El país de las ballenas muertas

MUCHAS VECES HEMOS ESCUCHADO QUE LA REALIDAD SUPERA LA FICCIÓN. POCAS VECES, COMO EN EL CASO DEL CACHALOTE MUERTO QUE APARECIÓ EN LA COSTA MONTEVIDEANA, ESA FRASE ADQUIERE UNA NUEVA DIMENSIÓN.

Por Jaime Clara Dejá vu. Hace pocas semanas, las autoridades se enfrascaron, nuevamente, en una discusión similar a la que habían sostenido hace algunos años. Un inmenso cadáver, proveniente del mar, invadió la costa e inundó de un olor nauseabundo a toda una zona de Montevideo que soportaba sensaciones térmicas cercanas a los 40 grados. ¿Qué hacer con ese imponente bicho?  El intríngulis, inevitablemente remite a la novela El ministro y la ballena (Fin de siglo, 2008) del periodista Jorge Burel.

Hace unos días, lo entrevisté para Sábado Sarandí. Allí Burel recordó que para escribir aquella novela, se inspiró, “muy libremente en un episodio que había ocurrido en setiembre de 2004, donde una ballena de otras características, no como el cachalote, sino una ballena, importante de tamaño, encalló en Gorriti.” El periodista recordó que “se plantearon las mismas preguntas, es decir, cómo hacemos para hacer desaparecer la ballena. En aquella época, seguí con atención ese episodio. Y me llamó mucho la atención que no tenían la más mínima idea de qué hacer con el animal. Se habló de dinamitarla, de trozarla… Por supuesto, el temor era, el mismo temor que estuvo detrás del operativo de extracción del cachalote, la putrefacción y el concomitante olor. En aquella ocasión se resolvió que un buque de la Armada, enlazara al cetáceo, ya muerto, que lo llevara al medio del mar y lo soltara en algún lugar donde las corrientes se encargaran de alejarlo de la costa. El tema fue que a los pocos días, esa ballena, más corrompida, volvió a aparecer, en este caso, en una playa cercana a Piriápolis. Y ahí se replanteó la discusión sobre si la enterramos en la arena, pero eso iba a tener una descomposición y de corrupción de la fauna marina en la orilla de la playa. Alguien tuvo la idea de envolverla en un sudario de cal, para que la cal ayudara a una más rápida descomposición. En  aquel momento, el Ministro de Turismo, que era el actual senador Pedro Bordaberry, tomó alguna carta en el asunto, se manejó la idea que se manejó ahora de enterrarla y extraer, dentro de algunos años, la osamenta, armarla y exhibirla en algún museo.”

Jorge Burel comentó que  siempre tuvo la sospecha de que al buque de la Armada, se le escapó la ballena muerta.  “En aquella época, escribí una nota para el suplemento qué pasa de El País, que se tituló Moby Dick a la uruguaya. La idea era que no luchábamos, como el Capitán Ahab contra la inmensa ballena blanca que simboliza tantas cosas en la novela de Melville, sino que estábamos luchando, y no nos dábamos maña para eso, con una ballena muerta. La Armada nunca aclaró qué había pasado. Hay fotos de aquel rescate, con la ballena henchida por  los gases de la descomposición. Tiempo después de que se publicara la novela, hablé con alguien que estaba vinculado a ese Ministerio, que me confirmó que se les había escapado la ballena muerta.”

“A mí me pareció –comentó Burel- que eso era como una especie de metáfora de la incapacidad que solemos tener los uruguayos para resolver algunas cosas que deberíamos resolver. Personalmente creo que Uruguay está lleno de ballenas muertas y que no sabemos qué hacer con ellas.  Y que, además, cada tanto nos replanteamos cuál podría ser la solución, y nunca la encontramos. Entonces, me pareció que era una manera de reflejar, un poco, el estado de ánimo que yo tenía sobre ciertas cosas  del funcionamiento del país.”

En 2009, el periodista Leonardo Haberkorn, hizo una reseña de la novela El ministro y la ballena, para el Portal 180. Allí escribió quese trataba de “una batalla tragicómica. De un lado una ballena muerta. Del otro, un país entero con sus gobernantes, sus científicos, sus intendencias, sus máquinas, sus fuerzas armadas. En cualquier lugar civilizado del planeta, el cadáver marino no tendría posibilidad alguna. Con la precisión de un cirujano, Burel hace la autopsia, no de la ballena muerta, sino del país que no puede lidiar con ella. Página a página aparecen todas y cada una de las taras a las que pagamos tributo día a día: la irresponsabilidad, la demagogia, la incapacidad para trabajar en equipo, la defensa histérica de las chacritas, la improvisación, la ignorancia disfrazada de optimismo. Todo nuestro arsenal de atraso.”

Hoy, en el comienzo del año 2014, sucedió un hecho similar y se dieron, nuevamente, las discusiones que en tono de sarcasmo contó Burel en su novela. A lo que respondió que “ahora he descubierto, cuando la realidad copia a la ficción, que en Uruguay, la sátira, como género literario, ha muerto. Que en Uruguay uno no puede hacer sátira, porque la realidad se encarga de ir más lejos que la sátira, y por consecuencia, la imaginación más desbordante de un novelista, es incapaz de competir con la realidad en la que vivimos. Todo lo del cachalote me hizo mucha gracia; recibí  algunos mensajes de gente que había leído la novela  y que encontraba alguna similitud entre los hechos. Un amigo se comunicó conmigo azorado de que en las maniobras que realizaron, una máquina hubiera ingresado al agua y que el operario de la conducía tuviera que ser rescatado por buzos, cuando en realidad, lo más razonable hubiera sido, en ese momento, porque era un día de  marea alta, con muchas olas y mucho viento y habría sido razonable esperar a que mejoraran las condiciones del tiempo.”

Finalmente, sobre el asunto, Burel reflexionó que “uno se queda con esa sensación de que la experiencia nunca deja una enseñanza, de que todo empieza de nuevo, que no se saca rentabilidad de la experiencia, entonces repetimos las cosas. Se vive en una especie de eterno retorno.”

En columna Haberkorn  recordó que “la novela tiene una escena cumbre. Luego de que todos los intentos por deshacerse del cadáver han fracasado y el Balneario entero está sumido en el hedor más nauseabundo, el Ministro convoca a todos los periodistas a una conferencia de prensa al lado mismo del fenecido y pestilente cetáceo. Y allí van las cámaras, para registrar como el Ministro asegura que todo está bajo control.” De alguna manera, fue lo que pasó  en el comienzo de este año cuando, finalmente se había encontrado la solución para deshacerse del tremendo animal y una grúa pretendió depositar el cachalote en la chata que cruzaría Montevideo para enterrarlo en el infame destino de la usina de Felipe Cardozo. Como negándose, el cetáceo se desplomó pesadamente sobre el vehículo. Muerto y todo, siguió dando batalla.