Ese primer amor inolvidable

Delicado ejercicio de introspección, mezcla de autobiografía y ensayo, El hijo del capitán Nemo, del escritor uruguayo Jorge Burel, es un sentido y personal homenaje al mundo de los libros

En el cuento Pierre Menard, autor del Quijote, Jorge Luis Borges proponía delinear una personalidad basándose solamente en una lista de lecturas. Creía el argentino que conocer los libros que una persona había leído era suficiente información como para elaborar un detallado perfil del desconocido, para trazar una autobiografía infalible.

Más práctico, Jorge Burel opta por revelarse de entrada y por entero, ya que, además de presentar al conjunto de escritores que lo han marcado, cuenta el cómo y el porqué de la llegada de cada libro a su vida. El resultado es un monólogo altamente emotivo que recorre las peripecias intelectuales y afectivas del autor desde la niñez hasta la adultez.

Los nombres propios más inolvidables son, como siempre, los de la infancia: Julio Verne y Emilio Salgari. De 20.000 leguas de viaje submarino, Burel recuerda que el capitán Nemo cargaba en el Nautilus 12 mil libros y subraya que esa novela lo convirtió en un “ratón de biblioteca” para el resto de su vida.

Lo bueno es que el autor no se limita exclusivamente a detallar sus gustos literarios, sino que aporta información útil sobre los escritores, a los que va vinculando unos con otros. Puede, por ejemplo, detallar varios autores que contenía la famosa biblioteca de Nemo (Homero, Víctor Hugo, Rabelais, George Sand), para luego contar que las estanterías de la casa de Julio Verne, en Amiens, estaban llenas de libros de Dickens. Y que Verne se consolaba con ellos cuando sufría al no ser admitido por la Academia Francesa.

Y así como pasa de un escritor a otro, Burel va contando todos los vicios, manías y desafíos a los que se ve enfrentado un lector que se toma su profesión en serio. Del ingenuo placer infantil pasa rápidamente a los primeros “robos” de libros, préstamos sin devolución a los que se dedica durante toda su adolescencia, haciendo acopio para lo que ya sabe será su obsesión a partir de ese momento: la creación de una biblioteca propia.

Dedica luego varios capítulos al libro en sí, visto tanto desde una perspectiva positiva como negativa. Recuerda el caso de Sócrates y su desconfianza hacia los libros, “que nunca responden si se los interroga y por tanto no dialogan”, pero también señala la ironía de que sea gracias a los escritos de Platón que se conoce su filosofía y su vida.

Entre los curiosos testimonios negativos que se citan, algunos destacan por su ingenio. Alain, por ejemplo, decía que el ojo humano no estaba hecho para la distancia a la que se coloca el libro. Proust advertía de que “erigir la literatura en disciplina es conceder un papel demasiado grande a lo que no es más que una iniciación a la espiritualidad”. Y para Schopenhauer “la manera más segura de no tener nunca un pensamiento propio es echar mano de un libro cada vez que se tiene tiempo libre”.

También resultan muy entretenidas las páginas donde se habla del papel activo que juega el lector, último eslabón de una cadena invisible que une la ficción con la realidad y que permite incluso que los muertos comulguen con los vivos.

El volumen se cierra con mucho humor porque Burel relata los peligros de una adicción como es la de guardar libros a pesar de que la casa esté llena. 
Cuenta su dilema para reducir los títulos, la imposibilidad por h o por b de descartar ningún libro, y la historia de un hombre que casi muere aplastado por un alud de volúmenes que se le vinieron encima desde su gigantesca (y en ese caso traidora) biblioteca.

Jorge Burel está dispuesto a correr ese riesgo y el que sea necesario para mantenerse fiel a ese primer amor que lo deslumbró cuando era solo un niño. A ese capitán Nemo que homenajea ya desde el título de este precioso libro.


Fuente: http://elobservador.com.uy/noticia/263599/ese-primer-amor-inolvidable/