Las rehenas. La historia oculta de 11 presas de la dictadura”. Marisa Ruiz – Rafael Sanseviero 

La mía es una lectura implicada, el libro que hoy se presenta nos ofrece la narración de una época histórica de la que fui parte, soy parte.

Si bien el foco de la historia-memoria está puesto en las 11 cras. rehenas, dándoles la visibilidad que hasta ahora no habían tenido, el escenario de la cárcel de presas políticas me hace partícipe de esa historia que vivimos en Punta de Rieles, en el antes (de la ronda por los cuarteles), durante (la búsqueda por conocer qué pasaba y cómo estaban) y en el después que son devueltas al penal, con muchas de ellas hasta el fin de la prisión.

Leyendo este libro no tengo necesidad de imaginarme caras, gestos, miradas, formas de caminar, de hablar, voces, expresiones de dolor, alegría, desconcierto, broncas, de cada una de ellas, están en mí, grabadas, formando parte de la vida compartida en esos años. Por eso digo que es una lectura implicada.

No fue fácil cuando Marisa y Rafael me pidieron una entrevista para recordar ese tiempo y la peripecia de estas 11 compañeras.

Me pregunté ¿desde dónde voy a comentar un libro que me implica tanto? ¿Desde las vivencias que se amontonan casi infinitamente y tienen una carga afectiva fuerte? ¿Desde el tiempo transcurrido buscando una “distancia óptima” imposible? ¿Desde lo que me provocó la lectura, resonancias, recuerdos que se ligan con anécdotas, itinerarios, peripecias? ¿Desde mi condición de mujer, expresa política y psicóloga? Me respondí que me dejaré fluir desde todos esos lugares.

El tiempo no ha pasado en vano, muchos años nos separan de aquellos acontecimientos, sin embargo ellos han dejado “marcas”, pero me pregunto ¿alguien puede decir que no ocupa un lugar marcado con relación a la maquinaria que generó la catástrofe social que vivimos? ¿Alguien puede creerse objetivamente estar en posesión de una mirada inocente en esta cuestión? ¿Realmente alguien puede hablar desde un lugar neutro, sin marca? Es hora ya de tomar a cargo colectivamente la responsabilidad de la producción de la maquinaria que dio lugar a la violación sistemática de los DDHH, con efectos en las subjetividades de quienes fuimos parte de esa época de “plomo”,  considerar que ese horror es, sí, nada menos, que parte de nuestro patrimonio nacional.

Este libro aporta en ese sentido: memoria, historia y subjetividades que se producen en esas condiciones de posibilidad: la acción del Terrorismo de Estado cuya finalidad estuvo centrada en el sufrimiento continuo y su consecuente daño.

La perspectiva de género atraviesa el texto que sus autores plantean como “primer resultado de una investigación realizada con la finalidad de recuperar esa historia, dar la palabra a sus protagonistas y develar las razones de su invisibilización”.

Ya desde el arranque se plantea la pregunta entre los rehenes hombres visibles a partir de la salida de los penales y la ausencia de las mujeres que también habían vivido esa exclusión, apartadas del resto de las presas políticas recluidas en Punta de Rieles, “rotando por cuarteles de Montevideo” en condiciones de represión-tortura extremas. ¿Por qué el protagonismo público de los hombres-rehenes y la presencia inadvertida de mujeres que vivieron la misma condición por años? ¿cuáles son las relaciones de poder que se expresan y se fortalecen con el silenciamiento radical y la negación de las rehenas? De ahí en adelante el libro trata de responder esta cuestión.

Para ello recurre a la narración de las protagonistas y testimonios de otras presas políticas, entre las que me encuentro, para armar la trama que les permitirá avanzar hacia una explicación, o varias. Son muchas las dimensiones que analizan los autores, desde la denominación “la ronda” para las mujeres “creemos que las rondas deberían leerse como un escalón más alto de una pedagogía orientada a toda la sociedad donde “el martirio de algunos es referente simbólico de punición para todos… La razón del Terrorismo de Estado: “Las rondas como “la realización de un poder absoluto en el que impera “el tiempo de un horror infinito sin límites” (Marcelo Viñar). Dicen los autores que “la ronda dirá que estar en prisión puede ser también un tiempo infinito de tormento, y esa presencia ominosa convertirá a las cárceles políticas uruguayas en salas de espera de un posible nuevo tiempo de torturas”.

En Punta de Rieles después del apartamiento de las primeras 8 compañeras hacia los cuarteles, esa espera se vivía como algo posible, y diría que en 1974 como algo seguro, cuando fuimos sacadas para los cuarteles varias compañeras; tanto las seleccionadas como el resto dieron por seguro que nadie volvía, en esa oportunidad volvimos la mayoría pero quedaron 2: Lía Maciel y Myriam Montero que fueron sumadas a las 8 anteriores.

A través de relatos de vida el libro recorre los itinerarios de estas 11 compañeras que son resultado de una subjetividad de época, la sensibilidad por la justicia social, el cambio revolucionario, situándolas en las generaciones que vivíamos un horizonte de utopías que no sólo pensábamos sino que nos compelían a la acción, era posible realizarlas, más allá de los precios que tuviéramos que pagar. El heroísmo del Che y la Revolución Cubana nos acercaban esa posibilidad. Eran tiempos de dualidades, antagonismos, dicotomías, de apretar puños, no queríamos quedar en las palabras sino pasar a los hechos “Las palabras nos separan, los hechos nos unen”, fue una de las consignas que daba cuenta de esa construcción colectiva. Sin embargo, los relatos de vida también dan cuenta de las singularidades que diferencian a cada una, la diversidad de situaciones personales, de cómo se vivían, y de las circunstancias particulares que les tocó vivir a cada una.

Desde la perspectiva de género que transversaliza la investigación, los autores plantean: “… las mujeres tupamaras representaron el principio de una revuelta concreta contra la imagen tradicional de la mujer… protagonizaron una ruptura importante para el imaginario colectivo de la época… para ser militante debían romper con las estructuras culturales dominantes”.

La clandestinidad, persecución, torturas, detención en los cuarteles y la incertidumbre de una realidad política que cambiaba vertiginosamente sin poder ejercer ya control sobre los acontecimientos externos se mutó hacia la construcción de un espacio de resistencia en el interior del nuevo poder terrorista.

Nos vimos obligadas a descubrir capacidades de resistencia a la prisión, que en principio no la veíamos como prolongada, recién después del apartamiento de las 8 rehenas hacia los cuarteles (antes del golpe) y a partir del 27 de junio de 1973, fuimos haciendo un proceso hacia la posibilidad del encierro prolongado, el que más adelante, fines del 74, cuando el Estado se transformaba en agente terrorista, sentimos la incertidumbre de no saber qué pasaría con nosotras, asumimos que el poder militar determinaba nuestras vidas, dudábamos también de la posibilidad de la muerte, lo siniestro seguía su curso en ascenso.

Cómo no recordar ese día, el comienzo de laronda: el libro lo sitúa el 20 de junio, para que fue el 12, diferencia que no tiene importancia. Fueron llamando a compañeras que vivían conmigo en la misma celda: Stella Sánchez, Jessie Machi, Cristina Cabrera, Gracia Dri, que aprontaran todas sus cosas… desconcierto, incertidumbre, preguntas sin poder contestar, el asombro nos dejó mudas por unos segundos, pero inmediatamente reaccionamos y supimos que en otros sectores también habían llamado cras. Con la misma orden: apronten todas sus cosas. Era una mala señal, había algo que olía feo, nos amontonamos en los corredores de los sectores, cantamos canciones delas nuestras, recuerdo que en el repertorio sonó hasta elCielito de los Tupamaros, con fuerza e impotencia, nada podíamos hacer, veíamos salir desde el sector donde yo estabael Da Raquel Dupont y María Elena Curbelo del Sector C; también bajaban delBAlbita Antúnez y Flavia Schilling. Se fueron en medio de todo el penal amontonado en los corredores y cantando… después nos quedó un vacío profundo.

La peripecia que vivieron las compañeras rehenas, las 8 del comienzo y las 3 que se agregaron más tarde, es testimoniado con detalles desconocidos hasta entonces, incluso hasta por quienes después del 76 compartimos la vida con ellas en Punta de Rieles. Esta es una pregunta que me hago hoy leyendo este libro, ¿por qué la vuelta de las rehenas al Penal estuvo centrada tanto en el embarazo de Jessie y nos perdimos tantas vivencias que no contaron?

Es cierto que evitábamos hablar de ciertos temas, sobre todo los que tenían que ver con crueldades, torturas, vejámenes, violaciones, tal vez porque todas estábamos incluidas en lo siniestro, no queríamos o no podíamos hablar en ese presente,  porque no es posible representar la tortura, escapa a los límites de lo humano, por tanto no tiene simbolización, no existen palabras para nominar tanta intensidad cruel. También existía un pacto “no dicho” de que no se hablaba de tormentos entre nosotras.

La vuelta de las rehenas al penal significó encuentros y desencuentros. La alegría del retorno, que se parara la máquinaria de la “rotación”, aislamientos, incertidumbres, estar mucho más a merced de los controladores, sin testigos, también el reencuentro con queridas compañeras con las que habíamos compartido militancias, solidaridades, afectos, deseos.

Por otro lado, el penal había cambiado en esos más de 3 años al compás del contexto sociohistórico, se había militarizado, endurecido, a partir de 1974 comprendimos que la cárcel tenía un fin: destruirnos, no sólo en hacernos sentir inútiles y la peor escoria “pichis” en el lenguaje de los carceleros/as, sino que perdiéramos nuestra capacidad pensante, que naturalizáramos nuestra condición, no preguntarse, no analizar, no tomar decisiones, además de perder la espontaneidad también la condición humana. Para eso se había levantado una maquinaria de control de los cuerpos y las almas. Impusieron un sistema-mecanismo que creó un escenario de observación del colectivo, permitiendo al mismo tiempo su individualización para conocernos y “domesticarnos”, manipulándonos hacia la “docilidad”.

Tuvimos que inventar una vida cotidiana que transcurriera lejos de las rutinas naturalizadoras, nada de lo que acontecía podía ser obvio, todo disparaba la pregunta, la duda, la incertidumbre, lo insólito que no permitía agotar la capacidad de asombro… ¡lo arbitrario!!

Eran muchos los escapes, inventar lo novedoso y ¡lo prohibido! La vida no podía pasar distraídamente, los controladores observaban para manipular, pero también eran observados.

Teníamos que inventar signos y códigos para la comunicación, clandestinizando la vida, escondiendo, tapando, disimulando, para evitar que se descubrieran nuestros sentimientos traducidos en deseos, dolores, alegrías, burlando el control permanente, buscando los resquicios en los puntos débiles de los controladores, que también los tenían.

Ese proceso no lo habían vivido las compañeras recién retornadas en 1976, como nosotras tampoco habíamos vivido sus peripecias. Volviendo a ese pasado, es que este libro contribuyó a resignificar este encuentro de pasiones tristes y alegres, como diría Spinoza cuando conceptualiza la ética.

Más bien vivíamos en las prescripciones de la moral: lo que está bien y lo que está mal, el deber ser se había impuesto, y como tal, la moral revolucionaria era lo que prevalecía, de ahí las discrepancias que están muy bien planteadas en el libro acerca del embarazo de Jessie. Es cierto, fue una fuente de conflictos difíciles de superar en ciertos sectores de las presas, escasa comprensión como resultado de un análisis reduccionista, lineal, que era también emergente de las condiciones de producción de nuestra subjetividad en esa realidad. No había medias tintas ni matices, las cosas eran blanco-negro, aunque resulte difícil de entender también fue una batalla por no perder “lo humano nuestro” frente a “lo bestial de ellos”.

El libro hace un interesante análisis de la sexualidad en la cárcel y el lugar de la víctima. Ambos temas son bien relevantes y aportan para pensarlos. “El peligro de la sexualidad era enfrentado por las prisioneras invisibilizándose como seres sexuados. Esta invisibilidad era entonces -al mismo tiempo- un recurso de resistencia para eludir la manipulación de los captores y -contradictoriamente- un reforzamiento de los mecanismos de opresión carcelarios. Negarse como sujetas sexuadas las protegía y también contribuía a lastimarlas”.

“¿qué otra cosa fue el embarazo de Jessie si no la reivindicación radical de su identidad como mujer sexuada? Aun a una mujer reconocida por su audacia (Jessie) le estaba vedado utilizar ese atributo militante para fundar una manera de vivir la prisión, diferente de aquella dentro de la cual el grupo se sentía “protegido”: es decir, asexuada”. De ahí que lo que fue para Jessie un acto de resistencia a las condiciones en que sobrevivía en su perspectiva de 45 años de prisión, dio visibilidad a aquello que se debía ocultar, evitar y negar, dicen los autores que la colocó al “margen de las formas legítimas de resistencia”.  Un testimonio de Flavia Schilling a propósito de eso dice: “Si simplemente hubiéramos retornado con las señales y las marcas de haber sufrido violencia sexual otra hubiera sido la reacción… porque para nosotros como mujeres el lugar de víctimas es un lugar tradicional”. Más adelante la misma Flavia plantea: “Yo digo que una de las formas más interesantes en la resistencia nuestra fue rehusar a ocupar el lugar de víctimas”.

La problematización que realizan los autores del tema es amplia y abre nuevas líneas de análisis. Seguramente, este libro será un excelente antecedente para futuras investigaciones sobre el tema, más allá de las perspectiva de género en la cual se posicionan Marisa y Rafael, surgen dimensiones interesantes en el aporte a la memoria y la historia de nuestro pasado reciente.

Para mi significó una resignificación del pasado vivido, aportándome nuevas miradas y un reencuentro con algunas de las compañeras rehenas que las perdí de vista o las veo muy esporádicamente.

En nuestro país que ha sido y es tan dolorosa la reflexión sobre el pasado reciente, la contribución de este libro aporta nuevos enfoques y metodologías que constituye un aporte a la construcción de memoria que, a más de 27 años de regreso a la vida democrática, seguimos teniendo pendiente. Gracias a Marisa y Rafael y a todos por estar.

No quiero desaprovechar este espacio para ofrecer un homenaje a todas ellas, y en especial a Jessie Machi, lamentablemente fallecida hace unos años y a su hija Paloma, que nació con nosotras, y pasó sus primeros meses entre brazos que sentían con ella un “poquito de libertad”.

Sonia Mosquera
13 de octubre de 2012

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