Agustín Courtoisie
TODOS SOMOS inventores, aunque aún no lo sepamos. Ponemos pinzas de ropa desmontadas para calzar una mesa que cojea, usamos el alambre de un clip para pulsar botones minúsculos o doblamos un papel para evitar la apertura de la puerta del armario que no cierra bien”. La frase proviene de la presentación de una feria tecnológica y resume bien el espíritu que logra capturar Carlos Pacheco (Montevideo, 1964) en esta inteligente y amena recorrida de Inventos uruguayos.
Son inventos que surgen ante múltiples circunstancias de la vida, desde la búsqueda de una fuente alternativa de energía, o de la cura para una enfermedad, hasta el hallazgo de variantes para practicar deportes o jugar a las cartas.
MIRADA ANTROPOLÓGICA. Entre muchas otras creaciones, las UPA (Unidades Potabilizadoras Autónomas) para obtener agua potable, la primera instalación exitosa de un marcapasos cardíaco, la técnica de la mamografía, el guante de boxeo sin pulgar y hasta la Vuelta Olímpica, son debidas a ciudadanos uruguayos y eso se documenta bien a lo largo del libro. Pero Inventos uruguayos no es una respuesta nacionalista, una más entre otras, ante los clamores con frecuencia mediocres en defensa de las identidades culturales. Por el contrario, el autor también puntualiza: “Hay muchas creaciones culturales que los uruguayos sentimos como muy propias, pero no sería correcto decir que son una invención exclusivamente uruguaya. Forman parte de una historia en común en el Río de la Plata e incluso el Cono Sur. Muchas las compartimos con Argentina, Paraguay, el sur de Brasil y algunas regiones de Bolivia y Chile”.
Pacheco recuerda que en el año 2003 la Secretaría de Cultura de la Nación de Argentina pretendió declarar como patrimonio cultural argentino el asado, el dulce de leche y las empanadas. La justificada protesta de Uruguay se basaba en que esas comidas “eran claramente regionales” y su “lugar de invención, incierto”. Por ejemplo, el dulce de leche “existe con otros nombres en varios países de América Latina” y las empanadas, además de ser preparadas con distintas variantes en todos los países latinoamericanos, en sus orígenes “se remontan a la antigua Persia”.
La “nacionalidad” de las creaciones es un asunto que requiere meditarse con cuidado. Primero, porque muchas cosas se inventaron antes de existir los Estados, cuyos límites geográficos suelen no coincidir con las realidades culturales. En segundo lugar, existen distintas combinaciones a tener en cuenta: el Pericón Nacional a muchos uruguayos les parece regional pero hasta los argentinos reconocen que lo compuso Gerardo Grasso (1860-1937) y que se estrenó en Montevideo. A ambos lados del Río de la Plata se podría decir que el truco es, a la vez, uruguayo y argentino. Pero en realidad proviene de Valencia y de las Islas Baleares, en España, y se juega también en Galicia y en Piamonte (Italia). En cuanto al condimento chimichurri, “es un invento regional con variante uruguaya”. Una mínima mirada antropológica evitaría a muchos el querer patentar el peine.
ENTUSIASMO A COMPARTIR. En la extensa lista de invenciones orientales, por supuesto, no faltan tres clásicos muy diferentes: el célebre calentador S.U.N., prohibido desde hace algún tiempo por razones que no están muy claras, el “lisado de corazón”, un medicamento reconstituyente que aporta aminoácidos en proporciones equilibradas, muy popular hace varias décadas pero aun a la venta, y hasta un certero capítulo dedicado a Eladio Dieste, “El señor de los ladrillos”. En este último caso Pacheco capta lo esencial del maestro, explica la técnica de la cerámica armada, selecciona bien sus frases (“resistir con forma y no con acumulación de material”) y enumera algunas de sus obras más destacadas, desde la Iglesia de Cristo Obrero en Atlántida, la Iglesia de Durazno y el actual Montevideo Shopping Center, hasta sus construcciones en Brasil y España.
Inventos uruguayos puede funcionar como una breve enciclopedia en varios niveles. Para todo público, porque incluye “ganchos” con buen tino abarcador. Además de los mencionados, a pioneros del fútbol como Pedro “Perucho” Petrone, o referencias al software para directores técnicos K-Studio Professional y K-Real Time (el primero de ellos fue utilizado por el maestro Tabárez en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica). Para docentes, porque si se necesita el dato específico se lo encuentra con facilidad. Por ejemplo, para responder preguntas sobre el motor de aire comprimido, la historia de la camioneta “Indio”, las propiedades curativas de la crema de Marcela, el Sumidero Invertido Selectivo (SIS) para combatir las heladas, o sobre la prótesis dental en acrílico termocurable. Todo ello sin olvidar al Plan Ceibal, al virómetro, a la jeringa de succión para aspiración de cataratas, ni las Unidades Montevideo del monitoreo obstétrico fetal, y dicho sea esto sin agotar en la enumeración todos los temas, ordenados de forma didáctica en cinco grandes secciones.
En cuanto a sus contenidos, la obra es confiable por varios motivos. Las fuentes citadas son irreprochables. Cuando el autor, (que no es un científico ni un técnico de oficio) tiene dudas, las declara expresamente. Inventos uruguayos supone mucha investigación, hecha en serio. Pero además hay un factor que provoca empatía desde el comienzo. Se trata del talento “humanista” de Carlos Pacheco, en el sentido integral que esa expresión solía tener como culto de la razonabilidad, de la curiosidad inquieta por la Naturaleza y las producciones humanas tanto del arte como de la ciencia. La introducción, “La mirada de un niño”, trae recuerdos personales de manera firme y a la vez encantadora, para mostrar su profunda conexión con asuntos que afectan a muchas otras personas, incluido el lector.
INVENTOS URUGUAYOS, de Carlos Pacheco. Fin de Siglo, 2010. Montevideo, 179 págs. Distribuye Fin de Siglo.
Fuente: El País Digital