¡CHAU,   PROFE   QUERIDO!

El viernes de la semana pasada, a los setenta y tres años, de insuficiencia respiratoria, murió Lincoln Maiztegui Casas –qué importa el día y los pormenores ante la dimensión de la impensable eternidad.

Periodista, docente, ensayista, autor de planteo sobre ajedrez y de libros sobre política, (Cinco ensayos sobre la realidad política, 1978), historia, (Coloniaje y revolución,1973, Artigas, 1973, Orientales, 2004, Caudillos, 2011-2012, Doctores 2014-2015, música (Mozart detrás de la máscara, 1997) y cine (Lo que el cine se llevó, 2014). Y lo mejor de su acervo cultural: fanático bolso. Más que completito, ¿no? Un Umberto Eco local. Pocos con tantos intereses y saberes como él. Inagotable curiosidad intelectual. Voraz e inconformable consumidor de información.

Hombre de pipa, corbata y traje. Pulmones de humo, cerebro en producción a todo trapo. Solterón empedernido –y con tantos andariveles como el sabio de Memorias de mis putas viejas. De muchacho: socialista; blanco cuando se hizo grande y a la intemperie lo agarró la turbonada; cobró vigor al abrigo de  Herrera y Wilson, sus grandes ídolos políticos.

Cordialidad de primera mano y sin desgaste por el uso. Serio, aplicado, ardoroso, tenaz, trabajador a tiempo completo, firme, contrincante peligroso y frontal, didáctico, estilo grave o llano –fuera de sus breves estallidos de iracundia cuando sentía que le habían fracturado un hueso del alma-, caballerazo.

Vivió años en España. Hizo periodismo. Escribió una columna diaria de ajedrez en  El País de Madrid. También allá fue exitoso.

Participó en las Olimpíadas de Ajedrez de Niza, 1974, y Trípoli, 1976. Fue varias veces finalista del Campeonato Uruguayo.

Nacional le hacía vibrar por dentro y por fuera –como tocado por el rayo.

Un tipo auténtico –en las buenas y en las malas; al revés o al derecho.

No era de exponer las sombras de sus cavernas interiores. Pero debe haber sentido que la existencia es  milagro indescifrable; que no es posible sintetizar  infinitas inquietudes en una baldosa; que esta duración se nos escapa como humo en una canasta. Debe haber sentido que la muerte siempre acecha –de jodida que es, nomás. Debe haber sentido que la química inorgánica prevalecerá aquí y en toda la Creación increada, hasta el fin improbable de  los tiempos. Las madrugadas insomnes son para eso.

Disentimos pacíficamente por escrito sobre si, para Saravia, 1904 había sido o no la continuidad del 97. Pero cuando comenté el regreso de Ferreira Aldunate  en junio del 84, estalló como una granada de fabricación casera.

Escribí: Esta jugada de Wilson sí que no la entendí –y sigo sin entenderla-. Cruzada Libertadora no fue: vino con anuncio previo, en el vapor de la carrera y lo esperaba una multitud en el puerto. ¿Gesta revolucionaria?, tampoco: los que llegaron y los que aguardaban, quietos, más bien fiesteros, ni amagaron  juntarse cuando la foto. ¿Detonante subversivo?, menos: todos eran gente bien, de orden, desinquietos –con alguna mano metida por ahí, en copas, quizá, bocachona sí, con algún fierro en la sobaquera, puede ser, pero, ¡ojo al gol!, sin ofender a nadie: gente re-pacífica y despeligrosa, por no decir oligarcona-. ¿Entonces? No sé. ¿Se sintió intocable? No sé. Es el único caso que conozco de un futuro preso que viene a entregarse en excursión y con  flor de alharaca. Después los blancos se quejaron de que lo metieran en cana: ¡pero si viajó para eso! Cero conmoción. Lo internaron en el cuartel de Flores y ¡a otra cosa, mariposa!´

En el cuarto tomo de Orientales, me acribilló con una perdigonada de adjetivos y epítetos injuriosos propia de un ajuste de cuentas entre malandras. Se sabe: era universal en todo.

A raíz del libro sobre el Pulpa Etchamendi nos conocimos personalmente. Vino en auto a buscarme a casa para un encuentro con los Pasión Tricolor. Compinches de toda la vida. Hermanos. Un solo corazón. Charlamos de lo lindo –entre nosotros, con la troupe y con el Pepito Urruzmendy –otro personaje de película. Nos reportearon y filmaron jugando falsa partida de ajedrez. Quedamos en seguirla.

Tuvo suerte: de tan atareado que estaba, no tuvo tiempo de darse cuenta que envejecía. Ni de que se estaba suicidando con nicotina. Ni de que contra el destino nadie la talla. Finó despreocupadamente inmortal –como vivimos todos  (mientras tanto), distraídos y hacia adelante.   

Tuvo suerte: hizo lo que le vino en ganas; vivió un montón de vidas; intimó con la excelencia; no conoció el aburrimiento; tenía muchos proyectos en mente; disfrutó buenamente de lo que hacía; percibió lúcidamente que terminaba la función.

Su suerte, claro está, fue  obra suya.

¡Chau, profe querido!