EQUIPO DE REDACCIÓN
Rodolfo Demarco
Marcelo Fernández Pavlovich
Nicolás Grab
Fernando Rama
Omar Sueiro

HISTORIA RECIENTE DE “BAJO PERFIL”
Una fuga en plena dictadura

Mediante relatos individuales o colectivos la sociedad va recuperando su pasado reciente. Lo hace desde el pensamiento y desde la emoción, refractados por el prisma del tiempo hasta el refugio afectivo del presente. “¡Faltan 4¡”, un libro de Miguel Millán de reciente aparición, es un buen ejemplo de lo que comentamos.

Por Marcos Panucci

Miguel Millán persistió durante más de tres décadas en el afán de dar a conocer un episodio de la lucha contra la dictadura desencadenada a partir del 27 de junio de 1973. El resultado es un libro titulado “¡Faltan 4”, editado por la editorial Fin de Siglo, donde se narran los acontecimientos que rodearon la fuga de cuatro militantes de la Juventud Comunista (UJC) del Cilindro Municipal.

El episodio en sí posee características cinematográficas y tal vez por eso el libro se lee ávidamente y pasa a formar parte de esa lenta pero persistente reconstrucción de la memoria colectiva, incluidas las inevitables trampas que genera el recuerdo a partir de subjetividades entrecruzadas.

Se puede hablar de un contexto político y socio-cultural en cuyo seno han ido apareciendo los testimonios, las búsquedas en el olvido, los documentos que en algún momento cuajarán en un cuadro general clarificador, siempre destinado a la constante revisión y relectura.

MEMORIAS Y DESMEMORIAS. Partamos de mediados de la década de los cincuenta, cuando el Uruguay ingresaba en un largo período de crisis económica y social. Los partidos tradicionales comenzaron a manejar las dificultades del país y la primera víctima de la situación planteada es la derrota del segundo batllismo. Los sectores dominantes, llevados por su egoísmo de siempre, facilitado por la débil influencia de los partidos de izquierda, ensayaron diversas recetas, entre ellas el recurso de la violencia contra los sectores populares, en especial contra el movimiento sindical organizado aún en forma embrionaria. A pesar de las diversas estrategias aplicadas, la situación de descontento se agravó sin cesar y comenzaron a surgir, en el seno de los partidos fundadores, tentaciones golpistas –ya en 1964–, reformas más o menos afortunadas del sistema electoral y, ya entrado el año 1968, la aplicación de métodos fuertemente represivos ante el crecimiento de la protesta popular, el fortalecimiento y la unidad del movimiento sindical y los primeros y dificultosos indicios de la unidad política de los heterogéneos sectores de la izquierda. La reforma constitucional aparece ya como prólogo del golpe de Estado, y cuando se instala el gobierno de Jorge Pacheco Areco las contradicciones son ya insalvables. Si el asesinato de María del Carmen Díaz en 1955 fue un episodio que conmovió básicamente a militantes sindicales y a luchadores sociales de su entorno, la bala que mató a Liber Arce en 1968 mostró a las claras que el país ingresaba en una espiral de luchas destinadas a mantenerse por un largo tiempo. Las acciones de la guerrilla tupamara despertaban esperanza y simpatía, al menos en una primera etapa, el movimiento sindical se hacía cada vez más fuerte, las capas medias, en especial los estudiantes universitarios, cuestionaban cada vez con más fuerzas los valores tradicionales –las viejas preferencias familiares, la estructuración política del país, la creciente injusticia– y el proceso social llegó a un punto de inflexión con la fundación del hoy gobernante Frente Amplio (FA).

ACCIONES, BALANCES, RECUERDOS. Este breve racconto es imprescindible para situar el libro de Miguel Millán en el contexto de tres décadas de duros enfrentamientos, de luchas populares intensas, de confrontación de metodologías, de heroísmos conmovedores, de un drama social y político en el que participaron al menos tres generaciones de uruguayos. En el centro mismo de este período se sitúa, como es obvio, la dictadura cívico-militar que, asediada desde el inicio por una huelga general de 15 días, no dejó nunca de ser resistida y, finalmente, en 1984, derrotada.

A partir de 1985 los protagonistas directos e indirectos de aquellas tres décadas comenzaron a contar sus historias, a veces en forma personal, en forma colectiva en otras ocasiones. Sin querer ingresar en disquisiciones vinculadas a la psicología social, resulta comprensible que los primeros episodios que ingresaron a esta descripción cada vez más densa de tres décadas de historia fueran las acciones heroicas de la guerrilla urbana protagonizada por el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T) y otros grupos menores. La falsa percepción de que lo sucedido en el país en este extenso período se había reducido a un enfrentamiento entre guerrilleros y militares facilitó la aparición de numerosas publicaciones centradas en el relato de acciones armadas, fugas masivas, trágicos remedos del asalto al cuartel Moncada en Cuba, ejecuciones de expertos en torturas enviados por los servicios secretos norteamericanos, secuestros de personajes de las clases dominantes o de gobernantes en ejercicio. La industria editorial y los protagonistas de esos episodios detectaron con rapidez la existencia de avidez en la sociedad por saber qué había pasado. Los hechos espectaculares merecen ser contados, es bueno que la opinión pública los conozca y así se fueron sumando numerosos libros en formatos diversos. La curiosidad del público está latente y los periodistas se encargan de alimentarla.

Todo parece indicar que estos relatos recortados de los sucesos comienzan a agotarse para dar paso a otro tipo de narraciones. Poco a poco van apareciendo –en nuestro país y en el exterior– testimonios, valoraciones y apreciaciones ideológicas de luchadores sociales cuya entrega a la militancia no ha sido tan espectacular. Una vida dedicada a crear conciencia sindical, a vender periódicos de tal o cual partido político, a organizar la rebeldía encauzándola hacia la acción colectiva de masas, a explicar la necesidad de la unidad de la izquierda, no suele ser demasiado espectacular o emocionante. Los relatos de una clandestinidad en plena dictadura, del esfuerzo en el exilio por aislar internacionalmente al fascismo en Uruguay y en Chile, las anécdotas de la vida en la cárcel son acciones militantes opacas, masivas y vividas como aquello que era natural llevar a cabo como vía para cambiar el mundo. Durante muchos años esas anécdotas quedaron inscriptas en el ámbito familiar o en el seno de la huella ideológica a la que cada uno perteneció. De todos modos, aunque no reciban demasiado apoyo editorial son aportes que van densificando la documentación a partir de la cual la academia podrá, con la adecuada distancia, escribir la historia cabal del período. También son el material para la creación de ficciones ambientadas en esos treinta años de luchas, de lo que también ya tenemos algunos ejemplos.

ACIERTOS DEL LIBRO. El libro que reseñamos es singular en cierto aspecto ya que en él hay acción espectacular, una fuga acaecida en el período de mayor agresividad represiva desencadenada por la dictadura, en medio de la llamada operación Morgan, iniciada en octubre de 1975 y específicamente dirigida a liquidar al Partido Comunista (PCU) en el interior del país, coordinada con la operación Cóndor, cuyo episodio clave fue, apenas inaugurada la siniestra dictadura de Rafael Videla, el asesinato, en mayo de 1976, de Zelmar Michelini, Gutiérrez Ruiz, Manuel Liberoff y el matrimonio Whitelaw Barredo.

El texto elaborado por Miguel Millán cuenta cómo un brumoso 3 de junio de 1976 cuatro integrantes de las Juventudes Comunistas lograron huir del Cilindro Municipal transitoriamente convertido en cárcel.

En primer lugar se pueden leer los testimonios de los cuatro protagonistas, luego los relatos de algunos prisioneros que debieron soportar la histeria que provocó la fuga en los altos mandos represivos, y también aparecen los testimonios de varios militantes que desde la clandestinidad apoyaron la acción, y el reencuentro de los cuatro fugados. Completa el libro un anexo documental.

Los cuatro protagonistas de la fuga fueron Miguel Millán, en aquel entonces un joven de 18 años, responsable de la UJC en la ciudad de Mercedes, Alberto Grille, dirigente principal de la organización juvenil comunista, Federico Falkner, que vive en México hasta la fecha, y José Enrique Baroni, que reside en Venezuela y que era, a la sazón, secretario de organización de la UJC.

Los cuatro protagonistas coinciden en la descripción de la vía de escape: primero lograron romper un vidrio sin que el estrépito del golpe fuese notado por la vigilancia. Luego Baroni Cancela dedicó varios días a limar uno de los barrotes de la ventana, disimulando su trabajo con dulce de membrillo. Paralelamente, durante las visitas de los familiares, algunos de los fugados recibieron información acerca de los movimientos de la guardia perimetral de la improvisada cárcel. Dos elementos se conjugaron para darle suspenso a la huída programada para mayo. Uno de ellos fue la comprobación de que Grille era demasiado corpulento para pasar por el agujero ya concluido y fue necesario invertir más tiempo en limar un segundo barrote. El otro suceso que obligó a postergar la huída fue una inesperada conducción de varios presos, entre ellos los cuatro protagonistas, a la Jefatura de Policía de Montevideo a los efectos de prestar más declaraciones. La orientación del campo visual de los guardias externos no era la mejor para captar el escape de cuatro sombras en un día de invierno con neblina; también contribuyó al éxito de la fuga la morosidad con que se producía siempre el cambio de guardia, que transformaba ese momento en un período de distracción de los soldados.

De las peripecias vividas por los cuatro fugados hay dos hechos que tienen un destaque especial. Uno es el cinematográfico recorrido del “correcaminos” Falkner, quien ingenuamente creyó que la embajada de Suiza en nuestro país le daría asilo por el hecho de ser descendiente de bisabuelo de esa nacionalidad. Por eso se fue en taxi hasta Punta Gorda donde el funcionario que lo atendió se hizo el suizo y ni siquiera le abrió la puerta; de ahí arrancó para la embajada de Venezuela donde también rebotó por no tener muy claro cómo proceder. Pese a todo, un funcionario venezolano le proporcionó un chofer que lo condujo al consulado de México, en la Ciudad Vieja, en el edificio Ciudadela. Allí trató de evitar el ascensor y tomó por unas escaleras que conducían a ninguna parte y debió resignarse al ascensor. Al bajar del mismo se chocó con tres “tiras” (policías de investigaciones no uniformados) que lo “cazaron” e intentaron restituir su condición de prisionero. Pero tras un forcejeo y en medio del griterío, terminó ingresando en el local de la ALALC (Asociación Latinoamericana de Libre Comercio), de donde fue trasladado al consulado de México, atravesando un pasillo. A mi juicio es el testimonio mejor contado. El otro episodio se relaciona con el ingreso de los otros tres fugados, más la familia de Alberto Grille, a la embajada de Venezuela. En este caso el interés principal se relaciona con el conocido secuestro de Elena Quinteros del jardín de la Embajada por parte de un grupo comandado por el Cacho Ronzoni, en medio de forcejeos con un comprometido funcionario de dicha sede diplomática. A partir de este grave incidente el gobierno venezolano de Carlos Andrés Pérez rompió relaciones con la dictadura uruguaya y los fugados quedaron bajo la custodia del embajador de Colombia. Lo que interesa destacar es que nuestros fugados fueron los únicos testigos uruguayos de dicho atropello a la soberanía de Venezuela, que tuvo además un trágico fin para Elena Quinteros, maestra y militante del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP).

Los testimonios de quienes quedaron en el interior del Cilindro –numerosos militantes que estaban en situaciones distintas ante la “justicia militar” del momento– coinciden en subrayar la sorpresa que en los mandos militares provocó la fuga, sorpresa seguida de amenazas de muerte y , a la postre, en la clausura del Cilindro como lugar de detención.

En un tercer plano aparecen los recuerdos de militantes clandestinos que colaboraron con los fugados proporcionándoles alojamiento, transporte e instrucciones provenientes de la organización clandestina del partido, en ese momento dirigida por León Lev. Estos relatos confirman que la fuga fue efectivamente planificada, al menos en parte, con el propósito, tal vez algo ingenuo, de proporcionarle a la dictadura un cierto golpe moral.

El día de la presentación del libro en el salón de AGADU (Asociación General de Autores del Uruguay) se agregaron otros dos testimonios, que en forma oral trasuntaron gran emotividad. Uno de ellos fue el relato de un carpintero riverense y otro el de un cura de Canelones que llegó al cilindro por el sedicioso atrevimiento de celebrar misa en memoria de Zelmar Michelini y Gutiérrez Ruiz. Aquellos lazos que se tejen en medio de la lucha están cargados de afecto que se tornan indestructibles.

El libro rescata, en definitiva, un pequeño fragmento de historia y lo hace en forma inteligente, sin inútiles alardes, desde una visión plural de los actores involucrados en forma directa o indirecta y viene a sumarse, como decíamos al principio, a miles de vivencias que confluyen en un fresco del pasado. Han transcurrido muchos años y seguramente continuarán apareciendo nuevos testimonios, aunque siempre quedarán huecos sin llenar.

Nunca sabremos qué penalidades vivió Luisa Tiraporé, la última cacique que luchó por preservar el pueblo indígena de San Borja del Yí, asediado por los terratenientes de aquella época. De las vivencias de quienes desaparecieron en los centros de detención, tampoco. Pero cada trozo de memoria tiene su interés y su importancia proyectada hacia el futuro.