Locuras por amor al arte

Beatlemaníacos, del músico y periodista Eduardo Rivero, es un hermoso homenaje a la banda más importante del siglo XX. Basado en testimonios y anécdotas, el libro resulta emocionante

Pocas veces un libro genera metáforas sin proponérselo. Los escritores buscan siempre ese golpe de efecto que sucede cuando los ojos del lector se encuentran con la comparación ingeniosa o la frase que expresa mucho más de lo que dice. Se trata, por otra parte, de un juego peligroso, de un acto de magia que debe ser perfecto, porque si se abusa del recurso o se descubre el truco, inmediatamente el libro será catalogado de artificial, y el autor de mentiroso.

Este Beatlemaníacos, del músico y periodista Eduardo Rivero, es una rara excepción. Apenas hay alguna figura literaria detectable, y sin embargo el libro en su conjunto y cada una de las 14 historias que contiene, se traducen en una delicada y emocionante metáfora sobre la condición humana.

Desde la llaneza absoluta, pero estupendamente escrito, el libro logra el objetivo supremo de conmover, de llegar al corazón, de ser un libro que no se olvida fácilmente. Varían las geografías y el tiempo de los protagonistas, pero el denominador común del amor a los cuatro genios de Liverpool hace que las partes hagan a un todo muy sólido. Sin un capítulo que sobre, todas las anécdotas resultan imprescindibles.

Porque cada uno de los personajes es un retrato de una personalidad determinada, y es interesante observar cómo esas singularidades reaccionan ante la música sublime de The Beatles. También hay que señalar que varias de las anécdotas marcan la evolución de esos caracteres, como cuando se cuenta el paso de la adolescencia a la adultez, o incluso cuando se narra una vida entera hasta el lecho de muerte.

Hay de todo como en botica. Está el niño de 12 años, que vive en el interior del país y que por azar termina frente a una rocola, mágico invento que propicia el acercamiento a un mundo nuevo a través de unos acordes nunca antes escuchados.

O la historia del coleccionista hiperceloso de sus tesoros, un empleado público que se niega a compartir sus discos inéditos, y que finalmente es destrozado por la llegada de un enemigo impensable: internet.

Hay varias historias que además son un fresco de época. El reinado de la radio como único medio masivo de difusión, el ruido de la púa sobre el vinilo, la ubicación de las casas de música de antaño, o lo que supuso para toda una generación pasar de Palito Ortega a The Beatles.

Dos relatos se sitúan entre Uruguay e Inglaterra y narran con gran sentido del humor las locuras que pueden llegar a realizar un par de fanáticos para pisar los estudios de grabación de Abbey Road. Y es curioso cómo al menos uno de los protagonistas se siente mal consigo mismo por recurrir a la tradicional “viveza criolla” para lograr su objetivo, aunque al final, las lágrimas en los ojos dejen entrever que, al menos es ese caso, el fin justifica los medios.

También hay espacio para un par de testimonios desgarradores, verdaderas tragedias personales, que son narradas sobriamente por Rivero, quien demuestra una gran sensibilidad para manejar esos hechos.

Un ejemplo es la historia del ciego que escucha la música sublime y que pide le describan la tapa del disco: “¿Cómo hacer para que Gerardo viese un cielo azul de verano londinense, una calle cortada por una cebra, frondosos árboles llenando de verde los márgenes, un Volkswagen escarabajo subido al cordón de la vereda de la izquierda, la camisa y el jean azules de George, los trajes negros de Paul y Ringo y la melena rojiza de John y su traje blanco?”, escribe Rivero.

Leyendo el conjunto es imposible no sentirse identificado con alguno de los testimonios. La sonrisa brota sola cuando dos amigos rechazan por incomprensible el disco Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band y terminan después adorándolo. Y la alegría se mantiene hasta la última página de este libro que acaricia el alma, casi como una canción de The Beatles.


FUENTE: EL OBSERVADOR