Palabras de Marcia Collazo sobre Las cartas guardadas de Gonzalo Pérez del Castillo
en ocasión de la presentación de su segunda edición.
Sobrevuela en toda esta obra el problema trascendental de la humanidad: la lucha por la libertad, el amor y la muerte. El narrador, Daniel, menciona de entrada una frase definitoria: “Una cadena de sucesos protagonizados por esos tres seres humanos extraordinarios. Un trágico cuento de amor y de desencuentro”. Los tres grandes protagonistas, además del narrador, son Eduardo Cabral, un médico uruguayo que llega a La Tuna con el cuerpo de Voluntarios de las Naciones Unidas; Augusto Prat, el hombre de la mirada azul gélida, representante de la ONU en la República de San Martín, y una mujer que, para Eduardo, es “la mujer de su vida”, la que lo ha abandonado y se encuentra a miles de kilómetros de él, pero a quien no consigue ni desea olvidar. Entre Augusto y Eduardo nace una amistad –en mayo de 1988- que prolonga sus raíces en un verdadero vínculo visceral, que pronto se constituirá en una promesa y en un deber existencial, cuando la trama nos enfrente a otros sucesos. Esta es una historia de drama y de pasión, de búsqueda desesperada de la libertad (como ya señalé) y también de felicidad, esa condición esquiva pero siempre anhelada por los continentes, los países, las regiones y los seres humanos de carne y hueso. Y en todas esas dimensiones la esperanza y la libertad están presentes, libradas a un combate incesante con los escollos de la violencia, la guerra, el crimen y la destrucción.
La mujer en cuestión aparece precisamente en la página 138. Eduardo se confiesa con Augusto, y le habla de esa mujer misteriosa y esquiva, de la que estuvo y está profundamente enamorado. Una mujer que sigue viva, y que está inserta en un presente (y en un pasado) convulso y apasionado, del que vamos descubriendo lentamente sus más recónditos secretos, en verdaderas capas tectónicas de tragedia y de lucha. Esta mujer se enroló en el movimiento tupamaro en Uruguay, pasó a la clandestinidad y desapareció, simplemente, de la vida de Eduardo. Aunque se vieron años después en Roma, y tuvieron un encuentro apasionado, ella no quiso hablar de volver con él. Después, en 1989, algo sucederá a Eduardo Cabral (algo que mantendremos en reserva, a efectos de no develar la trama) y a partir de ahí se cierra una etapa y comienza otra. Así como también se cierra una parte de la trama y se inicia otra estructura, otro discurso literario, otro aluvión de incógnitas, emociones y epopeya. Ese parteaguas se establece cuando aparecen “las cartas guardadas”, que dan origen al título de la obra. Es entonces cuando aparece en toda su estatura la mujer de la que hablamos, María Dumont. Lo que sigue es una peripecia de nuevos encuentros y desencuentros, en la que cobra protagonismo –un protagonismo lacerante, conmovedor y apasionado- el tema del amor y la muerte, que ya estaba instalado pero que ahora resurgirá de sus cenizas como el ave Fénix, transformando el relato en una saga exasperada.
Muchas preguntas me surgen al abordar esta obra. ¿Cómo podemos entender el amor? ¿Cómo podemos entender la muerte? ¿Cuál es su relación? ¿Cómo podríamos definirlos? ¿Cómo se vislumbran en la vida de los seres humanos?
Creo que estos dos conceptos, que han sido objeto de muchos libros – imposible olvidar a Quiroga con sus Cuentos de amor, de locura y de muertepueden llegar a tener en nuestra alma más afinidad que discrepancias. El amor es un sentimiento poderoso, y tiene sin embargo infinitas maneras de manifestarse. A veces, como en el caso de este libro, no se menciona ni una sola vez (no en el caso de Eduardo, que sí lo expresa, hasta el cansancio) pero sí en referencia a los otros dos personajes. Un amor sin amor explícito, declarado, directo ¿puede llegar a ser amor? Y aun más: ¿es posible morir en nombre de un sentimiento que no ha sido pronunciado o verbalizado nunca? Quiero destacar esa polifonía del amor en el caso de Las cartas guardadas, porque me parece uno de los aspectos más destacados de la obra. No se trata, no se trató nunca, de un amor expresado a través del ansia de dominio. Acá hay anhelo pero no sometimiento. Acaso puede haberlo en Eduardo, que se rinde literalmente a los pies de su amada, pero no en el caso de los otros dos personajes, que son seres poderosos, implacables, cada cual a su modo, valientes y determinados, pero que no se permiten la menor claudicación, ni siquiera en los momentos de mayor intimidad y entrega. Y si confiesan hondos dolores y laceraciones, lo hacen desde el lugar de los guerreros que continúan lanzados al combate. No dan tregua ni la piden jamás. Y esa es otra de las formas del amor que otorgan potencia, originalidad y radicalidad a este libro.
Como expresa Hegel en la Dialéctica del Amo y el Esclavo, la conciencia que ama más es dominada por la que ama menos, al punto de que se puede producir la alienación del que ama más, no en el sentido de renunciar a la lucha por el bien en este mundo (Eduardo Cabral no renunció a ello, por cierto) pero sí en el sentido de enajenar la propia vida, en la esfera más íntima y secreta, o de transformarse en una persona muerta en vida, por efecto y por culpa de ese amor.
Las otras preguntas que me surgen son las siguientes: ¿el amor y la muerte cuando se relacionan son malos o son buenos? ¿es mejor, es ideal, es perfecto, amar y morir al mismo tiempo? o ¿no amar a nadie (o no reconocerlo nunca) y existir reivindicando la vida a partir de una lucha sin cuartel, como será el caso de María Dumont? Y María Dumont, ¿fue capaz de amar a alguien, a algo? Lo pregunto no desde los dichos, sino desde los actos.
En el diálogo El Banquete de Platón en una de las intervenciones de Sócrates, se trata de indagar sobre la naturaleza del amor, postulando que el amor es poseer lo que deseamos, pero ¿cómo querer a alguien a partir de la posesión? Sócrates explica que el amor desea lo que no tiene, entonces ¿dominar es alimentar al amor, es darle lo que quiere, o dominar equivale al no amor?, y en este diálogo se agrega que el amor está entre las dos cosas, no es malo ni bueno, y tampoco es un dios, porque si no sería el más feliz de todos los dioses; finalmente, plantea que el amor solo desea.
Por otro lado, dijimos que el drama y la muerte están presentes también en esta obra, y en tal sentido nos preguntamos ¿qué es la muerte? Ya que la muerte es al parecer la ausencia de la vida, el término de un ciclo de la existencia, el momento en que la conciencia se apaga, el paso a la vida eterna en un campo etéreo con los dioses o con un dios. Pero también la muerte puede ser el equivalente a vivir sin reivindicar la vida, vivir sin ser visto, solo respirar y ser un esclavo más. Y esto, en ningún sentido aparece en esta novela, pues a pesar de que la muerte sobrevuela toda la obra, nunca la muerte es un final definitivo.
Por eso recomiendo la lectura de este libro; porque me apasiona la apuesta del escritor, que yo también entiendo desde la significación de la filosofía existencialista donde la muerte no solo es desaparecer del estado de lo terrenal, sino algo peor: vivir sin existir, sin alimentar la vida, sin disfrutarla, sin ser feliz, sin haber dado algo supremo a los demás. Y si algo está presente en este libro, es el amor como una gran ofrenda a la humanidad.
En conclusión, creo que los conceptos amor y muerte están más enlazados que nunca cuando los concebimos desde la literatura y desde la filosofía, pero sin perder de vista la realidad en la que abrevan. Si la realidad es más poderosa que la imaginación, también es cierto que un buen libro sabe recoger trozos de esa realidad para proyectarnos a las grandes y profundas regiones donde el alma humana se expone, se levanta, busca un camino de redención posible. Por eso los invito a leerlo.




