Roberto murió en octubre. […] Ese día, muchos de nosotros sentimos la pérdida de un maestro. Quienes lo conocimos, quienes tuvimos la dicha de escucharlo hablar de literatura, en el taller o en un salón de clases, en el café o en la presentación de un libro, supimos de inmediato que acababa de irse uno de los grandes. Sin embargo, el legado permanece, proyectándose en sus discípulos de ayer y de hoy.
Durante 2025 se puso en marcha un proyecto colectivo: la publicación de una antología —la segunda, tras Como gato entre las líneas (2018)— que recogiera la producción de sus talleristas. Joel Agriela, Luis Aparaín, Beatriz Artus, Margarita Azpiroz, Lucía Barros Sulca, Maiza Berual, Tomás Canalda, Eduardo Cayetano, Carina Correa Bustos, María Beatriz Echavarren, Solveig Gurgitano, Rosario Ibarra, Julio Lindner, Alicia Maltaneres, Gerardo Mantero, Daniel Martirena, Carolina Miranda, Aelita Moreira, Ruben Pérez Hernández, Alicia Presto, Cecilia Romero y Teresa Techera escribieron, bajo la guía de Roberto, textos heterogéneos en todo sentido. Algunos son el resultado de un largo proceso; otros, de un tiempo más bien limitado; todos, de la convicción absoluta de que la buena literatura se forja con disciplina. […]
El viaje es múltiple e inesperado. Y admite distintas rutas. Se puede empezar por el principio o por el final, se puede alternar un cuento con un poema, poniendo en juego la imaginación, sin descuidar las sensaciones.
Pero eso ya corre por su cuenta.
Martín Arocena
El taller de Roberto Appratto
Diego Guardado nos dice en un reportaje: «Ceba el primer mate, espumoso, humeante. Comienza a hablar de Faulkner. Lo elogia. Busca uno de sus libros —Luz de agosto— y lee un fragmento. Tiene mocasines grises de gamuza, no se ven medias, jean azul, camisa desprendida en el cuello. El pelo corto y blanco. Alrededor de la mesa, sus alumnos lo escuchan con atención. Habla de los adjetivos de los textos… En la mesa ovalada hay una computadora, un rollo de papel de cocina, un termo, un mate, portalápices, cuadernos abiertos… La clase termina. Ya en la vereda, los talleristas se despiden y desaparecen en una noche de brisa suave. Así todos los jueves».
A través de sus talleres de literatura —los martes, jueves y sábados— y de los de cine —los miércoles—, durante más de cinco décadas, Roberto Appratto trasmitió su gusto por la literatura a diversas generaciones como forma de compartir un modo de descubrir el mundo y a la vez el insondable y oscuro devenir humano. Lo hizo con el derroche de su saber y su extraordinaria memoria, convirtiendo cada clase en una experiencia gozosa. En eso estaba cuando pergeñó esta segunda antología que presentamos.


