La superpotencia europea

La superpotencia europea

Los números son tan contundentes como Bastian Schweinsteiger lanzado a la carrera, para disgusto de sus rivales y trabalenguas de los relatores: desde el Mundial de 1954, cuando tuvo su regreso a la alta competencia, Alemania llegó a las semifinales en todos los mundiales que disputó, salvo tres: 1978, 1994 y 1998. La mención de las “derrotas” (seguro para ellos despedirse de un torneo tan temprano representa una afrenta) no es casual. Las caídas en cuartos de final de Estados Unidos 94 y Francia 98, sumadas al pobre papel en la Eurocopa 2000, encendieron todas las luces de alerta. Y, entonces, el fútbol alemán inició un trabajo metódico para volver al primer plano. El plan abarcó desde la Bundesliga hasta la forma de jugar. No hubo prisas, pese a que una afición como la germana seguramente pide siempre triunfos. Ni siquiera los afectó perder la semifinal del Mundial 2006 en casa.
El resultado se vio en Brasil. Más que en la final ante Argentina en Maracaná, en la semifinal frente a los dueños de casa. Ese día, además de siete goles, le mostraron a los viejos dueños del jogo bonito cómo se juega al fútbol hoy. Brasil y los equipos sudamericanos deberían mirarse en el ejemplo de la planificación alemana. Por supuesto, siempre es más fácil planificar y ejecutar esa planificación en un país como Alemania y no en un tercer mundo pobre y desorganizado. Por lo menos, que tengan presente el detalle: pese a los títulos conseguidos, los alemanes tuvieron la humildad para reconocer que algo no estaba funcionando bien y debían rectificar. Por eso volvieron a ser la superpotencia del fútbol europeo.