En 1924, en la final de fútbol de las Olimpíadas, los franceses se rindieron ante los pies del uruguayo José Leandro Andrade. Era solo el comienzo: seguirían los triunfos en las Olimpíadas de Ámsterdam en 1928 y en la Copa del Mundo en 1930. Pero la fama y el éxito resultarán fugaces.
En esta edición revisada de su ya clásica novela —hoy convertida en el musical Merveille Noire—, Chagas devela acontecimientos hasta ahora desconocidos que arrojan nueva luz sobre la vida (y muerte) del primer astro negro del fútbol mundial.
«Esta novela es uno de los mejores homenajes que nuestra narrativa le ha dedicado al fútbol uruguayo. Hay en ella una apasionada erudición de época, un deseo ferviente de desentrañar las razones profundas acerca de cómo es posible que, en medio de un mundo que tiembla entre derrumbes, fascismos, golpes de Estado, miserias humanas y escepticismos vitales, exista un fenómeno como el Negro Andrade. Jorge Chagas capturó un delicado punto de inflexión en un mundo deportivo que, después de José Leandro Andrade, ya no sería nunca más el mismo. Gloria y tormento es una novela para levantar el ánimo y ponerse de pie en la tribuna de la memoria».
Mario Delgado Aparaín
«Un gran libro sobre Andrade. Pero decir eso es decir poco. Basada en una investigación que se prolongó por cinco años, Gloria y tormento es también —y al mismo tiempo— un notable libro sobre los negros del Uruguay. Es, para ser justo, un gran libro. Así, simplemente, a secas. Un viaje a mundos pasados que, bajo la superficie, todavía hoy siguen marcando el presente. Como los mejores viajes, son páginas que marcan y no se olvidan».
Leonardo Haberkorn
Jorge Chagas (1957)
Es historiador, escritor, compositor, licenciado en Ciencia Política y magíster en Historia Política. Ha sido ganador en cinco ocasiones de los Premios Nacionales a las Letras del Ministerio de Educación y Cultura. Obtuvo también el Premio Morosoli de plata en narrativa de la Fundación Lolita Rubial. Es miembro desde 1996 del taller literario Ruben D’Alba, que coordina el profesor Lauro Marauda.
Ha publicado con Fin de Siglo El sable roto. La novela del coronel Lorenzo Latorre (Segundo Premio Nacional de Literatura, 2015), La diosa y la noche. La novela de Rosa Luna (llevada a musical por Chagas y Jorge Heller en 2019) y El Pardejón. La novela de Fructuoso Rivera (Tercer Premio Nacional de Literatura, 2021).
Gloria y tormento obtuvo el Primer Premio Nacional de Literatura y una mención de honor en el Premio Municipal de Literatura (2003). En 2007 la comparsa Yambo Kenia la adaptó para su espectáculo, ganando el Primer Premio en el Concurso de Carnaval.
La obra de teatro musical Merveille Noire, inspirada en este libro y guionada por Chagas, se estrenará en 2022.
un presagio de cataclismo amenaza los andamios del mundo.
–¡La puta que los parió!
El vozarrón de estibador del Gallego Lorenzo Fernández retumba como un cañonazo en el estadio de Ámsterdam. Van doce minutos del primer tiempo. Se comió un amague del entreala azurro y quedó pagando. Uruguay pierde uno a cero contra Italia. Ni siquiera habían entrado en calor y ya los clavaron. Un zapallazo. Mazali ni la vio. La pelota quedó colgada en un ángulo y a cobrar. El título se les escurre de las manos. Los azurros están entonados. Tienen pulmones y piernas para rato. ¿Qué pasa con los celestes? Están abombados. Irritados. Embarullados. ¿Qué pasa con los campeones? La llama que brilló en Colombes se apaga. Falta el Mariscal Nasazzi y se caen a pedazos. El puntero Gino recibe la pelota del entreala como un regalo del cielo y desborda. Álvaro Gestido le sale al cruce. ¿Qué hora es?
La ciudad de Roma parece suspendida en el vacío. Fabrizio camina por los corredores del Palacio Venecia hacia el despacho del primer ministro Benito Mussolini. No es un día común, hoy, 7 de junio de 1928. Los carabineros que custodian la puerta están tensos. Les tiembla la barbilla. Se les nota el sudor en los rostros. Todos estamos parados –piensa Fabrizio– en un recodo de la historia. Habían pasado muchas cosas desde que entró en las oficinas de Il Popolo d’Italia para ponerse a las órdenes del hombre nacido en la Romania que escribía y hablaba con la voz de la Italia de Vittorio Veneto. Aún se emociona al recordar la reunión inaugural de los fasci di combattimento, nueve años atrás, en la piazza San Sepolcro de Milán. Él estuvo ahí. Junto a Mussolini, a Ferruccio Vecchi, a D’Annunzio, a… Fue el principio. Con aceite de ricino y fuego liquidaron la amenaza bolchevique. A patadas echaron del Montecitorio a los diputados socialistas. Formó parte de las escuadras fascistas que arriaron la bandera roja para izar la nacional tricolor. Tuvo el honor –se ha vanagloriado de ello más de una vez– de haber mantenido informado a Mussolini del desarrollo de la marcha sobre Roma y de haberle dado ánimo para que no retrocediera cuando el caso Matteotti. (El asunto está muerto, sepultado, olvidado. Fine). A pesar del tiempo transcurrido aún se emociona al oír las estrofas de Giovinezza, el himno fascista. Fabrizio abre la puerta del Salón de los Mappamondi. Mussolini está sentado a su escritorio, con una inmensa águila con las alas desplegadas a sus espaldas. A ambos lados hay dibujos de puños con el haz de varas –las fasces– que usaban como insignia los lictores de la antigua Roma. Mussolini levanta la vista. Fabrizio hace el saludo fascista. Las palabras le salen como disparos de ametralladora.
–Duce, los nuestros les están ganando uno a cero a los campeones del mundo.
Gino domina la pelota y finge irse por el medio. Gestido no se deja engañar. Mira la pelota y no los movimientos del puntero azurro. Busca trancar. Gino hace un quiebre de cintura. Los reflejos de Gestido son buenos y mueve su pierna con rapidez para lograr el quite. Falla. Por poco. Apenas toca la pelota. Gino logra mantener el dominio del balón y corre. Deja atrás a Gestido. El Gallego Lorenzo Fernández trata de llegar. No puede. Gino corre. Ve al golero uruguayo adelantado. Gino corre. Es ahora o nunca. Corre. Levanta el centro como aprendió cuando jugaba en las calles de su Ferrara natal. Con la cara interna del pie.
Y es el brillo, casi estúpido, de sorpresa, que cree percibir en los ojos de su secretario. ¿Cómo puede sorprenderse de que los atletas fascistas estén ganando? Es algo tan natural como la lluvia o el viento. Fabrizio lo mira ponerse de pie. Mussolini viste un traje oscuro con corbata negra. Adelanta, en actitud dominante, su mandíbula. Nunca le habla a nadie como un igual. Cada frase, cada inflexión de voz, cada gesto que hace expresa su desprecio por sus seguidores. Eso gusta. Pero Fabrizio, sin dejar de admirar su pose, presiente que en esta oportunidad el Duce está distendido y que sus palabras tienen algo de confesión: «¿Sabes qué escribió un historiador inglés del siglo XVIII? Que el mayor mérito del emperador Antoninus Pius fue que durante su largo reinado no ocurrió nada de interés. ¡Qué imbécil!». El Duce mueve arriba y abajo su brazo derecho para recalcar sus argumentos. Fabrizio lo observa en silencio. «Yo no quiero que ningún historiadorzuelo del futuro diga que mi gobierno era bueno solo porque logré que los trenes fuesen puntuales. Mi Italia fascista será recordada por la revolución que hemos iniciado; una revolución, como la pelota, hace una curva cerrada en el aire».
Mazali se lamenta de que Alvarito Gestido no haya podido parar al puntero. Mira la pelota. Advierte que viene con efecto. Está envenenada. Van trece minutos. El centroforward Balonceri es alto. Es corpulento. Sabe que la defensa celeste está débil. Si logran vencer nuevamente el arco uruguayo el partido estará liquidado. Balonceri sonríe. Mazali duda. ¿Debe salir a cortar el centro? No sabe bien qué harán Andrade y Canavessi, que son los últimos hombres de la retaguardia. Vacila. Extraña la voz áspera y precisa de Nasazzi ordenando al equipo. La pelota cruza el arco. Mazali se queda. Schiavo mira a Baloncieri, que está muy marcado. Este le hace una seña. Schiavo comprende. Oye el grito aturdidor de las tribunas: ¡FOOOOOORZA ITALIA! ¡AVANTI ITALIA!
«Credere, obbedire, combattere. Europa será fascista o no será. Winston Churchill estuvo aquí el año pasado de vacaciones. ¿Sabes qué dijo? Que si fuese italiano sería fascista. ¿Y George Bernard Shaw? Escribió que los italianos querían un tirano eficiente y por eso yo era amado. Es hora de que el mundo, el mundo entero, conozca el poder del fascismo. ¿Las democracias? Son cáscaras vacías. Te diré algo: yo siempre he sido un ferviente partidario de la educación física. Eleva la salud y moral del pueblo. Fortalece la raza. Solo un pueblo sano en espíritu y cuerpo puede lanzar al mundo su desafío. Solo un pueblo fuerte y decidido puede construir un imperio. ¡Eso es lo que quiero! Hacer que renazca la antigua grandeza romana. Como dijo Virgilio: «Tantae molis erat romanam condere gentem»». Fabrizio asiente. Bien que conoce ese pasaje de La Eneida. «Il Duce ha sempre ragione», piensa. Casi se lo dice en voz alta. Pero se contiene. No quiere romper el hechizo del momento. Está a solas con Mussolini oyendo sus íntimos pensamientos. Muy pocos en el movimiento fascista tienen semejante privilegio. «Observa bien el almanaque, Fabrizio. Observa bien. Hoy, 7 de junio de 1928, es una fecha histórica. Le contarás a tus hijos y nietos que viviste un día muy especial. El día que nuestros jóvenes deportistas fascistas se alzaron con un triunfo histórico».
Casi está el gol. Ya viene. Ya viene. El Gallego Lorenzo Fernández mira, impotente, a Schiavo elevarse para cabecear. Van trece minutos y medio.
Las tribunas presienten el segundo gol. El Gallego no se resigna a morir con los ojos abiertos. Mucho le ha costado ganar la titularidad. No fue fácil. El Pelado Alfredo Zibechi se había retirado y había muchos nenes para el mismo trompo. Los seleccionadores lo miraban con desconfianza. Creían que era demasiado «leche hervida». Nasazzi, como siempre, desvaneció toda duda.
«Señores, no piensen ni discutan más. El centrojás tiene que ser Lorenzo Fernández». Así se hizo. Fue campeón en el Sudamericano de 1926 en Chile. Estuvo en la gira de Nacional al año siguiente. Se jugó el pellejo a la hora de los entreveros y trompadas, espalda contra espalda con sus compañeros. Nadie tiene más huevos que él. Después, el sueño dorado, la nominación para las olimpíadas. ¿Se irá, ahora, todo al garete? ¿Le fallará al Mariscal, que lo está observando, al hombre que se jugó por él? ¿Hoy, 7 de junio de 1928, quedarán enterradas todas las ilusiones? El Gallego Lorenzo piensa en la cara de Nasazzi si caen vencidos. No le hará ningún reproche pero, pero… Grita desesperado.
«¡Eso no es todo! ¡No, señor! Este día también será recordado porque surgió una raza vigorosa. Una raza de titanes. ¿Uruguay? ¿Esa republiqueta insignificante figura en el mapa? ¿Cómo pueden ser campeones del mundo en algún deporte? Es una democracia, ¿no? Las democracias son débiles, perezosas, corrompen a los hombres. Los vuelven afeminados. Las democracias están hechas para morder el polvo. Llevan la simiente de la derrota. Es solo cuestión de tiempo. Pronto el fascismo les extenderá el certificado de defunción. Caerán como frutos podridos. Sí, Fabrizio. Esta victoria será apenas el principio. El mundo presenciará el nacimiento de nuevos dioses. ¿Sabes de qué me enteré? En el equipo uruguayo alistan dos negros. Dos negros… Uno está jugando ahora. Ahora mismo. Ante eso yo grito: ¡nooo!».
El Gallego Lorenzo no quiere regresar a Montevideo con la cabeza gacha, derrotado. No quiere ser uno de los que perdieron los laureles de Colombes. No soportaría tamaña vergüenza. No soportaría el ludibrio de aquellos que nunca creyeron en él. Preferiría que un rayo lo fulminara ahí mismo, en el medio de la cancha. No regresaría a Uruguay. No, no, no. Se volverá un bichicome y vagará, convertido en una mojiganga, por Europa. Gestido le hace un gesto de impotencia. Se viene la noche. La pelota está en el aire. Mazali se decide. No va a salir. Se viene la noche. Dejará que el centroforward azurro cabecee, después… verá. Schiavo se eleva y antes de que su frente le pegue a la pelota imagina los festejos que habrá en toda Italia. Imagina los gritos… «¡Horror! Nunca presencié semejante demostración pública de decadencia de una nación. Como si una familia mostrara con orgullo a sus vecinos un hijo deforme. Esto es contra natura. Agrede el sentido común. Es inadmisible. ¿Qué clase de personas son sus gobernantes? Mestizos, plutócratas, masones, pacifistas…». Fabrizio no habla. Asiente, embelesado. «¿Sabes en quién pienso? En el rey de Abisinia, Haile Selassie. Me ha enviado de regalo unos cachorros de león. Pobre reyezuelo negro. Pobre reyezuelo bárbaro. Cree que lo voy a tratar como un igual. No comprende nada. El Estado fascista es, ante todo, un deseo de poder y dominación. Por eso le quité la isla de Corfú a los griegos. Italia debe ser un imperio. Una expresión militar, moral y espiritual. Con señores y siervos». Fabrizio advierte que el Duce está por revelarle un secreto. Algo que está en lo profundo de su mente. Algo que no saben sus ministros. Ni sus generales. Capaz que ni el mismo rey Víctor Manuel. «Abisinia será nuestra. Convertiré a los italianos en amos de una raza inferior. Te diré más. Puedo asegurar que nadie en el mundo moverá un pelo por ellos. ¿La Liga de Naciones? ¡Ja! Protestarán, hablarán, amenazarán, suplicarán… y nada más. Cada cual cuidará su culo. Esos uruguayos son abisinios. Son negros».
Está emocionado por sus amigos, que están atentos a las noticias de los telégrafos, ansiosos por el partido, ansiosos por gritar un gol suyo. Imagina a su mamma amasando tallarines y mirando el almanaque con las citas del Duce para que la fecha, 7 de junio de 1928, quede grabada en su memoria. Imagina al tío Paolo con su mandolina, a la prima Sophia con su eterna tristeza, a la nonna sentada a la puerta de la casa, con la mirada perdida, pelando cebollas, silenciosa, esperando. Imagina a su novia Ornella, con su cabellera de Medusa, su lunar con forma de estrella en la mejilla y… aaaah, sus tetas redondas y perfectas. Imagina el orgullo que ella sentirá cuando él venza el arco uruguayo. Pero hay algo más. Más hondo. Si ganan hoy a los campeones del mundo, serán imbatibles. Serán temidos. No habrá rival capaz de hacerles frente. Si ganan hoy acariciarán el título. El fascismo necesita héroes populares. Ellos. «Mussolini ha sempre ragione», piensa. No debe fallarle al fascismo. No debe fallarle al Duce. Por eso su salto es enérgico.
«¿Comprendes, Fabrizio? Están condenados. Derrotados de antemano por su propia impureza. El mundo presenciará un triunfo más del fascismo. El triunfo de la voluntad. Digo que el deporte es como la política: la continuación de la guerra por otros medios. Ya no hay lugar en el siglo XX, el siglo del fascismo, para los débiles, para los impuros». Fabrizio sonríe. «No olvides nunca este día. Es nuestra hora. Nuestra juventud que le pega con fuerza a la pelota. Con rabia».
Mazali se estira y no alcanza a retenerla. Sus dedos rozan el cuero. Lo siente, como nunca antes, áspero, desagradable. Por primera vez en su trayectoria de jugador, el balón le resulta un objeto obsceno. Van catorce minutos. La pelota lo sobrepasa y queda boyando. Se viene la noche. Mientras cae y trata de recuperarse, Mazali mira a Canavessi, que corre buscando sacarla. La pelota está ahí, en una tierra de nadie, casi sobre la línea del arco.
Andrade corre con la misma intención, «… y se mirará en el espejo de esta eminente victoria deportiva. Cuando regresen los jugadores los haré desfilar con coronas de laureles, en cuadrigas tiradas por caballos blancos, vestidos con túnicas dálmatas y togas púrpuras, como los antiguos legionarios que venían de conquistar tierras remotas para gloria del César y del imperio. Será el renacimiento de la Roma antigua. La Roma imperial. La Roma a la cual todos los pueblos bárbaros respetaban, envidiaban y temían. Atrás de nuestros futbolistas irán nuestras tropas marchando con paso de ganso. Deporte y guerra. Guerra y deporte. Ordenaré a la Unión Cinematográfica Educativa que pase en todos los cines este partido que marca el inicio de una era nueva. La juventud de todo el mundo se convencerá definitivamente de que el fascismo los conducirá a…». La pelota, por su propia inercia, pica y va hacia la red.
Canavessi corre. Andrade corre. Mazali trata de girar el cuerpo, como si hiciera un complicado ejercicio con las argollas, para atrapar el balón. No puede. Se viene la noche. Los tifosi se levantan de sus asientos. Canavessi corre. Andrade corre. Los hinchas azurros se aprontan para gritar. Canavessi y Andrade, en el apuro por sacar la pelota, chocan. Canavessi cae de espaldas. Andrade no. Queda en una extraña posición. De costado. Hace un gesto de dolor. ¿Está lesionado? La pelota sigue su curso. El estadio es un solo grito: ¡GOOOO…! Mussolini no puede terminar el discurso. Observa que otro secretario ha entrado al Salón de los Mappamondi y le entrega un papel a Fabrizio. Este lo lee atentamente y su rostro se ilumina. Habla con una mezcla de solemnidad y euforia apenas contenida.
–Duce, ahora ganamos dos a cero.
Mussolini, hinchado de euforia, alza los brazos.
«¡Bravoooo!». Nooo… La pelota aún no ha entrado.
No ha entrado. Está casi sobre la línea del arco. Se viene la noche. Mazali se resigna. Canavessi está tumbado.
«Es mi culpa», piensa, desesperado, mientras trata de incorporarse. «Por una chambonada mía perdimos el Sudamericano de Lima. Por mi culpa los porteños se nos rieron en la cara. Ahora vamos a perder el título olímpico. ¿Cómo explicárselo a Nasazzi? ¿Cómo me voy a disculpar con él? Otra vez será mi cul…». El Gallego Lorenzo hace un intento tan heroico como vano de llegar al área chica. Sabe que no podrá. Pero es porfiado. No llega. Se agarra la cabeza. Gestido, impotente, patea el césped. La pelota rueda, rueda. Andrade, en el suelo, se apoya en el hombro y… «¡Foooorzaaaa, Italia! ¡Arriba los nuestros!». Mussolini afloja los músculos. Ya no tiene la pose marcial. Se distiende. Se acomoda los botones del saco y la corbata. Mira el águila y la acaricia. (A Fabrizio se le ocurre que ante el toque del Duce el ave podría cobrar vida y salir rauda a la conquista de los cielos, porque el toque del Duce es mágico, porque tiene poder, el poder de hacer lo que otros no pueden, el poder de hacer imposibles, de cambiar la realidad, de vencer, porque eso es el fascismo: el triunfo de la voluntad por encima de todo). Mussolini ríe y estira su pierna. La pelota se frena. Juuuusto en la línea. Como si una mano invisible la hubiese atrapado. Van catorce minutos y medio. Andrade logra retenerla con su botín. Gino no entiende. Baloncieri no entiende. Schiavo, que estaba a punto de festejar, tampoco entiende. El grito de gol, a punto de explotar en el estadio de Ámsterdam, se ahoga. Y muere. Los tifosi, atónitos, miran cómo el negro alto se pone de pie muy despacio. Parece tener todo el tiempo del mundo. Andrade ignora la angustia que hay a su alrededor. Por un brevísimo segundo mira –ellos así lo creen y no podrán olvidarlo mientras vivan– con ojos hieráticos a los tifosi.
Como si los despreciara. Ellos quedan paralizados. Luego avanza con la pelota. Driblea a los desconcertados rivales. Hace una pisada y la toca para el Gallego Lorenzo. Mussolini le habla a Fabrizio con confianza y seguridad.
«¿No te dije? ¿No te dije? Nadie podrá con nosotros.
¡Nadie! Los fascistas estamos destinados a la gloria». El Gallego Lorenzo, aún sorprendido, recibe la pelota. Por un momento no sabe qué hacer con ella. Reacciona. Era un hombre acabado pero ahora saca pecho. Vuelve a ser el Patrón de la Media Cancha. Grita. Ordena. Gesticula. Se la da a Scarone. Uruguay despierta de su letargo. Scarone mira a Petrone, pero con un rápido golpe de vista advierte que ríe. «Es nuestra hora, Fabrizio. Nuestra hora». Mussolini está tan contento que no ve a Fabrizio recibir otro mensaje y quedar tan sorprendido como sombrío. ¿Qué ha pasado? Fabrizio no se anima a decirle a Mussolini que Cea está mejor posicionado. Scarone se la toca como al Vasco le gusta, cortita y al pie. Petrone corre por el medio. Van quince minutos. Los jugadores azurros siguen anonadados. Ma… ¿qué pasó? Petrone corre. Cea lleva la pelota. Petrone corre. Cea, casi al borde del área chica, nota que no hubo tal gol. Fue una información equivocada. Mussolini ríe. Fabrizio, aún incrédulo, vuelve a leer la noticia. ¿Qué ha pasado? Los celestes son los que ahora dominan las acciones. Italia retrocede. Le cuesta creer que todas las ilusiones se evaporaran así, como pompas de jabón. Ma… ¿qué ha pasado? (El águila no vuela, ve ahora un pájaro en la pared, un pájaro que no es real, ni siquiera está muerto, parece un ave grotesca, tan grotesca como… ¿qué ha pasado?). Siente miedo al ver que el golero está desatento y ¡patea! Fuerte. A colocar. El golero azurro queda parado. No atina a nada. La red se hunde. ¡GOOOOL! ¡GOOOOLURUGUAYOOOO!
Cea grita a más no poder. Todos gritan. Los celestes empatan. Nadie en el estadio entiende qué pasó y ven cómo Mussolini, ajeno a la realidad, ríe y dice con voz emotiva:
«El fascismo acaba de vencer a los abisinios del fútbol. Hoy, 7 de junio de 1928, ha destronado a los reyezuelos del fútbol, los ha expulsado de la historia, es nuestra hora, nuestra hora». Fabrizio titubea. ¿Debe decirle? «Il Duce ha sempre ragione». Carraspea. Las palabras del Duce le suenan, ahora, igual que el cloqueo sin sentido de una gallina. Nada le dice. No puede. Tiene un miedo inexplicable. Prefiere salir del Salón de los Mappamondi sigilosamente, casi en puntas de pie. Lo último que ve es que los jugadores uruguayos se abrazan y palmean a Andrade. Hoy, 7 de junio de 1928, Uruguay ha vuelto a ser el de Colombes. Aún aferra con fuerza la copa. Aún es el campeón del mundo. Y, como sin nada le importara, como si fuera indiferente a todo…
Mussolini ríe. Andrade ríe.
Recién terminé de leer esta novela. Esta muy redactada, la trama te lleva a un final inesperado. Si te gusta la historia y conocer los secretos de un gran futbolista, esta novela es ideal.
Es una gran novela. La mejor que ha escrito Jorge Chagas.




Alberto Tarigo –
Es una gran novela. La mejor que ha escrito Jorge Chagas.
Gaston Gaillardo –
Recién terminé de leer esta novela. Esta muy redactada, la trama te lleva a un final inesperado. Si te gusta la historia y conocer los secretos de un gran futbolista, esta novela es ideal.