La “Gran Historia”

EL NACIMIENTO DE LAS SOCIEDADES DE CLASES, de Juan Grompone. Tomo I de La danza de Shiva. Montevideo, 2013. Editorial Fin de Siglo, 782 págs.

Es tan desmesurado, es tan desmedido el esfuerzo que viene acometiendo desde hace más de una década el ingeniero Juan Grompone, que recuerda aquel imposible mapa del imperio conjeturado por Jorge Luis Borges en “Del rigor en la ciencia”. En esencia, Borges imaginó ciertos cartógrafos de un antiguo imperio: eran tan minuciosos que llegaron a confeccionar un mapa del imperio cuyo tamaño cubría el espacio entero de una ciudad. Otros cartógrafos, más rigurosos aún, lograron dibujar un mapa del imperio que se superponía al territorio completo de una provincia. Hasta que llegó un día en que el mapa del imperio alcanzó el tamaño del imperio. Una lectura posible de este magnífico absurdo es pensar en las relaciones entre la teoría y la realidad. Un mapa que coincida con su territorio, en realidad, no es un mapa. Una teoría que pretenda abarcar toda la realidad, no es una teoría, sino un delirio místico. Las casi 800 páginas de El nacimiento de las sociedades de clases (tanto como las páginas de los gigantescos tomos anteriores ya publicados) son tan ambiciosas y detalladas que es irresistible asociarlas con aquel precedente literario.
            Como piezas prefabricadas hechas en miras de una construcción suprahumana, Grompone se propuso desde hace más de una década  ir dando a conocer una obra en seis tomos, titulada La danza de Shiva. Empezó en el año 2001 por el Tomo V (La construcción del futuro), siguió en el 2009 con el Tomo II (Las sociedades feudales) y ahora cumple con el 50% de su ambición al publicar este Tomo I. Este último opus involucra los inicios de su historia materialista de la humanidad, cierta nostalgia de los humanos primitivos y las pistas remotas de por dónde podría reconquistarse en un futuro próximo la fraternidad, profundizar la igualdad y preservar la libertad. Nada menos. Un esfuerzo desmesurado y polémico, pero imprescindible para quienes deseen introducirse con rigor en el género de la Big History.
            Esta modalidad de escribir la historia aborda escalas temporales y espaciales muy superiores a las previsibles. La historia remota obliga  a ensanchar la mente mucho más allá de toda historia reciente. En la Big History la aparición de las grandes ciudades antiguas se analizan con la perspectiva del astrónomo que estudia las grandes constelaciones. La Revolución Francesa, en cambio, puede ocupar apenas una nota al pie de la página. Algunos cultores célebres del género son David Christian, autor de Mapas del tiempo, y Jared Diamond, responsable de Armas, gérmenes y acero. Dentro de los antecedentes, quizás debería citarse también como variante espiritualista  La evolución creadora de Henri Bergson, y como antecedente genial y algo sincrético del género, El fenómeno humano del jesuita y antropólogo Teilhard de Chardin.
            Ninguna imagen simple, sin embargo, permitiría resumir el aporte inigualable de este tomo I de La danza de Shiva, publicado como “precuela”  de los dos libros dados a conocer con anterioridad (el tomo V y el II). Por ejemplo,  pensemos en el mapa de África, que hoy se identifica como el lugar originario de la aventura humana. El contorno de ese continente hace pensar en el cráneo de un homínido. Pero los seres pre-humanos y para-humanos que se expandieron a partir de allí por el globo terráqueo involucraron diversos trazos evolutivos y formas cuya complejidad e interés desbordan cualquier concepción lineal de la evolución humana: Australopithecus afarensis, Australopithecus africanus, Homo ergaster, Homo erectus, Homo Heidelbergensis, Homo neanderthalensis, Homo sapiens y quién sabe quién más que espera el futuro entre nosotros.
            Como ejemplo de la desmesura y la grandeza de la obra (a cada paso, en cada página y hasta en cada nota al pie), recordemos el cuadro de la página 447, donde figuran “los eventos más importantes en la historia humana”: aparición  de los homínidos; uso de las herramientas de piedra; uso del fuego; surgimiento del pensamiento abstracto; agricultura y feudalismo; hierro y esclavitud; sociedad capitalista. El lector podrá discrepar con esa síntesis brutal, aduciendo por ejemplo, que en vez de “pensamiento abstracto” el autor debió hacer referencia al lenguaje o a la escritura. Pero lo que no podrá negar  ese mismo lector es que El nacimiento de las sociedades de clases, ofrece una profusa información, estimula y nutre el análisis hondo, e induce un sentimiento de admiración y respeto análogo al de la contemplación de una pirámide o una megaconstrucción de la arquitectura contemporánea.
            El nacimiento de las sociedades de clases se ocupa de “las sociedades sin propiedad privada, sin gobierno y sin dinero, usualmente  dejadas de lado por las historias demasiado ocupadas por los héroes, las batallas y los reyes”. Agrega Grompone: “Intento aquí escribir  la historia de los pueblos sin historia”. Si bien en esta obra “el papel de las herramientas y de la tecnología es central”, sobrevuela todo el tiempo el asunto crucial de la fraternidad perdida (en forma explícita ello ocurre a partir de la página 457). Excepción hecha de algunos investigadores como Steve Pinker, existe hoy cierto consenso académico  referido a que la mayor parte de la prehistoria los seres humanos transcurrieron su vida como recolectores cazadores razonablemente pacíficos. Y sería apenas en el último trágico cuarto de hora de 5000 años de “civilización”, en que ha predominado la dominación del hombre por el hombre.
            Si bien Grompone aporta datos y reflexiones relevantes en este punto, es discutible que todos los mamíferos superiores posean esa “igualdad” y “fraternidad animal” que les atribuye.  Las jerarquías en ciertas especies (recordar el rol del “macho alfa”) y hasta la agresividad intraespecífica (leones que devoran crías de otros leones para asegurar las de su propio linaje) son excepciones que debieron ser consideradas (el propio autor menciona ambos fenómenos en la página 32) a efectos de limitar la generalidad de su tesis principal. De hecho, uno puede adherir racionalmente, junto a otros autores, a esta idea de ver la prehistoria como una serie de siluetas humanas recortadas en una tira de papel, tomadas de las manos. Pero ello a condición de que se aporten más evidencias. Por ejemplo, hay una similitud inconfesa de los planteos de Grompone con los del científico anarquista  P. Kropotkin y su célebre La ayuda mutua. Un factor de evolución. Otro autor que permitiría ampliar la base de las esperanzas de la recuperación de la perdida fraternidad es el estupendo libro de Jeremy Rifkin  La civilización empática. En particular, sin que Grompone abandone su compromiso metodológico materialista, la apelación a las “neuronas espejo” descubiertas por Giacomo Rizzolatti hacia 1996 podrían proporcionarle elementos muy interesantes para dar fundamento biológico a la “fraternidad” (de la misma manera que hoy permiten comprender mejor ciertos trastornos, que van desde ciertas formas de autismo hasta las personalidades psicopáticas).
            Repárase en que estas objeciones no pretenden señalar “defectos”. Dada la monumental base de datos multidisciplinaria que maneja Grompone, no se trata de omisiones que no puedan ser reparadas. El nacimiento de las sociedades de clases es una vasta reconstrucción que toca entre otras disciplinas a la historia natural, a la antropología  y a las ciencias sociales. En estos ámbitos la grandeza de un autor reside en la cantidad y en la solidez de las pruebas e interpretaciones ofrecidas. No es un tratado de metafísica que procura explicarlo todo.
Llenar los espacios que siempre quedan es una vasta labor colectiva, característica del quehacer científico.
            Otra vía complementaria que permitiría acompañar La danza de Shiva en sus diversas formulaciones, es la emprendida por el sueco Hans Rosling. Cualquiera que haya recurrido al portal www.gapminder.org, sabe que algo parecido al “progreso” y a la esperanza terrena de igualdad y fraternidad está sostenido por las actuales estadísticas de salud y sociedad. Por ejemplo, ya no existe un radical divorcio entre países “desarrollados” (pocos hijos y larga vida) y los países “subdesarrollados” (muchos hijos y baja esperanza de vida). Cada día más países están produciendo más y mejor, alimentando mejor a sus ciudadanos y cuidando su salud, con el injusto rezago de algunos países africanos (del cual varios países poderosos del mundo son en buena medida responsables).
            Por último, debe formularse un reparo crítico a la relevancia puesta por el autor en el lenguaje matemático. En algunos casos ello se justifica, por cierto: por ejemplo, en el caso de la densidad poblacional estudiada por Ester Boserup o el índice de Leroi-Gourhan del crecimiento de la población de homínidos y humanos. En otros casos, y no es posible desarrollarlo en el contexto de esta simple reseña, es como usar instrumentos de relojero para cambiar el neumático de un automóvil.
            Ante este último opus de La danza de Shiva, esa obra admirable y única en el contexto de la producción nacional y latinoamericana (que ojalá el autor pueda continuar y completar), el lector deberá hacer a un lado sus propios prejuicios. Por ejemplo, el “materialismo” de Grompone no le impide jamás dar cuenta de datos  que podrían contradecir su propio marco teórico, porque se trata de un hombre al que la honestidad intelectual salva casi siempre de los peligros del dogmatismo. A vía de ejemplo, en el Tomo V, La construcción del futuro, Grompone recordaba un chiste de la época de Gorbachov: si el materialismo dialéctico fuese una ciencia, primero tendrían que haber experimentado con animales.
            Hoy la generación de ciencia y tecnología, y especialmente la difusión mediática de ambas, están teñidas de ideología. Basta sintonizar cualquier canal de TV para abonados para encontrar justificaciones del darwinismo social en la ferocidad de algunos animales (ignorando alegremente el rol evolutivo de la cooperación en todas las especies), o escuchar explicaciones del Big Bang, la mecánica cuántica, o la teoría de las supercuerdas, plenas de compromisos teológicos y plagados de confusas especulaciones. La obra de Grompone, más allá de la desmesura de sus propósitos, es un puñetazo inteligente contra ciertas concepciones hegemónicas, desde la cosmología actual, hasta el estudio de los comportamientos de  distintas especies biológicas. A mí esta impugnación erudita y vasta de paradigmas al uso, me recuerda mucho aquella promoción de un zoológico latinoamericano, que mostraba el rostro desconcertado de un león de melena imperial, con un insólito ojo amoratado. Más abajo, en letra pequeña, podía leerse: “llegaron los canguros”. Bienvenido, una vez más, el “canguro” Grompone.