Carla Larrobla escribe en Brecha sobre la resistencia y la memoria en el libro de testimonios Paso de los Toros. Una cárcel olvidada

Armar el puzle
Sobre el libro “Paso de los Toros, una cárcel olvidada”.

Interior de la cárcel de mujeres de Paso de los Toros, Tacuarembó, que funcionó entre 1972 y 1985 en la dictadura como centro de detención y tortura de presas políticas / Foto: Presidencia, Juan Commitante

Entre 1972 y 1980 funcionó en Paso de los Toros, Tacuarembó, el Establecimiento Militar de Reclusión Número 1 Femenino. Desde su fundación fue utilizado como cárcel para presas políticas; a partir de 1977 comenzaron los traslados masivos al Penal de Punta de Rieles y desde ese momento ofició como espacio de reclusión para aquellas que ya tenían la libertad firmada por la justicia militar. El 24 de octubre de 2015 se colocó una placa de homenaje a las ex presas, como una marca de la memoria para recordar que allí (donde ahora funciona la Seccional 3 de la Policía) 165 mujeres fueron víctimas del terrorismo de Estado.

La historia reciente de nuestro país está plagada de horrores, dolores y resistencias. La memoria colectiva que se ha forjado en torno a ella ha tenido como principales protagonistas a las víctimas del terrorismo de Estado; pero el mundo de las víctimas ha presentado una jerarquización que ha dejado al margen, por mucho tiempo, a quienes sobrevivieron. Y si bien una de las características de la dimensión represiva de la dictadura uruguaya fue el encarcelamiento masivo y prolongado, el dolor por aquellos que murieron o desaparecieron desdibujó el padecimiento de los secuestrados, detenidos, exiliados, perseguidos, etcétera. Los relatos de estos protagonistas fueron encontrando un lugar de enunciación a lo largo de estos años, y, poco a poco, la comprensión de la complejidad de los silencios y de los olvidos fue permitiendo armar la trama de los múltiples efectos del terrorismo de Estado desatado con furia desde fines de los sesenta.

Por otra parte, la dimensión épica de esta historia ha tenido cara y cuerpo de varón; los varones han sido las principales figuras de los relatos de rebeldía y represión. Un claro ejemplo de ello es el caso de las personas que fueron tomadas como rehenes por la dictadura; los nueve varones1 que sufrieron esas consecuencias tuvieron siempre gran visibilidad y la conferencia que brindaron en Conventuales al salir de prisión se transformó en un hecho emblemático. Otro fue el derrotero histórico de las 11 “rehenas”,2 ya que sus historias quedaron relegadas de la memoria hegemónica hasta que, en 2012, Marisa Ruiz y Rafael Sanseviero presentaron un libro que reconstruía el pasado vivido por aquellas mujeres.

La historia está plagada de olvidos y recuerdos. El olvido es un pilar fundamental de la posibilidad de narrar lo que ya aconteció, porque el presente opera en el pasado con base en un criterio selectivo que le permite elaborar un relato inteligible. No siempre ese olvido obedece a intereses espurios; a veces, simplemente, forma parte de una especie de inercia social que propone patrones de recuerdo que se reproducen sin demasiada reflexión, lo que obedece a estructuras profundas que permiten ver y escuchar solamente determinados aspectos. No es novedad que esas miradas y escuchas han respondido a la matriz patriarcal de la historia, lo que supuso que no fuera sencillo que las mujeres encontraran un lugar que les fuera propio y desde el cual habitar sus pasados para transformarlos en palabra presente. Si bien Elizabeth Jelin (2002) afirma que algunas de las imágenes dominantes de las dictaduras son claramente femeninas –las madres, las abuelas, las viudas–, estas continúan la misma matriz y despojan a las mujeres de su rol de combatientes y militantes. El libro Paso de los Toros, una cárcel olvidada da cuenta de un proceso que cobró fuerza colectiva en 1997, con la primera aparición de Memoria para armar. Como relata Isabel Trivelli, “las ex presas políticas uruguayas nos autoconvocamos bajo la consigna ‘Porque fuimos y somos parte de la historia’. Eran años de silencio y negación. Todas decidimos trabajar desde nuestra condición de ex presas políticas. Esa sola definición cuestionaba el discurso oficial. Reivindicábamos nuestro pasado y nos afirmábamos en él para disputar el espacio de la memoria”.3

OLVIDAR ES PARTE DE RECORDAR. La memoria es olvido y recuerdo, y la historia se comporta de forma similar. En el caso uruguayo, la memoria de las mujeres ha sido parte del olvido, ha quedado al margen de la memoria hegemónica. Pero aquellos fragmentos que son condenados al ostracismo de los recuerdos dominantes permanecen en un continuo movimiento silencioso. “Memorias subterráneas” las llamó Michael Pollak: memorias que buscan empecinadamente las grietas que les permitan aflorar, que se ubican en los márgenes de lo indecible y por ello se vuelven, entonces, inaudibles. Pero su persistencia genera una grieta y este texto es una evidencia.

Paso de los Toros… es, entonces, una grieta abierta y un espacio habitado por las voces de las mujeres que fueron parte de la historia de ese sitio del horror. Estas memorias fragmentadas encuentran en estas páginas una forma de armar el puzle del pasado y no sólo dan cuenta de la resistencia que estas mujeres fueron urdiendo dentro de los calabozos, sino también de la resistencia al olvido. Este libro nos habla de esos lugares silenciados, de esos trozos de historia desterrados de la escena pública, confinados al recuerdo compartido entre las protagonistas.

Se trata de un texto testimonial, en el que las ex presas apelan a sus recuerdos y asumen el desafío de escribirlos con la convicción de que se trata de una historia que debe ser contada. Ellas son las autoras, y aquellas que hoy no pueden tomar la palabra hablan a través del recuerdo de sus compañeras. Así, el libro se transforma en una fisura, en una grieta por la que asoman trazos de historias de mujeres.

Es también memoria que permite reconstruir una historia. Así sabemos que un 19 de diciembre de 1972 la cárcel fue inaugurada por presas políticas que llegaron desde el cuartel de dicha ciudad y desde Tacuarembó. Luego llegaron desde Salto, Paysandú, Florida, Soriano, San José, Colonia, Rocha, Treinta y Tres, Maldonado. Detenidas en el interior del país, su destino fue aquella gris y húmeda cárcel. A través de los testimonios podemos representar mentalmente la infraestructura carcelaria, el hacinamiento y las condiciones insalubres que dan cuenta de la intencionalidad destructiva del establecimiento.

Los relatos nos permiten reconocer el horror, ese que se vuelve irrepresentable e inenarrable. Escenas en las que las miserias de la violencia se conjugan con el siniestro del absurdo. Y sin embargo, desde ese lugar de dolor y padecimiento, emerge siempre la alegría: de las canciones compartidas, de los desafíos a la autoridad, de los recreos al sol, de las obras de teatro, de las cartas recibidas, de la llegada de los paquetes, de cómo aquella requisa fue burlada, del abrazo que sostuvo. Y así podemos encontrar la resistencia empecinada, la sororidad implacable, que permitía que un cumpleaños pudiera celebrarse, que de una olla salieran tecitos para todas, que nunca ninguna se sintiera sola. En la honestidad de las anécdotas y de los recuerdos de las pequeñas cosas se recuperan escenas en las que se cuelan la alegría, la tristeza, la furia, la tenacidad; en las que la creatividad permite construir un calentador casero o una araña para asustar a los carceleros en las requisas, en las que el canto se hace presente y parece rebotar en las paredes frías.

Paso de los Toros, una cárcel olvidada, Varios autores. Fin de siglo, Montevideo, 2018. 249 páginas.

No es casual que en casi todos los relatos se rescate la importancia del colectivo. La alusión a “las compañeras” es casi permanente porque la experiencia carcelaria de las mujeres encontró en lo colectivo la forma de resistir y de sobrevivir. De esa forma, las discrepancias políticas quedaron a un lado, la fuerza clánica de las mujeres desdibujó viejos enfrentamientos logrando conformar un cuerpo de resistencia basado en las convicciones, la solidaridad y el amor. Chela Fontora explica que sus compañeras “parecían una estrella en la oscuridad, iban de un lado para otro para contarnos todo, algunas con lágrimas, pero sin perder la sonrisa; nos ofrecimos nuestras manos, nuestro cariño, nuestra historia, nuestra solidaridad” (página 56).

RELATO FAMILIAR Y DEL INTERIOR. Un capítulo especial de esta historia reside en el papel que jugaron las familias de las presas. Resulta definitiva la relación de cada una con su núcleo de origen, pero especialmente con la figura de la madre; esa que recorre todo el país para hallar el paradero de su hija, que carga con un paquete, que se une con otras madres, que aguanta el llanto en cada visita. Otro factor crucial que se despliega en los testimonios es la maternidad de las presas, porque los hijos representan el desgarro de la separación y la tristeza profunda de la lejanía, pero también, en cada visita, la indescriptible emoción del abrazo. La dinámica de las visitas fue variando con el tiempo, dependiendo de la arbitrariedad de quién estuviera a cargo o de los niveles de violencia desatados por la guardia; violencia que se desplegaba sobre los niños y las niñas que acudían a ver a sus madres. Es interesante la incorporación de la mirada de algunos familiares; allí aparecen los recuerdos de las detenciones, de las búsquedas, de las visitas. Se trata de otorgar voz a aquellos que padecieron los efectos del horror desde un lugar, muchas veces, silencioso y circunscripto al mundo privado. Estas piezas son fundamentales para comprender las tensiones que se generaron dentro de los espacios familiares y cómo las mismas tuvieron repercusiones profundas en todos sus integrantes.

Otro detalle no menor es que se trata de un texto sobre una cárcel en el interior del Uruguay, porque así como la historia es varón, también es montevideocéntrica. Son pocos los estudios4 que han abordado la historia reciente en clave descentralizada; en ese sentido, el texto también recupera otros escenarios donde la historia se desarrolla al tiempo que da cuenta de la necesidad de hacer visible cómo la dictadura y el terrorismo de Estado se desplegaron por todo el país, estableciendo dinámicas situadas que provocaron efectos no homogéneos en sus habitantes.

Las historias de este libro permiten ampliar el puzle y el escenario. No sólo se trata de resistir el olvido, sino de repensar las bases sobre las que se han construido los relatos del pasado. Para las mujeres latinoamericanas, son una invitación a pensarnos como protagonistas de una historia y de sus efectos, pero también a sentirnos parte de un colectivo que resiste desde tiempos inmemoriales y que sigue buscando habitar la memoria sin tener que pedir permiso ni esperar concesiones. “Tu palabra será la palabra desgarrada de todas las mujeres torturadas en la dictadura. Tu testimonio será el llanto de una historia de siglos de mujer despreciada. Tu verbo dolorido de mujer será el humilde pero a la vez profundo, desde los orígenes de la historia, desde la profundidad de tu ser, el grito avasallado por los siglos. Será el aullido que al fin ondeará como bandera para la mujer, la libertad.” Cristina Ramírez, pág 61.

1.   Henry Engler, Eleuterio Fernández Huidobro, Jorge Manera, Julio Marenales, José Mujica, Mauricio Rosencoff, Raúl Sendic, Adolfo Wassem y Jorge Zabalza.
2.   Alba Antúnez, Cristina Cabrera, Elisa Michelini, Flavia Schilling, Gracia Dri, Yessie Macchi, Lía Maciel, María Elena Curbelo, Miriam Montero, Raquel Dupont y Stella Sánchez.
3.   Trivelli, Isabel. A diez años de memoria para armar. Inédito. Página 1.
4.   Podría mencionarse el trabajo de Javier Correa, Lo hicimos ayer, hoy y lo seguiremos haciendo. Autoritarismo civil militar en dictadura. Durazno, 1973-1980.