Once presas de la dictadura uruguaya

Los gritos del silencio

László Erdélyi- Suplemento cultural de EL PAIS


LA HISTORIA reciente del Uruguay se sigue escribiendo, no sin dolor. Poco se sabía de las mujeres presas durante la dictadura militar uruguaya (1973-1985) vinculadas a los hechos violentos producidos durante la insurgencia tupamara. El libro Las Rehenas. Historia oculta de once presas de la dictadura escribe la historia de un grupo seleccionado por los militares en calidad de “rehenas”, es decir, para ejecutarlas en caso necesario. Este grupo tuvo su equivalente entre los presos hombres. La condición de rehén implicaba sufrir condiciones extremas de cárcel, tortura y aislamiento, mucho más que las del preso político común.

Pero la historia la escribieron los hombres. Desde su liberación en 1985, el relato de la vida en prisión durante la dictadura lo establecieron los varones rehenes (nueve, entre ellos el Presidente Mujica y el ministro Fernández Huidobro). Eran los protagonistas. No se hablaba de las mujeres. Mucho menos de que hubo rehenas. El tema preocupó a dos investigadores, Marisa Ruiz y Rafael Sanseviero, quienes comenzaron a trabajar en el 2005 sobre el por qué del “silencio, descalificación y negación” que rodea a estas once mujeres. A mediados del 2012 terminaron el libro que se tituló Las Rehenas. Una verdadera caja de sorpresas.

ONCE VIDAS.

La condición de rehenas se aplicó, entre 1973 y 1976, a Alba Antúnez, Cristina Cabrera, Elisa Michelini, Flavia Schilling, Gracia Dri, Yessie Macchi, Lía Maciel, María Elena Curbelo, Miriam Montero, Raquel Dupont y Stella Sánchez. Implicaba, además, traslados arbitrarios constantes entre diversos cuarteles para que los familiares les perdieran el rastro.

En el libro Las Rehenas los testimonios de las ex presas son contextualizados y analizados por Ruiz y Sanseviero. La división por capítulos es cronológica, y cubre desde los inicios en el MLN en la década del 60, los años de mayor actividad guerrillera a comienzos de los 70, la clandestinidad, la prisión tanto en los cuarteles como en la cárcel de Punta de Rieles, y la liberación. Pero este hilo cronológico es sólo una excusa. A medida que el relato avanza, aparecen los silencios, algo que los autores llaman “el silencio social sobre los sobrevivientes” no sólo de parte de la sociedad en general y de los cuadros militantes de la izquierda política, sino también el provocado por “la propia culpa que acarrea su propia sobrevida para las y los protagonistas”.

Son silencios que gritan. El más duradero fue el que provocó la hija que Yessie Macchi concibió en prisión con otro preso. Ocurrió en 1976 en el cuartel de La Paloma, un sitio definido por la propia Macchi como un lugar “de tortura y muerte”. Fue planificado. El compañero para concebir fue Mario Soto, con quien Yessie había establecido un vínculo emocional a través de la pared lindera de sus calabozos. Pero juntar a dos presos en un cuartel no era fácil. Hubo otros cómplices. Un soldado amigo ayudó durante sus guardias (la identidad del soldado se mantiene reservada), permitiendo los encuentros. La familia de Yessie la apoyó. Y contó con la complicidad de Elisa Michelini. Al final quedó embarazada el mismo día en que le confirman a Elisa el asesinato de su padre, Zelmar.

Macchi representaba para los militares el paradigma de militante, guerrillera y sediciosa; el objetivo era destruir esa identidad y la carga simbólica que representaba. Como no podía fugarse, ni quiso colaborar con los militares, decidió buscar la maternidad. Al concebir y convertirse en madre “se sustrajo a los límites trazados por el poder”, afirman Ruiz y Sanseviero. Yessie Macchi recuperó el poder sobre su cuerpo, poder que había perdido con la tortura. Los militares descargaron su furia. Mario Soto volvió a ser torturado, se le aumentó la condena, y se le omitió la atención adecuada para el cáncer que terminaría con su vida. Pero una mujer embarazada, cuyo estado había trascendido, los desconcertaba. “Estaban todos histéricos” relata Macchi, “los tipos me tiraban golpes pero ningún golpe fue en el abdomen”, ninguno “que podía poner en peligro el embarazo. ¡Porque no sabían qué hacer!” La crisis interna llevó a los militares a devolver a las once presas al penal de Punta de Rieles. La condición de rehenas había terminado.

Pero no el infierno. Punta de Rieles era, para las once, un paraíso comparado a las condiciones de los tres años anteriores, pero las restantes compañeras del penal recibieron el embarazo de Macchi con diferentes actitudes. El sector “pesado” de las presas la condenó y la aisló. No sólo a ella, sino también a las que la rodearon con un cerco protector. Embarazarse en esas condiciones era, entendían, una conducta inapropiada para la ética de una líder guerrillera. A su vez los militares, en una operación “enchastre”, sembraron rumores de que el padre había sido un militar. Esas versiones corrieron y ahondaron la miseria. Los autores entienden que “El embarazo de Yessie interpuso una experiencia vital constructiva en un escenario dominado por la destrucción, el sufrimiento y la muerte”. Como tal dejó en evidencia todos los discursos de poder imperantes, los de la represión carcelaria y los de las propias jerarquías tupamaras dentro del penal.

Ese embarazo aún hoy sigue siendo silenciado, a pesar de su peso histórico. “Provocó un primer y largo silencio” en Punta de Rieles, relatan Ruiz y Sanseviero. “A ese le siguieron otros silencios”. Como prueba de que aquel embarazo quedó “entre las situaciones indignas de recordarse es que no mereció ninguna mención en un trabajo reciente” sobre madres que tuvieron hijos en prisión (Maternidades en prisión política de Graciela Jorge, Trilce, 2010).

HOMBRES PRIMERO.

Los varones tupamaros también fueron grandes promotores de estos silencios. No todos, pero sí un grupo significativo de ellos, algunos de alta relevancia política actual. Comenzó a suceder en pleno accionar guerrillero, donde las mujeres debían luchar contra los estereotipos imperantes dentro del movimiento (ellas debían ser viriles, asexuadas, desaliñadas, o también lo opuesto, debían ser muy bonitas, con gran libertad sexual, y muy seductoras, lo cual era un arma más de combate). Continuó en prisión, con episodios llamativos, como la carta que los hombres presos les dejan a las mujeres en Punta de Rieles cuando a ellos se los llevan para el penal de Libertad. Esa carta, afirma Miriam Montero, “tenía un sobreentendido: no nos podemos conducir por nosotras mismas. Nos tienen que dar orientaciones…”. Vuelta la democracia en 1985, y vaciadas las prisiones, la primera presentación pública de los rehenes hombres se hizo en Conventuales. A partir de allí ocuparon el espacio público y se convirtieron en el símbolo de la resistencia. Casi sin mención a las mujeres, a pesar de que ellas fueron rehenas antes que ellos, y de que habían recuperado la libertad juntos.

En el capítulo “Ellas no cuentan” los autores estudian las diversas fuentes posibles de silenciamiento. Entre ellas, el por qué son percibidas como “distintas”. Dicen Ruiz y Sanseviero que la experiencia vivida por las once les dejó “un nuevo capital basado en la experiencia de la unidad y la diversidad”. Una experiencia más humana, más abierta, más crítica. Algo incompatible con el culto al héroe, al sacrificio del individuo en función de los ideales revolucionarios, y a la teoría de los dos demonios todavía imperante (ver recuadro). Algunos de esos relatos sostuvieron el crecimiento político exponencial que tuvo el movimiento tupamaro en democracia, y que les permitió alcanzar la primera magistratura (2009).

Algo de esa cultura diferente, muy femenina (y no feminista), ya generaba conflictos cuando la guerrilla estaba en plena actividad, tema del que tampoco se habla. Para el machismo imperante entre muchos tupamaros, las mujeres de carne y hueso podían ser demasiado sensibles, o no tolerar los rigores militares. Muchas se quejan aún hoy de que en pleno accionar guerrillero se les adjudicaban tareas de “mujeres” (como domésticas, por ejemplo). Si bien algunos testimonios, como el de Lía Maciel, hablan bien de sus compañeros varones (“me tocó funcionar con gente que no eramachista”), otras no lo recuerdan así. Una de Las Rehenas recuerda que en la clandestinidad tenía que estar dispuesta a ver con qué compañero se iba a acostar “para sobrevivir. Fue tan duro que tuve ganas de suicidarme… Me fui a Kibon a pegarme un tiro pero no pude”.

El tema crítico eran las armas. Si bien el movimiento tupamaro admitía militantes que no se sentían en condiciones de usar armas, casi todos los testimonios femeninos apuntan a condenar la fetichización que ciertos compañeros hombres hacían de esas armas. Porque iban a hacer cualquier tarea, por intrascendente que fuera, con un “fierro” encima. Resulta revelador el testimonio de Stella Sánchez, quien aprendió con curiosidad sobre todo tipo de armas, calibres, cómo limpiarlas, y hacer también algún ejercicio de tiro. Cae en manos de la policía al intentar escapar del cerco tras una acción de propaganda en la fábrica Niboplast. “Cuando me enfrenté a un policía no me animé a tirar. Me pasaron por la cabeza imágenes de ese hombre con una familia y preferí tirar el revólver y entregarme. Era 30 de marzo, y yo me casaba el 4 de abril…”.

La posibilidad de entrever al otro, y de ver cuánto del otro hay en nosotros.

SENTIDO CRITICO Y ENTEREZA.

El mayor logro de Las Rehenas está en sus testimonios, en la fuerza vital, única y diferente que surge de cada relato. Las ex rehenas hablan, se sinceran, expresan rabia o angustia, alegría o frustración. Se enfrentan a los investigadores (y al lector) con una óptica que descoloca y sorprende.

Está por ejemplo el tema del pudor conviviendo con carceleros hombres, del constante acoso sexual, de la amenaza permanente de violación y las estrategias elaboradas para enfrentarla. Los autores trabajan con mucho respeto e inteligencia el tema de la tortura. Esta experiencia, por su pérdida de sentido, de imágenes, incluso de lenguaje para expresarlo, hace que el relato subjetivo del torturado siempre sea incompleto. Anticipándose a la dificultad que enfrentará el lector para empatizar con esta vivencia, Ruiz y Sanseviero sugieren la lectura de otros trabajos, entre los que cabe destacar a Carlos Liscano (El furgón de los locos) y a Primo Levi (La trilogía de Auschwitz). La práctica de sugerir o remitir a otras lecturas está en todos los abordajes del libro, ya sea para destacar los aportesde Marcelo Viñar en psicoanálisis, para proponer una relectura de La agonía de una democracia de Julio Ma. Sanguinetti en el tema de los dos demonios, o para rescatar un trabajo como Tupamaros: estrategia y acción, de Antonio Mercader y Jorge Vera, de 1969.

Pero el mayor dolor, el que todavía perdura, sigue siendo el rechazo que sufrieron de parte de sus propias compañeras presas cuando retornaron a Punta de Rieles. Fue una nueva opresión perpetrada por mujeres, bajo la mirada del militar opresor, en la que se soslayó (o ignoró, o condenó) un acto tan central para la supervivencia de la especie como la maternidad. Flavia Schilling, por ejemplo, recuerda a esas compañeras “cuestionadas”, víctimas del silencio y el rechazo. En particular su sentido crítico y su entereza ante el sufrimiento. Que aguantaron todo, “como el caso de Cristina (Cabrera) mil cirugías” por una vieja herida, “sufrí todo lo que ella sufrió, jovencísima, llena de cortes, con una operación que drenaba todo el tiempo, o sea, el dolor que esa chica vivió, esa gente que (las criticó tanto) no tiene la condición de vivir la situación del otro, o sea de tener empatía por el otro, de ahí la condenación muy rápida”.

Quien haya leído a Juan Carlos Onetti, quien haya comprendido por qué el novelista uruguayo siempre fue intragable para cualquier discurso ideológico debido a la fuerza vital de sus personajes, entenderá por qué los libros con el enfoque de Las Rehenas son obras subversivas, verdaderos manuales contra el reduccionismo, los silencios, la política artificial y los discursos de ocasión.

Las Rehenas, Historia oculta de once presas de la dictadura, de Marisa Ruiz y Rafael Sanseviero. Fin de Siglo, 276 págs. Montevideo, 2012. Distribuye Gussi.

Dos demonios

LOS AUTORES sostienen que la negación de Las Rehenas está vinculada a la teoría de los dos demonios. Instalada en la discusión pública a partir de la restauración democrática (1985), señala a dos grandes responsables de los males del período: los militares golpistas y los tupamaros. Dicha simplificación no sólo permitió presentar como “responsabilidad de otros” lo acontecido y explicar las posibles restricciones que sufría la nueva democracia, sino que también limitó el debate.

Pero siempre -y a veces en silencio- se supo que había más actores implicados en la caída de las instituciones, con diferentes grados de responsabilidad (actores políticos, sindicales, gremiales), y que existió una violencia ejercida desde el Estado contra la sociedad civil que superó en forma amplia la llamada “guerra contra la subversión”.

A pesar de que han pasado dos décadas, el peso simbólico de los “dos demonios” sigue vigente. Prueba de ello son las memorias de varones tupamaros que han establecido el relato de esos años. Memorias que siempre actualizan las antiguas hazañas guerrilleras. Son historias de guerra cuya característica distintiva es “una insalvable distancia entre el narrador y lo narrado, donde el centro del asunto y lo importante es la disputa misma, expresada como lucha entre la violencia cuartelera y la conciencia de un revolucionario casi despersonalizado” afirman Ruiz y Sanseviero. Ponen como ejemplo las memorias, trabajos o dichos de Eleuterio Fernández Huidobro o de Mauricio Rosencof, y citan como caso antagónico el de Henry Engler. Mientras Rosencof dice que “Pensamos el suicidio como una medida de lucha, no para autodefuncionarnos”, Engler establece que “el suicidio no es una `forma de lucha`, sino un recurso humano para terminar con el sufrimiento”. Uno es el combatiente, el héroe que se inmola, y su inmolación es un acto de guerra; el otro es un ser humano de carne y hueso que no tolera más el daño infligido a su cuerpo, y busca terminar con su padecimiento. (Al cierre de esta edición, Engler, ex jefe de la temible Columna 15 tupamara, se arrepintió por las muertes en las que estuvo involucrado: “La muerte de un ser humano no la justifica absolutamente nada”. El País, 27/12/2012)

El héroe a veces se defiende diciendo que no tiene por qué rendir cuentas por hechos del pasado. Puede ser un argumento válido para los actos íntimos de ciudadanos comunes, pero no para los actos públicos de los hombres públicos, como es el caso del primer mandatario José Mujica. Sostiene el historiador Carlos Demasi, citado en Las Rehenas: “El discurso (de Mujica) del 18 de mayo (de 2011) vuelve a esa línea. No recordaba en los últimos tiempos un planteo tan tajante en el marco de la teoría de los dos demonios como el que hizo ese día. Me sorprendió que diera un paso más -ya lo han hecho otras veces los tupamaros- cuando dice algo así como `si yo que anduve con un arma al cinto digo que no hay que meterse en estas cosas, entonces nadie tiene por qué meterse`” (pág. 251). Como si sólo los dos demonios tuvieran derecho a escribir el relato sobre el pasado de los uruguayos.

La forma masculina y combatiente de estos discursos dejan afuera del relato las “`tretas del débil` que en la vida social son propias de mujeres, niños y niñas” dicen los autores. El considerado débil es despreciado, porque aceptar que el débil tiene poder de resistencia es incompatible con el heroísmo guerrero. “El tema del significado político y humano del culto al `heroísmo` no ha sido objeto de debate en Uruguay. Como casi nada”, afirman, con preocupación, Ruiz y Sanseviero.

El silencio, la descalificación y negación que sufren estas once mujeres “revela la incapacidad de la sociedad uruguaya” de comprender la experiencia vivida, a la vez que deja en evidencia los discursos de subordinación de género, de mujeres sometidas a un discurso masculino dominante en Uruguay tanto “de derechas como de izquierda” afirman los autores.