Andrea Andújar licenciada en Historia en la UBA, especializada en la participación de la mujer en la historia argentina:

Quiero comenzar por agradecer a Marisa Ruiz y Rafael Sanseviero, los autores de Las Rehenas: historia oculta de once presas de la dictadura, el libro que hoy presentamos aquí, por haberme honrado con la invitación a participar en este panel.

            Tal como lo explicita su título, esta obra se ocupa en sus más de 280 páginas de develar la historia de once mujeres que fueron mantenidas como rehenas por la dictadura uruguaya en un período que duró algo más de tres años: entre junio de 1973 y septiembre de 1976.

¿Qué era ser rehena? Básicamente, estar sometida a una situación de tortura por lapsos indeterminados con el propósito de mortificar y ejemplificar. Esta situación, nombrada por los militares también como ronda o rotación, comenzó para ellas el 20 de junio de 1973 cuando fueron secuestradas sin motivos evidentes ni explicaciones de ninguna índole de la cárcel de Punta Rieles en la que estaban detenidas.

            No fueron ellas las únicas personas sometidas a esta situación. Por el contrario, meses más tarde, nueve varones fueron convertidos también en rehenes, condición en la que además permanecieron muchos más años que las mujeres. Tanto unas como otros compartían una misma pertenencia política: eran militantes del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), organización insurgente uruguaya que, aunque no había nacido bajo un contexto dictatorial -a diferencia de otras organizaciones político armadas de izquierda de América Latina de los 60 y 70- estaba conformada, al igual que muchas de esas otras experiencias, por jóvenes dispuestos a luchar por derrumbar el orden social capitalista.

            Sin embargo y a pesar de que como señalé, no fueron ellas las únicas mantenidas en esa condición, su historia, a diferencia de la de los rehenes, ha permanecido en las sombras, sin existencia en la memoria colectiva edificada en la post-dictadura, ignorada tanto en términos políticos como historiográficos.

            El propósito central de este libro es reconstruir esta historia y además, aventurar explicaciones sobre las causas de su invisibilización.

            Es importante señalar que esta reconstrucción da cuenta de los sufrimientos provocados por el brutal ejercicio del poder del Estado Terrorista uruguayo y no olvida en ningún momento la condición de víctimas de esas mujeres.  Sin embargo, el trabajo de Marisa y Rafael no se queda solo allí sino que se adentra por múltiples dimensiones que permiten comprender a esas mujeres e interpretar esa política terrorista. No voy a detenerme en todas esas dimensiones, pero sí marcar algunas que me parecen sustantivas para transitar el recorrido al que nos invita este libro.

            La primera tiene que ver justamente con situar a esas mujeres antes de que se convirtieran en rehenas. Marisa y Rafael recuperan sus experiencias vitales para comprender por qué decidieron volverse militantes y por qué dentro de ello, optaron por involucrarse en la lucha armada. Así, las ubican en sus orígenes de clase, las historizan en sus relaciones familiares, en su vida adolescente, en qué las fue motivando para acercarse y terminar confluyendo dentro de la organización política tupamara. Respecto de este último aspecto, los autores detectan una vasta cantidad de razones entre las cuales no fue de menor importancia la voluntad de hacer frente a un Estado que, aún bajo democracia, iba convirtiendo a los jóvenes y a los trabajadores -sobre todo a los integrantes de las organizaciones estudiantiles y sindicales- en blanco predilecto del discurso y el accionar represivo.

            Estos señalamientos les permiten preguntarse cuál fue el grado real de desafío que estas mujeres y junto con ellas, sus pares varones tupamaros, representaron para el poder o, dicho en otros términos, por qué se descargó contra ellas tamaño nivel de represión. Para contestar este interrogante, el libro hilvana diversas aristas que nos brindan una lectura compleja y densa del pasado uruguayo. La primera remite al MLN-T abordado en primer lugar, desde las implicancias que en términos de género tuvo para esas mujeres su involucramiento en él. Los autores analizan de qué manera la diferencia sexual entre varones y mujeres en tanto producto social y cultural, atravesaba las prácticas y lineamientos de esta organización y cómo eran experimentadas o percibidas por las mujeres. Y aunque el MLN estuvo lejos de plantear en su seno la igualdad entre los géneros o postularlo como un propósito central en la lucha de clases, no es menos cierto que en su interior las relaciones fueron más igualitarias que en otros espacios sociales y políticos,  y que para las mujeres la opción por la lucha armada implicó un quiebre profundo con lo esperado de su sexo, es decir, con el destino maternal que se supone deben seguir y las supuestas cualidades femeninas que hacen y determinan a ese destino maternal.

            Tal análisis se engarza con la presentación del contexto social y político uruguayo en el que cual actuaba el MLN-T, señalando cuestiones ricas y estimulantes para seguir ahondando en el estudio del pasado terrorista y de las experiencias contestarias que tuvieron y tienen lugar no sólo en Uruguay sino también en el resto de América Latina. Una de esas cuestiones se vincula con el empeño por periodizar y caracterizar a ese Estado Terrorista, ubicando el punto de inflexión en el cual se pasó de la vigencia de un Estado de Derecho a otro estrictamente policial-represivo, en palabras de los autores. Fue en el año 1972, con la democracia aún vigente, cuando el Estado uruguayo se declaró en guerra presentando la amenaza que implicaba el MLN como crucial. Fue tal conjetura la que llevó a introducir los preceptos de la doctrina de seguridad nacional en el derecho positivo de ese país por medio de la sanción legislativa, lo cual demuestra la complicidad de todos los poderes estatales en los inicios de esta política terrorista y rompe, además, con esa mirada que ha situado a Uruguay como una experiencia democrática singular en América Latina por su continuidad.

            Pero esta constatación no queda sólo en una mera denuncia o en un debate en torno a las fechas de inicio, discusión que no es menor por supuesto y que también atraviesa la producción histórica actual en la Argentina. Sin embargo, los autores van mucho más allá al internarse en caracterizar las condiciones, características y propósitos de ese pasaje al ejercicio de la más absoluta ferocidad represiva. Es justamente allí donde la pregunta por la amenaza real que implicaba el MLN-T cobra toda su densidad. En ese punto, Marisa y Rafael encuentran evidencias con las que desmontan uno a uno los argumentos más básicos de la teoría de los dos demonios, una teoría que a su vez fue el pilar de la impunidad  y que cada tanto, retorna remozada y con nuevos bríos en los escritos académicos y políticos tanto en uno como en otro lado del Río de La Plata. Es impecable en ese sentido cómo ellos, por ejemplo, no sólo demuestran que el MLN-T no implicaba la amenaza que los militares y la derecha política se empeñaban afanosamente en señalar sino también, la manera en que analizan el significado de rehén ya no respecto del ejercicio de la represión concreta y directa sobre el cuerpo de las y los militantes, sino como parte del discurso legitimador de una declaración de guerra por parte del Estado que además, convirtió a estas mujeres y varones en botines.

            El esfuerzo analítico de Marisa y Rafael logra sustraer a esas once mujeres de ese lugar, iluminando también las prácticas de ese Estado terrorista, lo que pretendía guardar en secreto, es decir, el secuestro, la tortura y la desaparición, pero mostrar al mismo tiempo para mantener sojuzgada a toda la sociedad.

            Mas ese poder no fue omnímodo, y esa es otra dimensión que los autores abordan con gran maestría. Y no lo fue tampoco sobre esas mujeres. Sus acciones de resistencia, su capacidad de mantenerse íntegras a pesar de todo, son también objeto del estudio de este libro. Justamente, detenerse en estas resistencias les permite descubrir que fue una de esas acciones la que puso fin a la ronda para las mujeres y la que determinó su retorno al penal de Punta Rieles. No fue un retorno sencillo pues estuvo plagado de tensiones y generó conflictos con las presas políticas que allí estaban, cuestiones que Rafael y Marisa escudriñan sin ambages.

            Mas desocultar esta historia contempla indagar el porqué de su invisibilización. Y aquí los autores ensayan diversas hipótesis que no obvian los constructos de género que pesan sobre la agencia y las palabras de las mujeres, teniendo en cuenta también desde el autosilenciamiento de las propias protagonistas hasta la imposibilidad de escuchar sus historias. Este libro, basándose en una multiplicidad de fuentes pero sobre todo, en los testimonios de estas mujeres, desanda ese camino restituyendo la capacidad de acción de ese sujeto femenino complejo, heterogéneo, atravesado por múltiples tensiones, pero definitivamente provisto en esos años setenta de una profunda voluntad de cambios y sueños libertarios.

            Para concluir me gustaría señalar tres cuestiones. La primera remite al estilo de este libro. Quiero destacar aquí que su escritura, fresca y sencilla, permite el acceso a esta obra sin necesidad de portar títulos universitarios o de conocer en profundidad la historia uruguaya porque Marisa y Rafael no abandonan al lector o la lectora en ese terreno. Distintivamente, se preocupan por explicarnos todo ese contexto con gran minuciosidad.

            La segunda es que ésta no es una historia de mujeres sino una historia de género pues en cada pasaje esas mujeres que sí son las protagonistas de esta reconstrucción, son puestas en vínculo con los varones, tanto con sus compañeros como con sus enemigos.

            La tercera tiene que ver con que esta reconstrucción nos invita a fortalecer el diálogo común entre nuestras historias e historiografías, un diálogo que Marisa y Rafael tienen presente casi de manera constante, sobre todo con la experiencia argentina. En ese sentido, ello se torna evidente cuando se observan las pautas de sexuación que atravesaron el castigo estatal sobre la militancia, es decir, cuando se indaga cómo las nociones de masculinidad y feminidad operaron en el ejercicio de la represión y de la tortura, pero también de la resistencia. Y se nota también, cuando Marisa y Rafael aventuran que el Estado terrorista no fue una excepción, un hecho excepcional de violencia excepcional desatada desde el poder. En todo caso, si miramos las experiencias latinoamericanas de los 60, los 70 o los 80 podemos ver que en realidad, estos estados, más que excepcionales, han sido singulares en su capacidad de radicalizar la brutalidad contra la población. Pero si detenemos el foco en un contexto de más largo aliento, podemos encontrar notas de esa violencia en varias páginas de nuestras historias. Si miramos el pasado argentino, por ejemplo, es posible hallarlas en la represión de los huelguistas de 1919 o 1921 -eventos conocidos como la Semana Trágica y la Patagonia rebelde respectivamente-, en los actos de la Sección Especial de la Policía creada en la década de 1930 o ya mucho más acá, en la salvaje represión que la policía metropolitana de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires lanzó contra pacientes, médicos, enfermeros, legisladores, periodistas y diversos trabajadores en el neuropsiquiatrico Borda el pasado 26 de abril. ¿Quiero decir con ello que toda violencia estatal es históricamente igual a sí misma, más allá de períodos o de contextos y conflictos? De ninguna manera. Yo no suscribo a ello y tampoco lo hacen los autores de este libro. Pero me parece que la pregunta en términos de singularidad es más provechosa que en términos de excepcionalidad pues esto último supone en el fondo, la existencia de cierto tipo de “normalidad” subyacente que fue quebrantada.

            La lectura de este libro nos motiva a profundizar en la búsqueda de los lazos entre nuestras historias. Pero también, a seguir reflexionando y buscando comprender ese pasado desde un presente que, en el caso de estos autores además, no obvia el profundo compromiso político con el para qué de esa comprensión, de esa lectura del pasado.

Muchas gracias.

Andrea Andújar


 María Luisa Femenías doctora en Filosofía, especialista en Feminismo Filosófico y Teoría de Género:

Se iniciaba el difícil camino de dejar memoria, aquél que se habían propuesto desde las épocas del cautiverio: la memoria que obsesionó a los que sobrevivieron y a los que murieron
Pilar Calveiro, Poder y desaparición, p. 161.

¿Cuánto vale una vida? ¿Qué vidas merecen ser lloradas? ¿Qué vidas no merecen ser lloradas y por qué? ¿Cómo se llega a esta jerarquización de la vida humana y la distribución de espacios y audibilidades?[1]  Parto de este conjunto de preguntas solo para presentar el libro de Marisa Ruiz y Rafael Sanseviero sobre Las rehenas y los laberintos de las memorias de once presas de la dictadura uruguaya y su reclusión concentracionaria y la recuperación de la democracia. [2]

Los relatos sobre los campos totalitarios –sostiene Tzvetan Todorov- suelen ser releídos desde dos puntos de vista diferentes: a) el encadenamiento histórico preciso que conduce a la creación de esos campos y luego a su extinción y b) el debate sobre su significado político, social, psicológico.[3] Todorov propone una tercera posibilidad centrada en la comprensión de la oposición entre “virtudes heroicas” y “virtudes cotidianas”. Precisamente ese es el eje que siguen Marisa Ruiz y Rafael Sanseviero, y que me interesa rescatar. Estos estudiosos dan respuesta a una larga tradición que opone tablas de virtudes públicas y privadas, para mostrar con claridad, precisión y sencilléz los complejos laberintos por los que circularon resistencias, negaciones y solidaridades.

El estudio de Marisa y de Rafael examina las estrategias de las mujeres detenidas en los centros clandestinos o centros concentracionarios –las rehenas-, y su posterior análisis y recapitulación como experiencia vivida. En principio, los autores se plantean algunas preguntas, que se tornan el axiales para sus investigaciones: Sucintamente, ¿la memoria de las mujeres recuerda lo mismo que la de los varones respecto de las vivencias padecidas en los campos de detención? ¿Sus relatos son equiparables? ¿Sus “soluciones” para cerrar el pasado son afines? ¿Cuáles fueron las causas de su auto-silenciamiento? ¿Y cuál fue la peculiaridad de sus liderazgos?

Ahora bien, provistos de una trayectoria teórica y experiencial intensa, Ruiz y Sanseviero examinan los relatos de las once detenidas de la dictadura uruguaya que, al salir de la cárcel, no constituyeron –como bien lo subrayan los autores- “un hecho político”. ¿Por qué? Es más, si su liberación no fue un hecho “político” ¿cómo significar ese conjunto aberrante de experiencias? ¿Cómo resignificar sus vidas?

Las ex-rehenas reconocieron que las razones de su sobrevivencia fueron múltiples, que no existió un patrón predecible para explicarla. Casualidad, necesidad de los desaparecedores de salvarse, salvando a alguna prisionera, habilidad para aprovechar determinadas circunstancias… En fin, la sobreviviente –subrayan Ruiz y Sanseviero- nunca supo con certeza por qué sobrevivió; y esa ausencia de explicación lógica formó parte de la estrategia de dominación, de sometimiento, de desconcierto y sobre todo de ostentación de un poder absoluto, caprichoso y omnipresente de la dictadura.

                 Sin embargo, en los campos, aún inmersas en esa incertidumbre que les usurpó el derecho a una existencia digna, bajo la intuición de que la propia vida no les pertenecía del todo, las rehenas iniciaron el difícil camino de dejar memoria y como tantos otros sobrevivientes, dieron testimonio como mandato presente.  Sin embargo, su relato no fue espontáneo; pasaron años y además hubo que preguntarles una y otra vez, insistir, atravesar el pudor de sus memorias para que comenzaran a fluir las micro-narraciones cotidianas de sus vidas y superviviencias en los campos.  Y es ahí, en sus discursos de la memoria, donde comienzan las pequeñas y grandes discrepancias entre los relatos de los varones y los de las mujeres.

Con pasado militante, con el mérito de haber sobrevivido y de haberse reintegrado a la vida desde una actitud positiva, su memoria y su voz siguió permaneciendo en las sombras, como si las marcas del espacio privado –tradicionalmente propio de las mujeres- las rodeara de inaudibilidad. Como lo ponen de manifiesto Marisa y Rafael, esas mujeres no sólo habían transgredido sus roles sociales en varios sentidos, sino que además habían sobrevivido. Como las negociadoras de Paz en toda América Latina, tampoco fueron “víctimas” pasivas. Se corrieron del lugar de víctima y reconstruyeron el tejido social desde lugares que no habían sido pensados para ellas, y desde dónde dieron cuenta de autonomía, creatividad y valor. Precisamente en los relatos de las mujeres, se percibe esa construcción modesta de la memoria; paradigmáticamente, de la memoria colectiva en la que se muestran sus micro-resistencias, en oposición a los relatos de los varones construidos –como lo muestran Ruiz y Sanseviero-, en la mayoría de los casos, sobre el modelo del ideal del héroe, en el sentido de los “grandes relatos” erigidos –en palabras de Foucault- “a la gloria del sujeto”. Tales relatos emulan el valor del “héroe” clásico, y sus virtudes basadas en el “acto heroico”, y minimizan el valor de quienes (re)construye la trama de las virtudes cotidianas de “sostener la vida”.

“Sostener la vida” como suma de acciones monótonas y persistentes se convierte en “micro-resistencias cotidianas”; noción que propongo en oposición a la construcción de la figura del “héroe”. En este punto se apoyan Marisa y Rafael para generar el concepto “rehenas”, claramente en femenino, dándoles así visibilidad definitiva en el espacio público-político del que hasta ahora habían estado sustraídas.

Por sus características, la memoria de las mujeres -como las memorias de las pacifistas y de las negociadoras en los procesos de paz de toda América Latina- se construyen según los rasgos de los “pequeños” relatos solidarios, en los que sus “yo” individuales se diluyen. Sus propias figuras se desdibujan bajo la resistencia de la cotidianidad en contraposición con las figuras exaltadas de los protagonistas de los “grandes” relatos e identificados con la epopeya de la lucha armada. Los libros de memorias de cautiverio, en su mayoría escritos por varones, tal como lo muestran Ruiz y Sanseviero, responden a un ideal de yo autoafirmado, que cuando no lo emulan, suele diluirse en el suicidio. Por el contrario, como subraya la investigadora mexicana Eli Bartra respecto del arte, las mujeres ponen de manifiesto todo el proceso y se ubican como parte de él: No se colocan en el centro aunque lo sean; no se destacan aunque su obra sea destacable. Minimizan su “yo” quizá deudoras de la socialización patriarcal más primaria o, más bien, quizá porque tienen conciencia de que nadie es el centro único de un universo socio-político y discursivo.

Sea como fuere, Ruiz y Sanseviero analizan la construcción de las figuras del “otro” comparando los discursos de los varones y las mujeres que pasaron por situaciones de cautiverio, para concluir que mientras que los relatos de las mujeres tienden a acentuar las actividades colectivas y los pequeños actos de resistencia cotidiana, los relatos de los varones están marcados por lo que denominan “la moral heroica”. Muchos años antes, en Tres Guineas, Virginia Woolf señalaba algo similar respecto de la relación de los varones con la guerra y los honores. Sin embargo, las micro-resistencias dieron cuenta de creatividad y de riesgo asumido y compartido. Quizá el más claro ejemplo sea el embarazo de Yessie: oficio de mujer por excelencia, el embarazo y la maternidad, logrado en tiempos y espacios prohibidos, mostró el total desafío de las mujeres al régimen. Ese embarazo fue un acto deliberado de libertad, de solidaridad y de silenciosa resistencia, que mostró que la “víctima” no lo era completamente como tampoco el poder dictatorial era omnímodo. La libertad y la solidaridad que ellas hicieron posible, aún en el espacio cerrado de la cárcel y bajo la más absoluta represión, mostraron nuevas formas de liderazgo en términos de capital colectivo.

Sin duda, la obra de Marisa y Rafael las visibiliza en esos lugares inesperados de cautiverio y sobrevivencia. Habían escapado al ámbito privado y a la vida doméstica, empuñaron armas, arriesgaron sus vidas, padecieron tortura con todos los componentes adicionales del ensañamiento sexual -una práctica habitual- y aún así, habiendo sobrevivido se sustrajeron concientemente al “lugar del héroe”, como lugar de lo extraordinario, para instalarse en el lugar “ordinario” de la vida cotidiana y para poner sus experiencias en diálogo con el futuro.[4] Así, sólo respondiendo a la requisitoria de los autores, se presentaron ante la sociedad, tras un largo período de silencio, con una identidad ciudadana resignificada, que puso de manifiesto su herencia elaborada a partir del análisis independiente y la clara conciencia de que su problemática e identidad femenina no habían sido aún tenidas en cuenta. Con su “aparición” en público, con el rescate que de su memoria hicieron Marisa y Rafael, con el respeto con que trazaron la línea entre lo dicho y lo sugerido,  reforzaron una amplia convicción democrática, que marcó de modo notorio su lugar como “diferente” del de los varones. El cuidadoso estudio de Marisa Ruiz y Rafael Sanseviero pone de manifiesto sus experiencias, las analiza, deja respuestas abiertas y hace señalamientos respetuosos. Sobre todo, ilumina y comparte con todos nosotros una memoria colectiva que, sin duda, merece mantenerse presente.


[1] Butler, J. Vidas lloradas, Madrid, Paidós, 2009; también, Vidas precarias, Buenos Aires, Paidós, 2009.
[2] Ruiz, M. y R. Sanseviero, Las rehenas. Historia oculta de once presas de la dictadura, Montevideo, Fin de Siglo, 2012.
[3] Todorov, T. frente al límite, Buenos Aires, Siglo XXI, 2007, p. 37.
[4] Ruiz-Sanseviero, op.cit. p.272.