9ª Edición
Carlos Gardel es el protagonista involuntario de esta historia íntima, familiar, pero a la vez, despiadada. Susana Cabrera hurga en el origen del mito, descorriendo ocultamientos y vergüenzas para revelarnos el perfil de una familia y una sociedad ambivalente.
Esta novela va hacia un tiempo bisagra en Uruguay; a través de una familia examina una villa que más que una dependencia estatal fue el feudo de Carlos Escayola. El coronel Escayola participó de la Guerra de la Triple Alianza, de la revolución Tricolor, fue jefe político departamental, resistió la revolución del Quebracho y varios otros levantamientos, desposó a tres hermanas, apoyó emprendimientos ingenieriles y arquitectónicos, persiguió a sus enemigos personales con la fuerza de la ley y con la de las sombras, vivió la fiebre del oro de Minas de Corrales, creó el Teatro Escayola y fue dueño de La Rosada, cabaret de lujo guarnecido con importaciones directas del Viejo Continente.
Este coronel, este prohombre, este melómano, este tirano, este ser de gran potencia y voluntad de hierro, construyó un reino para sí y destruyó vidas, entre ellas, la de su hijo, Carlos Gardel, a quien infligió una herida que nunca sanaría.
Susana Cabrera rellena los vacíos del tiempo para hacernos volver a la cuna de Gardel, y una vez más, la literatura se transforma en partera de la verdad.
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Los secretos del coronel
por Susana Cabrera
Yo nací en Tacuarembó, Uruguay. Nombre de mi madre, María.
Nombre de mi padre, Carlos. Fallecidos.
Carlos Gardel
Yo no sé de leyendas de antigua alegría sino historias viejas de melancolía.
Antonio Machado
Descubrir lo que sólo una novela es capaz de descubrir es la razón de ser de una novela.
Hermann Broch
Prólogo
Esta es la historia de un nacimiento. En diciembre de 1883, en la estancia Santa Blanca, propiedad del jefe de policía de San Fructuoso (hoy Tacuarembó), coronel Carlos Escayola, nacía de una madre de trece años llamada María Lelia un niño a quien su padre trató de ocultar y a quien la extraña lógica del destino lo transformó en Carlos Gardel, famoso cantante internacional. Seis meses antes, en una noche de tormenta, había llegado a la casona a esconder un embarazo que era un drama familiar, seis días después del nacimiento subía a la misma carroza de asientos de terciopelo y faroles de bronce y regresaba a su hogar. María Lelia volvió a hundirse en la rutina de todos los días, le entregaron sus muñecas para seguir jugando, aceptó resignada concurrir a las fiestas infantiles luciendo sus vaporosos vestidos almidonados, volvió a caminar arrastrando la jaula vacía de su zorzal muerto y se le ordenó olvidar, pero como sentenciaba Borges: «Solo una cosa no hay y es el olvido». La familia prohibió hablar de la vergüenza, el pueblo calló, y desde entonces la historia se comentó en secreto, fue asediada por sesgos porque los hombres se han acostumbrado a que la verdad debe decirse sesgada. Pero ni Dios puede hacer que lo que fue no haya sido, y como los seres humanos son obstinados seguirán empecinados en descubrir las verdades que se ocultan. Carlos Gardel supo de esa verdad: en sus documentos y hasta el final de sus días dijo: «Nombre de mi madre, María; nombre de mi padre, Carlos. Nacido en Tacuarembó, Uruguay».
Los archivos de Juan Cruz
Tacuarembó, año 1948
El hallazgo
En el otoño de 1948, los obreros de una empresa constructora, removiendo escombros en un predio perteneciente a la catedral, encontraron una caja de hierro cerrada con candado, atada con dos gruesas correas de cuero negro, y envuelta en un paño de frazada, tipo inglés, como las que se usaban por estos lares a principio de siglo. Tamaña precaución inclinaba a pensar en la importancia del contenido, importancia que fue ampliamente confirmada por la comisión designada para estudiar la documentación hallada en el interior. Sobre la tapa, cuatro remaches aseguraban una pequeña placa de bronce con un nombre impreso en letra de molde redonda y en relieve: «JUAN CRUZ MENDOZA» y debajo una minúscula anotación que apenas dejaba leer: «ARCHIVOS DEL…» el final era completamente ilegible, fue necesario recurrir a peritos para descubrir después de exhaustivos estudios la palabra «ZORZAL».
Los obreros entregaron la caja al señor cura párroco, quien reunido con sus más allegados colaboradores decidió abrirla sin trámite previo. Esa osada actitud motivó, unos años después, una severa censura por parte de la comisión de estudio a la cual me honré en pertenecer. Los argumentos fueron obvios: tan valioso material arrojaba una luz casi incandescente sobre la historia no solo de dos familias muy arraigadas en el medio, sino también sobre el origen de una de las figuras más populares del país, cuya paternidad se adjudicaban tres naciones y, por lo tanto, debía haber sido tratado con más cautela y precaución, deduciendo, al examinar su contenido como ellos lo hicieron, que provocaría controversias muy serias. La historia estaba contenida en veinte cuadernos separados en atados de cinco, ordenados cronológicamente. Cuando cuatro años después la comisión entregó a las autoridades responsables las conclusiones de su concienzudo estudio, aconsejó, para el caso de su publicación, se omitieran los cuadernos numerados 07 y 08 por referirse a temas muy técnicos, como el plano de la ciudad de San Fructuoso, hoy Tacuarembó, y la nómina general de sus habitantes. Sugirió, además, no publicar los testimonios reiterativos ni aquellos sin conexión aparente con el tema general que se venía desarrollando.
Los archivos de Juan Cruz, como se conocieron desde entonces, constituyen una admirable documentación de lo cotidiano, de las costumbres de una sociedad, de sus ocultamientos y vergüenzas, pero sobre todo es el descubrimiento de una vida paralela que los personajes de esta historia llevaron a cuesta.
Juan Cruz no sabía, al escribirlos, la repercusión que tendrían, y no sabía tampoco que estaba haciendo un detenido análisis de lo que muchos años después el filósofo Musil llamó «la acción paralela»: todas las iniciativas que no se tomaron o los acontecimientos que no ocurrieron, o aquellos que se ocultaron como si no hubieran sucedido, conforman en nuestra vida una vía paralela de tanta significación como el camino de las cosas que realmente nos suceden.
En el último cuaderno, al cual se le han quitado las hojas, aparecen anexadas otras, impresas con las canciones cantadas por Gardel, que testimonian la admiración del archivador por el cantante más allá de lo estrictamente documental. Cabe destacar que en el último de los paquetes del archivo se encontraron dos sobres, ambos cerrados y lacrados: el más amarillo contenía algunos de los recados escritos por el coronel Escayola a su asistente de confianza, el susodicho archivador, las fotografías de los matrimonios del coronel con las tres hermanas Oliva, cartas enviadas por María Lelia Oliva, la última esposa y madre de Carlos Gardel, a su servidora Manuela Casco, quien asistió al parto de «la niña María», como ella la llamaba cariñosamente, en la estancia Santa Blanca y cuidó del recién nacido por un tiempo. Al encontrar en ese sobre unas flores marchitas con un papel en el cual estaba escrito «Del ramo de novia de la señorita Blanca», esta comisión dedujo la admiración casi amorosa que Juan Cruz sintió por la segunda esposa del coronel Carlos Escayola, deducción ampliamente confirmada por las apreciaciones del archivador con respecto a la joven que él conocía desde la niñez y del sufrimiento que ella sintió cuando su marido dejó embarazada a su propia hermana, María Lelia. El señor Juan Cruz estuvo compenetrado de las tragedias familiares y fue él quien acompañó a la niña, cuando tenía apenas trece años, a su reclusión en Santa Blanca para ocultar un embarazo y un nacimiento que significaban una vergüenza familiar.
En el otro sobre, que consideramos de gran valor histórico, estaban los planos y la historia del Teatro Escayola, que el coronel mandó construir para recibir a las compañías nacionales y extranjeras más famosas, y en el mismo sobre, dentro de una funda de terciopelo, se encontró uno de los documentos más valiosos de la investigación: el recibo que el coronel Escayola le hizo firmar por valor de $ 3000 a Berta Gardés para que se encargara de la crianza de su hijo, que sería con el tiempo Carlos Gardel. Para esta transacción el coronel Escayola envió como emisario a su yerno, el abogado Mateo Parisí, casado con su hija Amabilia. El doctor Parisí viajó a Buenos Aires a entrevistarse con Berta Gardés –recién llegada de Francia con su propio hijo de dos años, Charles Romualdo, nacido en Toulouse– y proponerle que continuara con la tutela de Carlos, quien por ese entonces estaba viviendo en el conventillo Medio Mundo, en la ciudad de Montevideo, al cuidado de Anaíz Beaux, amiga y compatriota de Berta, y de María Escayola, La Negra, hija de Elodina Escayola.
Por considerarlo de interés, esta comisión tuvo la necesidad de formular, en algunos testimonios, consideraciones relacionadas con el tema tratado. En ese caso las estampó bajo el título de «Aclaraciones» para diferenciarlas de las «Notas» que pertenecen al señor Juan Cruz Mendoza.
Por la comisión:
Amadeo Villalba, Dr. Pantaleón Ramos Vidal, Sr. Juan Manuel Parada
Primera parte:
La familia
Porque a la soledad del que está mal acompañado, solo le queda la desesperación.
Antonio Gala
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Testimonio n.º 1 • Año 1871
Muerte de Clara Oliva de Escayola
Todos se sienten acongojados por la muerte de la señora Clarita, tenía apenas veinticuatro años y deja dos pequeñas huérfanas, Clara de dos años y la recién nacida, bautizada Amabilia.
En la casa se colgaron crespones negros, se cerraron las ventanas con tranca y sobre las cortinas de terciopelo estampado Servanda cosió largas tiras de tela de un negro ratón, que yo mismo fui a comprar a la tienda de don Samuel.
Por primera vez veo a Servanda ayudar en tareas que no son las propias sin refunfuñar. «Soy la cocinera», dice, enojada, cuando la requieren para otros quehaceres, pero ahora su tristeza la aleja de la cocina donde tantas horas pasaba junto a su ama. En la alacena están esperando ser envasados los dulces de guayaba, el de membrillo relleno de batata y la naranja amarga cortada en gajos, que doña Clarita preparaba en los tachos de cobre que don Carlos le había traído de regalo de Montevideo.
Fue una mujer muy hogareña, apenas salía, solo a la casa de sus padres, que se comunica por los fondos, o para acompañar a su marido a fiestas familiares, las inevitables. Don Carlos, en cambio, no pierde festejo y es invitado por toda la villa y sus alrededores.
Yo lo sé bien porque como su asistente personal lo acompaño a todos lados.
«No quiero salir, invita a mamá y a Blanca para que te acompañen», le decía a su marido. Doña Juana, su madre, es distinta. Le gustan las fiestas, las visitas, y en especial las reuniones que improvisa su yerno, a tal punto que para no incomodar a su hija las empezó a organizar en su propia casa. Eran veladas de música, don Carlos tocaba la guitarra o la mandolina, y a veces se sentaban los dos al piano e interpretaban canciones de moda a cuatro manos. Eran el centro de todas las reuniones, doña Juana por su imponente y agresiva belleza, y don Carlos por su porte, la postura varonil, su gran simpatía y ese temperamento dominante que atraía las miradas de todas las mujeres. Eso también lo sé yo. Ahora doña Juana se ha hecho cargo de sus nietas y atiende también a su yerno, los momentos son muy difíciles para todos, pero la niña Blanca la ayuda en esos quehaceres.
Aclaración
En este primer testimonio Juan Cruz da algunas referencias de las familias Oliva y Escayola.
En el año 1846 Juan Bautista Oliva contrae matrimonio con Juana Sghirla, de dieciséis años. De esta unión nacen cinco hijos: Clara, Blanca, Clelio, Juan y María Lelia.
Juana era una mujer de atrayente belleza y los rumores en la villa de San Fructuoso la unen en un romance pasional con Carlos Escayola, quince años más joven que ella.
La historia de estas dos familias queda vinculada para siempre con los sucesivos matrimonios de Escayola con cada una de las tres hermanas Oliva. Al morir Clara, la mayor, Escayola se casa con Blanca y tres años después de su muerte contrae matrimonio con María Lelia, la menor. De los tres esponsales nacieron quince hijos legítimos.
Pero es de la relación de Carlos Escayola con María Lelia, cuando tenía trece años de edad y él aún estaba casado con Blanca, que nace Carlos Gardel.
La fuerte personalidad del coronel Escayola influyó en su entorno familiar. Las fotografías lo muestran como un hombre de imponente figura, alto, fuerte, de gran vitalidad, pelo negro, grandes bigotes muy cuidados y mirada firme e incisiva. El 10 de noviembre de 1887 el diario El Comercio de la villa de San Fructuoso publica una semblanza del coronel bajo el título: «Biografías de Hombres Célebres» de la cual transcribimos un fragmento:
«Nació Escayola en el Queguay, donde pasó su infancia, frecuentando las escuelas de los alrededores, tirando el güeso [juego de taba] de cuando en cuando, y rascando las cuerdas de la guitarra. A los trece años era l’enfant mimé del bello sexo femenino del Queguay, por su belleza y habilidad como guitarrista. No había milonga ni pericón conocido que él no tuviera en la punta de los dedos…»
La comisión considera que esta semblanza resalta las características principales de su personalidad: su inclinación por la música y las mujeres, rasgos que conservó hasta su muerte.
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Testimonio n.º 2 • Año 1871
Confidencias de Servando
Yo nací en la casa paterna de los Sghirla. Vine con ellos desde la Argentina para radicarnos en la villa de San Fructuoso. Era hija de la casera de la estancia que tenían en Santa Fe. Mi madre sufría de asma, y durante la larga travesía, en uno de sus ataques, murió en medio de un descampado, sin poder llegar a tiempo a un hospital. En un pequeño pueblo de la frontera le dieron cristiana sepultura entre los oficios de un sacerdote, el llanto sincero de la familia y mi sorpresa porque no entendía su ausencia, que confundí con abandono.
Por ese entonces, tenía cinco años, la misma edad de la niña que compartía mis juegos, pero sabía que éramos distintas. Yo comía en la cocina, no podía entrar en la casa grande, me vestía con la ropa que ella ya no usaba y jamás subí al carruaje para dar esos largos paseos que Juana, al regreso, me contaba con lujo de detalles. Con la muerte de mi madre las cosas empeoraron, porque al llegar a San Fructuoso la cocina fue mi lugar, vaciaba el canasto de las provisiones, arrimaba las astillas al fuego, limpiaba el piso arrodillada, y en los momentos libres, aprendía a hacer pan.
Aclaración
Al comienzo de sus confidencias, que se prolongaron por años y fueron tan valiosas para mí, Servanda se sentía muy incómoda, como si estuviera pecando de deslealtad, pero con el tiempo se fue acostumbrando a mi insistencia y aceptó esta «casi locura», como ella la llamaba, de anotarlo todo, a tal punto que me fue aportando datos o sucesos que pasaban cuando yo estaba ausente y que tuvieron un gran valor para la comprensión de esta historia. Eso sí, nadie como ella conoció los secretos familiares y nadie como ella supo callar tanto. Solo al final, cuando comprobó que mi fidelidad a la familia era comparable a la suya y que sufríamos las tragedias con la misma intensidad, consintió en hacerme sus confidencias.
Después del casamiento de la niña Clarita con don Carlos se decidió que Servanda pasara a ser cocinera de los Escayola. En un principio doña Juana se opuso, pero después aceptó la sugerencia.
Nota
La comisión considera que estas notas fueron escritas mucho después de 1871, año en que se fecha el testimonio, por la referencia que hace el señor Juan Cruz Mendoza al decir:
«Cuando comprobó que […] sufríamos las tragedias con la misma intensidad, consintió en hacerme sus confidencias».
Susana Cabrera
Fallecida en 2021, la escritora uruguaya Susana Cabrera nació en Montevideo y vivió casi toda su vida en Tacuarembó. Solo después de retirarse de la enseñanza —de filosofía y psicología— se dedicó de lleno a su pasión: escribir. En la colección Ñ de Fin de Siglo ha publicado Los secretos del coronel, sobre el nacimiento del mítico Carlos Gardel; Las esclavas del Rincón, inspirándose en un sonado episodio ocurrido en el Montevideo de la Cisplatina; La casa de los patios, una apasionante saga familiar en clave de realismo mágico; El vuelo de las cenizas, que ahonda en las vivencias de hombres y mujeres durante el nazismo; y Locura, una exploración del amor, el odio, la culpa, la venganza y la desesperación. Publicó también un ensayo sobre sexualidad y erotismo: El pozo de las cerezas.
Su último trabajo es la novela El consentimiento, que cuenta la investigación de una mujer que, al estudiar la historia de su familia venida de España, hace conciencia de todas las ataduras consentidas que nos van limitando, y a veces aprisionando, a lo largo de la vida.
Recibió el premio Bartolomé Hidalgo Revelación de la Cámara Uruguaya del Libro en 2002 y fue finalista en el género ficción por El vuelo de las cenizas en 2005.
Sus temas respiran un aire clásico: las grandes pasiones no tienen época.




