Muchas gracias por acompañarnos en esta noche tan inhóspita, tan lluviosa. Comprenderán que siempre para el autor de un libro, cuando este se presenta, es complicado, porque si uno hizo más o menos bien los deberes, lo que tenía para decir, lo dijo en el libro. Entonces, uno está siempre en inferioridad de condiciones. Entonces uno recorre eso que me parece tan fundamental que a veces perdemos de vista y que es comenzar por agradecer.

Quiero agradecer mucho a Edmundo Canalda  y a todo su equipo de Fin de Siglo porque evidentemente hay un gran esfuerzo profesional hecho con mucho cariño al armar este libro. Edmundo, para alentarme, me decía: “Lo mejor que tiene el libro es lo que está afuera”, y de alguna manera tiene razón. Te doy la razón porque hay dos cosas aquí en la tapa. Una es el título, que nos dio mucho trabajo porque yo con esa idea de reflejar lo que queríamos expresar, lo llevábamos al tiempo de Montessori, porque yo quería ponerle “La nueva educación”, que sonaba a la escuela nueva y a Edmundo no le gustaba nada. Me dijo: “Te mando siete títulos” y en todos ellos hablaba de la revolución educativa y le dije que estaba loco. “Fijate que al otro día, muchos van a decir ‘¿pero qué se cree Corbo, Varela?’”. Entonces, Edmundo eligió el título La alegría de aprender, que es un precioso título y es de una cualidad tremenda. Simboliza y sintetiza el mensaje del libro. El mensaje del libro es recuperar todo lo que significa el aprender que se ha perdido. El libro no abarca la parte didáctica más que en un esbozo, por lo tanto no se trata de eso, pero sí sintetiza la necesidad de recuperar todas aquellas condiciones que convocaban a la idea de aprender con alegría, con vocación, con ganas. Me parece que eso es muy importante porque lo primero que tenemos que recuperar es el hecho de comprender el valor en la educación. Increíblemente lo hemos ido perdiendo en esta sociedad. Antes, con familias con menos nivel cultural, eso era claro. La gente que era pobre y trabajadora lo tenía claro a lo mejor, porque venían de otro lado. Eran emigrantes que hacían un gran esfuerzo para sacar las cosas adelante. Recuerdo a mi madre, que venía de una familia humilde de emigrantes, sentándose conmigo a trabajar cuando yo era chico. Decía: “Vamos a trabajar”, el “vamos” lo tenía que hacer yo, pero ella siempre estaba presente allí acompañando y muchas veces hoy los padres y las madres hemos perdido esa condición de acompañar a nuestros hijos. Los viejos nuestros -sobre todo los que eran pobres- sabían que lo único que nos podían dejar era la llave de la educación, que era la que abría las puertas del mañana. De alguna manera, tenemos que recuperar esa visión.

La alegría de aprender, además de ser un magnífico título, siento que simboliza la recuperación de lo que creemos que es la educación, lo que es su sentido, su papel.

También está esa tapa magnífica que me gustó estéticamente y no me di cuenta de su valor hasta que, en un consejo de estos que tenemos en el Codicen con los directores por consejos, como siempre les llevo la carga de la barbaridad de un plan de estudios enciclopedista con trece asignaturas y concepción fabril de la época de la revolución industrial, uno me dijo: “Pero Corbo, tú siempre dices que es una barbaridad trece asignaturas para los chiquilines que pasan de la escuela al liceo y mira cuántas asignaturas hay en la tapa, tiene muchas más de trece”, porque ustedes ven que está llena de elementos que pertenecen al conjunto de ciencias.

Allí me di cuenta de que el árbol de la vida que está trabajado en la tapa no es la visión enciclopedista, es la visión que armoniza las ciencias, donde hay una síntesis que está dada por esas ramas y ese tronco del árbol que es justamente lo que hemos perdido especialmente en la educación media.

A veces, Santiago Pérez Castillo, nuestro rector, decía que cuando hablamos de universidad a veces hemos perdido lo de “uni”, que es esa síntesis de la ciencia que necesitamos entregar a los estudiantes.

Esto tiene de magnífico que también simboliza una cosa muy importante y es salir de esa concepción fabril industrial sobre la cual está formateada nuestra educación y dar a los estudiantes una síntesis que ellos no la pueden hacer por sí solos, especialmente en las etapas tempranas y entonces, nosotros les entregamos un mundo fragmentado, un mosaico de asignaturas y especialidades que no les permiten conocer cómo funciona el mundo, cómo es el mundo en realidad.

El libro efectivamente en su tapa dice casi todo. Simbólicamente, metafóricamente, dice mucho de lo que el libro quiere decir adentro, por eso agradezco esa capacidad para decir en la tapa lo que el libro quiere priorizar.

También quiero expresar mi reconocimiento, y más que mi reconocimiento, hacia mi familia. Una postergación que muchas veces hago con esta batalla, con este trabajo cotidiano, con esta realidad que uno enfrenta cada día desde la educación.

Mi agradecimiento a mi equipo de colaboradores: Marianella y Carlos, que muchas veces los someto a un sacrificio poco humano. Si mañana hacen una acción en el Ministerio de Trabajo por explotación, tienen toda la razón.

También quisiera expresarlo a mi formidable equipo de ProMejora. Es un equipo fabuloso que aguanta las tempestades y los vendavales y está siempre al firme; especialmente, a Mariela y a Ana que son las coordinadoras técnicas que me sufren, porque les reviso hasta las comas, cada letra, pero es muy importante, frente a la labor que tenemos que realizar, tener un equipo que sabemos que siente de corazón lo que hace y tiene ganas de hacerlo. Sabe que está jugando un papel importante en la promoción de la innovación de los cambios que necesitamos en la educación.

A tantos amigos que nos acompañan, por el cariño que permanentemente nos brindan. Gracias a los que están más cerca de nuestro corazón, que nos abrigan con su calidez, que nos acompañan cuando estamos fatigados; y explicar por qué está Alejandro aquí y porqué está Gerardo. Es un libro de educación, pero fundamentalmente quisimos tener la visión de Estado, la visión política, porque Gerardo es un intelectual de mucha jerarquía y mira la nación, mira la visión del país, en el marco de lo que pasa en el mundo y necesitamos esas visiones, recordando, como nos enseñó Pivel, que los grandes reformadores de la educación uruguaya en realidad, no fueron maestros o profesores, fueron fundamentalmente políticos.

Varela no era maestro, no era profesor e hizo una magnífica concepción de la educación primaria. Vázquez Acevedo hizo la reforma de la enseñanza secundaria y era fundamentalmente un político y Figari concibió magníficamente la idea de una educación técnica diferente a la que después tuvimos. Era un camino que lamentablemente no se tomó por el país pero su visión sigue siendo muy fuerte, muy vigente y es a donde tenemos que volver para bregar fundamentalmente en la idea del valor que tiene el trabajo en la construcción de la persona. Eso se ha perdido y tenemos que recuperarlo.

Quería estas dos miradas. Alejandro porque sabemos que la vida pública es inhóspita, sabemos que cuando vamos a ella lo tenemos que hacer -porque si no estamos liquidados- con la idea de que no vamos a recibir reconocimiento y que lo único que nos va a pasar cuando nos miramos por dentro, es que nos quedamos tranquilos, porque hemos servido bien, que es lo que más se puede aspirar en esta vida, además de amar, servir bien. Le dije a Alejandro: “Te quiero conmigo porque me parece que el país te debe un reconocimiento y yo quiero hacerte un pequeño reconocimiento personal”. El ya contó algunos recorridos comunes, pero en 2002 pasaron cosas muy difíciles y pudieron ser muy trágicas, y si en parte las salvamos fue por Alejandro.

En momentos muy difíciles de su familia tuvo que asumir compromisos graves y tal vez dejar aquello que más le importaba y tenía más cerca para poder sacar al país. Tengo muchos años en la educación, es la única vez que vi a un ministro de Economía subir por aquella escalera de Soriano 1045, para ir al Codicen, donde éramos también consejeros y nos dijo: “Miren, el presupuesto no existe. ¿Qué puedo proteger? Díganme cuáles son las prioridades y las vamos a proteger”.

Yo había escuchando en mi casa el día anterior a una niña que con su padre había venido a hacer un estudio en Malvín Norte y ese estudio empezaba con un ejercicio psicológico donde se le hacía dibujar a una niña bajo la lluvia. La niña dibujó a esa niña bajo la lluvia y no le puso un paraguas ni alguna protección, entonces las maestras que allí estaban le preguntaron: “¿Qué está haciendo esta niña?”, y respondió: “Se está mojando porque va a la cola del merendero y vuelve porque hay mucha gente y va de vuelta al merendero y sigue mojándose y empapándose”. Ahí, las maestras pararon y dijeron: “Esta niña tiene hambre, vamos a darle comida”.

Le dije: “Esto es lo que pasa, esto es lo que debemos de proteger”, y eso fue lo que Alejandro y la educación protegió primero. Debo recordar que en ese entonces se duplicaron la cantidad de niños que iban a los comedores para poder comer. Por eso lo quería incluir aquí hoy, porque creo que le debemos a él, como a otra gente, el reconocimiento, de los esfuerzos, del compromiso, de los sacrificios hechos.

Y quería tener a Gerardo, porque de alguna manera es culpable de mis padecimientos, porque desde el 2010 él me llamaba para reunirse conmigo. Me quería hablar y quería convencerme de que yo tenía que ir al Codicen. Fue el primero que empezó a trabajar en el camino, silenciosamente, pero que estaba atrás de todo el camino de un entendimiento entre los partidos, un entendimiento nacional para que la educación no quedara entrampada en las luchas político-electorales y tuviera una oportunidad en pensar juntos un plan de largo plazo en educación.

También quería que Gerardo estuviera aquí, no solamente por la amistad, por la forma en que hemos venido desde distintas corrientes de pensamiento, distintas tradiciones aunando visiones sobre el país, preocupados por las mismas cosas, sintiendo las mismas cosas, tratando de que no se nos escapara de las manos lo que hoy parece bloqueado y que se nos escapa después de tanto esfuerzo, después de tanta lucha.

Por eso también era importante que hoy estuviera aquí el senador Larrañaga, porque me consta de todos los esfuerzos y sacrificios de ese espíritu transparente y honesto con el cual encaró la idea de que el país necesitaba un entendimiento en esa materia. En estos días, en que parece valorarse poco esas cosas, yo quería rescatarlas.

Siento que el país necesita entendimientos, que el país no puede polarizarse en las visiones de los unos y los otros. Debemos salir de ese enfrentamiento que nos anula y que nos bloquea porque lo que pasa en la educación es demasiado grave, demasiado importante como para que cometamos el error (que sería trágico para el país) de esperar cinco años más para hacer cambios. Tenemos que seguir, a pesar de los traspiés, a pesar de los bloqueos, alentando la idea de que se puede tener entendimientos. Por eso, esta mesa también lo indica. Venimos de distintas corrientes de pensamiento, pertenecemos a distintos partidos y, sin embargo, estamos acunando una misma vocación o el mismo sentido de las cosas. Creo que entonces, eso es posible y me parecía que eso tenía que estar reflejado en este momento. Además, porque era muy importante que un intelectual de la valía de Gerardo nos acompañara  y para explicar esto voy a leer la carta de Ana Ribeiro, porque creo que dice muchas cosas.

“No podré acompañarte esta noche pues no estoy en Montevideo. Sin embargo, no quiero dejar de estar aunque sea por medio de la palabra, porque algo que dijo Jorge Larrañaga retumba en mi cabeza. Comentaba las gestiones en torno al pacto político por el tema educativo y dijo: ‘a los intelectuales les cuesta acompañarnos, no sé qué les pasa. No se comprometen con el tema educación’. El educativo es un tema complejo, y a las complejidades de estos intelectuales, los intelectuales les agregan el rizoma de sus pensamientos. A diferencia de Jorge, yo no protesto. Creo que así debe ser, que es parte de la esencia de los hombres de pensamiento, pero también creo que el enorme riesgo de darles contingencia a las ideas, llama a la puerta de los intelectuales con urgencia. No hacer algo hoy en Uruguay sería criminal porque todos sabemos que se requiere educación. No tres, sino cinco mil veces. Tú abriste la puerta y respondiste con la cuota de coraje que eso significa. No he leído aún el libro que presentan esta noche, pero no dudo que conozcas el secreto para enseñar con alegría, porque somos amigos desde que nos sentamos juntos en los bancos de la facultad y me consta que siempre supiste disfrutar del aprender y del enseñar. Te agradezco desde ya por tus páginas que, sin dudas, recogen el esfuerzo que has hecho en buscar una solución para un problema que a todos nos aqueja. Podrá no ser la fórmula ideal, pero, por sí o por no, te agradezco la generosidad y la valentía. Te envío un cálido abrazo de vieja amiga, otro para Gerardo, ese brillante intelectual que sí se anima”.

Y yo te debo decir gracias, porque hoy te animaste a decir.

No voy a explicar el libro porque pretendo que lo lean pero sí quiero decir que lo que pasa en la educación nos afecta en tres niveles que me parecen fundamentales. A los muchachos, a las muchachas, estos resultados que estamos teniendo los afectan en sus oportunidades de vida futura. Como sociedad, por ejemplo, el hecho que nos muestra la Prueba Pisa: que el 29% no alcanza ni en ciencias, ni en matemática, ni en lectura, las competencias mínimas para funcionar en sociedad, significa que un tercio de los jóvenes se nos está cayendo del mundo de mañana, se nos está cayendo de esa sociedad del conocimiento que lo va a marginar porque no va a poder entender sus claves, no va a poder entender sus lenguajes. Eso resulta trágico para todos.

Como lo digo en el libro, es cierto que -creo que es absolutamente racional, justificable y legítimo-, aquel que tiene un recurso paga la educación privada, y va salvando a su hijo pero al fin de cuenta no se salva nadie, porque al cabo de los años nos alcanzan esos excluidos y eso se manifiesta en el deterioro del tejido de integración social y se va a manifestar en la pérdida de calidad de convivencia.
Entonces, están bien las estrategias individuales pero acordémonos que lo que les pasa a todos, al fin nos pasa también a nosotros.

Lo tercero es que con los niveles de egreso que tenemos de la educación media (37 o 38%), en una sociedad que tiene tan poca gente, eso coloca un techo al desarrollo del país imponente. No se puede, con 38%, competir como se debe competir en la sociedad de conocimiento, con ese valor agregado del conocimiento, del aprendizaje. El país está décimo en las tasas de egreso de la educación media y eso es realmente trágico. En términos de individuos y de personas, en términos de integración de sociedad y en términos de desarrollo económico humano, esta realidad de la educación nos conmueve y pone un gran signo de interrogación sobre el destino del país.

O lo solucionamos, o hacemos los cambios que hay que hacer, o nos va a resultar trágico el mañana, porque está comprometido en mucho.

Lo decimos en el libro y también apelamos a cosas que decía Gerardo, es “como el Uruguay no hay”, al revés. Vamos perdiendo esa imagen que teníamos del país. Ya no tenemos aquello de que las generaciones nuevas superaban a las generaciones de los padres. Eso va dejando de ser verdad. Va dejando de ser verdad que en las escuelas se construía ciudadanía, porque la ciudadanía se construye sobre la base de la distribución de la igualdad de los aprendizajes. Tenemos profundas inequidades en los aprendizajes, tenemos exclusión, tenemos una segmentación territorial del poder social y por ende eso está afectando la construcción de ciudadanía.

La ciudadanía se construyó en base al papel de los partidos y al papel de la escuela pública.

En estos días, para el doctorado que estoy haciendo en Buenos Aires, Gerardo es mi director de tesis -siempre me reclama que le dedico poco tiempo-, para entregar un trabajo, fui a dos escuelas para complementar información del censo de 1908. El libro de matrícula de 1908 está impecable, con una letra soñada, y allí encontramos como información, en una población que tenía un importante contingente de inmigrantes, que los padres eran orientales (un tercio), mezcla de orientales y extranjeros (otro tercio) y el otro tercio, extranjeros; pero casi todos los niños eran uruguayos.

En la escuela observaba cómo era la actividad laboral de los padres. En la escuela Nº 5 de varones de tercer grado, por ejemplo, en el Cordón, en la calle Canelones, había un escribano, un arquitecto, un ingeniero y, al lado, un zapatero, tres almaceneros, dos carpinteros, un labrador que hacía faena agrícola, empleados públicos, empleados privados y pequeños comerciantes. Esa era la escuela: integraba la sociedad en aquella forma que explicaba la democracia como “los intercambios” entre los que están ubicados desigualmente. Ese intercambio entre los desiguales era lo que construía el espíritu de igualdad democrática. Como decía Varela: “Los que se han encontrado juntos en los bancos de la escuela ejerciendo los mismos derechos aprenden a sentirse iguales”; era eso la escuela pública. Eso es lo que hemos ido perdiendo y ese es el desafío.

Hemos avanzado con grandes sacrificios en el intento de un acuerdo político. Hoy ese acuerdo tiende a bloquearse. Entonces, ¿qué hacemos? De mi parte -y vuelvo a pedir disculpas a mi familia-, hemos hablado con algunos colegas que están aquí, con Gerardo, con Bianchi, con Teresita, con Robert Silva y con otros compañeros, la necesidad de empezar un movimiento ciudadano en defensa de la educación del pueblo. La idea de salir, departamento por departamento, ciudad por ciudad, a movilizar a la gente, a decirles: “Se trata de la educación de tus hijos o de tus nietos, ¿qué vas a hacer? ¡Vamos a empujar esto!”. Cuando se cierran puertas, abramos otras. Estoy dispuesto.

Espero que a los que estamos emprendiendo esta tarea no nos dejen solos, que nos acompañen, porque la convicción absoluta que tengo es que en esto nos va la vida, nos va el país, nos va el destino nacional, nos va el destino de la gente. Si perdemos esta batalla, entonces, perderemos lo que hemos sido como país, lo que hemos construido a lo largo de la historia. Ya tenemos signos emergentes de eso, no permitamos que eso ocurra.

No lo hagamos por banderías políticas, ni por egoísmos. Esos bloqueos no son admisibles. Juntemos las fuerzas y las energías para empujar la idea de la innovación y del cambio. Recuperar la idea de lo público desde una mirada republicana, que no es el Estado, tampoco es contra el Estado ni contra las instituciones. Es generar desde abajo la energía de la gente para empujar el cambio.                     A eso estamos comprometidos.

El libro -como bien decía Gerardo-, robado de madrugadas y de tantas cosas que uno deja por el camino, en realidad, es solamente un arma de lucha en esta batalla que viene, que vamos a emprender.

Hoy me siento menos desventurado al tener que hablar de lo que ya escribí, la idea es que sí tengo la idea con otros compañeros de decir: “Podemos hacer más y lo vamos a hacer y nos jugamos mucho”. En nuestro libro decimos ni más ni menos que todo esto está en juego, que es cómo hemos concebido al país. Si perdemos esta batalla, el país será otro y a lo mejor no nos reconozcamos en él.

Perdón por hacer esta historia contrafáctica.

Gracias por acompañarnos esta noche y por compartir con nosotros la alegría del libro, compartir fundamentalmente los mensajes de Alejandro y de Gerardo, que han sido lo más importante de esta noche, y convocar a ese coraje cívico de decir: “Esto también es nuestro problema y no nos podemos hacer los distraídos”.