Jueza Anabella Damasco, el derrumbe de una infiel

Resumen del capítulo del libro “Las caras del mal“, del periodista Raúl Ronzoni, que cuenta la caída de la exjueza Anabella Damasco

Quedó perplejo, de boca abierta. Pocas veces, en su extensa y variada carrera el inspector principal Julio Guarteche había sufrido un sacudón personal de tal envergadura. Transcurrían las primeras horas de la tarde del lunes 31 de octubre de 2011 cuando el juez del Crimen Organizado, Jorge Díaz, en presencia de la fiscal Mónica Ferrero, le informó que estaban investigando a Anabella Damasco, ministra del Tribunal de Apelaciones Penal de Primer Turno por varios delitos de corrupción. Era corrupción no solo en el sentido de la ley penal, sino en el sociológico y moral: abuso de poder, en buen romance. De un poder que le había confiado el Estado y que ella había traicionado.

A la sorpresa le siguió el desconcierto: ¡Tiene que haber algún error!, seguramente imaginó. No podía creer que el juez le estuviera hablando de la misma persona que él conocía o creía conocer tan bien. Tenía que haber una explicación razonable. Probablemente había ocurrido algo que llevó al error de creer que Damasco era corrupta. Pero Guarteche se equivocaba. No solo era la misma persona sino que había trampeado su larga amistad. Resultaba muy duro tener que admitirlo, pero así era.

Damasco era ministra de un tribunal de apelaciones penal desde 2009, un escalón jerárquico superior al de Díaz, y con varios años más de ejercicio en la magistratura que su colega que ahora la investigaba. 
Presidía por reelección la Asociación de Magistrados del Uruguay (AMU). Sus votantes eran adherentes de la oficialista lista 2 que desde hacía años dominaba el gremio por el doble de votos sobre la lista 1, la única de la oposición. Quienes la seguían le tenían afecto por la dedicación y la energía con que planteaba sus reivindicaciones gremiales y salariales que con frecuencia la enfrentaban a la Corte y a los poderes Legislativo y Ejecutivo.

Era tal su ascendencia, que apenas se hizo pública su infidelidad varios de sus colegas buscaron explicaciones e incluso incursionaron en desarrollar disculpas que se basaron en argumentos de su vida personal y familiar. Algunos, tan desconcertados como Guarteche, diversificaron las justificaciones: estaba divorciada y sin pareja conocida desde 1992 y había tenido que pelear sola en un mundo dominado por hombres. Durante 20 años debió convertirse en el sostén de su hogar, con cuatro hijos y su madre a cargo. Vivía en una casa alquilada en la zona de Villa Dolores, no tenía auto y en sus vacaciones de enero veraneaba en Rocha, siempre en carpa junto a sus hijos. Pero cuando quedó sometida a la investigación, su salario equivalía a casi US$ 5.000. Mucho más de lo que ganan otros en similares condiciones sociales y con mayores angustias económicas.

El 8 de octubre de 2010 fue un viernes negro para (la jueza que sustituyó a Damasco en penal 14, Adriana) De los Santos. Ese día recibió la solicitud de una procesada, Viviana Osorio Ferreira, para que el juzgado le devolviera un dinero que le había sido incautado en 2003, por decisión de Damasco, que constaba en el expediente del procesamiento de la mujer por proxenetismo y falsificación de pasaporte. Esa solicitud, normal y ajustada a derecho, terminó por darle a De los Santos un golpe inesperado en medio de la frente. Correspondía que el juzgado le devolviera la suma reclamada. Pero del total incautado, a € 4.000, US$ 313 y $ 140 se los había tragado la tierra.

De los documentos que aparecían agregados en el expediente se deducía claramente que, en teoría, el dinero estaba a disposición del juzgado. Surgía de los antecedentes que la Policía le había entregado el total de lo retenido a Damasco en mano propia, pero en cambio faltaba una constancia formal de que ella los hubiera depositado en el Banco República, como hubiera correspondido. Tampoco estaba en la caja fuerte del juzgado. ¿Qué había ocurrido? De los Santos hizo lo que consideró natural: llamó a Damasco para averiguar, pero se encontró con una especie de muro indiferente. Fue evasiva e incluso altanera. No supo o, lo más probable, no quiso darle explicaciones. “Esto es muy extraño”, pensó alarmada.

Fue en ese momento que se le encendieron varias luces de alerta y rápidamente comenzó a investigar y a reunir antecedentes, una tarea que por la desprolijidad del juzgado se volvió un verdadero trabajo de hormiga. Poco a poco surgieron otros faltantes: más dólares, más euros y más pesos. Había dinero que figuraba como recibido por el juzgado y que nunca se había depositado; otro tenía un trasiego extraño, incluso un depósito y un posterior retiro de una cuenta personal de Damasco.

Asombro y olvido 
Dos días antes de jurar como ministra del tribunal de apelaciones ante los cinco titulares de la Suprema Corte de Justicia, el 10 de junio de 2009, salido de su puño y letra, libró un oficio al BROU. Le ordenaba entregar la suma de US$ 25.047 que estaban depositados en el banco a la orden de esa sede judicial. El 15 de junio, cuando ya estaba en funciones de ministra del tribunal, ella misma pasó por la ventanilla del banco, retiró el dinero en efectivo y con desparpajo firmó el recibo que le presentó el cajero. Ya no era la titular del juzgado y por lo tanto el dinero no se encontraba formalmente a su disposición. Además la constancia del oficio era falsa: sabía que jamás hubiera podido entregar el dinero en un juzgado que no estaba a su cargo. Audacia y serenidad a toda prueba.

El juez (de crimen organizado, Jorge Díaz) había planificado los interrogatorios para el 2 de noviembre, con el objetivo de trabajar con más tranquilidad aprovechando el feriado del Día de los Muertos. Pero cuando el día antes llamó personalmente a Damasco para citarla, ella, con pasmosa serenidad le informó que no podría ir porque se iba a de viaje a un congreso en Santiago de Chile en representación del gremio. Díaz no vaciló. Sobre la marcha, imperativo, le dijo que suspendiera el viaje a Chile, y que fuera ese mismo día, el 1 de noviembre, a la hora 20.

Esa misma noche frente al juez y a la fiscal, y asistida por su abogada, Damasco reconoció sus firmas en los diversos documentos que se le exhibieron. ¡Cómo iba a negarlo! Pero también evitaba autoincriminarse: “no recuerdo”… “tiene que haber sido así”… “debe haber surgido algo que impidió devolver el dinero”… “el dinero siempre se depositó en el banco o se guardaba en el juzgado…”. La que había sido hábil interrogadora como jueza, utilizando las mismas armas, era ahora una hábil declarante. 
“Yo no me quedé con plata. No quiero inventar ninguna respuesta y no pongo en cuestionamietno ninguno de los informes. He tenido acceso a muchas cosas y nunva tuve inconvenientes. Sinceramente no recuerdo, lo único que puedo saber es que no me quedé y no acostumbro a quedarme con plata. Sí puede resultar curioso que retirara dinero como medida excepcional (…) reitero que yo no me quedé con dinero de nadie, nunca lo hice, es lo único que puedo decir…”, afirmó con un énfasis que podría convencer a quien desconociera lo ocurrido.

Pese a la avalancha de testimonios que se le ponían de manifiesto siguió manteniendo los esquives hasta el momento en que el juez le hizo la pregunta clave y sobre la que había más pruebas: la extracción del BROU de US$ 25.047.

¿Qué explicación tiene?, descargó Díaz.

En este caso en particular me voy a reservar la respuesta, contestó sin pestañar. Y tras una rápida reflexión solicitó autorización para conversar a solas con su abogada de entonces, la defensora de oficio, Verónica Acuña.

Al reanudarse el interrogatorio, Damasco respondió con serendiad a la anterior pregunta del juez: “La respuesta a la pregunta anteior es no recuerdo”. Otro conveniente olvido.
Pero el interrogatorio se profundizó.

¿Cómo explica que haya retirado dinero de una cuenta judicial a disposición del juhado Penal 14º turno cuando ya no era la jueza de ese juzgado?

No recuerdo, insistió.

La fiscal tuvo la intención de averiguar si detrás de los delitos había algún hecho personal o profesional que pudiera haber llevado a Damasco a ese caos.

¿Hay alguna persona de la familia que tenga algún problema de salud que ameritara algún gasto que usted no pudiera cubrir?, le preguntó Ferrero.

No en este momento; puede ser en algún momento pasado.

¿Cuál fue el destino del dinero que usted retiró en esa fecha?, insistió Díaz.

Yo no lo usé ni lo gasté en provecho propio, el destino no lo recuerdo, se defendio sin moverse ni un centímetro de la línea de su discurso.

Algunos de los expedientes involucrados en irregularidades se habían perdido y debieron ser reconstruidos. Estaban incompletos. Pero no podía haber ninguna duda sobre las maniobras. En la investigación apareció una cuenta personal de Damasco en euros con un sólo movimiento del 11 de enero de 2007: había 113.128.52 euros que ella retiró y en la misma fecha depositó en la cuenta judicial 107.128,52 euros. Seis mil euros menos de los originales retirados y sobre cuyo destino tampoco quiso dar explicaciones.

Cando Damasco terminó de ser interrogada, Díaz la autorizó a regresar a su casa para que hablara con su familia y le ordenó que se presentara el día siguiente a las tres de la tarde. Así lo hizo. Regresó al juzgado puntualmente y no volvió a ser interrogada, salvo para cumplir con la formalidad de su procesameinto. El juez la envió a la cárcel imputada de seis delitos de peculado (la apropiación indebida del funcionario público) en reiteración real entre sí, y estafa.

Al juez y a la fiscal les quedó clara la responsabilidad de Damasco en la desaparición de al menos US$ 55 mil. Formalmente es poco dinero,pero moralmente, considerando la profesión de la autora, un robo multimillonario.