Semiólogo definió a Lacalle Pou como un “ícono pop”

Resumen del capítulo “El nuevo rap de la victoria o el irresistible ascenso de Lacalle Pop” de un libro de Fernando Andacht, presentado esta semana

Si fue previsible la densa nube gris de melancolía que se instaló sobre la sede de Larrañaga, y de sus signos, también lo fue la euforia que estalló en el baluarte electoral de Lacalle Pou, y luego, de modo aún más espectacular, en la casa del Partido Nacional. Pero la celebración del candidato presidencial blanco tiene también aspectos dignos de análisis por la elevada consistencia semiótica con el resto de su campaña electoral. El título de esta sección alude a una de las piezas más comentadas del candidato: un inesperado remix de parte del discurso de lanzamiento de campaña en el Platense Patín Club. Algunas ideas centrales de su discurso fueron musicalizadas, y lo que era un acto político más o menos típico se aproximó bastante a un concierto de rap en vivo, de allí el nombre de Lacalle Pop en el título (1).
En la sede de todos Hacia Adelante, su bunker electoral, cuando por fin salió a saludar a sus correligionarios para celebrar con ellos la muy reciente victoria, los gestos, palabras y movimientos de Lacalle Pou extendieron y ratificaron aquellos signos que, en su opinión, lo condujeron hacia ese desenlace positivo. Primero, cuando le pidieron que descendiese unos escalones, el candidato hizo alusión a su baja estatura (“con mi altura?”), como ya lo había hecho repetidas veces, en ocasión de entrevistas periodísticas, en las que también se burló de su propia angustia por su calvicie incipiente.
Él empezó por hablar de sus sentimientos personales, antes que partidarios, y lo hizo de un modo informal, casi privado: “Es un momento en que se pueden imaginar la procesión interna”. Esta forma de enfática auto-referencialidad, el aludir a un elemento que se mantuvo ausente durante muchas décadas de la política local –me refiero al cuerpo y sus circunstancias- lo emparenta con el extremo opuesto del espectro político-partidario y etario. En la escena actual, solo José Mujica, presidente y exguerrillero, de modo rotundo y con máximo desparpajo ha hecho repetida alusión a su humanidad –su vejez, su falta de refinamiento en su estilo de vida, la comodidad de una vida informal sin concesiones- con notorio éxito para su reputación internacional.
Luego sobrevino el protocolar y por ende simbólico reconocimiento a los propios y a su ya no más antagonista: “el respeto, el abrazo y el cariño a mi compañero Jorge Larrañaga”. Aunque en esta breve porción inicial Lacalle Pou se limitó a replicar el discurso del otro, tal como lo exigen tradición y convenciones, lo que dijo fue encuadrado por los signos icónico-indiciales del desparpajo juvenil, y estos son los que tiñen todo lo que habría de seguir esa noche.
Cuando Lacalle Pou accedió a bajar un escalón, lo hizo acompañado de una joven intérprete del lenguaje de señas, quien se ubicó cerca, a su izquierda, para traducir de ese modo su primera alocución. Al proseguir, mencionó y elogió sin prurito alguno las virtudes de su propia campaña: su idea fuerza (“fuimos unos atrevidos, hicimos la campaña por la positiva”), algunos de sus eslóganes más reiterados (“no se puede, no se podía ganar”; “un partido que va a gobernar bien, y va a gobernar ahora”). También anunció con cierta jactancia postelectoral la futura estrategia para octubre: “Y ese es el camino (publicitario) que vamos a seguir en los próximos meses”. Lejos de la actitud tradicional de distanciarse o de minimizar aunque más no sea en apariencia el aparato de marketing electoral que contribuyó a su triunfo, el más joven contendiente lo exaltó en sus primeras palabras, y mediante la euforia que expresaba su cuerpo ante la militancia nacionalista allí reunida.
Más que la obvia juventud biológica hay, en los signos de Lacalle Pou, una notoria proximidad semiótica con una generación más joven que la del resto de candidatos de las Internas –con la excepción quizás de Constanza Moreira (1960), pero no de Pedro Bordaberry (nacido también en 1960)-. Por eso, sonó natural, icónicamente plausible, cuando él empezó a hablar de sus sueños como si fuera lo más natural del mundo: “Qué lindo que es soñar, qué lindo que es imaginar, pero sobre todo el sueño tirarlo arriba de la realidad!” Luego de anunciar su inminente y de nuevo protocolar –simbólico, según nuestro análisis- desplazamiento hacia el Directorio nacionalista en la Ciudad Vieja, ya cerca del final de esa primera instalación discursiva en el rol de candidato electo de su partido, Lacalle Pou volvió a destacar ese componente sígnico que se asocia más con lo joven en una sociedad que a la edad adulta: al poder y vigor de los sueños como preámbulo necesario de todo proyecto: “¡Se podrán imaginar con las noches en que soñé con las escaleras (de la casa del Partido Nacional) subirlas!” Surgió un violento contraste no solo con el previsible discurso melancólico de su rival interno, sino también con el muy formal y almidonado de su futuro rival de octubre, Tabaré Vázquez, tanto con el que este hizo en su sede electoral, como con el que después pronunció en el Frente Amplio, es decir, el anuncio formal de la decena de medidas de gobierno. Desde la perspectiva de la comunicación político-electoral, cabe poca duda sobre la vigencia o relevancia de la muy discutida renovación a partir de ese primer domingo de junio.
Pero fue una vez que se instaló su discurso de la sede del Partido Nacional, que el candidato ganador de la interna nacionalista se hizo acreedor, o revalidó, sería más justo decir, su bautismo de Lacalle Pop. Terminado el abrazo con Larrañaga, que cumplió adecuadamente con su carácter simbólico –ese sigo representa el pacto reanudado entre los ya no más rivales-, se produjo un gesto que rebasa lo simbólico para hundirse en la iconicidad y lo indicial. Así como nunca mencionó ni incluyó la imagen de su padre en los avisos publicitarios, Lacalle Pou rehuyó el lugar obvio de la proclamación de su nuevo rol para escoger el que mejor visualizaba su postura discursiva: adiós al balcón, bienvenida la horizontalidad con su público. Para entender la notoria diferencia sígnica de esta elección, alcanza con pensar en lo que hubiera pasado si en lugar de descender al llano para decir lo que sigue, él hubiera dicho algo así como ‘qué ganas de estar abajo cerca de todos Uds.; en lugar de aquí arriba, en este balcón, mi sentimiento está allá’. Pero no fue eso lo que ocurrió; sus palabras siguieron mansamente el camino de su acto de optar por la horizontal, por la cercanía con sus seguidores:

Y vaya desde aquí, desde esta altura del piso, que era a la que queríamos estar, no más, vaya desde aquí un apretado abrazo y un gracias con mayúscula, simple, enorme y solo a todos los delegados de todos los sectores del Partido Nacional.

Tan o más importante que estas palabras resultó el hecho de haberse instalado casi al ras del suelo, como lo enunció este político, y de haber desechado la opción que cabría llamar ‘por defecto’, es decir, la altura emblemática que representa espacialmente la ascensión del líder por encima de los liderados, su visiblemente mayor poder. Los signos claves en este caso, y en la mayoría de la campaña, son los exteriores; me refiero así a la no validez de preguntarse si realmente, si en su fuero íntimo, esta persona que es el candidato elegido es sincero o franco en esa opción de nivelación radical, o si es apenas una pose, nada más que un recurso del catálogo de la asesoría de imagen. Lo pertinente del punto de vista semiótico es la consistencia de sus signos electorales, por ejemplo, con la figura del héroe coral en una de sus piezas centrales, que analizará después. El hecho o signo indicial de estar ahí, muy cerca de la calle y de sus militantes, y la cualidad de horizontalidad juvenil, se transmiten con eficacia en signos como este: “¡Nos gustaría que vengan todos acá arriba!” En ese caso, es obvio que lo dicho no podía haber sido entendido
literalmente: sobrevendría el caos si toda la gente reunida en las proximidades de la Plaza Matriz tomara por asalto ese escenario tan cercano a los presentes. Pero si se comparan esos signos, en su localización espacial (indiciales) y en su aspecto cualitativo (icónicos) con los de los otros ganadores de esa noche, el efecto de distanciamiento es notorio.
También es propio de un Lacalle Pop el hablar, como lo hizo luego, sobre una instancia propia del backstage de la campaña, de la oculta región de bastidores a la que tradicionalmente en política no tenía acceso la prensa ni el público. Sin embargo, lo más relevante para mi enfoque es que él lo hizo mediante un lenguaje de clase media, mediante el uso de la metáfora terapéutica, (2) y la alusión al enamoramiento, en un contexto que tradicionalmente es completamente ajeno a esa clase de sentimiento: 

Ahora, la barra más joven con la que hacíamos terapia de grupo, con la cual nos fuimos enamorando más de este proyecto, lo tiene más claro.

Luego volvió a describir su euforia en términos análogos a los usados en su sede partidaria (“¿No es un sueño esto, no?”), y reiteró su firme convicción en la estrategia electoral desplegada hasta entonces mediante una sonriente auto-ironía (“¡Nos hemos atrevido a hablar bien de los demás, qué cosa horrible!”). Sus palabras fueron acompañadas de gestos que enfatizaban el rumbo firme, como si quisiera impedir los más que probables e irresistibles cambios que sin duda sobrevendrán junto con el flamante panorama electoral que se conformó esa noche:

Y les voy a dar una noticia: vamos a seguir haciendo exactamente lo mismo. ¡No se cambia la campaña! Y la noticia es que quizás somos un poco aburridos! Vamos a decir exactamente lo mismo en las tres campañas, no podemos andar sacándonos y poniéndonos caretas según la situación.

En síntesis, no solo no se repitió la entonces implausible fotografía de cinco años atrás, ahora con una generación posterior en el sitial de liderazgo, es decir, el joven Lacalle Pou apuntalado por el veterano Jorge Larrañaga en una instantánea fórmula presidencial para octubre, sino que toda la propuesta semiótica resultó rejuvenecida por este Lacalle Pop, que trajo signos horizontales, coloquiales y, por ende más próximos a los jóvenes que aquella imagen del álbum electoral de las internas de 2009.
Para dejar la contienda nacionalista y su desenlace tan inesperado como electrizante, quiero agregar que nada subraya más la principal novedad de los resultados de esa noche que su interpretante fundamental: fue una antítesis semiótica muy intensa. Por un lado, fuimos testigos de la densa y oscura melancolía, del fruto de los signos indiciales de Larrañaga en su triste, solitario y final discurso. También observamos en un espacio diferente, pero próximo, la rígida solemnidad de las muy anunciadas medidas de Tabaré Vázquez, ese desfile almidonado de signos simbólicos que remiten con rigor  al lugar del poder ejecutivo encarnado anticipadamente. Y por otro lado, contemplamos esta especie de recital rock de la política electoral encarnada por la iconicidad y lo indicial del planteo nuevo en la escena uruguaya del juvenil Lacalle Pop.
¿Y por qué importe todo esto que fácilmente podría tildarse de banal, de mera cosmética publicitaria, un asunto de imagen, y todas las demás acusaciones bien conocidas sobre la trivialización de la política en su fase electoral por obra del marketing? La respuesta no es fácil, pero me atrevo a afirmar que no existe la nítida y absoluta separación entre el acto de comunicar sobre candidatos en las elecciones y el de comunicar en el resto de los ámbitos de la vida, postulada por los críticos aludidos arriba, no existe. Por eso, las tendencias que se dibujaron con exasperante vaguedad, pero no por eso menor realismo a partir de los resultados electorales del 1º de junio de 2014, no son ajenas a los caminos del sentido que ya empiezan a desenvolverse hacia octubre y tal vez noviembre.

(1) La frase que rebautiza al candidato herrerista del Partido Nacional le pertenece a una hija de Susana Mangana, según lo contó esta participante habitual de La Tertulia del 4 de junio de 2014, en el programa radial En Perspectiva. La niña de sólo seis años lo comentó con relación a la pieza publicitaria que a mediados de mayo musicalizó un discurso de Lacalle Pou en clave de rap.

(2) A modo de curiosa y empática confirmación, esta analogía es citada en la primer entrevista que da el candidato más votado de quienes respaldaron la candidatura de T. Vázquez (En Perspectiva, con Emiliano Cotelo, 03.06.14). Raúl Sendic lo comenta y establece así una forma de relación más cercana a la complicidad juvenil que al antagonismo partidario que sus posiciones indican.