Los porqués de la era progresista

Extractos del libro La era progresista…, sobre las claves del éxito de la izquierda

La historia es un cementerio de aristocracias” escribió, hace casi un siglo, Vilfredo Pareto. La elite frenteamplista sustituyó hace una década a la colorada y blanca que había venido gobernando, compitiendo y cooperando entre sí en entretenidos ejercicios de geometría variable, desde la restauración de la democracia en adelante. La aristocracia frenteamplista está menos desgastada de lo que parecía. Todavía tiene sueños, proyectos, líderes, recursos técnicos y reservas morales. En particular, coloca muchas ilusiones en el “reto del desarrollo” (Caetano, De Armas y Torres, 2014) y en la demorada concreción del Sistema Nacional de Cuidados. El contexto regional no será tan favorable como durante la primera década de la Era Progresista. Hay buenas razones para pensar que tenderá a aumentar el papel del Estado, el poder de los trabajadores organizados, y la presión sobre precios y cuentas públicas. Sin embargo, nada hace pensar que el FA durante el próximo quinquenio vaya a fracasar. Es cierto que dentro de cinco años Tabaré Vázquez, José Mujica y Danilo Astori estarán emprendiendo la retirada. La izquierda se verá obligada a remozar radicalmente sus liderazgos. Es sabido que a ningún partido político le resulta fácil hallar y catapultar a los nuevos dirigentes. Pero también es cierto que esto está lejos de ser imposible. Ya se asoman Raúl Sendic y Constanza Moreira. Pero la izquierda dispone de una extensa cantera de dirigentes talentosos de la misma generación que los mencionados (e incluso más jóvenes). El ejemplo de los partidos tradicionales es, en este sentido, muy elocuente. Luis Lacalle Pou logró, muy rápidamente, articulando distintos sectores, construir un nuevo liderazgo en el PN. Pedro Bordaberry, en el PC, hizo lo mismo con Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle. Nadie debería asombrarse si, cuando los tres grandes líderes que han cargado sobre sus hombros el peso principal en la construcción y gestión de la Era Progresista ya no estén, aparecieran otros, capaces de renovar la ilusión de los electores poniendo, una vez más, vino nuevo en el odre viejo. El desenlace de la competencia electoral dentro de cinco años dependerá, como siempre, de muchos factores. Entre otros, de la marcha de la economía, de la capacidad del FA para cumplir las promesas y expectativas generadas durante el 2014 y del desempeño de los nuevos líderes. Sin embargo, en gran medida, lo que ocurra en el 2019 dependerá de cuánto logre aprender la oposición (en términos conceptuales, discursivos y estratégicos), de su tercer y rotundo fracaso. La oposición no logrará formular un discurso acertado y una estrategia articulada si no empieza por admitir algunas verdades concluyentes. El triunfo del FA en 2004, y su rotunda victoria en las dos elecciones nacionales subsiguientes, son consecuencia de un largo proceso de acumulación de poder político, social y cultural. No son un capricho de la “diosa fortuna”. El enorme poderío del que la izquierda uruguaya acaba, una vez más, de hacer gala, tiene raíces históricas profundas.

El FA es poderoso porque ocupa el espacio político que el Partido Colorado fue abandonando a medida que el Estado de Bienestar uruguayo se fue degradando (como consecuencia del estancamiento económico), y cuando se embarcó (diría, cuando se vio obligado a embarcarse), junto al Partido Nacional, en un complejo (y necesariamente costoso en términos electorales) proceso de reformas estructurales orientadas al mercado. En términos de sociología política, poco a poco, el FA ha ido desplazando a los colorados de sus bases electorales más tradicionales. Primero obtuvo el apoyo de los obreros y de los sectores de clase media. Luego avanzó hacia los “nuevos pobres”, los de los suburbios urbanos. En términos ideológicos, desde el punto de vista de la oferta programática, el FA se ha convertido en lo mismo que los colorados supieron ser durante la primera mitad del siglo XX: la más potente expresión electoral de la socialdemocracia en Uruguay. Desde luego, el frenteamplismo no es exactamente igual que el batllismo. Este asunto, en sí mismo, merece un análisis mucho más amplio y detallado. A la espera de esa oportunidad, es preciso señalar al menos dos diferencias muy importantes. En primer lugar, a pesar de compartir una visión “jacobina” (y no “polifónica”) de la política y de abrevar en el republicanismo, ambos recibieron influencias filosóficas y doctrinarias distintas (el Krausismo es al batllismo lo que el marxismo al frenteamplismo) y, por lo tanto, tienen diferencias no triviales en al menos dos valores políticos fundamentales. Tienen visiones distintas respecto al Estado (para los krausistas debe ser neutral, para los marxistas, por definición, no puede serlo). Tienen también valoraciones distintas sobre la libertad y sobre el papel de la ley de las instituciones políticas: los batllistas, sin perjuicio de su reconocido “jacobinismo”, siempre han reclamado el “imperio de la ley” y no han ocultado si miedo a la “tiranía” y su aversión a la concentración del poder; mientras que muchas corrientes frenteamplistas han sido, y siguen siendo, menos legalistas (“lo político está por encima de lo jurídico”, según la conocida expresión de José Mujica) y menos dispuestas a fijar límites institucionales al poder de la mayoría. En segundo lugar, parece evidente que el predominio del FA tiene raíces culturales y sociales más hondas que el del batllismo. El batllismo nunca disfrutó ni de sindicatos funcionales ni de (tantos) intelectuales afines. Como maquinaria de construcción de “hegemonía”, de “sentido común”, para decirlo en términos gramscianos, el FA es mucho más poderoso que el batllismo. A nadie se le escapa que el Partido Colorado y el Partido Nacional ni fueron ni son la misma cosa. Siguen siendo culturas políticas diferentes: universalista y racionalista, la de los colorados, nacionalista y pasional, la de los blancos. Siguen teniendo énfasis ideológicos distintos: más estatistas y centralistas los colorados, más liberales y federalistas los blancos. Estas diferencias tienen una profunda lógica histórica. Durante mucho tiempo la diná- mica política los obligó a confrontar y a diferenciarse. Las banderas que uno dejaba eran automática y sistemáticamente retomadas por el otro. También los obligó, desde luego, a pactar reformas constitucionales y a aprender a coparticipar en la gestión de gobierno. Pero la tónica básica de la relación entre ambos fue, durante un siglo y medio, la disputa por el poder.

Hace al menos un cuarto de siglo que la vida los ha obligado a converger. En 1971 nació el FA, jurándose a sí mismo, bajo la bandera de Otorgués, “desplazar a la oligarquía del poder y llevar al pueblo a gobernar”. Desde ese día, nunca más un presidente electo por uno de los viejos lemas pudo gobernar sin el auxilio del otro. Desde 1985 en adelante, los partidos fundacionales siguieron, como siempre, compitiendo entre sí. Pero además, asumieron la responsabilidad de continuar el giro hacia el liberalismo iniciado en tiempos de la Reforma Cambiaria y Monetaria, durante el primer colegiado del PN, y acelerado durante los años de la dictadura. Al reconstruir el proceso con cierto cuidado pueden advertirse los matices entre el proyecto colorado (algo más estatista) y el blanco (un poco más liberal). Pero, en lo básico, estaban de acuerdo. En la vereda de enfrente, en nombre de la “defensa de la soberanía nacional” y de los “intereses de los trabajadores” se plantó, muy solo y bien firme, el FA. Para que la mayoría de los electores le dé otra oportunidad no es imprescindible que los partidos fundacionales renuncien a sus respectivas identidades. Tampoco es necesario que construyan una estructura organizativa tan compleja como la del FA. Ni siquiera precisan realizar, como la Concertación de Partidos por la Democracia chilena, elecciones primarias para definir un candidato presidencial único. Pero, me parece evidente que están obligados a hacer algo bastante más ambicioso y creativo que anunciar, algunos días antes del balotaje, después de competir entre sí ásperamente durante cinco años, un acuerdo electoral. Seguramente existen muchas formas de lograr este objetivo.