La escritora Maritza Vieytes nos presenta El poder del símbolo, su cuarta novela; una  ficción histórica, una novela filosófica, una historia acerca la política, la religión y el poder del conocimiento.

El poder del símbolo es una novela relacionada con descorrer velos; una novela que busca acercarnos a los símbolos como tales. ¿Y qué podemos entender por símbolo? «Símbolo» es una expresión que viene del griego; está muy relacionada con revolver, y en ese revolver con ocultar. Todo símbolo de una manera u otra oculta significados, significados que van mudando, van transformándose a lo largo de la historia.

Esencialmente escribí esta novela porque escribir es como trabajar en mi propio atanor, procesar mis propias creencias, mis propias experiencias. La novela proviene de una larga investigación y procura hacerle guiños a la historia. Por un lado tiene aspectos importantes relacionados a la creatividad, pero por otro lado, como novela de corte histórico, nos acerca a personajes históricos, del ámbito nacional y del internacional. Le hace guiños a corrientes filosóficas que uno podría llamar discretas, con bases herméticas, también a la iglesia, y aparece además la vinculación con el secreto del conocimiento que puede estar por ejemplo en la alquimia, y ahí aparece un personaje como Humberto Pittamiglio.

Para eso escribí: para sacar afuera lo relacionado con productos de la investigación e inquietudes propias relacionadas a la simbología. Así han sido todas mis novelas, tienen ese elemento que las atraviesa. Por otra parte, creo que es una historia que al jugar con personajes ficticios y reales permite también apuntar mucho a la creatividad alrededor de los hechos históricos y ese es uno de los elementos que le da valor a la novela como tal.

El poder del símbolo está vinculada al mundo visible pero también al mundo invisible; no aborda solamente los símbolos que pueden estar en la arquitectura y en particular en la arquitectura funeraria, sino también esos símbolos que pueden estar en el arte, en la pintura, en la comunicación, en las construcciones sociales.

Por otra parte, esta novela aspira a que quien la lea pueda hacerlo dependiendo de su conocimiento de la simbología. Se puede leer en diferentes niveles, como un acercamiento a los símbolos y a determinadas corrientes, o como una forma de profundizar sobre elementos del mundo esotérico. Tiene también un mensaje, y es que la iniciación en todo esto está siempre dentro de uno mismo; cuando nos enfrentamos por primera vez a un símbolo cambiamos como personas y ya no podemos volver a ser lo que éramos. El símbolo tiene además el poder de permanecer a lo largo de la historia; por más fuertes que sean los avatares o los vientos de cambio, podemos retrotraernos a lo que fue el símbolo.

El poder el símbolo es también una novela que procura salirse de los límites de lo nacional. En algún momento toca el castillo de Humberto Pittamiglio, toda la simbología que el castillo tiene y lo que significa hoy; pero también nos lleva a San José de Mayo, a su catedral y en el frontispicio de la catedral al ojo que todo lo ve, símbolo muy relacionado con la masonería y representación del gran arquitecto del universo. Nos traslada también a Carmelo, y allí en la antigua iglesia se puede ver cómo estas dos corrientes que históricamente se han encontrado enfrentadas tienen puntos de conexión en lo relacionado a la simbología pagana, porque en uno de sus vitrales también se encuentra el ojo que todo lo ve.

El poder del símbolo nos permite transitar por un Uruguay donde se encuentra simbología que nos acerca a los inicios de la república, pero también nos lleva del Uruguay actual al Vaticano y a la Florencia de la época medieval, con elementos de pobreza e inseguridad, y de allí a una Florencia actual donde juegan otros poderes y hay otras interrelaciones.

Una novela en última instancia es un producto, y en este caso, como producto literario, la idea esencialmente fue llegar a un público relativamente amplio, por todas estas lecturas posibles. Uno de los objetivos que persigue la novela es que se comience a mirar desde otro lugar los grandes edificios o construcciones que tenemos en el país; pedirle al lector que me acompañe y empiece a dejar los puntos ciegos que todos tenemos en relación al mundo que nos rodea. Por el acostumbramiento de estar en una ciudad y ver determinadas cosas, dejamos de verlas. El poder del símbolo es casi un pedido de ver más allá de lo que cotidianamente vemos.