Hasta Rusia 2018

Hasta Rusia 2018

Los visitantes se fueron, la copa marchó en las valijas de los alemanes y el balón de oro, tal vez, en la de Messi, aunque las cámaras mostraron cómo, apenas pudo, se sacó de encima un trofeo que ni siquiera fue premio consuelo. Brasil bajó la cortina; ahora deberá pagar las cuentas de tan cara fiesta y tratar de reconstruir su maltratado fútbol. En el palco oficial del Maracaná, el domingo, estuvo Vladimir Putin, como presidente del país anfitrión del próximo Mundial, porque el gran negocio de la Copa del Mundo nunca para.
Si Brasil 2014, más allá de lo bueno visto en la cancha, fue un avispero político cuyos aguijones picaron hasta la FIFA, Rusia 2018 asoma como otro problema geopolítico. Las relaciones de varias potencias occidentales con Moscú están en el nivel más frío de los últimos tiempos tras la anexión de Crimea y el hostigamiento a Ucrania por milicias prorrusas. Además, Rusia ha sido motivo de críticas internacionales por los fuertes prejuicios contra la comunidad gay. Y la oposición interna no tiene vida fácil.
El Mundial 2018 es una parte del plan de Putin para que su país vuelva a ser superpotencia, como en los tiempos de la Unión Soviética. En realidad, quiere recrear una URSS fuerte e influyente pero en versión capitalista. Para mostrar su capacidad organizativa, el presupuesto que maneja para la organización del torneo es de 17.500 millones de dólares, 40% más de lo que costó el Mundial en Brasil. Y eso es lo que le importa a la FIFA.