ENSAYO SOBRE APARICIO SARAVIA

Luces y sombras

El hombre y la leyenda en un buen trabajo del investigador José Luis Baumgartner.

Juan de Marsiliovie mar 6 2015

APARICIO SARAVIA: SEÑOR DE ALMAS, de José Luis Baumgartner.
      Fin de Siglo, 2014. Montevideo, 248 págs.

BUEN periodista y narrador, Baumgartner arma en torno al caudillo blanco Aparicio Saravia un “collage con el trabajo de investigadores y ensayistas de verdad”. Como Historia para no especializados, en tono polémico y coloquial, con buen criterio para la anécdota reveladora (aunque al principio se haga algo difícil seguir el orden temporal), como presentación humana de un personaje de leyenda, con sus luces y sombras, este es un muy buen trabajo.

No es este libro una exaltación ni una defenestración de carácter partidario. Por el contrario, ubica al hombre en su entorno familiar, geográfico, cultural y económico, explicando cómo lo condiciona, pero mostrando también las áreas en que el hombre trasciende su circunstancia. Será revelador, para quien por primera vez profundice en la vida de Saravia, el estudio del origen riograndense de la familia y la participación del caudillo —siguiendo a su hermano mayor Gumersindo en la Revolución Federalista de Río Grande— recibiendo de parte de sus hombres el rango de general por corajudo, que junto al de “cabo viejo”, ganado cuando a los trece escapara del colegio para unirse a los rebeldes de Timoteo Aparicio, llevaría hasta la muerte y hasta la gloria.

Baumgartner es incisivo para mostrar —siguiendo a Barrán y Nahum— cómo la miseria promovida por el alambramiento de los campos —mucho más fuerte en el norte y noreste del país, de donde Saravia reclutó lo más de su tropa— fue el caldo de cultivo de los alzamientos de 1897 y 1904. Al grito de “aire libre y carne gorda”, los paisanos hambrientos de los “pueblos de ratas” podían carnear y churrasquear más seguido que en la paz, y sentirse más dignos. Si bien el autor destaca la absoluta generosidad personal de Saravia con sus soldados, subraya también las carencias de su lucha en materia de programa socioeconómico. Ve más mérito en el alzamiento de 1897 contra el colorado Idiarte Borda (asesinado por un correligionario), en reclamo de respeto al sufragio y honesta administración pública.

Para Baumgartner, Saravia es un gigante, pero con límites. Ser caudillo lo obligaba a pelear en primera fila, donde no debe estar un general. El coraje demencial que hizo que miles de hombres dieran la vida por él en Brasil y en Uruguay fue su sentencia de muerte: la bala que lo alcanzó en Masoller iba a llegar tarde o temprano. El texto de Baumgartner permite concluir que Batlle, que peleaba desde un escritorio en Montevideo, terminó siendo precisamente por eso mejor general.

Más serio aún es el límite de lo político. Lo suyo —al igual que sus hermanos Gumersindo y “Chiquito”— era el combate revolucionario, no la política. Árbitro y cogobernante de medio país rural a raíz del Pacto de la Cruz que hizo la paz en el 97, dejó las decisiones cotidianas a los “doctores” del Directorio, con quienes nunca se entendió.

Interesan, por lúcidos y provocativos a la hora de pensar el pasado reciente y el presente del país, los paralelos que se tienden entre las “patriadas” blancas y la “política con armas” del MLN en los 60 y 70, para explicar ambos fracasos.

Afean el volumen algunos descuidos, pocos pero severos: hablar de cañones de campaña de fines del siglo XIX y principios del XX con 75 km. de alcance, dar por bueno que Juana de Ibarbourou fue ahijada de Aparicio, aunque no está demostrado, o afirmar que en 1852 asumió el gobierno Juan Fco. José, por Juan Fco. Giró. No impiden la lectura, pero deben repararse en futuras reediciones.