Pablo da Silveira


Lo primero que hay que decir es que este es un libro valiente. Esa valentía  aparece antes que nada en las preguntas que se hace. Pare decirlo en breve, este es un libro que hace todo lo contrario a la estrategia del avestruz.

            No hay nada más humano que dejar de lado aquellas cosas que nos atemorizan o nos inquietan. Si el mundo viene funcionando de cierta manera a la que estamos acostumbrados y de golpe hay señales de que podría cambiar, todos en mayor o en menor medida tenemos la inclinación a ignorar esas señales. De algún modo preferimos esperar a que sean una turbulencia pasajera y finalmente todo siga funcionando como antes, de modo que no tengamos que hacer grandes esfuerzos de adaptación.

Este libro refleja la actitud exactamente opuesta.  Tomás, que es un periodista de toda la vida, que vive del periodismo, mira de frente todo el conjunto de fenómenos y de tendencias que podrían terminar afectando, y eventualmente haciendo desaparecer, a la profesión periodística tal como él la conoce y la practica. Lejos de asumir dogmáticamente que no va a pasar nada, se pregunta muy seriamente qué es lo que está pasando y en qué medida eso puede cambiar, no sólo a su profesión, sino al funcionamiento mismo de las sociedades democráticas.

            Eso es un acto de valentía y, como ocurre siempre con los actos de valentía, es un acto digno de elogio. Pero es especialmente elogiable en este Uruguay tan hundido en la autocomplacencia, donde el fingir que no pasa nada se ha convertido en la pauta dominante. Estamos más dependientes que nunca del precio internacional de nuestros commodities agrícolas, pero actuamos como si esta abundancia fuera a durar siempre y no tomamos ninguna decisión contracíclica que nos deje mejor parados para cuando cambie el viento. Se nos está derrumbando la educación pública, pero actuamos como si todo se limitara a la necesidad de arreglar algunos edificios o todo se arreglara lanzando debates educativos. Todas las señales indican que a este país vuelve la inflación, lo que implica tirar por la borda muchos años de disciplina y sacrificio, pero preferimos fingir que la cosa está controlada y seguimos dándole bomba al gasto público. En este Uruguay cobarde y autocomplaciente, el libro de Tomás es como una bocanada de aire fresco, simplemente por su coraje y su inconformismo.

            En segundo lugar, este es un libro intelectualmente estimulante, porque pasa revista a una larga serie de problemas que no aceptan soluciones fáciles. El impacto social y político de las nuevas tecnologías de comunicación, el problema de la libertad de expresión en Internet, la cuestión de las nuevas formas de financiamiento de los medios de comunicación, la tensión entre la necesidad de información y la demanda de entretenimiento, son sólo algunos de los temas que desfilan a lo largo de sus páginas. La pretensión de Tomás no es, desde luego, resolver cada una de estas cuestiones, sino dejarnos pensando. Y ese es un objetivo plenamente logrado.

            Como lo que Tomás hace es estimularnos a pensar y a discutir con él, quisiera compartir con ustedes algunas de las ideas que me sugirió la lectura.

            Creo que Tomás hace bien en decir que el desarrollo de Internet y las redes sociales constituye una amenaza para el periodismo tal como lo hemos conocido hasta ahora. Algunos datos bien conocidos, como la pérdida de lectores de al menos parte de la prensa tradicional y la pérdida mucho más notoria de avisadores, son señales contundentes al respecto. Tomás le da más importancia en su análisis a la pérdida de avisadores que a la de lectores, y creo que tiene razón al verlo así. Siempre recuerdo la definición de periodista que daba G.K. Chesterton, un gran periodista inglés del primer tercio del siglo XX. Chesterton decía que un periodista es un señor que escribe del lado de atrás de los avisos. Si no hay avisos, o si hay muy pocos, ese señor va a estar en problemas.

            Pero, si bien no me gusta la estrategia del avestruz, creo que es bueno que, al mismo tiempo que vemos los desafíos que se nos presentan, tengamos en cuenta algunas lecciones de la historia que pueden traer cierta serenidad. Y una de esas lecciones es que, cada vez que se han hecho pronósticos apocalípticos ante la aparición de un salto tecnológico, esos pronósticos han resultado fallidos.

            Cuando apareció el cine, muchos anunciaron la desaparición del teatro. Cuando apareció la televisión, muchos anunciaron la desaparición de la radio. Cuando apareció el video, muchos anunciaron la desaparición del cine. Y sin embargo, todos siguen estando allí. Nadie eliminó a nadie. Simplemente, se enriqueció nuestro menú de elección.

            Observen que los pronósticos fallidos no son únicamente cosa del pasado. Hasta hace muy poco se decía que la cultura de la imagen había desplazado al texto escrito, y que una sensibilidad basada en la simultaneidad había sustituido a una sensibilidad basada en la sucesión. Esta prédica de muchos especialistas generó toda una nueva industria de textos para escolares y liceales, llenos de colores, diagramas e imágenes pero con muy poco texto corrido. Se suponía que las nuevas generaciones ya no eran capaces de leer como antes. Y cuando mucha gente estaba convencida de eso, aparece una señora inglesa que empieza a escribir novelas sobre un personaje llamado Harry Potter y, de golpe, millones de chicos en todo el mundo empiezan a hacer colas en las librerías para leer libros que no tienen un sola imagen y sí tienen 500 o 600 páginas de texto corrido. Así que al final el problema de los textos para escolares y liceales no es que tuvieran mucha letra escrita, sino simplemente que eran malos. Las nuevas generaciones son tan capaces de leer como nosotros, o tal vez más. Las novelas de Julio Verne que nosotros leíamos de chicos tenían 150 páginas, no 600.

            Naturalmente, esto no significa que nada vaya a cambiar. Por supuesto que, cuando aparece un nuevo fenómeno de alto impacto, todo lo que existía tiene que acomodarse. La radio no siguió siendo la misma luego de que apareció la televisión, ni el teatro fue el mismo luego de la aparición del cine. Esto es lo normal, y es muy probable que lo mismo pase con el periodismo. Pero mi punto (y creo que también el punto de Tomás) es que, si bien hay razones para preocuparse y para agudizar la creatividad, no hay razones para desesperarse. Voy a mencionar algunas de ellas.

            En primer lugar, los medios de prensa tradicionales siguen teniendo una capacidad que tienen muy pocos blogs, muy pocos sitios web y muy pocos usuarios de las redes sociales, que es la capacidad de fidelizar a un gran número de lectores. Creo que aquí hay una ilusión de la que es necesario cuidarse. Es verdad que hoy existen millones de blogs, de sitios web y de cuentas en las redes sociales, pero la enorme mayoría de ellos tienen una existencia bastante fugaz y, sobre todo, casi no tienen lectores. Mucha gente que abre un blog para contar sus ideas y experiencias personales puede tener la ilusión de que se las está contando al mundo. Pero la verdad es que no tendría más lectores si se comprara un cuaderno y cada noche escribiera: “Querido diario”. Simplemente, su blog está sepultado bajo millones de otros más o menos iguales. Los blogs y sitios web que consiguen consolidar un gran público son una pequeñísima proporción de todos los que existen. Ciertamente son una competencia para la prensa tradicional pero, al menos por ahora, esa competencia no es muy distinta de la que existía entre los grandes medios. El mercado da señales claras al respecto. Si se pone en venta un gran diario, digamos el New York Times, va a haber compradores dispuestos a pagar por él cantidades de dinero que nadie pagaría por el 99,9% los blogs y sitios web que existen en el mundo. Claro que hay algunos que valen más que el New York Times. Pero de momento son tan pocos como los grandes medios que valen mucho dinero.

            Los medios de prensa tradicionales no sólo siguen teniendo, en términos comparativos, una buena capacidad de fidelizar lectores, sino que consiguen fidelizar lectores calificados. Hay una función que todavía cumple la prensa tradicional, que consiste en influir sobre los que influyen. Esta es una tarea que no tiene mucho que ver con el tiraje de un medio y que, al menos hasta ahora, sigue estando en manos de los medios tradicionales y más específicamente de la prensa escrita tradicional. Por supuesto que siempre puede haber competencia y desafíos en este terreno, pero eso requiere mucha capacidad de análisis, una línea editorial identificable y toda una serie de capacidades que no se construyen fácilmente. Esa es toda la diferencia entre un gran diario y Wikileaks.

            Por otra parte, el desarrollo de los nuevos instrumentos de comunicación genera nuevas oportunidades. Y creo que una muy importante es la siguiente. Hay un sentido en el que, sin duda, el desarrollo de Internet y de las redes sociales están introduciendo un cambio civilizatorio. A lo largo de toda la historia humana, nuestro gran desafío fue la escasez. Escasez de espacio, escasez de recursos vitales como el agua, escasez de abrigo, escasez de información. Desde el día en que apareció el primer ser humano hasta hoy, el gran desafío fue administrar esa escasez, lo que incluye la administración de los conflictos generados por esa misma escasez.

Pero el desarrollo de Internet y de las redes sociales nos enfrenta a un desafío nuevo que es administrar la abundancia. Nunca conocimos tanta abundancia como la que nos ofrece este mundo virtual. Todos hemos hecho la experiencia de hacer una búqueda en Google y encontrarnos con 2 millones de entradas que dicen algo sobre lo que nos interesa. Y todos sabemos que es básicamente lo mismo si hay 2 millones de opciones o si hay 25. Nadie va a consultar 4 millones de direcciones web. No hay vida humana que permita hacerlo.

            Esto supone que hay un nuevo servicio a brindar, que es ayudarnos a orientarnos en esta abundancia. Esto vale para las prendas de ropa que podemos comprar por Internet, pero también para las piezas de información y de análisis que vale la pena consultar. Y, como señala Tomás, esta es la tarea que siempre han hecho los periodistas. Puede que ahora esa tarea sea más difícil y desafiante, pero ellos son quienes mejor saben hacerla. De modo que, si por un lado el desarrollo de Internet y de las redes plantea desafíos difíciles de manejar, también plantea oportunidades sumamente atractivas.

            Hasta ahora sólo he dicho cosas positivas, pero no quiero dar la impresión de que soy un optimista ingenuo. Es evidente que hay problemas y desafíos en todo esto. En relación a ellos, me parece muy interesante la discusión que hace Tomás, en las pp. 105-06, sobre la capacidad que tienen las redes sociales de reforzar esa forma de tiranía tan temida por Stuart Mill, que era el control social, es decir, la inhibición de la diversidad de opiniones, no por el camino de la censura gubernamental, sino por el peso de una opinión mayoritaria que termina por asfixiar a quienes disienten. Creo que aquí hay un peligro serio sobre el que vale la pena reflexionar. El desarrollo brutal, por momentos pavoroso, que tiene el fenómeno de lo políticamente correcto me parece un ejemplo suficientemente claro al respecto.

            Pero quisiera terminar con una observación que el propio Tomás hace en el capítulo 9: las peores amenazas que hoy enfrenta el periodismo no se llaman Internet, ni Facebook, ni Twitter. Las peores amenazas se llaman Cristina Kirchner, Guillermo Moreno, Rafael Correa, Hugo Chávez. Hoy como hace siglos, las peores amenazas que sufre la prensa libre provienen del poder político mal ejercido. Ese es el punto al que tenemos que estar más atentos. Y, en Uruguay, donde felizmente no tenemos problemas tan graves como los de muchos vecinos, estar atentos a ese punto se llama estar atentos a la propuesta de Ley de Medios.

                                                                                                          Muchas gracias.