética de su labor que le impide ir más allá de lo que muestra la evidencia y entender la utilidad de las autopsias históricas, esas que se hacen sin cadáver ni acceso a la escena del crimen, como la que permitió esclarecer el asesinato de la militante comunista Nibia Sabalsagaray.

En diálogo con Montevideo Portal, Rodríguez habló sobre los sinuosos caminos de la vocación, la relación con los medios de prensa desde su experiencia pasada como periodista, las formas de lidiar con un trabajo en el que el sufrimiento y la violencia son cosa de todos los días y los límites de su disciplina, que permiten desmontar el mito del forense que todo lo sabe.

Al final del libro hacés un relato muy gráfico sobre cómo, transitando por las calles de Las Piedras, evocás algunos casos en los que te tocó trabajar. ¿Cómo convivís con esas evocaciones? 

El relato es tal cual, es una vivencia que me ocurrió así. Llegar a un lugar al que no iba hace tiempo, en el que trabajé muchos años, y empezar a darme cuenta de que en los distintos lugares habían pasado cosas; que si hubiéramos puesto en una misma línea temporal todo eso junto, tendríamos una ciudad manchada de sangre. Todas las evocaciones que narro en ese capítulo son casos reales.

¿Eso te pasa ahora, acá en Montevideo?

Muchas veces me pasa, con algunas historias que me impactaron mucho. Recuerdo la de dos hermanos que vivían juntos en un apartamento en pleno Centro, y que uno de los ellos murió y el otro lo dejó en la casa muerto. Años más tarde, a partir de quejas de los vecinos que veían cosas raras y sentían olor raro, nos constituimos con el juez y estaba el cadáver completamente esqueletizado en la cama. Y el otro hermano vivía, comía, iba a trabajar y volvía a su casa, todo con el cadáver allí. Hasta ahora paso por la puerta de ese edificio y me acuerdo, pero tampoco es que esté todo el tiempo sufriendo.

¿Cómo lidiás con eso? 

Hay mecanismos psíquicos que permiten disociar lo que es la tarea. Cualquier persona que tiene un trabajo que está vinculado con el sufrimiento igual va al cine, disfruta, hace actividades comunes. Siempre hay un nivel de afectación, y pienso que está bien, porque no sería muy lógico ni muy saludable que a la persona le resultara indiferente el contacto con el sufrimiento o con historias muy desgraciadas. 

¿Y escribir te ayudó? 

Estoy convencido de que sí, que fue precisamente una manera de reubicar esas historias, de darles un significado diferente. 

¿Te sirvió para cerrar algún capítulo, con alguna historia concreta? 

No estoy seguro. De lo que estoy seguro es que para escribir no me basé solo en la memoria sino en los archivos judiciales. Porque cuando pasa el tiempo uno puede inventarse cosas y sustituir datos que no tiene por cosas que le parecieron y que pasa a considerarlas ciertas. Por eso fui a los archivos y eso fue como verlos de otra manera. Hay una vivencia que me resultó muy impresionante, que pasó cuando volví al juzgado de Las Piedras donde busqué algunos de los expedientes. El juzgado se había mudado a otro edificio y el archivo estaba en un sótano, como todo sótano, lleno de polvo y hongos, oscuro. Y al empezar a -literalmente- desempolvar esos expedientes fue muy raro ver la cantidad de historias, de personas y de sufrimientos que estaban metidos en esos estantes, en un subsuelo, ocultos, tapados de polvo y que, sin embargo, en la vida de esas personas seguramente fueron hechos muy determinantes. En muchos casos fueron la vida. 

¿Te cuesta hablar sobre tu trabajo con amigos o familia? 

No. Me pasa que a veces hablo de cosas que para mí son muy naturales y me dicen “¡ah, pará…!”. Y hay otros que se asombran porque capaz les gustaría un poco más de morbo y sangre y esa parte a mí no me interesa mucho. 

En tu libro se nota eso, las historias están centradas en las circunstancias de las personas… 

En las historias lo dramático no es la descripción física de la lesión o de la herida mortal, lo sustancial es la historia humana, el conflicto que hay en esa historia y que lleva al desenlace trágico. 

¿Cuándo decidiste que esta iba a ser tu materia de especialización? ¿Cómo fue? 

Seguí la carrera de Medicina porque me vi impedido de estudiar Literatura, que es lo que quería. En esa época la dictadura tenía clasificados a todos los ciudadanos en categorías “A”, “B” y “C”. Yo fui premiado con la categoría C y no podía hacer algunas cosas, entre ellas, ingresar a los institutos de formación docente. Quería ir al IPA y no pude. 

¿Eras “C” por tu trabajo, por tu familia, por tus actividades políticas? 

Era “C” porque había estado preso a los 15 años, por una manifestación que organizamos en el liceo cuando ya había sido dado el Golpe de Estado, por ese antecedente. Entonces me inscribí en Medicina y me pasó que al estudiar muchas disciplinas quería especializarme en ellas. Estudiaba fisiología cardíaca y decía “¡qué maravilla, quiero ser cardiólogo!”; después estudiaba el ojo y decía “¡ah, como el ojo no hay!”. Pero cuando estudié Medicina Legal me di cuenta. Esto es. Desde que estudié en el grado esta disciplina me quedé convencido de que era lo que más me interesaba. Al punto de que pedí mesa especial para recibirme porque vi en el diario que había un llamado a concurso para ingresar a la cátedra y eso requería ser médico. 

Y como periodista, ¿trabajaste por casualidad o tenías también esa vocación? 

Como periodista trabajé porque, en una situación laboral complicada, tuve la oportunidad. Trabajé en distintos medios, entre ellos en los diarios La Hora y en La Hora Popular. No me puedo llamar periodista porque ofendería a los profesionales, pero entré sin saber nada y fue un trabajo que me motivó muchísimo, me apasionó, lo hice con mucho compromiso. En el libro digo que no debe haber otro trabajo con más adrenalina, después de la ser forense de turno, que trabajar como periodista en un diario. 

¿Qué hacías en el diario? 

Empecé en Sociedad y después pasé a Política. Pero me gustaba mucho cuando podía hacer policiales…

Justamente, como forense has tenido que lidiar con los medios en muchos casos. Con la experiencia de los dos lados, ¿cómo ves la relación entre la prensa y lo que pasa en las investigaciones judiciales?

Son dos lógicas, y casi te diría que dos éticas bastante contrapuestas. Los periodistas tienen la obligación de esforzarse por obtener información y no guardársela, no censurar, no determinar qué sale y qué no, sino chequear y darla. Y los forenses, cuando trabajan para el Poder Judicial, están obligados a la confidencialidad. Primero, por un motivo de lealtad institucional, nuestro trabajo no es comunicar nuestros hallazgos sino informar al juez. Y segundo, porque efectivamente puede entorpecer una investigación el que se conozcan algunos detalles.

¿Es común que pase esto? 

Que se filtren informaciones es absolutamente común. Incluso trabajando en el interior primero le informaban el hecho a los medios y después está el juez. Cuando llegábamos a la escena ya estaba el cronista policial. En algún caso puede entorpecer, sobre todo cuando hay informaciones que no son ciertas y generan daños. Si uno encuentra un resto y dice que es una mujer, pero después resulta que era un hombre, generás angustia innecesaria solo por sacarte el gusto de dar la noticia rápido. 

Cuando estabas estudiando, ¿tenías alguna imagen creada sobre los forenses? ¿O estabas al tanto del trabajo que implicaba? En el libro contás que una vez en Las Piedras te dijeron que tu trabajo era “inconstitucional” porque no tenías descanso y estabas las 24 horas a disposición. 

Más o menos sí, porque antes de ser forense había entrado como docente en la cátedra y mis profesores eran forenses, los acompañaba en los turnos, así que sorpresas no tuve. Sí es cierto que en Las Piedras, que cubría además Progreso, La Paz, parte de Cerrillos y Sauce, era solo yo, sin fin de semana y ningún día libre. Eso fue muy intenso, pero reconozco -más allá del reproche laboral por no tener día libre- que fue una etapa de enorme aprendizaje. 

En la introducción del libro decís que hay una idea muy deformada de lo que es ser forense, por la popularidad de series como “CSI”. ¿Cómo impactó eso en la carrera, más gente se interesó por ser forense, más allá de que después se pudieran frustrar sus expectativas? 

En parte sí. Hay gente que viene a preguntar para hacer posgrados, hay mucho más interés, se generó una exposición que permitió eso. 

¿Cuánta gente estudia actualmente para ser forense?

Tenemos un cupo máximo de diez por año, que tiene que ver con la capacidad de entrenar gente, con el número de exámenes de lesionados, autopsias, expedientes judiciales que deben estudiar para desarrollar una formación razonable.

Volviendo a lo de CSI, una de las cosas que marcás en el libro es que el forense no puede determinar con precisión absoluta todo lo que pasó en una escena o con un cadáver. Y en eso se basan la mayoría de las historias de esas series. Si tuvieras que explicar los alcances del trabajo forense real, ¿cómo lo describirías?

Es una pregunta difícil para contestarla brevemente. Nuestro trabajo tiene una buena y una mala. La buena es que está basada e comprobaciones científicas, tiene una base experimental, empírica o de la naturaleza que sea, pero es una demostración. La mala es que todas las personas son distintas y entonces los resultados suelen presentarse en un rango. Uno dice: “en el 95% de los casos, esto debería ocurrir entre estos límites”. Esos límites muchas veces son muy extendidos y además no sabemos si el caso que vemos se está comportando como la media o es una excepción. En definitiva, lo que hacemos es arrimarnos. No podemos decir “se murió a las 3:15”. Bueno, poder podemos. Y lo decimos. Y mentimos. Uno lo que puede hacer es aproximarse y eso es muy útil, porque permite descartar algunas versiones o incluir otras. Luego, con ese universo reducido, hay otro conjunto de pruebas que permiten acercarse a la verdad, o a algo que le llamamos “verdad” como una convención. Pero esa idea de que podemos decir con precisión milimétrica algo…

… como que un cuchillo que entró en un cuerpo era de determinada longitud, o cosas así. 

En general uno tiende a ser tanto más categórico y con ese grado de precisión cuanto más ignorante es. Cuando uno ya acumuló más experiencia y pasó algunos papelones… Hace poco hablamos en clase de un caso en el que se analizó un resultado de alcohol en la sangre y se informó: “con este nivel de alcoholemia el individuo no puede coordinar mínimamente sus movimientos”. Y había dos testigos de que el hombre estaba andando en bicicleta por 18 y Ejido cuando se cayó. La mayoría no podrá coordinar, pero este podía. Cuando ese tipo de cosas te pasa dos o tres veces, si no sos muy cuadrado, aprendés. 

En una de las historias decís que un forense debe lidiar con las emociones, con la empatía que se puede sentir hacia determinadas víctimas. ¿Hay algún tipo de caso en que te cueste hacer a un lado estos sentimientos? 

No. Hay veces que me enojo, cuando tengo la convicción de que algo que alguien denunció es cierto y no encuentro ninguna prueba física. Pero en esos casos informo que no se objetivan lesiones y chau, porque no me toca ser juez de lo que me gustaría. En eso soy totalmente inflexible. Uno tiene que responder lo que preguntó el juez. Si la persona que examino es buen tipo o mal tipo, si es justa la denuncia… esas cosas no me las preguntan. A veces pasa que viene un hombre golpeador con la mano rota de tanto que golpeó. Ahora, cuando yo lo veo, lo que me preguntó el juez es qué lesión tiene, entonces digo: “fractura de metacarpo o luxación de un dedo”. El juez sabrá, porque conoce todo el expediente. Yo no puedo decir, porque el tipo es un golpeador, que “la mano está bárbara”. Eso mucha gente no lo entiende y cree que tenemos que dar “una manito”. Nuestra respuesta tiene que estar en consonancia con la pregunta, si no nos convertimos en dioses que vamos haciendo justicia por ahí. Somos asesores técnicos y no debemos andar calculando cómo puede incidir un informe nuestro en un caso. 

¿Hay algún caso no resuelto que te aceche en la memoria? 

Acecharme no… me pasó muchas veces que no pude encontrar una causa de muerte. También pasó que una persona confesara que dio muerte de una manera y tener que decir que no encontré eso. Y el juez te dice “ah, pero el tipo confesó”. Bueno, procesalo entonces. Pero si alguien confesó que lo mató de un tiro en la frente y no veo nada, ¿qué voy a poner? ¿Como confesó tengo que poner que sí, que tenía un agujero chiquitito?

Como en la historia del “niño violador” que estableciste que físicamente no podía haber cometido los abusos de los que era acusado, por más que había múltiples confesiones… 

Ahí pasó que el juez, con todo su derecho, recibió el informe del perito que decía una cosa y tenía otros elementos que decían otra cosa, y él hizo lo que entendió. Pero a veces pasa que los peritos tratan de “ayudar” a que la evidencia cierre. Y nosotros no tenemos que mirar esa parte, si hay discordancias que se arregle el juez. Como el ejemplo burdo del tiro en la frente, no puedo poner que tiene un tiro si no lo tiene. Me ha pasado con homicidios… me pasó una vez con cuatro autores que confesaron un homicidio de una manera y yo mantuve, ante la bronca del juez que no podía creer que fuera tan necio, que no había sido así. Después se demostró que era una confesión falsa, inducida. 

Fue el caso de una persona que había aparecido flotando en la bahía, que estaba atada. Es probable que se filtraran datos de algunos hallazgos, entonces aparecieron personas confesando que lo habían matado de una manera que creían que coincidía con la autopsia, pero en realidad era una mala interpretación. Era un cadáver que estaba en estado de descomposición, y por eso tenía manchas negras que quienes estaban viendo la autopsia creyeron que eran hematomas, golpes. Cualquiera que vio a un ahogado alguna vez sabe que no son golpes. Entonces aparecieron cuatro tipos que dijeron que lo mataron a golpes. Y en el informe puse: “cráneo sin lesiones”. Y el juez me dijo “fijate bien, tengo cuatro detenidos que dicen que lo mataron a golpes en la cabeza”. Y yo me fijé bien y no tenía golpes. El cadáver estaba atado de una manera muy particular, con las manos hacia adelante, entonces se los llamó por separado y se les preguntó cómo habían atado al muerto. Los cuatro dijeron que con las manos atrás. 

Puede pasar que nos equivoquemos, pero de burros, no para “ayudar” a cerrar los casos. Hoy hablabas de las relaciones con la prensa, nosotros a veces recién vemos los casos luego de que salieron en el informativo central de la noche. Algunos informativos son peores que los procesamientos, porque ya te dicen quién es el violador, cómo fue, todo. Y al otro día ya tenés la manifestación, la indignación, la bronca, y vos tenés que decir “no veo nada”. Y hay que decirlo, porque han linchado gente porque en el informativo salió que era un violador, hubo gente a la que le prendieron fuego la casa porque en el informativo salió que era un violador. Por eso insisto que nuestra función es informar lo que constatamos. 

¿Hay otras historias que te hubiera gustado contar en el libro?

Me quedaron varias historias afuera, porque tenía un acuerdo con la gente de Fin de Siglo, que me animó mucho a hacer este libro, de tenerlo pronto para la Feria del Libro. Como trabajo todo el día y no me dedico a escribir tuve dificultades para terminarlo y me quedaron afuera algunas historias que merecerían haber ido. Por ejemplo la de un niño pequeño al que lo mataron y escondieron el cadáver en la heladera de un restaurante, estuvo tres días ahí. Lo interesante, más allá de ese dato macabro, fue que para determinar el día de la muerte era todo muy confuso, porque en realidad había estado conservado en el frío. Y era importante estimar la fecha de muerte para saber quién lo podía haber matado. Otro caso que quedó afuera fue una muerte accidental de cuatro trabajadores en una bodega, cuatro personas jóvenes que murieron de una manera brusca por una intoxicación, me hubiera gustado incluirla. Y hay otros casos de derechos humanos que valdría la pena que se conocieran.


Montevideo Portal / Inés Nogueiras
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