Obdulio era brasilero es un rejunte de dieciséis cuentos escritos por cuatro tipos que no son nadie, al menos para usted y al menos hasta ahora. Cuatro tipos que no ganaron ninguna Copa importante, que no salen en la tele y que no escriben en los diarios; cuatro tipos que comparten la dudosa virtud de vivir el fútbol como un vehículo de las más diversas emociones que tiene para ofrecer este partido entreverado que es la vida.

En este libro descubrirá cuentos de fútbol que dejan al fútbol en segundo plano. Podrá, quizás, reírse; pero podrá también conmoverse. Podrá encontrar el amor de amistad, el amor de pareja, los conflictos cotidianos y los sueños imposibles. Podrá encontrar, en definitiva, dieciséis historias que nacen del deporte para terminar —Dios y usted mediante— en el más hondo de sus recuerdos emotivos.

No sea pacato, desconfiado y tacaño. Hágase un favor: lea el libro. Qué también.

 

Prólogo,
por Diego Muñoz

Los conocí por Twitter. Los cuatro me divertían mucho y los empecé a seguir. Me di cuenta de que eran talentosos, que tenían potencial. Eran capaces de hacerme reír y pensar, esto último algo infrecuente en una red social. Más tarde conocí sus caras y sus voces. Corroboré todo lo que presumía.

Cada uno tiene un perfil distinto, a pesar de las cosas en común. Si los tengo que definir con una palabra, digo que Ángel es reflexivo, Fede es gracioso, Andrés es irónico y Coco es un hincha. Eso se trasluce en los cuentos, porque cada uno tiene el toque personal de su autor.

Aun seguro de que el contenido me atraparía, me enfrenté al libro con algunas dudas. ¿Cómo me iba a abstraer de los cuentos del Negro Fontanarrosa, de Osvaldo Soriano, de Eduardo Sacheri? ¿Cómo hago para no compararlos?, pensaba.

El mejor remedio fue empezar a leer Obdulio era brasilero. Encontré historias inverosímiles y reales, emotivas y cómicas. Cada una logró el objetivo principal de cualquier escritor que se enfrenta al papel en blanco: contar algo atrapante. Mientras leía no pensaba en nada más y me sentía participe del cuento.

Cada historia que uno narra la imagina primero. Por más que haya sucedido. El que la escribe define cómo quiere contarla, qué quiere transmitir, qué parte decide narrar. Ahí está el carácter subjetivo de algo. Y el gran desafío es que esa historia, que siempre nace en la cabeza de su autor, sea atractiva para el lector.

Otros eligen una idea burdamente irracional y hacen ficción a partir de ella. Con algunos guiños, logran que el lector se sienta parte y llevan la historia a un punto neutro en el que ambos se encuentren. El modo de hablar, el humor, los nombres, las escenas cotidianas son el toque de realidad.

Hay de los dos estilos en este libro. Y eso lo enriquece todavía más.

Creo conocer a los autores como para saber que ninguno se guardó nada. Que esto lo encararon decididos, movidos, comprometidos por el desafío que tenían. Para ellos es importante que ustedes estén a punto de comenzar a leer los cuentos.

A los cuatro les encanta el fútbol. Y, tanto como el fútbol, les encanta escribir. Eso es lo más importante. No son periodistas deportivos. No buscan serlo. Pero son parte de una generación que permite soñar que no todo está perdido. Una generación que algún día liderará un cambio que obligará a que los que escriben de fútbol, además de opinar, también deban redactar las oraciones con sujeto, verbo y predicado.

Durante años se tuvo a los periodistas deportivos como intocables. Lo que decían era palabra santa, sus comentarios eran indiscutibles. Hoy eso, por suerte, no es así. Estamos inmersos en una realidad que los cuestiona y los obliga, que los expone ante la opinión pública. Y eso, en buena medida, se lo debemos a textos como los de Ángel, Fede, Andrés y Coco. Que obligan, exigen, suben el listón.

En tiempos de redes sociales que suelen ser un lugar donde muchos humanos exponen sus peores miserias, en las que desde el anonimato se insulta de la peor manera, desde donde muchos quieren saltar a la fama a costa de un chiste que es brillante solo para el que lo creó, hay cuatro tipos que escribieron un libro. Y que valen la pena. Al fin y al cabo, yo sabía que Twitter iba a servir para algo.

por Diego Muñoz