Paloma sufre de parestesia: paulatinamente deja de sentir. Primero los dedos, luego las palmas, luego el pecho. Anestesiada por un matrimonio aburrido, por una maternidad que no la hace feliz, por un trabajo que paga las cuentas, pero que la hastía. En un juego de espejos, Paloma es una nueva mujer de Lot que parece condenada a convertirse en estatua de sal, no por mirar hacia atrás, sino por mirar más adentro.
Desprovista de toda hipocresía, Parestesia es el retrato de una mujer actual, dispuesta a desafiar los roles establecidos por una sociedad patriarcal al tiempo que trata de no hundirse. Escrita con suma elegancia, esta novela es de una rudeza cruel, pero certera.
Con una prosa que roza el lirismo en cada una de sus frases, Lorena Spatakis está a la altura del erotismo de Anaïs Nin y del flujo de conciencia de Virginia Woolf. Sin duda, una voz mordaz y sin artificios que apunta maneras en la literatura latinoamericana.
Laura Martínez-Belli
Lorena Spatakis, Montevideo, 1980
En 2018 publica su primer poemario, De lo que hay en el espejo.
En 2019 obtiene el segundo puesto en los Premios Saúl Ibargoyen (Casa de los Escritores) por su libro de cuentos Terrible lucidez amarilla. Ese año debuta en dramaturgia con Salir a la cancha, protagonizada por Victoria Rodríguez y Catalina Ferrand (Teatro Breve).
En 2020 participa en la escritura del guion, actuación y producción del cortometraje Babel. En el mismo año edita su segundo poemario, La reveladora confusión de la codeína (Yaugurú). También debuta en música como coautora de «Falacias», canción de Otro Tavella & Los Embajadores del Buen Gusto, una adaptación del poema homónimo presente en La reveladora…
En 2021 publica cuentos y poemas en libros colectivos y antologías en Uruguay, Argentina y España. Colabora en difusión cultural para el Centro Cultural España, Textos Intrusos, museo Gurvich, entre otros.
Parestesia es su primera novela.
Las calles de Carrasco los días de tormenta colapsan de madres abnegadas que, si a duras penas saben manejar, menos son capaces de interesarse por el otro conductor. De hecho, creo que el otro para ellas es un concepto inexistente.
Un trueno me despabila. El vaivén del limpiaparabrisas me mantenía bajo un irritante efecto hipnótico. Tengo delante unas cuantas camionetas con sus correspondientes madres esperando ante el semáforo. Son lentas hasta para volver a sus casas. O quizás por eso. Es culpa de ellas que me sea imposible ser puntual. No me gusta hacerlo esperar, por eso hoy procuré llegar con tiempo al colegio con los chicos. Entramos corriendo y saludamos con la cabeza al portero chiquito y bigotudo con aspecto de boliviano, que al pasar le tocó la espalda a Juana. Traté de disimular mi desagrado. Mientras Juana iba hacia la cantina a dejar la vianda, me quedé observándola. La pollera corta del uniforme y sus largas piernas de niña precoz me dieron algo entre nostalgia y envidia. Pero sobre todo preocupación: si yo no podía dejar de mirarla, ¿cómo podría el portero, o el profesor de taekwondo?
En ese momento empezó el cosquilleo. Me sobrevino una mezcla de fascinación y miedo. La secuencia se repite de manera inequívoca: empieza en el anular y se contagia al resto de los dedos. Cuando ocurre quedo petrificada mirando mi mano como quien observa un cuerpo ajeno. Me asombra cómo, a medida que la sensibilidad se desvanece, los pensamientos se aceleran. Esta percepción alterada de mí misma me perturba, me inquieta, pero, sobre todo, me intriga. La ausencia de estímulo táctil dispara una cadena de ideas incontrolables, en alud, como si todas las posibles explicaciones de lo que me sucede se desplegaran en abanico ante mí. Tengo que elegir creer en una, aunque todas sean inverosímiles.
Mientras, la maestra de Juana, siempre inoportuna y con una locuacidad incompatible con el alba, me contaba que le había encontrado una manchita negra en un diente a su hijo, que por favor se lo atendiera, que si tal día u otro. El palabrerío se me distorsionaba con la lluvia como telón de fondo. Solo podía pensar en el anular inerte. Y en la hora: me quedaban diez minutos para llegar. Juana volvió de la cantina y se metió en el salón.
–¡Qué tengan un lindo día! –interrumpí a la maestra, y me alejé.
A Joaco no sé ni cuándo ni cómo lo dejé en su clase. Tuvo que ser después de dejar a Juana, aunque no lo recuerdo; solo podía calcular la cantidad de cuadras y semáforos que me separaban del Portones Shopping. Entonces salí aliviada, corriendo, me despedí de Bigotes y disparé hacia el auto. Prendí el motor y me miré en el espejo retrovisor. Mis pelos acusaban la humedad, pero la agitación me sonrojaba, me sentí más atractiva que nunca.
Lo de los dedos me excita, me divierte, me resulta casi perverso tener que disimular. Supe fascinarme las primeras veces con los dedos dormidos. Probé apagar velas, pincharme a propósito con la sonda, arrancarme pellejos hasta verme sangrar; mi imaginación se volvió tanto más florida cada vez que me masturbé.
Parestesia. Sé bien lo que tengo. Es como si las terminales nerviosas de mis yemas comenzaran a centellear, dejando de enviar una respuesta correcta al cerebro. Y aunque trate de disimular, mi cerebro depende del estímulo permanente, una conexión concreta, inmediata, inequívoca. Lo desesperante es que invariablemente, y nos va a llegar a todos, un foco mal adaptado se va a ir aflojando hasta perder conexión con la base, o hacerlo con intermitencia, lo cual termina siendo lo mismo.
La clave podría estar en disimular lo mal adaptada que estoy.
La primera vez que surgió esa molestia estaba pegándole un bracket en un incisivo central a una judía insoportable, de esas que por tener plata se creen dueñas del mundo. No hay como atender a un paciente insufrible para que las cosas se compliquen. En medio de la consulta dejé de sentir el dedo. Me excusé para ir al baño; me saqué el guante, pero no noté nada raro. Al ratito recuperé el tacto y no le di mayor importancia. Bien. Siete minutos tarde es perdonable. Entro al estacionamiento por la entrada lateral, la del museo Espacio Ciencia del Latu. El parking está casi vacío. Veo la camioneta roja desbalanceada con el foco trasero partido y se me hace Sodoma; estaciono a su lado. Sé de varias conocidas que hacen lo mismo. Las mujeres del barrio residencial parecemos tontas, es innegable que la mayoría lo son, pero no se necesita una maestría para manejar el viejo arte de la corneada. Trato de adivinar cuántos de los autos estacionados a esa hora estarán haciendo lo mismo. Lo sé, todos los ladrones creen que los demás son de su condición. Teniendo eso en cuenta calculo que quizás sean la mitad. Me cambio de auto cubriéndome la cabeza, en especial la cara, con la cartera.
–Estás linda –me dice–. ¿Cómo te fue ayer? –Me río y le pregunto si de verdad le importa.
Todo de Felipe me gusta, todo él. Podría llegar a observarlo por días y no saber nunca qué es lo que me enciende tanto. Y también está el auto, la lluvia, el repiqueteo en el capó.
–Arrancá, dale, que está todo trancado. Si no, cuando lleguemos a tu casa nos vamos a tener que volver.
Se sonríe de costado, con esa mueca que me tortura la existencia.
–De hoy no volvemos. Es un camino de ida. Me contó un pajarito que te vas a quedar todo el día conmigo –dice.
Revoleo los ojos sin contestarle, y muy despacio empiezo a abrirle la bragueta. Se ríe.
–No perdía nada con intentarlo. Franz dice que la fantasía es la única verdad de los amantes.
–Citas literarias de desayuno, ¿en serio? ¡Con el hambre que tengo! –le contesto, mordiéndole el labio, y me agacho, decidida, hacia su entrepierna.
Con Felipe compartimos ese no sé qué nostálgico de las personas que tienden al drama. Me gusta Felipe. Me gusta sentirlo en mi boca. Lo quiero y lo deseo para mí. Me gusta sentirlo en mi boca así de duro mientras lo acaricio, suave, lento, presionando y friccionando, cuando, de la nada, vuelve el entumecimiento. Primero es un hormigueo, después verdaderas cosquillas, empieza en el anular y en cuestión de segundos se contagia al resto de mis dedos, que cerrados en racimo por debajo de mi boca van desapareciendo de a uno. Estoy llenando de vida a un hombre con mi mano muerta.
[…]
Lo genial de la consulta en la que instalo un nuevo tratamiento de ortodoncia es, además de la paga, que tengo a los pacientes calladitos durante una hora mientras les pego los brackets.
Se quedan con la boca abierta, como peces fuera del agua, dibujando una o con los labios con la ayuda de un instrumento de plástico que mantiene las mejillas separadas y la lengua retraída. Un instrumento que bien podría haber sido usado como método de tortura durante la Inquisición, o como habilitante de algún juego sadomasoquista, pero que resulta idóneo para este procedimiento y lleva el intricado nombre de abrebocas.
–¿Cómo vamos? ¿Aguantás un ratito más? Ya queda menos.
El chico me mira con los ojos bien abiertos, casi sin pestañear. Está asustado o expectante. ¿Pensará lo mismo que yo? Observo todos los defectos de su cara, en especial el acné incipiente en las mejillas. ¿Qué verá, cuando me mira, un adolescente rubio descendiente de alemanes que se chupó el dedo hasta hace poco y por eso tiene un gran hueco entre los incisivos? Tiene todos, toditos los dientes torcidos. Sus pómulos están hundidos como consecuencia de haber respirado por la boca durante mucho tiempo, lo que le confiere un aspecto de bobo importante. Tiene ojos verdes, como los del Flaco. El Flaco pidiendo amor a gritos, suplicando atención. El Flaco necesitándome.
El Flaco hace que me piquen los dedos. Ayer durante la cena lo odié un poco más que de costumbre.
–Tu hijo se hizo –le dije.
–Nuestro hijo, será.
Cómo le gusta corregirme, con esa autoridad moral que tienen los mediocres.
–Da igual, si me toca cambiarlo siempre a mí –contesté; no era cierto, pero poco me importaba.
Suelo encargarme de todo en casa, el nene está grande para los accidentes, no aguanto una cosa más, y a esto se suma un marido suplicante, de ojos tristes, con cara de perro abandonado.
Mientras el Flaco le limpiaba la cola a Joaco, fui a lavarme las manos. Me picaban. Juana golpeó la puerta del baño con insistencia. Quería que saliera y le contara su cuento de las buenas noches.
Abrí el duchero para poder estar tranquila. Estaba agotada y con las manos entumecidas, quería recuperarme de la sensación que, por primera vez, se había extendido a las palmas.
–Me estoy bañando –mentí.
Apoyé mi espalda contra la puerta. Los movimientos del picaporte cesaron. Me dejé deslizar hasta quedar sentada en el piso con las piernas extendidas. Estaba en el momento justo para depilarme y hacía rato había pasado el momento decente para un cambio de esmalte en los pies.
Juana gritó que la dejara entrar o le iba a contar a su papá que yo no respondía.
–Ya salgo –mentí otra vez.
Flexioné las rodillas hasta poder abrazarlas y sostenerlas firmes contra mi pecho. Parecía un tatú mulita. Cuando niña, me ponía en esta posición a esperar que mi padre dejase de gritar. El tatú mulita en su caparazón no debe escuchar ni mierda. Además, aunque es áspero y feo, de algún modo logró hacerse querer en el imaginario colectivo. Podría decirse que el tatú mulita resulta atractivo para la humanidad. El tatú mulita cae bien. No sé cuánto pasó, el Flaco ya estaba apagando las luces, los niños estarían acostados. Esperé unos minutos más para salir.
Sin hacer mucho ruido tomé valor y me fui a la cama. Me deslicé al lado del Flaco, que ya estaba con la luz apagada, de costado, dándome la espalda. Me tapé con las sábanas lo más que pude, tratando de no despertarlo. Ya no tenía el cosquilleo. La cama se me hizo diminuta. Cuando la compramos pensamos que no necesitábamos gastar en una más grande. Claro, ahí los pelos del pecho del Flaco no me molestaban, y tampoco los de su espalda.
A él le gusta molestarme.
–¿Te acordás de cuando éramos novios y dormíamos en una cama de una plaza, abrazados toda la noche, y rotábamos juntos cuando había que rotar?
No, no, no me iba a hacer entrar. Para poder conmigo necesita de mi complicidad.
Ahora la cama se me hacía estrecha, me agobiaba y me impedía respirar. El Flaco roncaba, me giré de lado tratando de no despertarlo, pero me sintió, o se había hecho el dormido todo ese tiempo.
Me puso la mano en la espalda. Fingí estar relajada sin éxito, quedé rígida, su mano actuó como un interruptor, generando una descarga eléctrica que me recorrió de la nuca a la cola.
–¿Querés que te la ponga un ratito? –me dijo–. Te relaja.
Evidentemente notó mi rigidez, pero no la entendió. Me cuesta creer cómo no acusa recibo. No entiende de energías, no puede o no quiere leer entre líneas. Le dije que estaba agotada.
–Dale, uno cortito.
Qué inoportuno era cuando rogaba. El Flaco, como una babosa densa adherida al piso, pegándose, reteniendo, imponiendo su presencia. Daban ganas de gritarle, de sacudirlo para ver si le descubría el ego, de arrancarle uno a uno los pelos de la espalda.
No me gusta sentirme así, mala, enferma de cansancio o asqueada de aburrimiento. Cuando estudiaba en la facultad y presidía el gremio estudiantil no era así. Era tan contestataria, tan desafiante. Como si viviera en guerra con todos y con todo. Y disfrutaba cada momento de la batalla. Sabía que los guerreros de fuego se extinguen rápido en este mundo chato, pero no pensé que eso sucediera antes de los cuarenta.
[…]
Estoy segura de que tiene que haber algo más, pero no logro encontrarlo. ¡Qué bueno es disimulando! No se lo voy a decir nunca, pero es mejor actor que pintor. No fue nada difícil desbloquear el celular repitiendo el patrón que hace con sus dedos. Lo difícil es encontrar pruebas. Ya revisé sus últimos mensajes con Florencia. Florencia, que ni apodo tiene (supe enterarme de que por mucho tiempo yo había sido Delivery de lienzo, siempre tan ocurrente él).
Pero veo que Florencia se ganó el nombre propio de entrada. Hay tres mensajes borrados en su chat de ayer. Tres mensajes borrados y el emoticón de Florencia indicando llanto. No debería estar pensando en esto, lo sé, y sin embargo no hay una célula en mí que pueda contenerse. ¿Por qué lloraría Florencia? Igual no podría confrontarlo. ¿Cómo le digo que le anduve revisando el celular, que no soy tonta, que cada vez que le pregunto por el taller de los miércoles me cambia de tema, que noto que le gusta, que mi instinto olfatea su deseo?
Estoy segura de que se está acostando con esa puta. No necesito imaginarlo, puedo evocar la excitación que le produce la cacería, la atención femenina, le encanta poner aire intelectual mientras marca sus hombros bien torneados bajo alguna remera de rock y se acerca apenas lo suficiente para que puedan olerlo. Se siente imbatible en su cancha. Lo es. Si lo sabré.
Cuando yo estaba en el lugar de Florencia fingía un cierto desinterés solo para verlo desplegar todo aquel ritual de pavo real en apareamiento. Y él era tan inteligente para las barajas que me hacía sentir que era la única en la clase, parecía que de algún modo toda la historia del arte se había inventado como un cuento para que él, cual Sherazade testosterónico, pudiera recitarlo en mis oídos.
Dudé en responder a sus avances. Estoy acostumbrada a la atención masculina, y tampoco es que no hubiese sido infiel antes. Pero había algo sutil en su seducción que pedía a gritos que me mostrara inaccesible, incluso altanera. Así fue que lo vi convertirse de cazador en cazado. Le gustaba el juego, la seducción, el tonteo; pero más disfrutaba de la conquista mental. Él quería dominarme, y yo lo dejé pensar que me tenía. Puedo oler a Florencia. Florencia es igual a mí.
Igual, aunque más joven, y cruelmente más atractiva. Lo descubrí el día en que se me durmió el pie. Fui a buscarlo al taller de sorpresa y los vi, en el patio de la entrada. La misma actitud de antes: él guapísimo, con la sonrisa de mueca, tirando levemente su cuerpo hacia atrás.
Felipe estaba en su posición de caza y mi pie derecho que me desobedecía. No podía bajar del auto ni arrancar. Él gesticulaba con las manos, manteniéndolas cerca de los pechos de ella. La forzaba a desearlo. Acá estoy, pero estoy lejos. Acercate vos. Dale, vení. Quería bajarme del auto, de verdad lo intenté, pero el cosquilleo no me dejó. Lo supe, lo reconocí, debía estar por aplicar la llave final, hablándole de la historia del Guernica, del amor de Vincent por Gauguin, o de Figari. O su jaque mate, el cuento inventado con el que me hizo entrar a mí.
–Es que no soy tan talentoso, te lo juro. Esa es la triste realidad de mi primer premio. Se equivocaron al dármelo.
–Sos puro verso –contesté sonrojada.
–¡No, es en serio! Yo era menor de edad y mandé la obra igual. Cuando me premiaron confesé haber mentido en la edad para poder participar, y ahí me retiraron el premio, pero era tal el alboroto que se había armado que me dieron el de Revelación, y de la noche a la mañana aparecí en notas de todos los medios del país. Fin del cuento.
Era tan lindo cuando hablaba. Nunca me importó si hablaba en serio o inventaba; para mis ganas de ponerme a pintar en acrílico sobre lienzo a mediana edad surtía el efecto justo: no quería faltar a ninguna clase.
–Para entonces –decía Felipe– ya se había creado el mito. Era el pintor revelación de culto que toda cuidad necesita. El mito del artista borracho y mujeriego en la cresta de la ola. El resto de los premios que vinieron después carecen de valor real, porque están cimentados en una farsa. –Me miraba con cara burlona–. Así que soy solo eso, Paloma, una farsa.
No pensaba caer en sus encantos. Veía lo que intentaba hacer. Quería que le dijera que él no era una farsa, por lo menos no más que cualquiera de nosotros, que ni tan reales somos, y mucho menos talentosos o interesantes. El secreto estaba en su forma de decir verdades solapadas, que no eran mentiras a medias, eran verdades universales que casi todos nos negamos a reconocer por un miedo intangible a perderlo todo, a perder el control.
Por eso Felipe resultaba irresistible, no tenía miedo a ser vulnerable. Se ufanaba de las pulsiones que verdaderamente nos mueven. Ni siquiera tenía que compadecer al resto de los mortales, incapaces de ver como él veía, porque el resto, para él, tampoco existía. Pero me hacía sentir que yo sí existía, incluso parecía obsesionado por despertarme. ¿Había estado durmiendo toda mi vida? Lo cierto es que allí estaba encendida. No quise decirle nada de aquello, por supuesto, ni seguir su juego.
–Ajá –le solté apenas, fingiendo desinterés.
–A veces sos tan tierna.
–Vos no deberías buscar ternura en mí, sino en cualquier otra alumna… soltera. –Hundí el pincel en el acrílico verde intentando controlarme.
Pero no tuvo ni que hablar, me hizo el juego de frío-calor, el que repitió con Florencia, con todas, tiró una sonrisa de lado, alejó su cuerpo lo suficiente para que quedara suplicando por su presencia, y me apuntó con una mirada serena, segura, que prometía serlo todo si me acercaba, prometía que perder el control con él era ganar, y si no, la que perdía era yo. Bastó mirarlo para caer.
Y caí, fuerte, antes de las fiestas. Los encuentros en verano habían sido urgentes, cogíamos como animales, buscándonos en cada media hora libre en la que pudiésemos coincidir.
Ahora, tirados en su cama de una plaza, Felipe aplastándome contra el colchón maltratado, sé que el desenfreno ha mermado; la ansiedad de los primeros embates fue dando paso al tedio de buscar el momento oportuno. Claro, él no tiene la urgencia de los hijos, ni de una pareja, ni siquiera del trabajo estable; además, y de esto estoy segura, durante este semestre apareció Florencia.
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Me encantó. La voz de la autora es muy original.
Un libro impactante llevo a profundas reflexiones, hay que leerlo.




Anónimo –
Un libro impactante llevo a profundas reflexiones, hay que leerlo.
Mariana M. –
Me encantó. La voz de la autora es muy original.