DANIELA BLUTH
Suele decirse que Uruguay es un país de escritores. Y aunque quizás los que viven exclusivamente de su producción literaria se pueden contar con los dedos de las manos, editoriales y libreros coinciden en que cada vez hay más autores outsiders que llegan a la literatura de áreas tan diversas como la medicina, el deporte o la política y encuentran en la escritura una instancia de gratificación. El libro, producto final que tanta dedicación implica, se convierte así en un elemento legitimador de una pasión, un hobbie o una vocación oculta. Si el éxito de ventas acompaña, aún mejor.
Haciendo a un lado periodistas y psicólogos, que encuentran en el libro un vehículo de divulgación de su material de trabajo, ya no sorprende cuando Ruperto Long publica una investigación sobre el Conde de Lautréamont, Daniel Baldi le escribe a los adolescentes sobre los conflictos propios de la edad o Juan Antonio Varese, escribano de profesión, se vuelve el especialista por excelencia de las costas y los naufragios uruguayos. La biografía del maestro Óscar Washington Tabárez, una de las obras más esperadas de este año, está en manos de otro deportista, el exbasquetbolista Horacio “Tato” López.
Aunque se le ha pronosticado la muerte más de una vez, este fenómeno es la confirmación de que el libro sigue vivo y con fuerza. “Hay mucha gente de otras áreas que recurre al libro, porque éste todavía legitima y tiene un prestigio que se mantiene en alza”, dice Álvaro Risso.
La abogada Marcia Collazo, el médico Günther Drexler, el diputado Fernando Amado y la humorista Manuela da Silveira son algunos ejemplos de este fenómeno que crece año a año. Convocados por Domingo, se encontraron en la librería Linardi y Risso, donde además de participar en la sesión de fotos, hablaron de literatura y se dejaron tentar con las infinitas estanterías.
CAPÍTULO I: LA VOCACIÓN. En la escuela y el liceo Marcia Collazo (52) siempre fue la alumna sote cuyas redacciones eran leídas en voz alta por la maestra. “Escribí toda mi vida, incluso obras de teatro que representábamos con mis hermanas”, recuerda hoy tras el éxito de Amores cimarrones. Las mujeres de Artigas (Banda Oriental), que le valió el premio Bartolomé Hidalgo Revelación y fue Libro de Oro en 2011 (el más vendido en no ficción de autor nacional).
De los cuentos clásicos de los hermanos Grimm, Andersen y Perrault que le leía su madre, pasó rápidamente a Homero, Goethe y los rusos, como los llama en total confianza, como Tolstoi o Chéjov. “A los 18 ya había leído La ilíada y La odisea, me sabía de memoria párrafos enteros de La divina comedia”, dice y aclara que se “adaptaba perfectamente a todos los mundos posibles”.
La figura de una madre profesora de literatura y un padre docente de historia hicieron su trabajo de hormiga. En la adolescencia empezó a escribir poesía. El peso de sus abuelos, Roberto Ibáñez y Sara de Ibáñez, dos personalidades destacadas de literatura nacional -él fundador del Archivo de Investigaciones Literarias y ella poetisa-, resultaron “un peso muy grande” sobre sus espaldas. Por eso, publicar no estaba en sus planes. “Es difícil imaginar lo que significa llevar esa carga. Para bien porque es un orgullo y para mal en el sentido de que yo pensaba que jamás iba a poder meter ni una vocal”, explica, hoy con humor.
Estudió derecho y profesorado de historia. La docencia le permitió “ir canalizando su mundo interior”. Dice que sus clases eran como cuentos. “A los alumnos les gustaban más que a los inspectores, claro”.
Hasta que un día hizo el clic. “Me di cuenta que lo que estaba haciendo era una bobada. Y decidí que iba a soltar mi trabajo. No me importaba lo que dijera nadie. Me di cuenta de que la literatura, como cualquier otra expresión artística, si no se publica no es nada, no sirve para nada”. Primero publicó poesía. El impulso continúa; la semana pasada entregó el manuscrito de su segunda novela.
CAPÍTULO II: LAS PRUEBAS. Muchas veces, el trabajo de estos outsiders del mundo literario duerme en los cajones durante años. Hasta que, como le sucedió a Collazo, deciden abrir la cancha y medir sus fuerzas. Para ello, los concursos son el terreno ideal.
Günther Drexler, renombrado otorrinolaringólogo y padre de Jorge, escribe hace más de 20 años. Se podría decir que se especializó en cuentos, que leía asiduamente a todo familiar que estuviera cerca. Hasta que, según él mismo asegura con ironía, ya no quisieron escuchar más. “Tanto les leí que los aburrí y entonces me mandaron al taller de Rodolfo Fattoruso”, recuerda. Después de analizar su trabajo, el docente le recomendó su publicación. Ante su resistencia, Fattoruso le dijo una frase con la que coinciden los profesionales del ambiente editorial: “Los escritores escriben para que los publiquen”. Günther decidió presentarse a varios concursos literarios, donde “con gran sorpresa” ganó numerosos premios.
Con un poco más de viento en la camiseta, en 1999 publicó su primer libro de cuentos, El monstruo de la Laguna Negra, y en 2007 su primera novela, La caída de la ominosa casa de la calle Ramón Anador. En 2011, a los 76 años, se jubiló de médico y se metió de lleno en la escritura. Así logró terminar Como el Uruguay no hay (no hay cómo llegar)…, su trabajo más ambicioso y removedor, pues cuenta las peripecias de su familia para escapar de la Alemania nazi.
“En este libro la principal motivación fueron mis nietos, que me empezaron a preguntar por el Holocausto judío. A medida que les empecé a contar cosas me di cuenta de que lo tenía que convertir en un libro”. Pasar del formato cuento a la novela “fue un salto difícil” pero gratificante. “Nunca fui de vender mucho, salvo con este último libro, que tuvo muy buena recepción y está casi agotado”, dice Günther. Editó 500 ejemplares con Mosca y ya está pensando en una reedición ampliada. “Una vez que están las ideas, ponerlo en papel, hoy con el invento de la computadora, es muy sencillo”, sostiene.
CAPÍTULO III : LA OPORTUNIDAD. “Normalmente, la gente que tiene éxito escribiendo tiene una cultura general y una formación que viene de algún lugar”, advierte Alicia Guglielmo, presidenta de la Cámara Uruguaya del Libro. Si la vocación es el motor, la avidez lectora es el combustible que los mueve. Son autores que quizás no tengan una formación formal en letras, pero sí muchas horas de lectura encima. “No es un dato lindo para decir pero tengo una biblioteca en el baño, leo permanentemente”, ejemplifica Günther.
Para publicar, los caminos son tan variados como los autores y los temas. Desde uno que llega con el manuscrito terminado hasta otro que recibe una propuesta concreta por parte de la editorial. El primer caso es el de Collazo, empecinada en publicar su novela con Banda Oriental. “Llamé a (Heber) Raviolo y le pedí una entrevista. Cuando vio que era mi primera novela y que tenía 600 páginas casi le viene un ataque. Al final me pidió dos semanas para leerla, pero a los tres días me llamó y me dijo: `La leí, me gustó y se publica ya`”, recuerda la autora. En menos de cuatro meses el trabajo estaba en las librerías.
En el otro extremo están los casos como el de Manuela da Silveira, que integra el plan 2012 de Santillana con un libro titulado “Manu de 0 a 30”, proyecto que nació de la editorial. “Uno de los procesos en los que está Santillana desde hace algunos años es el de generar proyectos”, explica Julián Ubiría, director de ediciones generales. “Tratamos de tener un termómetro, que por supuesto es subjetivo, que nos ayuda a saber qué le interesa a la gente. Y a partir de allí generamos un producto junto con autores, personalidades y el entorno”.
Fresca y carismática, Manuela (30), sin embargo, no es una improvisada a la hora de escribir. Estudió Ciencias de la Comunicación en Uruguay, se especializó en cine y guión en México, trabajó como redactora junior en una agencia de publicidad y desde hace unos años hace producción en Canal 12. Sin embargo, todavía le resulta difícil sentirse autora. “El hecho de estar escribiendo un libro es diferente. Todavía me cuesta darme ese lugar, todavía lo vivo con mucha culpa, como que siento que el saco me queda grande”, dice.
En pleno proceso de escritura -y de ida y vuelta con los editores-, Manuela disfruta cada paso que da con el nuevo proyecto. “La escritura te libera. Trato de sentarme y escribir un montón de párrafos, aunque después muchos no sirvan. El ejercicio de vaciar el silencio y llenarlo con palabras es útil, siempre sale algo que puede sorprenderte”, explica.
CAPÍTULO IV: EL ÉXITO. Quienes dedican cada minuto de su tiempo libre a escribir bien saben que hacer un libro no es sencillo. Mucho menos rápido. “Existe una construcción media romántica de que escribir es fácil, que sacar un libro que sea un éxito de ventas es sencillo, y eso no es verdad”, dice Guglielmo. “Escribir un buen libro da mucho trabajo, requiere muchas horas de esfuerzo, hacer una y varias versiones… Y después recién entra a una editorial, donde empieza un larguísimo proceso de trabajo, de corrección, de estilo, de edición, de sugerencias. Si no el libro, que es el objeto final, no es atractivo. Cualquiera que es adicto a los libros sabe que si encontrás uno que tiene problemas, habiendo tanto para elegir, lo dejás”.
En Uruguay, los autores extranjeros son los más vendidos del género narrativo, mientras que en “no ficción” los más exitosos son los locales. “Eso tiene sentido”, dice Guglielmo. “La gente compra libros sobre su realidad que escribió alguien que vive en su mismo lugar”. Dentro de este último rubro, las investigaciones periodísticas sobre la historia reciente lideran el ranking.
Sin sentirse periodista ni escritor, el diputado Fernando Amado (30) se metió en el mundo de las letras casi sin darse cuenta. Licenciado en Ciencia Política y dirigente del Partido Colorado, su primer libro fue, justamente, su tesis de grado: Desconfianza infinita. Lacalle, Sanguinetti, Batlle y Vázquez y la elección de sus cúpulas militares (Fin de Siglo). Su publicación fue el puntapié para que Edmundo Canalda, a cargo de la editorial local, le propusiera meterse en un tema tan apasionante como urticante, la Masonería. “Me dijo que se lo había ofrecido a dos periodistas importantes pero que ninguno había aceptado porque podía ser complicado para su profesión”. Amado se animó y escribió En Penumbras. La Masonería uruguaya (1973-2008), que va por su 18° edición, con más de 20 mil ejemplares vendidos. Le siguieron El peso de la cruz. Opus Dei en Uruguay, Oscar Magurno. El Padrino y La Masonería uruguaya. El fin de la discreción, todos ellos bajo el sello de Sudamericana. “En todos los casos eran temas rodeados de un manto de opacidad, secreto y prejuicio”, dice el autor. “Me gusta ser un instrumento para que la gente tenga más información sobre determinados fenómenos sociales, culturales, filosóficos o religiosos y pueda sacar sus propias conclusiones”.
Seguramente por eso, antes de comenzar con cada proyecto recibió advertencias de que los concretara. “Con el de la Masonería hubo una suerte de campaña de la gente que me quiere que insistía en que era mi fin, que corría serios peligros y que era el certificado de defunción de una carrera política que no había iniciado”.
Su faceta de escritor y de político “irrumpieron públicamente” al mismo tiempo, pero en las letras Amado prefiere definirse como “escribidor”. Más que la escritura, disfruta el proceso de investigación. “Es un momento de realización y adrenalina”, resume. A la hora de escribir es metódico y ordenado. “Es algo atípico que uno tenga un plan tan ordenado al inicio de la investigación. Y eso es algo que las editoriales valoran”, dice. De todos modos, siempre hay un ida y vuelta del material.
Su éxito de ventas le ha valido el apodo de “diputado best-seller”. Si bien no niega sentir “una satisfacción por lo económico”, asegura que no es lo más importante. “Sentir que lo que hago es de interés y que la gente accede a más información es el gran desafío de mis libros”.

Sano y con márgenes estrechos

Por ser un país pequeño, el mercado editorial en Uruguay no da lugar a la negociación. “Los márgenes son muy estrechos”, dice Julián Ubiría, de Santillana. “Si la propuesta es desmesurada directamente no la podemos hacer, porque la cadena de valor está muy acotada”.
En general, las tiradas son de mil ejemplares a riesgo de la casa editora. El escritor se lleva 10% del precio de tapa de los ejemplares vendidos por derechos de autor. El precio del libro es único y lo marca la editorial, un acuerdo tácito que rige en Uruguay casi que desde siempre y que, según editores y libreros, lo convierte en un mercado “sano”.
Según Alicia Guglielmo, de la Cámara del Libro, en 2011 las librerías vendieron “un poco más de ejemplares y un poco menos de precio promedio”.

LAS CIFRAS

10%
Del precio de tapa de los ejemplares vendidos es lo que recibe el autor. Algunas personalidades pueden hacer acuerdos especiales, pero son una minoría.

1.500

Títulos se registran anualmente en la Biblioteca Nacional, que otorga el ISBN, una especie de “cédula de identidad” no obligatoria de los trabajos publicados.

2.000

Ejemplares vendidos es una cifra “muy buena” para un libro de adultos. Es distinto en la literatura infantil, con cifras más altas y títulos que circulan más tiempo.

20.000

Ejemplares vendidos es un éxito rotundo. Son pocos los autores que alcanzan estas cifras. En Penumbras, de Fernando Amado, lleva 20.750 en 18 ediciones.


Fuente: El País Digital