La mirada intransigente

Destacado y prolífico integrante de la Generación del 45 uruguaya, escribió varias decenas de libros a lo largo de ocho décadas, el primero cuando tenía 20 años, en 1942.

EL PASADO 15 de mayo falleció Carlos Maggi, uno de los grandes referentes de la generación crítica y creativa conocida como Generación del 45, y también uno de sus integrantes más prolíficos.

Fueron ocho décadas de labor creativa donde, además de ejercer la abogacía, hizo periodismo, radio, escribió teatro, ópera, cuentos, novelas, humor, sátira, dirigió cine y también escribió ensayos históricos, económicos, o sobre temas de actualidad. Acometer la tarea de presentar su obra o de clasificarla parece en primera instancia imposible —sobre todo pensando en las nuevas generaciones, los de menos de treinta, que lo conocen como columnista de El País, como activo comentarista en la Tertulia de Radio El Espectador junto a Emiliano Cotelo, y como coautor de la ópera Il Duce, pero desconocen su vasta obra previa. Sin embargo hay en su creación un sistema de ideas que persiste, con insistencia. Tanto que los argumentos de su primer libro publicado en el año 1942 todavía los sigue evaluando, contrastando y discutiendo 72 años después en el último libro que publicó.

ARTIGAS ESTADISTA.

Carlos Maggi no fue historiador, sino un ensayista dedicado, preciso, y provocador en el mejor sentido del término. Desde su juventud quedó deslumbrado por la figura de José Artigas, por su soledad libre, igualitarista y republicana en un mundo que apenas lo comprendía. Su primer libro —que él llama folleto por sus escasas 62 páginas— escrito junto a Manuel Flores Mora, José Artigas, Primer estadista de la revolución, es de 1942. Tenía entonces 20 años. Su último libro, El libro de Artigas, es de 2014. Tenía 92 años. Entre ellos le dedica a Artigas ensayos y ficción, siempre trabajando sobre dos tópicos: el ninguneo de la figura de Artigas, un mero “caudillo” según Buenos Aires, la eterna ciudad enemiga de la independencia oriental; y el ocultamiento del rol que los charrúas tuvieron en la gesta artiguista. Consideraba responsables de esto último a la historiografía “oficial”, concepto que podía incluir desde reputados historiadores como Pivel Devoto hasta todo el cuerpo docente de Historia de educación secundaria.

A pesar de esas breves 62 páginas, José Artigas, Primer estadista… es un destilado riguroso, desarrollado en forma clara, de los argumentos que Maggi manejará a lo largo de toda su vida, no sólo en el plano conceptual, sino también en lo concreto. “La historia antiartiguista vio solo al caudillo”, argumenta, pero no reconoce la transformación de caudillo en estadista que se da en un período de casi año y medio, entre el Éxodo de 1811 y la concreción del ideario artiguista en un pequeño número de documentos fundamentales, donde destacan las Instrucciones del Año XIII. Como se sabe Artigas se había alzado en armas contra la dominación española, pero es traicionado por Buenos Aires —que pacta con los españoles— mientras sitiaba a Montevideo. La invasión portuguesa del territorio oriental compromete aún más su situación. Decide emigrar y tras él marchan de forma espontánea hacia el norte una masa de cuatro mil orientales, hecho que se conoce con el nombre bíblico de Éxodo del Pueblo Oriental. Esa larga marcha sienta las bases del ideario artiguista que define la federación (provincias autónomas y soberanas), la forma republicana de gobierno, y la obra social para con las “clases oscuras”, nombre genérico que se daba entonces a los indios, los negros y los gauchos. Una legislación avanzadísima para la época, tanto que parecía llegada de otro planeta.

Maggi analiza en José Artigas, Primer estadista… las influencias en la redacción de las Instrucciones. Contra la creencia general de que son un calco de la Constitución de Massachusetts, “sólo 44 de los 64 artículos son de indudable procedencia norteamericana”, mientras el resto son de procedencia española. Destaca la influencia del libro de Paine, La independencia de la Tierra Firme justificada por Thomas Paine, treinta años ha, de 1811, que llegó a manos de Artigas en la traducción al español de García de Sena. También las antiguas tradiciones políticas españolas de libertad a nivel local, y la influencia del economista español Félix de Azara.

Pero más allá de lo conceptual, Artigas pensaba en concreto, y esto es lo que termina por deslumbrar a Maggi. Lo revela, por ejemplo, un oficio de Artigas al Cabildo de Montevideo del 3 de agosto de 1815 donde señala la necesidad de fundar un diario, y que para ello se disponga de una imprenta, de operarios y se ponga “a cargo de algún periodista”. O cuando le piden un empleo público para un joven. Artigas responde que no, sugiere que aproveche los terrenos que se están repartiendo y explica que“dedicándose a su cultivo, (el joven) hallará en él su porvenir y el de su familia”.

Ambas citas interpelan, desde 1815 y desde 1942, el presente, y alimentan las ideas que están en la matriz de toda la obra de Maggi. Por ejemplo, cuando define su ya famoso PCI (Producto Culto Interno) como la necesidad de trabajar para alcanzar la respuesta más adecuada en lo que sea (en el libro Artigas y el lejano norte). O cuando señala el peso muerto que significa para la comunidad uruguaya la cultura del empleo público y su burocracia, con su carga de desgano y mediocridad, acusación presente a lo largo de toda su obra ensayística, dramática y humorística.

MÁS QUE UN LIBRO.

El último, El libro de Artigas, toma como motor el vínculo de Artigas con el libro de Thomas Paine, pero lo hace “a lo Maggi”, comenzando con el hallazgo de las pruebas que encontró un joven historiador uruguayo, Felipe Ferreiro, en 1926. Insiste en la influencia que tuvo ese libro en la creación del “sistema” artiguista, es decir, del ideario que no es una parva de ideas reunidas al tun tun sino un corpuscoherente, sistematizado. A partir de ese hallazgo se pregunta, de forma irónica, por qué no fue tomado en cuenta, ni “se dedujeron de él la conclusiones que podían extraerse” para la reivindicación definitiva del Artigas estadista.

El libro de Artigas puede funcionar, en este sentido, como testamento intelectual de Maggi. Allí vuelve una y otra vez sobre los que insisten en ver a Artigas como un mero caudillo y no como un estadista. Señala paradojas como el nomenclátor de Montevideo (la mayoría de las calles con nombres de enemigos de Artigas) o el del barrio Pocitos (con los nombres de los constituyentes de 1830, una Constitución “anti artiguista”). Insiste en la brillantez de Artigas, despegado de la mediocridad de los caudillos de la época, y en su capacidad por bajar a tierra las ideas: “Lo asombroso fue que se hizo entender por la masa analfabeta”. Pero sobre todo recalca el vínculo de Artigas con los charrúas, esos 500 jinetes que lo acompañaron, lucharon con él, y que protegió con ideas y actos muy avanzados para la época, como la adquisición en 1805, antes de la revolución, de una vasta estancia en Tacuarembó, en Arerunguá (más de 100 mil hectáreas) para que funcionara a modo de reserva indígena charrúa, entiende Maggi. La compra de ese campo a Javier de Viana, autoridad española en la comarca, por el precio de 272 pesos (equivalente a 55 vacas), convierte a Artigas en estanciero, lo que es un hecho inexplicable para la historiografía “oficial”. Mientras que en la revolución artiguista “están comprendidos inequívocamente los indígenas”, a “la historiografía uruguaya no le gusta reconocer ese entendimiento asombroso” con los charrúas, señala. Está “blindada contra el entendimiento de algo abarrotado de pruebas”.

El núcleo duro de su argumentación a favor de los charrúas está en dos libros, Artigas y su hijo el caciquillo (1994) y Artigas y el lejano norte, Refutación de la historia patria (1999). Ambos revelan el intenso vínculo de Maggi con los documentos que integran el Archivo Artigas, iniciativa creada por ley en 1944 con la finalidad de reunir todos los documentos históricos relacionados con la vida pública y privada de José Artigas, y que lleva al día de hoy varias decenas de volúmenes publicados. Maggi recurre una y otra vez a esos documentos y los cita de forma textual sin que la narración pierda fuerza. Al contrario, la presencia charrúa crece, son el “otro” de la historia nacional que no estaba pero debería estar. Y lo hace cuestionando todo el Archivo, pues entiende que éste oculta las pruebas. “Estaba la copia de esos horribles documentos probatorios del pasado delincuente, infanto juvenil (de Artigas entre los indios).Pero no se publicaron esas pruebas tan feas. Hubo una eutanasia compartida: la verdad fue matada entre todos por exceso de amor”. Y vuelve a la carga: “Pivel Devoto, que fue un sabio, supo todo lo que estoy escribiendo. Pivel lo supo y no pudo armar el puzzle, porque la verdad última le repugnaba”.

Es un planteo polémico. En el prólogo al libro Artigas y su hijo el caciquillo, Claudio Williman advierte al lector de que, aún no siendo historiador, “Maggi no pudo evitar caer en el frecuente pecado de los historiadores, cuando vuelcan su estima en un personaje en forma excluyente”. Señala que Maggi no debió prescindir del papel que jugaron los indios guaraníes, mucho más numerosos que los charrúas, o el poco destaque que le dio a la figura de su hijo adoptivo (o natural) Andresito Artigas, un indio guaraní nombrado por Artigas como primer gobernador de las Misiones (es notable que Williman, amigo de Maggi de toda la vida, señale estas discrepancias con el contenido del libro que está prologando). También se cuestiona el vínculo filial de Artigas con el Caciquillo, un cacique muy respetado entre los indios y buen combatiente durante la revolución artiguista. Maggi apela a un documento no publicado por el Archivo Artigas —a pesar de que era conocido— en el cual Artigas le escribe al cacique una carta que finaliza con una significativa rúbrica: “tu padre, Artigas”. El documento se publicó en la Colección Artigas (El País, 1950, ed. Edmundo Narancio) y en el libro de Eduardo Acosta y Lara, La guerra de los charrúas. Maggi entiende que esa rúbrica prueba que el Caciquillo era hijo natural de Artigas, engendrado en la época cuando convivió con los indios como uno más, como contrabandista, y alejado de toda civilización. Williman entiende que este planteo está “seriamente fundado”. Sin embargo hay quien cree que esa rúbrica era una calificación genérica común en esa época, y que no es prueba definitiva de un vínculo filial.

En el libro siguiente, Artigas en el lejano norte, Maggi va más allá. Pregunta por las “300 pruebas” del vínculo de Artigas con los charrúas, esos “500 jinetes maravillosos” que el Archivo discrimina. Entiende que la historia patria resulta incomprensible si se desvincula a Artigas de sus charrúas, y busca una explicación del ocultamiento en el miedo que la gente tenía a estos “infieles” salvajes. Miedo que con el genocidio charrúa perpetrado en Salsipuedes no cesa, porque no desaparecen “el recuerdo espantoso y los prejuicios”. De hecho este argumento de Maggi interpela el presente, como mostró el reciente estudio de la investigadora Mónica Sanz (Udelar) que detectó marcadores genéticos indígenas, de cuño charrúa y guaraní, en el 60% de la población de Tacuarembó. Cuando los datos se hicieron públicos hace unos años no faltó gente airada que se desvinculó de cualquier ascendencia indígena. “Yo soy descendiente de europeos”afirmaron, ofendidos.

PRIMEROS CUENTOS.

Ya se ha señalado que Maggi fue un precoz, “de los primeros en empezar aquí muchas cosas” escribió Emir Rodríguez Monegal. Cuando alguien hace “muchas cosas” corre el riesgo de diluirse en tantos frentes, y más para un intelectual que optó por ser, además, guionista de radio (la TV de aquella época) o apelar al humor. Porque —dice el prejuicio— lo popular es basto, nunca exquisito.

Sin embargo Maggi publica en 1951 con un libro de cuentos notable,Polvo enamorado, que se convierte en best seller, algo destacable para una época donde nadie vendía un ejemplar de autor nacional. El libro deja sin aliento desde el primer cuento, “El deshollinador” (ver contratapa de este suplemento), texto de fuerte contenido poético, de prosa contenida, trabajada, que detona imágenes inesperadas en la cabeza del lector. Siguen piezas memorables como el conmovedor “Las criaditas”, sobre las niñas pobres del campo que las familias acomodadas de ciudad traen en adopción para darles mejor vida, altruismo que tiene un lado B, una contracara de explotación laboral, soledad e insolidaridad que Maggi describe sin caer en la sensiblería o el lugar común. A su vez, la frase precisa, ingeniosa, que destila humor, está presente en el cuento “Los bueyes”, esos pobres animales castrados con fines productivos que resultaron ser “un toro con vocación de modisto, peluquero de señoras, un toro pasado por agua, en fin, un toro en almíbar, como pintado por Blanes”, para rematar que “la historia del buey es un afiche de acusaciones, y basta repasarla para comprobar que todo agricultor es un canalla”.

Parte de esta producción volvería a ver la luz en Gardel, Onetti y algo más (1964), libro que aparece en la escena literaria nacional cuando Maggi ya es un escritor famoso, consagrado por obras teatrales comoLa trastienda (estreno Comedia Nacional, 1958) y La biblioteca(Teatro del pueblo, 1959), y otras posteriores. Los cuentos inéditos deGardel, Onetti… revisan una amplia temática, desde el análisis uno a uno de los barrios de Montevideo hasta temas históricos como “La batalla de Las Piedras”, lanzando también dardos contra la crítica (“Sueño del crítico endemoniado” o “Teoría de la cáscara”), contra las turbulencias políticas de su época (“Visita y anatomía de la cabeza de un derechista”), desarrollando el humor sutil en una reseña bibliográfica de la Guía Telefónica, o relatando de forma didáctica cómo funciona la abstracción en la etapa constructiva de la obra de Joaquín Torres García. Allí explica con claridad el viaje que hacen el pez o la gaviota desde la bahía de Montevideo, su hábitat natural, hasta que aparecen en un cuadro de Torres García donde quedan simplificados, abstractos, reducidos a mínimas líneas, y metidos en la cuadrícula.

En este libro aparece otro aspecto recurrente en toda la obra de Maggi: la preocupación por el “otro”. Sucede en el cuento que aborda la Batalla de Las Piedras. El “otro” es el español derrotado que nunca aparece en cuadro pero que es tan humano como los orientales que los combatieron (a dicha batalla le baja el perfil, entiende que fue “un golpe publicitario”; también cree que “festejar batallas es algo irremediablemente falso y monstruoso”).

El “otro”, entonces, puede ser el español, o también, por traslación, el lector, o un crítico o cualquier habitante de su comunidad. Revela la necesidad vital de Maggi por empatizar, cruzar puentes, para conjurar los discursos falsos y los estereotipos que instalan la ignorancia entre los hombres. En una reseña autobiográfica que Maggi escribe en el programa del estreno teatral de su obra La gran viuda (1961), le habla de este tema al lector-espectador: “Ud. debe saber, señor, que los autores —los que como yo no están enfermos de anormalidad ni de genio— son en buena medida un mero reflejo del medio en el cual viven. Por eso, cuando la obra que va a ver en este teatro le resulte buena o mala, seria o superficial, agradable o aburrida, piense que en cierta medida eso se debe a mí pero también a Ud., porque Ud. contribuye a que Montevideo sea Montevideo”.

Todos somos parte del problema.

LA FICCIóN HISTÓRICA.

El relato de la batalla de Guayabos (1815), es abordado en El libro de Artigas con una técnica narrativa que tiene mucho de literario sin dejar de ser crónica. Porque Maggi entrevió lo que John Keegan advierte en su magistral libro El rostro de la batalla (Turner, 2013): lo difícil que es —si no imposible—“vislumbrar el verdadero rostro de la batalla”, ese momento confuso, terrorífico, donde ocurren cientos de situaciones límite al mismo tiempo. Keegan escribe su libro contra los relatos tradicionales de batallas, que tienden a falsear los hechos.

Maggi relata Guayabos teniendo en cuenta ese peligro. Pone en primer plano el testimonio escrito de los propios protagonistas, transcribiendo los documentos del siempre rico e inagotable Archivo Artigas. Son cartas o informes de época de Miguel Soler, José Artigas o João Carneiro da Fontoura, entre otros, ordenados para dar cierta unidad al relato hasta llegar al desenlace final de la batalla. Casi no hay intervención de Maggi; sólo frases introductorias a cada documento. Y el mecanismo funciona, pues el lector se acerca a ver el verdadero rostro de la batalla. Dispone de suficientes datos como para imaginar que allí ocurrió algo terrible, con desenlace trascendental, sin que el autor haya tenido que apelar a su imaginación para rellenar los vacíos. La que opera, de forma natural, es la imaginación del lector.

En la novela La guerra de Baltar (2006) este mecanismo queda en evidencia. A través de los ojos de Baltar Ojeda, militar paraguayo y hombre de confianza de Artigas, Maggi recrea de forma novelada el periplo de Artigas en la Banda Oriental. El relato de la Batalla de Las Piedras es un ejemplo de cómo evitar el lugar común o el relato romántico que tanto irrita a Keegan, esos que tienen cargas de caballería heroicas, descargas de fusilería atronadoras, ayes, gritos y el asfixiante olor a pólvora, todo ordenado de forma lineal. Por el contrario, Baltar relata un episodio lateral que él protagonizó, donde le tocó destruir un cañón español. Es un relato antiheroico, donde crece el universo emocional de los involucrados. Y al final Baltar dice: “Pudo ser un episodio muy menor, pudo durar un minuto, pero fue toda la batalla para mí”. Es a través de Baltar, de su relato planteado como si fuera un informe más del Archivo Artigas, que el lector acepta percibir lo ocurrido. Porque Baltar es el lector.

Este mecanismo aparece nítido en el teatro de Maggi. En el libro que publica la obra dramática La noche de los ángeles inciertos (1962), el recién fallecido Ruben Yáñez (1929-2015), explica que Maggi plantea “al ser puesto en escena, y desde adentro”, porque el espectador ve lo que le pasa al personaje principal, un boxeador envejecido, en su mundo circundante, pero sobre todo ve lo que él imagina, “lo que piensa, lo que ama, lo que teme”. (ver nota “El ser puesto en escena”)

Otro libro muy disfrutable en su producción de ficción es La invención de Montevideo (1968), relato novelado de la fundación de Montevideo que el propio Maggi define dentro del género Historia Mágica, cuyas reglas son “no decir nunca toda la verdad, ni únicamente la verdad; y hacer que el todo resulte asombroso y sin embargo verídico (puede lograrse o no)”, aclara en la introducción. El principal protagonista es uno de los primeros habitantes, Juan Antonio Artigas, abuelo de José Gervasio. Aparece el trato con los indios, las aventuras que vivió con ellos (relatos que supuestamente José Artigas escuchó de niño) y algún enfrentamiento con matreros, como el capítulo “A la hora señalada” donde debe capturar al criminal José Suárez, “fascineroso, ladrón y robador de mujeres”, narrado como un western.

ENSAYO DE ACTUALIDAD.

El libro más recordado de Maggi es El Uruguay y su gente, cuya primera edición es de 1963. Tomando como base una serie de artículos de actualidad publicados previamente en Marcha bajo el título “En este país”, Maggi cuestiona actitudes y discursos que hacen a la más profunda identidad uruguaya y que son el origen de tantos males, de tanto atraso y dejadez. Aclara, de entrada, que lo hace de forma agresiva, sin anestesia, como Sigmund Freud, “que gustaba herir primero para hacerse entender después”. Enumera entonces la holgazanería, la hipocresía, la viveza criolla, la cultura del curro, el narcisismo inflado de los idiotas, la falta de ambición, o la mediocridad en todas sus expresiones. Y lo hace apelando a la ironía y al humor:“Nos vamos mateando la vida sin apuro, de a sorbitos, hasta que se enfría”. Le irrita sobre todo el empleo público, donde “se empoza el alma hasta quedarse inmóvil y no atender a nada ni a nadie y perder la noción del tiempo. Durante años se va mateando el horario hasta que, sin darse cuenta, le ofrecen el mate definitivo: la jubilación”. Por eso, “el mal de los uruguayos no son las oficinas públicas. El mal de las oficinas públicas son los uruguayos”. Idea que se traslada al teatro. En las notas previas al acto primero de La biblioteca, estrenada en 1959 (dir. Ruben Yánez), Maggi explica que el clima y la escenografía de ese acto debe trasmitir “la indolencia de una oficina pública”. El enojo de Maggi apunta a algo metafísico e inexplicable, y que tiene forma de pregunta: cómo puede sobrevivir una comunidad con tanto vago e hipócrita a cuestas. Titula uno de los capítulos de El Uruguay y su gente con esta frase que también es pregunta: “Qué es ser uruguayo”. Lo que lleva a este cronista a recordar las últimas horas que pasó con el escritor holandés Cees Nooteboom durante su reciente visita a Uruguay, invitado por El País. Luego de casi una semana recorriendo el interior y Montevideo, en el viaje hacia el aeropuerto antes de partir me pregunta con esa mirada inquisitiva tan presente en su narrativa: “¿De qué viven, qué hacen, qué es el Uruguay?” Cincuenta años después de El Uruguay y su gente.

En el libro también aparece el eterno diálogo que Maggi mantiene con el Ariel de Rodó, y de paso va tomando cuerpo el concepto de Producto Culto Interno (PCI). “La cultura”, a diferencia de lo que plantea el arielismo, constituye una herramienta útil, “una manera —la más alta, delicada— de solucionar problemas actuales”. Problemas que no eran menores; son los comienzos de los años sesenta donde la violencia y la intolerancia comenzaban a instalarse, una época de declive pronunciado para la comunidad. En ese Uruguay, pensar diferente y lograr no ser encasillado exigía coraje, calidad, y mucha inteligencia.

Ya en mejor clima, en la pos dictadura, Maggi volvería una y otra vez sobre el PCI, tanto en libros como en sus columnas periodísticas, pues éste permite encarar de “manera nueva y viable y mejor el gran drama uruguayo: la falta de adhesión al trabajo y la consiguiente falta de energía” escribía en La reforma inevitable (1994). “No es en las instituciones, ni en la economía donde está la raíz del drama uruguayo, es en el cerebro”. La pobreza uruguaya proviene “del subdesarrollo mental de la comunidad”. Un año más tarde, en La república desoriental (1995), opta por todos aquellos que tienen que ver con el PCI: “Los prefiero, acompañan un largo trabajo: distinguir lo que está confundido”, pues “la pobrecita cultura pelea, pero no siempre vence; la cultura es de elaboración lenta, camina por lo más hondo”. Maggi se refiere a los valores, al fenómeno cultural que éstos configuran. Y afirma que el día en que como comunidad decidamos transferir el ocio burocrático, “el Producto Culto Interno tendrá una expansión notable”.

LA CRíTICA COMO GÉNERO.

Maggi fue un notorio integrante de la Generación del 45, grupo de intelectuales uruguayos que comenzó a reunirse en la década de 1940 y que se caracterizó por una notable producción creativa, publicada sobre todo en los 50 y 60, pero también por el intercambio ácido e implacable de ideas. “Ejercitaban en los cafés sus críticas a los mitos de la cultura nacional y a los escritores contemporáneos” explica Carlos María Domínguez en Construcción de la noche, La vida de Onetti (2009). Como contracara, muchos percibían a esa Generación como “vanidosa y muy autopromocionada” escribió César di Candia en una entrevista a Maggi (El País, 2003). Los más notorios integrantes fueron, entre otros, Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Paco Espínola, Julio J. Casal, Ángel Rama, Mario Arregui, Emir Rodríguez Monegal, Carlos Martínez Moreno, Idea Vilariño, José Pedro Díaz, Homero Alsina Thevenet y el propio Carlos Maggi. Muchos entienden que él fue el dramaturgo del grupo, clasificación injusta porque los cuentos de Polvo enamorado lo convirtieron, años antes, en escritor conocido y de buenas ventas.

Quizá el aporte grupal más notorio estuvo en la crítica, legado que trascendió hasta el presente y que ha tenido eco fuera de fronteras. Un colega chileno, hace algunos años, me trasmitía su admiración por esta generación de críticos. Entendía el fenómeno como único en la región, capaz de elevar el espíritu crítico de una comunidad y sacarla así de la mediocridad. “Fíjate que nosotros en Chile sólo tuvimos a un cura haciendo crítica literaria en el diario El Mercurio durante cinco décadas”, me aclaró.

Maggi, también un crítico despiadado, cuando asumía el rol de creador sufría en carne propia el efecto destructor que ejerció su generación. Un buen ejemplo es el diferendo que tuvo con Homero Alsina Thevenet en la década de 1990. Maggi publicó en 1991 el libroEl Urucray y sus ondas, un ensayo crítico sobre los uruguayos donde se refería al término “Urucray”, neologismo acuñado por un periodista inglés luego de que los orientales perdieran un partido de fútbol con Irlanda del Norte. Maggi se refería así a los “uruguayos llorones” que se quejan de todo pero hacen poco. El libro repasa ésta y otras lacras de la cultura, y se enoja con la frivolidad en general defendiendo a aquellos “medios nobles” como los diarios o los libros, debate que continúa en la actualidad.

Alsina, que en los años 50 publicó en El País dos notas críticas de un estreno teatral de Maggi tan elogiosas como impiadosas (11 y 12 de mayo, 1958, sobre La trastienda), reseñó casi cuarenta años más tarde el libro El Urucray y sus ondas (El País Cultural No. 118). Luego de destacar que “Maggi es un crítico plenamente autorizado”para todos los pronunciamientos que hace, y que “tiene razón en casi todo lo que dice”, apunta a cuestiones de estilo. Señala que repite cosas porque “no se relee”, para rematar afirmando que es fácil y ameno leer los alegatos de Maggi, “que tienen 82 páginas en letra grande. Pero en 41 páginas serían un balazo”.

La respuesta vino en el libro El Uruguay de la tabla rasa (1992): “A mí las críticas despiadadas nunca pudieron dolerme porque ese fue el estilo que implantamos; y era de ida y vuelta. Todavía ahora, me hace sonreír la puerilidad de Alsina Thevenet, que sigue clavado en sus años de principiante irónico”.

En este libro Maggi había disparado un tiro por elevación. “La crítica del 45, venida de la frivolidad de Borges, nunca pudo dar un panorama cabal de las ideas; le parece que es poco elegante estimar a los otros; prefiere construir zoológicos modestos donde el gato es siempre el tigre de los pobres y donde resulta que aquí todos somos gatos. Consuelo de tontos esa ironía, burla para mal. Por esta razón íntima, la crítica del 45, deslumbrante de información, pertenece al género chico”.

PROLÍFICO E INCLASIFICABLE.

Aunque se pretenda abarcar todo en grandes trazos, siempre quedan libros afuera. Algunos merecen un destaque especial. Está por ejemplo El libro de Jorge (1977) escrito en plena dictadura, con una prosa contenida que es casi poesía, donde Maggi dialoga de forma sutil con un entorno carente de libertad (un texto de este libro fue grabado por el propio Maggi meses atrás para el ciclo multimedia Los poetas dicen, de El País Cultural). O el libro Los uruguayos y la bicicleta (1995) que recorre con humor y de forma entretenida las peores lacras de la cultura uruguaya, y remite a aquel notableCuentos de Humoramor (1967), donde a través de sketches de la vida conyugal analiza un mundo más amplio llamado Uruguay (imperdible el texto “El viaje a Europa”). O la historia económica del Uruguay narrada en 1611-2011, Mutaciones y aggiornamientos en la economía y la cultura del Uruguay (2011), donde vuelve sobre el PCI, ése que si no se azuza, lleva a repetir “desde siempre los modos de vivir”, porque “la cultura establecida puede convertirse en lo contrario de la cultura viva. Cuando una cultura envejece, su índole puede descomponerse hasta convertirse en una caparazón sin vida”. O el inolvidable reportaje a una madama en Naná, La noche de los 500 amores. Tampoco hay que olvidar la reciente recopilación de su obra teatral, El mejor teatro de Carlos Maggi, o la bellísimaAntología de Teatro Uruguayo Contemporáneo, coordinada por Roger Mirza, donde se reproduce la obra El patio de la torcaza, de 1967.

Pero sigue existiendo una incógnita: por qué unos pocos como Maggi eligen un camino diferente, al margen del conocimiento institucionalizado, para aportar a su comunidad. Andan solos, apelan a medios y estilos no tradicionales, y provocan a los conformistas y a los indiferentes. Las razones últimas son un misterio, pero hay una constante: esgrimen la sospecha permanente, inclaudicable, de que todo conocimiento que se institucionaliza comienza de inmediato a envejecer y, como tal, puede resistir a los cambios, a las nuevas ideas. Algo fatal para cualquier comunidad. Es allí, entonces, donde se hace necesaria la mirada intransigente.