Vestigios de una explosión

El rock uruguayo posdictadura, por Mauricio Rodríguez.

Entre los círculos culturales y periodísticos de los que bordean o pasaron recientemente la barrera de los 40 es habitual reconocer la dificultad, a partir de las obras plasmadas en vinilo o en casete, de transmitir el estado de efervescencia, entusiasmo y creatividad que se produjo en el Montevideo musical (y adyacencias) durante la segunda mitad de la década de los 80. El material registrado en su mayoría ha envejecido mal y sin una perspectiva histórica que posiblemente sólo puede dar haber vivido esos tiempos, no se puede intuir a partir de esas grabaciones el grado de energía innovadora, catarsis y sana anarquía que se vivió en aquellos días, quedando como documentos sonoros canciones que oscilaban ciclotímicamente entre la depresión absoluta y el humor juguetón sin representar (salvo excepciones maravillosas como “El guardián del zoo”, de El Cuarteto de Nos, o “Avril”, de Los Estómagos) el profundo entrelazamiento de estos aparentemente opuestos polos anímicos. Paradójicamente, si la obra de muchos músicos anteriores (Eduardo Mateo, Eduardo Darnouchans) sufrió de la desatención de las grabadoras (o la censura) sin que quedaran casi registros del cenit de su potencial creativo, los músicos de los 80 sufrieron en cambio una suerte de edición prematura, editándose discos de bandas recién formadas de intérpretes muy jóvenes que recién estaban conociendo sus instrumentos y definiendo sus voces. “Demasiado, demasiado pronto”, dirían New York Dolls, por lo que no es extraño que, más allá de algún fetichismo, ni siquiera las canciones más populares de aquel tiempo han accedido a la masividad doméstica a la que llegaron bandas como No Te Va Gustar o El Cuarteto de Nos 2.0. De hecho, aun las mayores concentraciones de público de la época pueden compararse en volumen con los recitales de Pilsen Rock o siquiera con los recitales individuales de Buitres o La Trampa.

Pero más allá de su relevancia histórica, quedó en el aire -al menos para quienes vivieron aquellos días- el recuerdo de un ambiente de inquietud creativa absolutamente única, en la que el descubrimiento (tardío) de lo que había ocurrido en el arte mundial durante la larga noche de la dictadura se asimilaba a toda velocidad reprocesándolo con un ímpetu vigoroso y no poco valor personal (la dictadura militar y su opresión pueden haber culminado oficialmente en 1985, pero la Policía y la mentalidad represiva general parecieron no enterarse hasta muchos años después). Es difícil afirmar que el fin de los años 80 fue una gran época musical, pero fue una gran época para vivir.

Es difícil entonces que aquel tiempo no sea un tema lo bastante atractivo como para que -ya habiendo pasado un tiempo prudencial- sea objeto de estudios en forma de libro. En la noche: El rock uruguayo posdictadura (1982-1989), de Mauricio Rodríguez, no es el primer volumen que se edita sobre este período del rock local, pero sí es el que ha tenido más en cuenta, hasta el momento, que no se trataba de un fenómeno exclusivamente de bandas y cantantes.

La primavera punk

Tal vez la palabra que mejor defina lo sucedido en Montevideo a fines de los 80 sea la que se utilizó para una situación similar en España: destape. Una sucesión de cambios en relevo en la que a la aparición de una banda seguía el descubrimiento semimasivo de una droga, en la que a la llegada del formato de filmación en VHS se le correspondía el florecimiento de los grafitis callejeros no políticos y en la que las libertades sexuales e indumentarias iban de la mano. Ante un fenómeno con tantas puntas era muy fácil que un libro como

En la noche escogiera sólo una de las variables, dando la sensación de incompletud que producen los escasos textos que se han acercado al tema, pero Mauricio Rodríguez hace casi todo bien. Más allá de limitarse a entrevistar a los referentes musicales esenciales (Gabriel Peluffo, Renzo Guridi, Juan Casanova, etcétera), el periodista se preocupa todo el tiempo por dar un contexto histórico que no sólo abarque lo estrictamente musical, realizando (en mi opinión) un diagnóstico acertado de lo que fue el rock uruguayo posdictadura: un fenómeno sociocultural del que la música era sólo el género emergente, pero cuya predominancia es discutible. Más una movida general que una corriente musical hubiera sido muy parcial concentrarse sólo en los músicos y En la noche no comete ese error, recurriendo también a testimonios de personajes como Alfonso Carbone o Daniel Figares, que sin haber compuesto una barra de acordes fueron absolutamente esenciales en el desarrollo de esta movida.

También es acertada la selección del corpus de entrevistados musicales; si bien se pueden protestar algunas ausencias que tal vez merecerían su inclusión (ADN, Neoh 23, Zona Prohibida), lo cierto es que están todos los nombres esenciales, consiguiendo un momento periodístico particularmente sensible con la sentida contraposición de las entrevistas (por separado) a los ex integrantes de Los Tontos, Renzo Guridi y Leo Baroncini. Posiblemente no hubo una banda en el rock uruguayo de los 80 que haya encarnado mejor su espíritu y sus limitaciones, y su propia historia de ribetes trágicos (el violento rechazo que sufrieron en Montevideo Rock II es considerado generalmente como el fin de ese período de gracia y sorpresa que constituyó uno de los momentos culturales más efervescentes de la cultura uruguaya del pasado siglo) es narrada en dos versiones por sus principales protagonistas con notoria emoción.

Rodríguez, que pertenece a la generación que constituía el público de esos recordados recitales, interviene poco y nada a título personal, dejando que la parte más subjetiva y apasionada (o incluso crítica) vaya por el lado de los entrevistados. En el medio deja que se desentierren unas cuantas anécdotas desconocidas hasta el momento y deja planteado un panorama lo bastante global como para que los lectores -especialmente las generaciones que no vivieron aquel momento por ser demasiado jóvenes o que no lo entendieron por lo contrario- puedan tener una buena idea general de lo que pasó, aunque no necesariamente de cómo se sentía.

Fuera de control

A riesgo de hacer una crítica a lo Gata Flora, si no enfocarse exclusivamente en la música es uno de los méritos de En la noche, se le puede reprochar al mismo tiempo dejar este aspecto excesivamente de lado. Así como hay una correlación entre las letras de Los Traidores y la explosión de sentimientos negativos tapados durante mucho tiempo, también la hay entre la carencias instrumentales de los músicos emergentes y el rechazo de los profesores de la época a las influencias novedosas, o lo poco adecuado de los instrumentos existentes en el mercado en aquel tiempo para reproducir el sonido que se intentaba emular. La caldera de influencias de los grupos de aquel tiempo generó un sonido propio que, más allá de sus virtudes o falencias, hubiera ameritado un examen un poco más detallado, sobre todo cuando la principal carencia en los libros recientes sobre música uruguaya es, justamente, la falta de la menor reflexión musicológica.

Por último, una observación algo subjetiva: Rodríguez limita adecuadamente el período estudiado a los años 1985-1989, este último en el que se produce un auténtico vaciamiento musical en la cultura joven uruguaya, que genera un bache que no tiene una auténtica continuidad con el arribo posterior de bandas como El Peyote Asesino o La Vela Puerca, que parten de parámetros estéticos y profesionales mucho más concentrados y realistas, pero sugiere que ese bache fue producido casi exclusivamente por el desencanto generado en Montevideo Rock II y el repudio público a artistas que habían sido considerados emblemáticos apenas dos años antes. No toma en cuenta entonces el efecto decisivo que tuvo sobre ese estado de ánimo explorador y culposamente alegre el fracaso en las urnas de la revocación de la Ley de Caducidad en 1989, algo que cayó como un mazazo en la nuca de una generación joven que abrazó esa causa y se dio de frente contra la evidencia de que las cosas no habían cambiado tanto como se creía. Si Montevideo Rock II fue una herida mortal para el movimiento, el triunfo del voto amarillo fue su lápida y el generador de una auténtica negatividad antinacional, que, hasta entonces, sólo había sido lírica. Lo que vino después, el resto, esa tercera o cuarta generación finalmente exitosa y trascendente es otra historia, ésta es simplemente la de un magnífico fracaso.

FUENTE: la diaria, por Gonzalo Curbelo