“La larga espera de tío Ramón”, del periodista y escritor César Di Candia, es una novela corta que brilla por su buen humor y su ácida visión de la clase alta uruguaya

César Di Candia (Florida, 1929) es ya, como el antropólogo Daniel Vidart, una leyenda viviente. Forma parte de ese selecto grupo de personalidades de la cultura uruguaya que a pesar del paso del tiempo, de su avanzada edad, no está dispuesto a colgar los botines bajo ningún concepto. Además, cada día escribe mejor.

A su dilatada y destacada trayectoria como periodista, Di Candia suma una carrera paralela como escritor que bien puede definirse como ecléctica, dada la constelación de temas que ha recorrido y los diferentes formatos que ha utilizado: cuento, novela, ensayo.

De esas dos facetas, el periodista es quien se ha llevado todos los laureles, incluido el premio Bartolomé Hidalgo que ganó en 2012 por Oficio de periodista, un libro donde contaba los entretelones de algunas de sus famosas entrevistas a diversas personalidades uruguayas.

Pero de un tiempo a esta parte, Di Candia está demostrando que como escritor de ficción no se queda atrás. A Olor a mar (2011) y Gurisote (2012) suma ahora La larga espera de tío Ramón, una novela breve que lo confirma como un narrador nato, con una gran capacidad para conmover al lector y una prosa que además de impecable resulta siempre interesante en su decir.

Lo que se cuenta son dos historias paralelas pero relacionadas. Por una parte, un niño negro que es adoptado por una adinerada viuda que vive en Montevideo, narra su infancia. Por otra, esa misma viuda le cuenta al niño la historia del tío Ramón, un antepasado que en 1813 empieza a convertirse en una figura mítica de Rocha.

La novela funciona como un reloj suizo en el desarrollo de las dos líneas argumentales, a las que Di Candia sazona con grandes dosis de humor y una fina ironía que por momentos se insinúa y por otros se explícita en frases sumamente contundentes. Como ejemplo, un párrafo del negro Pirrango que, ya de adulto, rememora sus primeros contactos con la familia de su madrina: “Ninguna de las tres primas y ninguno de sus maridos me besó nunca. Se limitaban a tocarme la cabeza con los dedos, que era como un límite de tolerancia, una frontera pasada la cual podía empezar, peligrosamente, el territorio de la ternura”.

El autor mezcla frases como las anteriores con páginas donde el lector no puede reprimir la carcajada, como cuando con lujo de detalles describe una reunión de amigas, que resulta un verdadero catálogo de ancianas de clase alta en plena venganza contra todo lo que no sea ellas mismas.

La descripción de los perfumes, los maquillajes, las prendas de vestir, los rasgos físicos, la forma de hablar y los gestos de esas damas en plena lucha contra la oxidación, resulta impagable. Todas ellas parecen un anacronismo y el propio Di Candia se permite señalar que forman parte de una estirpe en extinción. “Existió una generación, sepultada ya, envuelta entre puntillas, visillos y crinolinas, que imaginó que la felicidad era un bien que podía obtenerse por decreto”, escribe.

La historia del tío Ramón, un terrateniente muy bruto, es igual de contundente y también tremendamente divertida. Como se desarrolla en el siglo XIX, el humor es otro, pero resulta igual de efectivo. Hay al menos dos escenas memorables. Una es un diálogo del tío con un indio cuatrero al que está a punto de degollar y luego perdona. La otra, una visita de Ramón a la casa de su enamorada, que termina en una pelea mítica con el padre de ella, un militar de los duros.

Con La larga espera de tío Ramón, Di Candia se instala con comodidad en esa rica tradición rioplatense de hacer reír mientras se habla de temas profundos. Una de las novela uruguayas más importantes del año.