“En un reportaje, la conversación es todo”

Con 60 años de periodismo sigue publicando, ahora la historia detrás de sus historias. Y cuenta el método que lo llevó a ser en el gran entrevistador de la prensa nacional.

Fuente: El País Digital – LUIS PRATS

Se define como un solitario. Por eso le gusta escaparse a La Paloma en cualquier época y se fue a vivir a Carrasco cuando era poco más que un paisaje desolado. Puede pasar toda la tarde en lo que llama su “club de Tobi”, el cuarto del fondo de su casa, con sus discos, sus libros y su computadora, al calor de la estufa de leña. Pero cuando César di Candia comienza a hablar, se van sumando a la charla todos sus amigos, que se bajan de las fotos en blanco y negro de la biblioteca y le ayudan a hacer memoria.

Muchos de ellos fueron protagonistas de la historia uruguaya de los últimos 60 años, que le contaron al oído cosas que nadie sabrá. El mejor ejemplo es Zelmar Michelini, el amigo que siempre está, aunque ya sean 36 años de su desgarradora partida.

En otros casos, como todo periodista, Di Candia escribió las noticias en diferentes medios de prensa o las escuchó en forma de confesión pública del otro lado de un grabador. “Te voy a repetir una frase que me dijo Carlos Martínez Moreno, que trabajó en El Diario: `Si vas a ser periodista, tenés que saber que es un gran oficio, siempre que sepas salir a tiempo de él. Si no, te atrapó para siempre`”, dice, para darse cuenta entonces que él forma parte de la legión atrapada para siempre.

Seis décadas después de su ingreso a El País y a los 82 años, todavía colabora con Búsqueda y sigue escribiendo libros. El último, por ahora, es Oficio de periodista, “historias acerca de las historias”, según lo define. Sus páginas cuentan cómo llegó a determinados personajes y qué ambientes los rodeaban. Y dejan pasar en las crónicas a la primera persona del singular, por lo cual podemos enterarnos que Herrera le resultaba antipático, o sobre su incómodo esfuerzo para evitar que Juan María Bordaberry lo llamara “amigo” durante una entrevista.

“¿Cómo me hice periodista? Muy fácil. Como todos en aquella época. Había que tener ganas, vocación o inquietud por escribir. En la escuela hacía diaritos o revistitas. Mandaba colaboraciones a todas las revistas que había. Un día, cuando decidí dejar de estudiar Derecho, Daniel Scheck, que era compañero de clase, me arrimó a El País”, recuerda. En el diario hizo desde policiales hasta los horóscopos, todo lo que le piden a un principiante. Una de sus funciones, que evoca en el libro, era recibir a los estrafalarios personajes que la noche arrojaba a las redacciones para denunciar todo tipo de cosas. Después fue socio con los hermanos Scheck en las revistas Lunes y Reporter.

ENCUENTRO. Un día, su destino dobló la esquina, justo cerca de El País. “Zelmar Michelini fue la piedra angular de mi vida. Lo conocí en el café en la misma cuadra del diario. Él iba a almorzar todos los días a la casa de la madre, al lado, y luego se tomaba un café. Dejé el diario por él, para ser secretario de redacción de Hechos. Mis padres decían que estaba loco, pero no me arrepiento de nada”, asegura.

Hechos, primero semanario, luego diario, fue una gran aventura, pero duró poco. Di Candia pasó por los diarios La Mañana y Ya, fue socio en un barco pesquero y tuvo una librería, Atenea, que en los últimos años de la dictadura se convirtió en un “centrito de conspiración”, porque los políticos se daban una vuelta para intercambiar novedades sobre la situación.

Un día cayó por allí Antonio Dabezies para invitarlo a colaborar con una revista de humor, El Dedo. Di Candia le advirtió que la dictadura la cerraría al segundo número, Dabezies le aseguró que no. Acertaron ambos, porque la clausuraron, aunque tras el número siete y después de una repercusión que califica de “descomunal”. “Ni nosotros lo esperábamos. El distribuidor nos pedía duplicar la tirada después de cada número -cuenta. Fue el órgano opositor que tuvo más éxito durante la dictadura. En el exterior hacían fotocopias y se repartían entre los exiliados. El número siete vendió 43 mil. Para el siguiente nos habían pedido 51 mil, pero nunca salió”.

El gobierno pidió a los abogados del Ministerio de Educación y Cultura que evaluaran si la revista podía ser catalogada como pornográfica. “Había una foto con dos zanahorias, una que parecía taparse el sexo con las manos y otra que tenía una cosita ahí abajo; había un preservativo dibujado en una playa y estaba la palabra ovario, terriblemente pornográfica, encerrada en un círculo rojo. Los abogados nos dijeron que no podían tacharla de pornográfica porque todo el mundo se iba a reír, pero la dictadura la cerró igual”, dice.

ENTREVISTAS. Después de unos meses, cuando se insinuó una tímida apertura, el mismo equipo sacó Guambia, aunque por un tiempo nadie firmó sus notas para que no la identificaran con El Dedo. Ya en democracia, Di Candia no se sintió cómodo con el sesgo militante que adoptó la revista y aceptó una oferta de Danilo Arbilla para ingresar a Búsqueda.

Allí publicó, cada semana durante once años, entrevistas que se hicieron famosas y lo convirtieron en, para muchos, el gran entrevistador de la prensa nacional de las últimas décadas. La primera fue a Jorge Batlle, una figura que siempre rinde y además, otro amigo de mucho tiempo. Luego, Daniel Scheck lo llamó y volvió a El País, donde publicó más reportajes e investigaciones.

Di Candia afirma que nunca hizo un esquema previo a sus entrevistas, aunque si podía ser complicada, buscaba antecedentes. “La conversación para mí es todo. Diez, quince minutos de charla de pavadas, estupideces, cosa de romper el hielo, porque el entrevistado siempre está desconfiando. Luego, hablar de bueyes perdidos, ir llevando la cosa hasta preguntarle lo que querés preguntar. Tampoco se puede preguntar de golpe, porque el entrevistado te saca a patadas”, asegura.

Cuando estuvo con el general Hugo Medina, el último comandante en jefe de la dictadura, le llevó tres horas llegar a la última pregunta, la clave: si había dado órdenes de torturar a detenidos. Le contestó con un simple pero concluyente: “Di”.

“Fue la primera vez que un general admitió que se había torturado, y lo justificó además. También confesó que en 1971 si hubiera ganado el Frente (Amplio) venía un golpe de Estado, cosa que nadie nunca había admitido”, cuenta.

“A la semana lo llamé y le pregunté por las repercusiones del reportaje. Me dijo: `Mire, la mitad de mis colegas me llamaron para felicitarme, la otra mitad para putearme. Me llamó el expresidente Sanguinetti también. Me dijo que yo era un boca abierta, que por qué tenía que meterme a hablar de cosas que no tenían por qué ser conocidas`. Pero cuando le pregunté a Medina cómo se sentía él, me dijo que contento y con la conciencia totalmente limpia. Me impresionó muy bien, y eso que antes tenía una pésima opinión de él”, admite el periodista.

En cambio, recuerda como “malísima” una entrevista con Leo Masliah. “Él es ingenioso, tiene chispa. Pensé que un reportaje con él podía ser gracioso pero me encontré con un tipo extremadamente parco y no pude sacarle nada, salvo monosílabos. Igual se publicó”, confiesa. Entre los que le negaron reportajes cita a Ignacio de Posadas y a Américo Torres.

Di Candia enfatiza que en sus reportajes nunca le hizo zancadillas a nadie. “Al contrario. En más de una oportunidad, y de dos, y de tres, llamé a un tipo por teléfono y le dije: usted dijo tal cosa, con eso usted se va a incendiar. Y el tipo me pedía para sacarlo. Actué con honestidad, podía publicarlo y meterlo en un gran lío, pero no era la esencia del reportaje. En la calentura de la conversación se escapan muchas cosas. Mi objetivo nunca fue hacer escándalo ni quemar a nadie”, comenta.

También encontró entrevistados que se convirtieron en sus amigos, como Néber Araújo. “Le tengo mucha admiración, un tipo que llegó a la cumbre de su carrera ganando mucha plata y un día dijo no va más, voy a dedicarme a mí mismo. ¿Quién es capaz de eso?”, se pregunta.

Entonces, ¿el periodismo es el mejor oficio del mundo? “Sí, siempre y cuando te dejen ejercerlo con libertad. Si tenés restricciones, presiones, censuras, deja de ser un oficio lindo para ser un oficio muy controlado”, responde. ¿Y en su caso? “Nunca fui controlado. Lo disfruté, sí”.

¿Senador? “Un susto”

“En Hechos me hice muy amigo de Zelmar Michelini, incluso fuimos confidentes. Me contaba muchas cosas de la interna política. Y me ofreció un cargo político que yo no quise. Él pretendía que yo fuera diputado. Pero en 1984 me pegué un gran susto porque casi salgo senador”, asegura.

“Aquella vez, Hugo Batalla nunca jamás pensó en sacar tantos votos. Me puso suplente del cuarto candidato y salieron elegidos tres senadores. Si hubieran salido cuatro, en cualquier momento hubiera entrado como senador y a los 10 minutos me iba para mi casa”, añade.

“Siento menos esa función que cualquier otra. Cuando era muy joven llegué a hacer un discurso político, que fue un desastre, un mamarracho total. Mi trabajo en la lista 99 era hacerles un semanario y luego un diario. Hacía todo menos la parte política.

La política es linda para balconearla, para ponerte en el balcón y verla pasar por la calle, pero meterte adentro es realmente complicado. Hay celos, hay zancadillas, te creás enemigos”, advierte el periodista.

Tampoco se reconoce como comerciante: “Tuve un barco para la pesca del tiburón en La Paloma y también una librería, y en ambos casos me fundí”, asegura.

SUS COSAS

Su lugar

Di Candia nació en Florida, pero se reconoce como “ciudadano natural de La Paloma”. Se enamoró desde que iba con sus padres a un rancho con pilotes cerca de la playa. Cada vez que puede, se hace una escapada. “Tiene un encanto muy especial. Tiene soledad, que es un bien que la gente no compra pero yo pago cualquier plata por eso”, asegura.

Su equipo

Es socio de Defensor desde 1947y hace tiempo que es vitalicio. “Cuando tuve uso de razón me hice hincha del club donde vivía. Mis hijos y nietos también lo son”, dice Di Candia con orgullo. Si bien últimamente lo sigue por televisión, estuvo hace pocas semanas en el estadio Luis Franzini. Fue el día que los violetas conquistaron el Torneo Clausura.

Su grabador

Lo presenta como “un instrumento del tiempo de los dinosaurios”, pero en su vida activa el grabador escuchó confesiones de todo tipo. Con la computadora, en tanto, tiene “apenas un amor de zaguán”, pues no pasa de los textos, Internet y el correo electrónico.


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